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Yo, un libro inacabado

Yo, un libro inacabado

13-05-2014

Contemporánea novela

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          Todos somos consciente de que para sobrevivir y poder superar la mediocridad que a cada uno le ha tocado vivir es necesario utilizar cualquier artimaña que nos ha puesto el destino en nuestras manos para intentar alcanzar una existencia digna. Con esta simple trama que todos conocemos tan bien se desarrolla la componenda de esta novela.

El protagonista es el propio libro que nos irá narrando su peculiar historia de supervivencia. Un libro que consciente de su propia realidad y de la situación que le ha tocado vivir, y ante un destino preocupante, pretende tomar las riendas de su vida. Con su pericia y sin demasiados escrúpulos se verá abocado a establecer una lucha constante para evitar su desaparición. Sabiéndose débil, inicia una contienda contra los elementos que le rodean y que han determinado su lugar en este mundo con las únicas armas que posee: el ingenio y una habilidad poco común en el manejo de los caracteres existentes entre sus páginas.

A lo largo de los capítulos el protagonista narrará sus vicisitudes a través de los diferentes dueños y situaciones que el destino le tiene reservado. De un libro que posee la singularidad del conocimiento y una peculiar moral se puede esperar cualquier cosa. Con una perseverancia poco común, conseguirá cambiar e influir en el desarrollo de los diferentes personajes que le rodean, dándole la vuelta a su propio destino y al de estos.    

 

RESEÑAS:

Yo, un libro inacabado, de J.González Martín

 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

El libro

Por encima de cuatro estantes ya no me siento a gusto; el de abajo tampoco me hace gracia. Las miradas perezosas de los lectores apenas alcanzan a verte, y en este oficio si no te ven, triste destino el nuestro.

De todos es sabido que los textos desde el momento que salen de la pluma se desvinculan del escritor. Su presencia, después del mismo acto de la escritura desaparece desentendiéndose de su creación, y lo dicho, dicho queda. El autor no está a tu lado cuando lees, ni tienes miedo de su reacción ni te preocupa el que dirá; porque la única realidad es el texto y nada más.

Les estoy hablando cara a cara, no es un caso usual, es excepcional. Posiblemente sea único desde la invención del libro. A lo largo de todos estos años no he encontrado nada parecido. Se han realizado múltiples reuniones, especulaciones, estudios en torno al tema pero ninguna hipótesis avala la credibilidad de una cuestión de esta naturaleza.

La extraña circunstancia de la realización de esta narración la convierte en un caso exclusivo, ya que yo el libro que tenéis abierto entre las manos soy el responsable y autor de todo lo que está escrito en estas páginas. Lo que he considerado interesante lo narré, lo que no, en la cuneta lo dejé.

Desde esta primera página quiero dejar clara mi autoría. Me responsabilizo del texto, no quiero esconderme, asumo el riesgo que entraña esta declaración; al menos tomo las riendas de mi destino. Parece un hecho inverosímil, pero les aseguro que es tal y como lo perciben, por primera vez el autor y el lector participan del mismo texto mirándose cara a cara. Tengo el soporte, la técnica y la voluntad, además del esfuerzo que nunca me faltó para afrontar esta empresa.

La sensibilidad para entenderme o no en este entramado de palabras depende del lector, y está en camino.

 

1

Salí de la imprenta hecho un pincel, impecable. La edición salió a la calle en un formato de bolsillo con una encuadernación en rústica. La tirada fue reducida a unos pocos cientos de ejemplares. El editor no confiaba que la historia se vendiera excesivamente puesto que el narrador no era un autor de renombre, ni con el paso del tiempo llegó a serlo. Son tales las ganas de publicar de algunos aspirantes a escritores que ciertos editores resbalándoles los criterios de calidad o quizás por necesidad,  no tienen más que pedir un dinero y sin más, ahí está, a publicar y de camino aprovechar esas ansias para sanear algún pago atrasado.

