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La cruz del amanecer

La cruz del amanecer

29-05-2014

Novela negra/Policiaca novela

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Marta Castro es una alocada y divertida policía de Madrid envuelta en un sorprendente asesinato que reaviva viejas historias de su familia.

Junto con su compañero, Carlos Seoane y protegidos por su jefe, Sebastián Martínez investigan la conexión entre la muerte y el robo de obras de arte a la Iglesia.

Todos la quieren apartada del caso pero cuando Marta descubre que la muerte de su padre unos años atrás está relacionada, ya no hay marcha atrás.

La historia se complica cuando el Vaticano y varias organizaciones de dudoso origen convierten Madrid en un campo de batalla por el control de los “secretos mejor guardados”.

¿Quién es Marta Castro? ¿Por qué es tan importante para todos? Una violenta historia de acción y suspense que dejará a Marta Castro sin saber en quien confiar.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

La luz del Sol pelea por asomar entre los edificios después de sortear las nubes otoñales que cubren el cielo madrileño. Un ligero viento remueve las hojas caídas, incapaces de frenar el agua del asfalto después de una noche de copiosa lluvia.

Mientras Madrid despierta, las cuadrillas de limpieza trabajan con escaso afán en su tarea de limpiar las calles; junto a las verjas del Retiro, un empleado empuja con cierta vaguedad su cepillo arrastrando algunas bolsas de plástico y un par de botes de bebida que rompen el silencio del alba al rebotar contra el suelo.

Con aire cansino, se inclina para recoger los restos de suciedad y ponerlos en los cubos de su carro, al mirarle da la sensación de realizar un esfuerzo exagerado; como si la pala que porta en las manos le pesara una tonelada.

Casi no se le ve la cara, aunque el frío no es acuciante lleva levantadas las solapas de su cazadora y la gorra demasiado encajada en la cabeza. Sin prisa, observa el interior del parque y se gira para recostarse sobre el murete de la verja; hurga en el bolsillo superior de su cazadora y saca una cajetilla de cigarrillos de marca innombrable y demasiado arrugada para haber estado dentro de ese enorme bolsillo.

Se acerca un cigarro a los cortados labios hartos de saborear los fríos aires madrileños y maldice mientras sus manos buscan por todos los recovecos de la ropa hasta que encuentran el mechero. Con un gesto de malhumor se enciende el pitillo y levanta la cara al cielo de Madrid mientras aspira el humo del cigarro.

Las luces de las avenidas se van apagando a la hora fijada y crean una rara oscuridad, las nubes siguen cubriendo el cielo; aun así, la Puerta de Alcalá dibuja su figura en la gran plaza. Aunque no puede contemplarla en su totalidad, ya que la tiene de perfil y no divisa el contorno de sus arcos, conoce el monumento de memoria; lleva años limpiando la misma zona y recogiendo la basura que los energúmenos plantan todas las noches en el suelo verde que lo rodea.

Con excesiva tranquilidad apura su cigarro. Gira la cabeza a un lado y a otro comprobando que puede hacer lo que tiene intención de hacer. Tira la colilla al suelo limpio. Empuja su carro de limpieza y se dispone a cruzar la calle cuando un grupo de hombres sale corriendo desde el arco central de la Puerta de Alcalá.

«Ya están los gamberros haciendo de las suyas», pensó antes de tener que detenerse de golpe cuando un monovolumen se cruzó a gran velocidad delante de él.

—¡Eh, mira por dónde vas, hijo puta! —dijo.

El vehículo frenó con brusquedad y dos hombres asomaron sus cabezas por las ventanillas delanteras. La valentía se tornó en cobardía y aún más cuando las puertas del coche se abrieron. Un suspiro de alivio relajó su cuerpo al comprobar cómo el grupo de gamberros que habían salido de la plaza se metían en el coche.

El conductor del vehículo aceleró y giró por la gran plaza desapareciendo en dirección a Atocha sin hacer caso al color rojo de los semáforos. No los perdió de vista mientras abandonaban el lugar y pudo darse cuenta como uno de los ocupantes no le quitaba los ojos de encima. La valentía regresaba a su cuerpo a la misma velocidad que ellos se perdían en las calles de Madrid.

—Pandilla de chulos, no habéis tenido cojones a bajaros del coche.

Mientras escupía sus insultos rebuscaba otra vez la caja de cigarrillos, esta vez el mechero si estaba a mano y encendió su segundo pitillo.

—Vamos a ver que cojones estaban haciendo dentro de ti preciosa.

Se detuvo junto al primer arco y se adentró por el cuidado césped de la plaza buscando las botellas que deberían haber dejado los gamberros. Nada, nunca estuvo tan limpio el recinto. Levantó otra vez su cara al cielo de Madrid para aspirar otra bocanada de humo del cigarrillo.

Pareció como si el tiempo se hubiera detenido. Ni viento, ni hojas volando, ni lluvia, ni el ruido de los coches que cruzan por Cibeles, nada. Su cara se volvió blanca, tensa, los ojos a punto de saltar y la colilla se le escurría de los labios. Era incapaz de moverse y no podía apartar la vista del monumento. La Puerta de Alcalá había cambiado.

—¡Me cago en la puta hostia, joder!

Aún sin haber podido reaccionar del todo sacó el móvil del bolsillo trasero del pantalón, los dedos no acertaban a marcar el número y el aparato terminó por caérsele al suelo. Mientras se agachaba para recogerlo sus ojos seguían fijos, su cara no podía apartarse del monumento. La belleza de la Puerta de Alcalá no le tenía enganchado, en el arco central había un hombre.

—¡Joder!

Era la única palabra capaz de pronunciar mientras sus dedos acertaban por fin en el teclado del teléfono y pudo marcar el número.

—Policía, ¿dígame?

—Tienen que venir aquí, ¡ahora, rápido!

—Buenos días, señor, ¿podría indicarnos con claridad lo que ocurre?

—¡La Puerta de Alcalá!

—¿En la Puerta de Alcalá?, ¿qué ha sucedido?

—¡Hay, hay un hombre!

—¿Qué le ocurre a esa persona?, ¿se encuentra bien?

—¡Joder, han crucificado a un hombre!


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