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La Princesa Que Mataba Dragones

La Princesa Que Mataba Dragones

06-10-2018

Juvenil/Infantil cuento o relato

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Leonora es una princesa que quiere matar a un peligroso dragón negro que anda atemorizando a su pueblo, pero sus padres no se lo permiten porque eso no es cosa de mujeres, pero ella les demostrará que tiene la habilidad y la valentía para vencerlo.
 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Parte I
En un reino muy pero muy lejano, en una época muy pero muy remota, vivía en un castillo una familia real formada por el rey, la reina y su pequeña hija, la princesa Leonora, que tenía siete años de edad la cual era una niña muy despierta e inteligente. A diferencia de la mayoría de las chicas de su edad, a Leonora no le gustaba mucho jugar a "la comidita" ni a las muñecas, a ella lo que más le gustaba era montar a caballo y leer esas fantásticas historias de valientes caballeros con armaduras brillantes que combatían y mataban a los peligrosos dragones con sus poderosas espadas.
A Leonora le brillaban los ojos de emoción cada vez que se sumergía en ese fantástico mundo de los caballeros armados, pero había algo en esas historias que la inquietaba un poco, y era el hecho de que esos combatientes siempre fueran hombres y nunca mujeres.
Los personajes femeninos de esas historias siempre eran princesas que gritaban como locas en las garras de los dragones siendo las víctimas frágiles y débiles que no podían defenderse por sí mismas hasta que llegaran los caballeros a salvarlas. Leonora no se sentía identificada con las princesas de las historias que leía porque ella no era nada débil ni temerosa, ni siquiera gritaba cuando se lastimaba o veía un insecto.
Un día llegaron un par de familias nobles que tenían dos hijos varones, que eran más o menos de la edad de la princesa, a visitar a los padres de Leonora al castillo. Mientras los adultos conversaban en una de las salas, los niños salieron con ella a jugar al jardín con sus espadas y escudos de juguete. - ¡Juguemos a que un dragón viene a atacar el palacio y nosotros peleamos con él y lo matamos! - sugirió uno de ellos.
Leonora se entusiasmó mucho al oír esa propuesta de juego. - ¡Yo también quiero jugar! - exclamó alzando su mano mientras daba saltitos muy emocionada.
Los chicos la miraron de arriba a abajo muy extrañados. - ¿Tú quieres jugar con nosotros? -
- ¡Sí, claro! Me encantaría matar muchos dragones aunque sea de "a mentiritas" - les contestó entusiasmada esperando a que ellos aceptaran incluirla en el juego.
- Bueno Leonora, verás... es que los que matan dragones son los caballeros y no las princesas, pero si quieres puedes ser la damisela que es secuestrada por el malvado dragón y nosotros acudimos a tu rescate.-
Leonora dio un paso atrás indignada mientras movía la cabeza en señal de negación. - ¡No! ¡Yo quiero matar dragones como ustedes! -
- Lo sentimos mucho, pero las niñas no pueden matar dragones, eso es cosa de hombres, así que no puedes jugar. -
La pequeña princesa los dejó ahí solos, entró al castillo, subió corriendo a su alcoba y abrazó su libro de historias favoritas mientras se preguntaba el por qué ser valiente y combativa no era algo propio de una niña.
A pesar de todo Leonora no se desanimó, sino todo lo contrario, cada día estaba más entusiasmada con sus historias de caballeros y dragones, y siempre que tenía oportunidad se la pasaba soñando despierta mientras se imaginaba que llevaba puesta una linda armadura e iba montada en un furioso corcel dispuesta a combatir con aquellas peligrosas criaturas.
Una noche mientras todos dormían plácidamente y ella no tenía ni una pizca de sueño, sintió ganas de ponerse a jugar. Bajó a la cocina, agarró una de las bandejas de plata en las que los sirvientes solían servirles la comida a modo de escudo, se colocó una olla pequeña en la cabeza como si fuera un yelmo y tomó una vieja escoba como espada y se dispuso a "pelear" contra la estufa encendida que en su imaginación era un fiero dragón que escupía fuego letal.
- ¡En guardia! - gritó mientras se ponía en posición de combate. - ¡Atrévete a acercarte, malvado dragón! ¡Te atravesaré el corazón con mi filosa espada! -
Leonora movía la escoba contra el dragón-estufa al mismo tiempo que daba saltos hacia atrás y hacia adelante tratando de esquivar las llamaradas que el malévolo animal le lanzaba en su imaginación.
Decidida a matar al dragón-estufa de una vez por todas, retrocedió a una distancia considerable para clavarle la espada-escoba en el corazón y cuando logró su objetivo, se puso a brincar de alegría. Entre los saltos y los bruscos movimientos que dio con la escoba, sin querer chocó contra una mesa que estaba justo en medio de la cocina y se llevó consigo todos los platos, cubiertos, cacerolas y demás utensilios de cocina que había colocados encima de la mesa provocando un gran desastre.
El fuerte ruido hizo despertar al rey, a la reina y a algunos de los sirvientes que ya estaban profundamente dormidos en sus respectivas habitaciones y bajaron inmediatamente hacia la cocina para averiguar que había sido ese escándalo. Ahí encontraron el montón de platos desperdigados por el suelo y a la princesa en medio de todo el tiradero.
- ¡Pero Leonora! ¿qué andabas haciendo en la cocina a estas horas de la noche? - exclamó sorprendida la reina al verla mientras le quitaba de encima la olla que se había puesto sobre la cabeza.
- Pues, nada... estaba jugando que mataba a un dragón con la espada y luego volqué la mesa sin querer y lo tiré todo - replicó con la cabeza gacha.
La reina llevó a Leonora hasta su habitación para hablar con ella de "mujer a mujer." - Mira hijita, las niñas como tú no deben jugar esa clase de juegos tan rudos, eso es para chicos, ellos son fuertes y no les importa hacerse daño; nosotras las mujeres no nacimos para hacer esas cosas. -
- Pero mamá... - la interrumpió Leonora. - A mí me gustaría ser una guerrera y pelear contra los dragones así como en las historias que leo en mis libros favoritos. -
La reina suspiró mientras movía la cabeza negativamente. - No hija, eso no está bien. Nosotras debemos dedicarnos a otra clase de actividades como tejer, hilar, lavar, cocinar, cuidar de las plantas de los jardines, ser madres, cuidar de nuestros hijos, servir a nuestros maridos, en fin cosas que vayan de acuerdo con nuestra fuerza y naturaleza. -
Al escuchar todo eso, Leonora miró enfurruñada a su madre y cruzó los brazos sobre el pecho, ese era su típico gesto cuando escuchaba algo con lo que no estaba de acuerdo.
- ¡Y no pongas esa cara, jovencita! - la reprendió enseguida la reina. - Es más, desde mañana mismo te voy a enseñar todo lo que las buenas doncellas deben de hacer, ya estás en edad para aprender. -
- Mamá, por favor... - dijo la niña en tono de suplica.
- ¡Nada de peros muchachita! Mañana a primera hora te espero en el cuarto de hilar, ahora tienes que dormir ¡Buenas noches! -
- Buenas noches, mamá. -
En cuanto la reina apagó la lámpara del dormitorio y salió de ahí, Leonora se metió a su cama pensando en todo lo que su madre le acababa de decir, ya que no estaba convencida que aquello fuera lo que realmente quisiera hacer en la vida.

 


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