Después de tanto tiempo de la trama apenas me acuerdo, algunas críticas catalogaron el libro dentro del género de la novela negra. Yo en cambio, me sentía poseedor de una novela transparente con un tufo maloliente de escaso interés. Me tocó como autor un pobre hombre, delineante de profesión, que harto de líneas, planos y acotaciones se dejó llevar por su afición a las letras. Tuvo la osadía de irrumpir en un coto diferente al suyo para batallar con las palabras. Del mismo modo que la geometría requiere precisión y exactitud al trazar las líneas y curvas que componen una figura; en la escritura también se necesita de reglas y normas dentro de las cuales cada letra pide su propia coordenada reclamando su sitio. Las palabras nunca permiten que se sacrifique su posición natural si no es a cambio de un lugar principal para mejorar o lucirse con el intercambio, y por descontado siempre se respetan entre sí. La primera y única premisa que permanece inalterable es la de no estorbarse en el camino. No para llegar primero, sino para encontrar un sitio que justifique el trayecto. En esta batalla de muchos guerreros que buscan posicionarse, pocos consiguen salir victoriosos e ilesos en estas guerras narrativas.

Llegué a la librería con un envío repleto de novedades. Aún recuerdo su nombre: Nova Express. Una pequeña tienda de libros cuyo librero de nombre Oén, aficionado a la pintura aprovechaba cualquier momento sin clientela para darse el gusto de unas rápidas pinceladas sobre unos lienzos colocados en su pequeña trastienda.

Los primeros días los pasé en el escaparate a la vista de todos. Eres joven, hablan de ti, te sientes orgulloso al estar en un lugar privilegiado frente a unas miradas curiosas, son momentos de euforia. Muchos llegaron conmigo y ni siquiera se les dio una oportunidad para exhibirse. Incluso algunos quedaron en el fondo del cajón a la espera de ser devueltos a la distribuidora sin desempaquetar, desahuciados sin saber el porqué. La superpoblación amenaza nuestra especie, o acaso es el mundo digital, ¿quién tiene la última palabra? No está a mi alcance dilucidar tal dilema.

En la calle al otro lado del cristal, los transeúntes afanados en caminar miran al frente procurando esquivarse para no toparse unos con otros. Sólo los despreocupados ojean a los lados, y con la mirada buscan en los escaparates distracción que les sorprendan y entretengan un rato. Si tienen curiosidad, miran la exposición de libros dispuestos a dejarse impactar por sus portadas más o menos atractivas. Algunos ansían descubrir entre tanto libro historias cargadas de emociones, por eso rastrean y persiguen una lectura que amenice sus lánguidas existencias. Mientras, esperan resignados que un golpe de suerte cambie sus vidas para embarcarse en una apasionante aventura, pues están convencidos que el tiempo está de su parte y que la espera no será vana. Una práctica saludable, por supuesto, que les ayudará a soportar sus insípidos días, pero una esperanza inútil al fin y al cabo, pues no basta con anhelarlo. Y yo de este lado del cristal los observaba ávido por conocer todos los misterios que escondían sus ojos. Cada individuo en su mirada arrastran desconocidas vidas que tampoco yo podría vivir.

 Observado por los transeúntes me pasaba el día pavoneándome preocupado por mi aspecto e intentaba ser el centro de su atención. Si me señalaban con el dedo, este sencillo gesto resultaba un motivo suficiente para creerme venerado y hacerme sentir orgulloso de ser objeto digno de admiración ¡con tan poco y ya pretendía codearme con los mismos dioses¡ Si hubiese sabido entonces lo efímero que era ser modelo de escaparate, habría aprovechado mejor mi privilegiada posición para disfrutar de los mil detalles que conllevaba el constante trajín de la calle; pero por desgracia en aquellos principios, mi egocentrismo y vanidad no me dejaba ver más lejos.

