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Luna de primavera

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14-07-2014

Contemporánea novela

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“Incluso el encuentro más casual está predetermnado”, dice un refrán japonés. Cuando a comienzos de agosto Aitzol emprendió un viaje de vacaciones, la única pretensión era disfrutar un mes tranquilo recorriendo en tren, sin prisa alguna, un itinerario abierto que, en principio, le llevaría a Belfast, visitando Londres y Dublín y partiendo de Bilbo, su capital de residencia. Viajaba con un billete europeo, sin compromisos previos y solo, por lo que no estaría atado ni a planes establecidos ni a las preferencias o caprichos de acompañante alguno. Ahora regresaba a casa en el ferry de Portsmouth a Santurtzi, y sentado en la cubierta de popa recogía en un cuaderno lo vivido durante esos días de agosto, desconcertado por todo lo sucedido y sin alcanzar a saber si era realidad o un sueño atravesado en una noche canicular. Por eso, precisamente, escribía a modo de exorcismo como en un desesperado intento de dejar constancia de ello y que no se desvaneciera al abrir los ojos. Porque a la salida de París, en el pasillo de un tren ya anacrónico para finales de la década de los 90, una enigmática joven de melena de cobre se cruzó en su camino y alteró no sólo el discurrir de las vacaciones sino incluso su propio destino. Mientras escribe durante la singladura de regreso a casa, piensa que si le preguntaran qué sabe de ella no podría acudir a nada más que a tratar de expresar la demencial montaña rusa de sentimientos que le provoca esa extraña de la que no sabe ni su auténtico nombre y que unas veces resulta acogedora como el más maravilloso abrazo y otras cortante como la hoja de afeitar de una suicida. Estén o no predestinados los encuentros, la hasta entonces plácida y organizada vida de Aitzol tomó un rumbo insospechado hacia un destino tejido en la urdimbre del amor, la entrega, la incertidumbre, la desesperación… los hilos de la vida y de la muerte.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

PRIMERA PARTE

            Las farolas de la calle quedaban varios metros más abajo, pero su luz ambarina entraba con mansedumbre por el gran ventanal tras el cabezal de la cama imprimiendo a los objetos perfiles de quietud. Era como una muselina amarillenta que dotaba al dormitorio de una extraña atmósfera casi acuática. Por la tranquilidad que transmitía ese ambiente era por lo que nunca pensaron en colocar cortinas para oscurecer el cuarto. Era hermoso coger el sueño al arrope de aquella luz que pudiera parecer melancólica pero que no lo era en absoluto; y después, al amanecer, ir sintiendo en la piel del rostro el despertar del alba como la primera caricia del día.

            El dormitorio era muy amplio, tal y como correspondía a una estancia que en su tiempo fuera una de las dependencias de un taller de toldos. En el centro de un largo frente de ventanales cuarteados, que llegaban desde prácticamente el suelo hasta el alto techo irregular según las caídas del tejado, estaba la cama. Se trataba de un impresionante futón que descansaba sobre la propia tarima de tabla rojiza. Por la ubicación del edificio, en la misma ribera del Ibaizabal, nada impedía las vistas desde la cama ya que las viviendas más próximas quedaban al otro margen de la ría. Todo se encontraba en el exterior demasiado lejos como para poder perturbar la acogedora intimidad del interior de la alcoba.

            Al igual que el resto de la vivienda, la última planta de un edificio de estilo industrial rehabilitado con un mimo encomiable para preservar su esencia, el dormitorio conservaba parte de su mobiliario de antaño. Sobrios armarios de madera, muebles de profundas cajoneras; incluso alguna mesa de descomunal amplitud sobre la que varios lustros atrás trabajadores y trabajadoras medían, cortaban y cosían lonas formaban parte ahora, restauradas, de la decoración de todo el piso.

