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Primer capítulo

RUIDO

 

Un día descubrí que todos aquellos ruidos tan molestos que hacían los demás y que ponían mis nervios de punta, pasaban a ser divertidos si quien los hacía era yo. Primero imité el recuerdo de un antiguo profesor y su odioso tic, y mi lapicero comenzó a dar obsesivos golpecitos contra cualquier superficie sólida. Aquel ritual estereotipado tan tonto, pasó de ser motivo de encrespamiento a ser incluso relajante. Dejé de hacerlo cuando una tarde en el autobús, la señora de mi lado me lanzó una mirada furibunda y me dijo en un tono muy desagradable que dejase ya el dichoso ruidito.

       

        Entonces, mis dientes comenzaron a chirriar, igual que hacía mi padre cuando dormitaba en el sillón. Para mi sorpresa me resultó placentero y aquel sonido que días antes me empujaba  al borde del parricidio, ahora me ayudaba a conciliar el sueño.

       

        Un domingo por la mañana me despertó un vecino con unos estruendos horribles, me empezaba a enfurecer cuando pensé que mi terapia también podría funcionar en este caso. Me vestí y después de desayunar y seguir todos los rituales necesarios para impedir que se me cayesen los dientes, me armé con el taladro que encontré en la caja de herramientas, arrastré el mueble del comedor que apoyado en la pared me estorbaba  y me inicié en la ardua labor de hacer agujeros. Al principio me salían temblones y no demasiado parejos, pero al cabo de un rato conseguí incluso disfrutar de aquel tembleque ruidoso.

        Mi padre, mirándome de reojo masculló algo sobre la locura y se fue al bar, como siempre. Mi madre me miraba desde la cocina enjuagándose las lágrimas en un pañuelo, o quizás era una servilleta, no sé. Últimamente lloraba más de lo normal, debería sentarme a charlar con ella. Pero ahora tenía hambre, después de hacer exactamente 454 agujeros (qué gran número) me sentía satisfecho y cansado. Me senté en la cocina y mi madre sirvió la comida.  

        Creo que la primavera la tenía loca con las alergias, porque tenía los ojos hinchados y rojos. Tras masticar el primer bocado, busqué mi seda dental en el lado derecho del plato, donde debería estar y no la encontré, mi garganta se iba abriendo a la vez que se me aceleraba el corazón, los chillidos desesperados salían de mi estómago, mi madre se precipitó al lavabo, y antes de que me llegase a colapsar, puso en mi mano el hilo odontológico salvador de mis dientes.

       

        Después de comer, miré durante un rato mi labor de aquella mañana y me gustó de tal manera, que sintiéndome inspirado decidí emular a la vecina del quinto mientras limpia las ventanas. Así que busqué en el portátil mi carpeta de coplas. Cantaba a todo pulmón, mientras seguía contemplando mi gran obra y a mi madre que barría una montaña de polvo naranja (no me explico de dónde habría salido).

        Creo recordar que ya era de noche cuando me pidió llorando que lo dejase, me callé para intentar soltar lágrimas como ella y hacer aquel ruidito tan molesto que produce cuando hipa, no pude. Apagué el ordenador y le pregunté cómo lo conseguía ella con tanta facilidad y me explicó algo muy tonto sobre la tristeza y la desesperación que yo no entendí. Pasé días intentado que mis ojos destilaran algún líquido, pero nada funcionaba, así que, en plena rabieta de frustración dejé de respirar, después de un rato aparecieron dos gotitas por el lagrimal derecho, seguramente debido al esfuerzo. Pero aquello no era suficiente.

       

        No sé durante cuánto tiempo conseguí parar mis pulmones, pero desperté en un hospital de paredes blancas, sábanas blancas, enfermeras de uniformes blancos… la habitación parecía un paisaje nevado, casi fantasmal.

        A un costado de la cama había una máquina que con su luz verde rutilante desentonaba en gran manera con la albura del cuarto, pero no me desagradó pues hacía unos ruiditos muy curiosos.

        Aquel aparato pretendía comunicarse conmigo y yo deseaba encontrar  el camino que nos condujera a un buen entendimiento. Cuando descubrí que si me aguantaba la respiración durante el tiempo suficiente, los pitidos cambiaban, pensé, y no sin razón, que aquella debía ser la mejor manera de conseguir una respuesta por su parte, así que me dediqué en cuerpo y alma a intentar trazar una base sólida en nuestra recién iniciada conversación.

      A partir de aquel día no necesité moverme de la cama blanca, impoluta y sin una sola arruga. Aquellas enfermeras blancas y mi madre, que ya no lloraba, se encargaban de todas mis necesidades: me lavaban, peinaban y hasta me afeitaban. Ya no me hacía falta la seda dental, pues me alimentaba por unos tubos muy prácticos.

 

        Pasado un tiempo, mi padre me hizo una visita acompañado de mi hermana mayor, oí algo sobre un caso de coma muy raro, por un momento estuve tentado de preguntarles de quién hablaban, pero tampoco soy tan curioso, así que decidí que mi charla con la máquina era mucho más interesante y me enfrasqué de nuevo en nuestra relación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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