No sólo la curiosidad del objeto expuesto es lo que mueve a los paseantes a acercarse y situarse frente al escaparate. Algunos, los más coquetos se plantan frente al cristal para admirarse y cómo no, se acicalan sin pudor. Saben lo que van a ver, satisfechos con su imagen, se reconocen y se alejan sin que su mirada traspase el escaparate. No requieren de otros estímulos que no sea su propia figura. A otros, sólo les motiva la librería y su escaparate como punto de espera y encuentro para reunirse con los amigos antes de proseguir su camino a zonas de diversión. Una variedad que resulta sorprendente son los niños de corta edad que se caracterizan además de por su tamaño, por su irresistible atracción al cristal. Se acercan tanto que aprovechan la proximidad para lamerlo, mientras, sus ojos se clavan en el interior y en un fulminante vistazo fijan sus miradas en un objeto que les ha sorprendido a primera vista. Es un momento de inflexión para estas pequeñas mentes, su prioridad pasa a ser la adquisición urgente del elemento seleccionado. Acostumbrados a pedir, se despegan del cristal girando sobre sí mismo y comienzan el acoso al adulto que los acompaña. Los atosigan hasta hacerle perder los nervios en una explosión de ira contenida contra ese enano que importuna su paseo. Admirables criaturas de escaso tamaño que con sus ruegos repletos de habilidades y perseverancia poseen la facultad de persuadir y convencer al inteligente adulto que les sobrepasa tres veces en altura y que suele sucumbir accediendo a su petición.

Durante algo más de tres semanas que permanecí en este mirador, me llamó la atención una hermosa señora que se detenía ante las vitrinas casi todas las tardes a la misma hora. Se quedaba mirando el escaparate largo rato, al menos más de lo que era habitual para cualquier transeúnte interesado en los títulos expuestos. Me gustaba observarla, su rostro tenía unos rasgos delicadamente perfilados que contrastaban con su mirada inquieta. Por sus gestos y su cara de ansiedad, poco tardé en darme cuenta que los libros expuestos no eran el principal objeto de su atención. Al rato de estar frente al escaparate, un extraño impulso la inducía a girar sobre sí misma, cruzar la calle y meterse en el portal que se encontraba al otro lado de la vía. Después de sucesivas visitas, averigüé cual era el enigma del repetido y extraño comportamiento. En el edificio enfrentado a la librería, en el segundo piso, el encendido de una bombilla y su reflejo sobre la vitrina sacudía a la elegante dama que supuestamente hipnotizada por el impacto lumínico, cruzaba la calle poniendo fin a una espera disimulada.

En sus reiteradas visitas, hallé un elemento más que se sumó a esta continua cadena de revelaciones: la salida del portal de una mujer y su posterior desaparición al cabo de la calle eran el detonante que ocasionaba sistemáticamente el encendido de la luminaria. La consecuencia no era otra que la de la dama corriendo diligente hacia el portal que la llevaba al piso de los ventanales. Sin duda donde se encontraría con su amante que impaciente se entregaría hasta el agotamiento, o quizás, tan sólo eran citas para mirarse a los ojos, o quién sabe, son tantas cosas por imaginar. Qué podría saber yo sobre quién la esperaba o cuáles eran los objetivos de esas incursiones supuestamente secretas. Puedo suponer cualquier cosa, nunca comprobé la realidad de esta afirmación, ni tenía forma de hacerlo. Pero qué mejor destino y poético desenlace puedo darle a esta bella mujer en mi elucubración ¿quién me impide transformar los finos haces de luz en fornidos brazos de un amante? No quiero entrar en consideración de que si él estaba casado, o si ella era mujer objeto, o mil especulaciones más; quedémonos con lo importante, el resto de las valoraciones las dejaré para mentes aburridas.

Otros libros llegaron, y como yo anteriormente, sin piedad ocuparon mi sitio para desplazarme fuera del escaparate. No se me preguntó, allí me dejaron en medio de la librería sobre una mesa en el centro del local habilitada para este menester. Fue un consuelo darme cuenta que seguía en la zona dedicada a las novedades. Me adapté y acomodé con rapidez a mi nuevo espacio. Muchos clientes llegaban, me acariciaban el lomo, incluso se entretenían un momento ojeando mis páginas. El manoseo iba acompañado con comentarios de lo más variopintos. “Has oído hablar de éste, yo no tengo ni idea”. “Otro con más de lo mismo, novela de tiros con trama de misterio, siempre la misma cantinela” o “Qué portada tan chula, pero es un poco caro” y mil comentarios más; incluso, con indiferencia me sobaban y dejaban sin decir palabra. Si en el escaparate conseguía con mi portada crear expectativa, en el interior del local el trato era directo, físico, me pasaba la jornada entre las manos de unos y otros.