            Hasta hacía algo más de cinco años Aitzol siempre había pensado que la adquisición de ese inmueble había sido el gran golpe de suerte de su vida. Lo descubrió por casualidad apenas iniciados sus estudios de Artes Decorativas y, aunque en verdad el edificio era una ruina, entre sus sucias y destartaladas estancias le pareció escuchar una llamada del destino que le impulsó a hacer todo lo posible por adquirirlo.Y así lo hizo, en contra del criterio de su familia y amigos que le pidieron casi con desesperación que no hipotecara su vida por la planta superior de un edificio en ruinas en una zona de Bilbo depauperada y abandonada con la desindustrialización. Él, sin embargo, decía que le olía a proletariado, a trabajo y huelga, y que ese aroma le recordaba su infancia y le gustaba. Impelido tal vez por ese espíritu de lucha obrera que decía respirar, no descansó hasta encontrar la forma de hacerse con un lugar en el que tan siquiera podía comenzar a vivir porque en aquel momento no estaba declarado habitable.

            Aitzol Agirre no era precisamente una persona de prontos arrebatadores ni de los que toman decisiones sin meditar. Lejos de ello, podría decirse que Aitzol Agirre proyectaba cada paso antes de darlo, que lo diseñaba y fijaba sobre plano antes de echar a caminar. Alguno de sus amigos decía que lo suyo era deformación profesional. Y es que no le gustaban los imprevistos. Mucho menos los saltos al vacío. Incluso desconfiaba de las sorpresas si le llegaban en un contexto de incertidumbre. Sin embargo, en ocasiones, pocas, la verdad sea dicha, le daba la sensación de que una energía inefable le impulsaba a hacer algo, a tomar un camino determinado. En esos casos no dudaba y era capaz de darle un vuelco radical a todo sin titubear. Cuando escuchaba esa voz íntima e inapelable, simplemente daba el primer paso.

            Hasta hace unos cinco años tan sólo en una ocasión había sentido algo parecido y fue precisamente para comprar la planta que ahora es su casa. Fue un acierto pleno, tal y como se encargó de constatarlo el paso del tiempo pues en los años siguientes la capital vizcaina comenzó a cambiar radicalmente y aquella zona se fue convirtiendo en un distrito de servicios y residencial de nivel alto. Pero al principio no fue más que una corazonada que no alcanzó a racionalizar. No obstante, se arrojó a ella.

 

            Aún no le había cogido el sueño cuando escuchó unos tímidos golpecitos de llamada en la puerta.

-  Sar naiteke?  -dijo la niña antes de empujar la puerta.

            - Pasa, maitea. ¿Qué quieres? -preguntó Aitzol incorporándose levemente del futón para mirar hacia la entrada del dormitorio, por donde asomó un pequeño rostro sonriente. El verde de los ojos de la niña expulsó hacia el exterior de la noche la tenue luz amarillenta de las farolas de la calle.

            - Gabon, aita –saludó con la suavecita voz de los niños que no quieren perturbar el descanso de sus progenitores-. Me he despertado y tengo sed. ¿Puedo ir a la cocina a beber un vaso de leche?

            - Claro que sí. ¿Quieres que me levante y te lo pongo yo? –preguntó Aitzol.

            - No, aita, ya lo hago yo –respondió ella con una mueca de suficiencia que a su padre le pareció encantadora.

            - Asegúrate de que el frigorífico queda bien cerrado, que ya sabes que si no se escapa el frío. Y ten cuidado con el vaso; no hace falta que lo limpies, déjalo, sin más, en el fregadero…

            - ¿Alguna vez no lo hago así? –interrumpió ella.

            - No, kuttuna, siempre lo haces bien.

            - ¿Entonces? –preguntó con una infantil chulería refrescante.

            - Es que así das pie a felicitarte por ello.

            - Qué cosas raras tenéis los mayores. Si sabéis que lo hago bien no tenéis por qué decirme cómo lo tengo que hacer.

            - Vaya si te has despertado peleona, ¿no?

