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VÓRTICE: Crónicas de Horror

VÓRTICE: Crónicas de Horror

31-12-2014

Terror cuento o relato

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En VÓRTICE: CRÓNICAS DE HORROR, Liberato Tavárez marca su llegada en la escena con esta galería de relatos que nos lleva por siete escalofriantes narraciones de horror sobrenatural que rasgan el límite de la frontera entre la cordura y el miedo, haciendo sucumbir al lector ante las espeluznantes vivencias de sus desafortunados personajes.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

SANTO DOMINGO parece dormida desde las alturas, pero siempre tiene un ojo entreabierto. Sus calles iluminadas se ven apacibles, en las calles oscuras se esconden viejos secretos. Cuántas noches disfrutó en aquella ciudad, una capital alegre siempre en festejo, calamidades, caos y carnavales. Amaba Santo Domingo y sus fiestas eternas, quizás lo único que echaría de menos cuando se quitara la vida. La ciudad y el amor de su madre. Estaba pululando en uno de los bordes de la azotea a once pisos de altura. Trataba de contener el llanto, no quería expirar con lágrimas en los ojos, no quería morir como un niño. Su familia no entendía, sus amigos tampoco comprendían que no quería vivir así, que no podía esperar hasta el final. Trató de ver el pavimento donde su cuerpo yacería luego de saltar, donde dejaría de ser un hombre para volverse una estampa de huesos y carne, dejando un tatuaje de sangre que polvo y lluvia borraría hasta el olvido. No pudo ver nada, el callejón de abajo estaba oscuro. Su muerte llegaría en la oscuridad sin publico alguno, sin ningún indolente que aprovecharía sus restos frescos para hacer de ellos la nueva tendencia viral en las redes. Así estaría bien, no quería que prostituyeran su muerte a cambio de un puñado de likes en un muro estúpido de FB. 

Su padre no lo echaría mucho en falta, nunca quiso saber de él. Él lo había decepcionado según decía, era su vergüenza, pero en realidad su padre fue quien lo decepcionó por no aceptarlo como era, por no conformarse por como Dios le había permitido llegar al mundo. Luego de que saltara a su muerte, su madre seguiría extinguiéndose poco a poco como hasta ahora se marchitaba por él, ella lo amaba como nadie. Quizás en poco tiempo también moriría de dolor y se unirían en el más allá. Sus hermanos, de cariño y sentimientos neutros, se destrozarán las pupilas por el llanto y la pena delante del público, pero con el tiempo seguirán con sus vidas, contentos, como si nunca hubiera existido.

En el alto margen del edificio sitió miedo y frío. Quizás la antesala de la muerte era una estancia gélida o tal vez, ese frío era el miedo a morir. No podía entregarse al empalagoso lujo del temor. El que optaba por el suicidio debía obligarse a ser audaz, comprometerse con la valentía, porque para dejar este mundo, el coraje y la determinación eran lo único que se necesitaba para partir. Contempló sus descoloridos brazos delgados, lesionados y resecos, ondeando como una bandera a merced del viento de madrugada. Estaban cansados como sus piernas que, a duras penas, se mantenían erectas aguantando el liviano peso que había adquirido el resto de su quebrado cuerpo. A lo lejos en el horizonte, una fina línea de luz asomaba amenazando veladamente a las tinieblas. No quería que el día lo sorprendiera antes de cumplir su cometido. Su deseo era hacer aquel último viaje de noche, como siempre había vivido. Un paso, solo un paso más y dejaría este mundo, el amor incondicional de su madre, el odio férreo de su padre, la indiferencia de sus hermanos. Faltaba poco, un simple paso más sobre la nada para tocar la calma del otro mundo, un único movimiento que se afinque en aquel peldaño invisible para conocer las bondades del descanso eterno y abandone el infierno que adolece su sangre. Cerró los ojos, no hacía falta ver si iba a formar parte de la oscuridad de la no existencia. Fue valiente y dio un paso heroico sintiendo el torrente violento de la brisa en la caída. Se sentía volando, atraído por la negrura de la muerte.


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