Ocasiones no me faltaron para reírme de lo limitados que resultan los seres humanos cuando se enfrentan a los pequeños detalles. A los clientes de la librería les gusta coger y manipular los libros, pero una vez ojeados, colocarlos en el mismo sitio y posición les resulta una misión inalcanzable. Nunca los ponen en el mismo lugar, por despiste o desorientación siempre colocan el libro de cualquier modo, y si por suerte vuelve al mismo sitio, por supuesto, jamás en la misma posición pues quedan encajados de cualquier manera.

Cuando la librería quedaba vacía y las puertas echaban el cierre, dedicaba mi tiempo a examinar las estanterías e imaginaba en qué parte del establecimiento estaría mi ubicación. Porque desde la terrible decepción que supuso la retirada del escaparate, era consciente y me daba perfecta cuenta de que no sería la mesa mi último destino. Constantemente entraban paquetes cargados con las últimas publicaciones y recién salidas novedades editoriales que no hacían más que reducir y agotar este dulce e irrepetible período de mi vida. Tenía que estar preparado para dar el salto a los estantes que me rodeaban. Todos ellos repletos de libros de diferentes formatos, muy bien organizados por temáticas y correctamente colocados sobre hermosas estanterías de color blanco con fondo rojo. Entretenía mi tiempo examinando y preguntándome cuál sería la zona propicia de la librería en la que podría encajar.

 Pero lo mismo que les ocurrió a mis dos hermanos de edición que arribaron conmigo a este puerto y a los que serví de reclamo, me llegó la hora para la cual estaba predestinado cogiéndome desprevenido. Desconocedor de los avatares del destino, la llegada de un acontecimiento anunciado estaba a punto de transformar mi vida. ¿Cómo no sé me había ocurrido? Ni se me pasó entonces por el pensamiento. Mi arrogancia me alejaba de la realidad y no dejaba que me diese cuenta que el mismo trato que recibían los demás, también estaba reservado para mí. Una situación evidente para cualquiera menos para el ínclito de turno; ante todo era un objeto inteligente, sí y eso quién lo sabía, no dejaba de ser un producto destinado y fabricado para el mercadeo. Designio que cumplí a la perfección.

 Entró en la tienda un hombre con las ideas muy claras en que se iba a gastar su dinero pero no tan claras sobre el tipo de libro con el que saldría de allí. Apenas entró y sin soltar la manilla de la puerta me dio un vuelco el corazón, entendámonos en sentido figurado pues siendo lo que soy. El caso es que mi intuición me decía que entraba en la tienda el hombre que iba a cambiar el rumbo de mi vida….

Pues no, de eso nada, mentiras, ni por asomo me hubiese imaginado que este personaje con esa facha, vestido con traje de una elegancia trasnochada fuese a cargar con esta novela que tan poco pegaba con lo que aparentaba. Al entrar se le notaba incómodo, con cierta inquietud debió de advertir que aquel no era sitio donde sentirse a sus anchas. No creo que este hombre dedicara demasiado de su tiempo a la lectura.

No preguntó por mí, al menos me hubiese sentido alagado y con otro ánimo para asumir mi papel y lo que ello conllevaba. Después de dar una vuelta a la librería sin decidirse por nada, se acercó a Eón con aire de entendido para que le aconsejara. Con unas ofertas tan variadas y por falta de tiempo dijo tener dudas sobre la elección del libro pues no acababa de decidirse por algo en concreto ya que el destinatario no era él sino su hijo, y los jóvenes ya se sabe. Remató con una sonrisa mientras se rascaba la cabeza

 Eón resuelto y entendidas perfectamente las razones del ilustrado se dirigió directamente hacia donde me encontraba. Y como si fuera la especialidad de la casa o un tesoro reservado para una ocasión única, me depositó entre sus manos de las cuales no pude zafarme. Con un simple gesto, pasé a ser un regalo de cumpleaños. Sobre el mostrador Eón me envolvió en un papel de colores que me dejó tieso y confundido sin poder moverme. Maldije de impotencia esta acción que consideraba una ñoñería. Me sentí ridículo, prisionero en un vulgar papel de envolver de colores chillones. Lamentaba mi suerte ¿Qué otra cosa podía hacer? Asustado como estaba ante un futuro incierto.