            - Tú siempre dices a quién he salido, así que…

            Aitzol puso la mirada al otro lado de la cama.

            - Venga, maitea, vale ya de cháchara que es muy tarde –observó que mientras hablaban la niña jugueteaba con sus pies descalzos-. Eso sí, ponte algo en los pies, que el suelo de la parte de la cocina no estará tan caliente como la madera y luego coges frío. Gabon.

            - ¿Has visto qué luna llena más enorme y blanca hay en el cielo? –preguntó la niña-. Desde aquí no la ves pero desde mi ventana sí que se ve.

            - La Abuela Luna irá paseando a lo largo de la noche de tu ventana a ésta. Cuando sea más tarde estará a este lado y así nos dará un muxu a los dos.

            - Cuando yo nací también había luna llena, ¿verdad?

            - Sí, maitea, viniste de la mano de una luna llena impresionantemente luminosa en el mismo momento en que entraba la primavera.

            - Por eso me protege Ilargi Amandrea, ¿verdad?

            - Pues sí, ella te cuida; y desde ella te sonríen y te dan musus todos los que nos quieren y que ya no están a nuestro lado en el mundo. Por eso es tan clara y tan bonita, porque es la sonrisa de los seres queridos que hemos perdido.

            - Como mañana no hay ikastola, ¿por qué no vamos a Baltzola a llevarle un regalito?

            - Estará todo muy nevado, kuttuna. La luna que has visto desde tu habitación habrá salido entre algunas nubes, pero mucho me temo que volverá a nevar durante la noche.

            - Bueno, pero si no nieva mucho, vamos, ¿vale?

            - Vale, prexioxa, pero vete a beber el vaso de leche y regresa a la cama, que te has levantado muy preguntona y parlanchina. Y no olvides ponerte las zapatillas, que aunque aquí la temperatura sea buena siempre hay diferencia entre la madera y la cerámica y se te quedan los pies fríos.

            -¡Qué manía de repetir las cosas! –exclamó divertida en el mismo susurro en el que había estado conversando con su padre-. Muxutxuak aitatxu.

            - Gabon, kuttuna.

            La niña cerró suavemente la puerta y se dirigió a su habitación. Hasta que ella naciera, la vivienda había sido prácticamente diáfana, sin apenas tabiques interiores, únicamente los de alguna dependencia de su anterior uso que se aprovechó, y con tan sólo un dormitorio. Su nacimiento obligó a realizar algunas modificaciones en la estructura y distribución internas de la planta para adaptarla a la presencia de una nueva y pequeñita habitante. Aun así, todas las estancias eran de gran amplitud, con estilo de loft industrial del antiguo taller de toldos.

            Aitzol escuchó el quedo sonido de los piececitos de la niña avanzando hacia la cocina. Apenas hizo ruido mientras bebía el vaso de leche, y seguidamente se escuchó de nuevo el caminar hasta su habitación. Luego cerró la puerta.

            Aitzol miró al otro lado de la cama. La luz de las farolas de la calle se derramaba acariciando la orografía que formaba allá la funda nórdica. La mirada se fundió entonces con la luz, y ambas recorrieron juntos los perfiles, las montañas y los valles de ese lado de la cama. Todo era quietud. Nada se movía. Permaneció largo tiempo observando. Absorto, incapaz tan siquiera de poner en orden sus pensamientos porque, como siempre que se quedaba mirando de aquella manera, las emociones le bloqueaban.

            No pudo evitar aproximar la mano y recorrer aquel paisaje desde la levedad de la yema de sus dedos. Con ellos era capaz de recrear momentos, de despertar en su cerebro todos los mecanismos posibles de la evocación. Así, acudían a él no sólo imágenes sino también texturas, sonidos, sabores, olores. Y entre éstos, cómo no, su inconfundible fragancia a mandarinas dulces y limón. Era el perfume de ella el que permanecía suspendido en el aire. Siempre.


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