Me alejé de Nova Express, dejé tras de mí la placentera sensación de estar arropado entre los de mi especie que como en mi caso apenas habían sido manoseados y menos leídos. Con el paso de los años los recuerdos se intensifican, todavía hoy añoro aquellos primeros días bajo la protección de la librería que me acogió. Atrás dejé este peculiar olor de libros recién salidos de la imprenta. Olores que posteriormente en mis múltiples aventuras en pocas ocasiones he vuelto a experimentar, y cuando ha sucedido siempre me he dejado llevar por la nostalgia de mi primera morada.

Lo ocurrido fue el inicio de un cúmulo de acontecimientos que me tendría reservado el destino para llevarme a un incierto y largo camino que he ido recorriendo en mi inusitada y ajetreada vida.

La etapa que comenzaba la pasé en casa de Monr, el joven cuyo padre le había regalado la novela con el mejor de sus deseos y con la sana intención de encauzarlo a la lectura. ¿Quién le puede quitar la ilusión a un padre por querer instruir a su hijo, cuando desde todas las estancias posibles se aconseja que la lectura sea beneficiosa, acompañando sus alegatos de otras muchas retahílas de bondades? Fueron escasas las ocasiones en las que volví a ver al padre dirigirse al hijo, y cuando esto ocurría, con un puñado de palabras zanjaban sus conversaciones. Curioso modo de comunicarse, suplían la falta de palabras con una novela repleta de ellas. Con un contenido desconocido que supongo quería compensar una relación prácticamente inexistente entre ambos.

Monr comenzó la lectura con ansiedad, leía un puñado de páginas, intentaba sumergirse en la historia, pero en todas las ocasiones su falta de costumbre hizo que al poco desistiera para dejarme tirado de cualquier manera. Entre sus hábitos no estaba el estar encerrado entre las cuatro paredes de su habitación para otro menester que no fuera dormir o para jugar con el ordenador. Los libros, poco tardé en entender que se mantenían alejados de sus principales predilecciones.

Fueron unos inicios de gran inquietud, pasé los días dando tumbos de un lado a otro sin salir del dormitorio. Se me podía encontrar en cualquier sitio, debajo de la cama, sobre el ordenador o encima de una silla, no existía un simple estante ni un lugar fijo para mí. Nunca llegué a conocer el resto de la casa. El mejor momento del día era cuando a lo largo de la mañana la criada entraba a ordenar la habitación, me cogía entre sus manos y suavemente me acomodaba sobre cualquier sitio seguro y cómodo. Mis compañeros de habitación no eran más que unos pocos libros que se encontraban en mi misma situación, de acá para allá; rara fue la ocasión en la que nos apilaran a todos juntos.

 Monr se planteó la lectura como una obligación hacia su padre. Tardó casi dos meses en dar por terminada la novela. Al no ser capaz de concentrarse, dudo que pudiera captar la trama. Le supuso un alivio acabarla. A mí también me alegró que terminara, se pasaba todo el tiempo de lectura doblando las hojas hasta tal punto que casi me descoyuntó de tanto estiramiento; resultó un suplicio esta primera lectura.

Por la habitación de Monr pasaban de cuando en cuando sus amigos. Si alguno de ellos se fijaba en mí y mostraba curiosidad por la novela, sin poner impedimento me dejaba en préstamo para que me fuera con ellos. Ocurrió en un par de ocasiones. “Está de cine”, fue la única crítica que me tenía reservado al ceder el libro.

Como Mónr, tampoco estos me trataron con mucho respeto. Su segundo amigo no llegó siquiera a terminar la lectura pues vivía con una única preocupación: cómo acicalar y peinar su negra melena, si con mechas o de lado. No creo que su cabeza entendiera que el pelo se puede colocar de mil maneras sin perder la compostura, ni la cabeza. Con tan importante preocupación quedé olvidado. Pasé varios meses en su casa medio abandonado, entre zapatos, juguetes y ropa sucia.

La novela no parecía que pudiese despertar pasiones en los lectores; comencé a preocuparme. Según pasaban los días, caí y me dejé llevar paulatinamente por un profundo abatimiento. Presagiaba un futuro desalentador, donde el desprecio y el olvido me llevarían a terminar mis días en manos de algún desalmado que con la llegada del invierno me arrojaría como yesca dentro de un viejo bidón para calentarse junto a unos pocos indigentes.

Anhelaba con todas mis fuerzas volver cuanto antes a mi anterior hogar. Confiaba que Mónr me recordase para reclamarme. Aunque sólo fuera por los lazos afectivos que me relacionarían como su regalo de cumpleaños. Albergaba la esperanza de que me considerara uno de los objetos a guardar por respeto a su padre. Motivo suficiente para evitar la tentación de desecharme.

————

El poco interés que despertaba la novela, además de la desidia y desorden del amigo, unido a su falta de inquietud frente a todo esfuerzo intelectual, fue el acicate y el inicio de un profundo cambio en mi actitud. Concentré toda mi energía en la búsqueda de una solución que mejorara la opinión que se pudiera tener de mí. Si la situación no cambiaba en un futuro cercano estaría abocado a la desaparición.

Tirado entre los cachivaches, por casualidad descubrí entre mis páginas una letra que se había desplazado ligeramente de su enclave. El descuelgue de la letra A mayúscula me alarmó y me preocupó. Podría tratarse de una enfermedad de las llamadas raras, que aunque poco común, sin duda era degenerativa e incurable. Los primeros síntomas se manifiestan en cuanto algún carácter impreso comienzan a moverse sin razón aparente. Entonces poco a poco se van contagiando todas las grafías hasta terminar desprendiéndose sin remedio para quedar amontonadas y convertirse en una gran mancha de tinta. Me llevé un gran susto, inmediatamente me puse a indagar sobre las razones de este percance. Pronto descubrí el motivo que descartó la fatal enfermedad que tanto temía. No me cabía ninguna duda, la causa principal del desprendimiento se debía a un rápido secado de la tinta en el proceso de impresión. La tinta no se había impregnado en el papel lo suficiente en toda la superficie de la letra para fijarla adecuadamente. Me tranquilizó comprobar que las grafías a los lados de la afectada se encontraban en perfecto estado.

Lo que creí una desgracia más a sumar a las actuales circunstancias de abandono, resultó ser el germen y la ilusión que necesitaba para emprender una trayectoria que me evitó una muerte temprana. Al principio, busqué entre las páginas algún carácter que poseyera el mismo defecto que la A, encontré varias, más de las esperadas. Lo sorprendente estuvo en el momento en que quise llevarlas de nuevo a su sitio. No sólo podía recolocarla, sino que con dificultad también podía deslizar y trasladar los caracteres defectuosos a cualquier parte de la página que se me antojase. A raíz de este hecho, comenzó a rondarme una idea que fue creciendo y afianzándose con el tiempo. Tenía la posibilidad manejar a mi antojo las grafías para crear mi propio texto.

Desplazar este puñado de letras fue relativamente fácil, mucho más complicado fue el resto que enraizadas en su enclave se resistían a moverse. Después de probar todas las estratagemas posibles, logré al fin remover una coma. Días más tarde, desplacé ligeramente una letra que consideraba de las más arraigadas al papel. Para que entiendan lo que quiero explicarles, pondré un ejemplo muy gráfico que clarificara la tarea a la que me enfrentaba. No tienen más que intentar desarraigar del suelo un puñado de hierbas con vuestras propias manos, para darse cuenta de lo difícil y delicado que puede resultar arrancar de raíz la hierba sin destrozar sus hojas y tallos. 

Me cuesta recordar el tiempo que transcurrió hasta que logré cambiar el significado de una palabra al intercambiar de lugar sus vocales, “manos” paso a “monas”. Pueden sonreír, incluso puede resultar gracioso e infantil el juego de palabras, pero este pequeño trueque desató en mí un estado de euforia indescriptible; podía crear palabras por mi mismo.

Fue un aprendizaje lento, mucho más que lo deseado. Me costó lo indecible comenzar la titánica tarea en la que estoy continuamente inmerso. Tomé una decisión trascendente, estaba dispuesto a escribir mi propia narración. Para ello tendría que transformar el texto original en otro distinto que no dejara indiferente al lector. Forzar al poseedor del libro a guardarlo y respetarlo en cuanto se diera cuenta que tras las palabras se escondía esa diferencia entre ser y callar. Por pura rebeldía y necesidad estaba dispuesto a sacudirme la bazofia que me habían echado encima.

Cualquiera pensará que soy extremadamente pretencioso, además de cargar con una buena dosis de arrogancia, pero sin estos ingredientes en aquella época no me hubiese decidido a afrontar esta empresa. Estaba convencido que el texto que soportaba resultaba un lastre para mi supervivencia. Nadie en mi condición, por querer defender su vida dejaría de pelear para que su existencia no se apagara sin luchar en su defensa; en consecuencia, no deseaba acabar un día aciago como alimento de las llamas. O pasar brutalmente por una trituradora como tantos y tantos de mis compañeros de papel, sin otro final que el olvido, sin nadie que te llore, ni un dios que te ampare.

Poco me duró la alegría, me desmoralicé cuando fui consciente de la tarea ingente que se me venía encima. Era tal la lentitud de mis progresos que resultaba imposible dar forma a mis pretensiones de transformar y crear un texto nuevo. La poca velocidad con la que trabajaba estaba empezando a martirizarme y preocuparme. Si no le ponía remedio pronto, dejaría de ser útil el esfuerzo de estos primeros logros.

Si había conseguido mover un carácter podría hacerlo con todos, aunque en ello me fuera la vida: perseverancia y paciencia, no veía otra salida a mis pretensiones. Comencé a jugar con las palabras, a cambiar su sentido, otras las dejaba sin significado intentaba mejorar lo aprendido. Es fácil imaginar que la meta propuesta no sólo dependía de mí. Todo el esfuerzo se debería complementar con la suerte y sólo puedes creer en ella cuando sabes que has hecho lo posible para ganártela.

Se preguntaran si no hubiese sido más fácil borrar el texto, empezar de nuevo, pero todo requiere una técnica y una tecnología que yo no poseo. Imposible borrar de mis páginas cualquier letra impresa. Eliminarla no era posible porque sin ellas escribir un texto nuevo resultaba un trabajo totalmente fuera de mi alcance, sin tinta, sin manos, sin teclado. Mi labor quedaba reducida a un simple trueque de letras y signos impresos con la que tenía que conformar mi narración.

————

Monr apareció por casa de su amigo, por casualidad me vio entre los cachivaches tirados en lo habitación. Recordó de quién era e hizo lo necesario para rescatarme de aquella casa. Pasé directamente a su bolsillo. Es una suerte que los individuos mantengan la necesidad de salvaguardar sus posesiones, será por aquello de tanto tienes, tanto vales.

No volvimos a su casa, Monr se dirigió a la estación de ferrocaril que se encontraba a pocas manzanas de allí. Sacó un billete y cogimos un tren que nos alejó de la ciudad a toda velocidad. Durante el viaje no me soltó de entre sus manos, ni paró de manosearme y apenas hojeó las páginas. Lo noté pensativo e inquieto, parecía contento y preocupado a la vez.

 Bajamos en una estación situada al borde de un río, en un pequeño pueblo con casas mal repartidas. Salimos de la estación en busca de un taxi que nos trasladó entre campos a una esbelta casona con preciosas vistas a un valle plagado de prados y animales domésticos. Salió a su encuentro una preciosa chica que resultó ser su novia. Tras un breve saludo, me sacó del bolsillo y ¿cuál fue mi sorpresa? Allí mismo sin más, me colocó entre las manos de su novia para ofrecerme como un obsequio; según él, un detalle sin importancia, ¡y yo pensando que este pájaro me tenía cariño!

Suponer que mi rescate llevaba implícito un acto de honestidad y de respeto por ser un regalo del padre, era suponer demasiado. Me recogió de la basura por el orgullo de rescatar lo que era suyo, puesto que dejarme tirado en casa de su amigo de nada le iba a servir. Avispado como era, pronto encontró una excelente oportunidad para sin esfuerzo quedar en buen lugar. Astutamente, aprovechó la ocasión para efectuar su regalo improvisado. De esta forma esta “genial” ocurrencia allanó el camino al intercambio de besos, luego risas y achuchones.

Al día siguiente Monr desapareció de mi vida, se fue como vino, sin aportarme nada interesante, aparte de dejarme una sensación de abandono y traición.


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