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La escoria de la tarta

La escoria de la tarta

01-12-2014

Contemporánea novela

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El escritor acude a una pedanía  de Murcia para investigar la extraña muerte de una mujer cuyo cadáver había sido desenterrado con síntomas de haber sido sepultada viva. Quiere olvidar  el amor de una mujer que acaba de romper con él y que lo lleva a enfrascarse en el trabajo de investigación, en compañía de su petaca de  whisky. Pero allí  se encuentra con  Lola, una exuberante mujer dueña de la pensión y ex prostituta, que lo incita a vivir un amor sin límite y sin miedo a la perdición, "porque perderse con ella es encontrarse", según ella misma le confiesa. El protagonista trata de averiguar  la extraña muerte de esta mujer, y su relación con Lola, mientras se produce otro asesinato y él se debate en la inquietud existencial sobre la vida, si después de la muerte viene más muerte o por qué las mujeres entran juntas al cuarto de baño. Una sarcástica crítica social, salpimentada con sexo y preguntas sobre Dios, la justicia social, el existencialismo, la teleología y la sociología tipo "furbol es furbol".

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Vivo porque me toca. O  eso creía entonces,   cuando vadeaba  la vida  arremangado hasta las rodillas con la indiferencia del que no se moja, del que va de paso y  escudriña   a través de los visillos sin nostalgia, ni arraigo, porque no te queda ni un París que llevarte  al cine, ni un verano del 42 que  llevarte a las fotos, ni un desayuno con diamantes que llevarte a la boca. 

Nada. 

Ni ilusión, ni esperanza, ni tan siquiera la escoria de la tarta.

Así que vivo y vivía,  porque me toca;  porque   era  lunes  aquel día que tuve que dejar el  trabajo de escritor de novelas del Oeste (con pseudónimo  americano),  y me enfosqué en pintar de nuevo la realidad para  huir de la que atufa y rasca, cuando  no andas muy cascabelero, ni tienes   el quitapesares de una ideología o mantel de ganchillo que ponerle al hule de tus sueños.

Porque no sueñas.

Y además procuras vivir la vida sin que nadie te la viva, ni sueñe, pues  por este solar abundan los  especímenes empeñados en soñar por los demás.  «He tenido un sueño», te dicen, antes de invadir Polonia.  No tenía pues trabajo,  quimera, ni mortaja,  pues  había rechazado una oferta  para trabajar  en  una empresa que buscaba 200 personas para probar condones. Un empleo que rehusé   de inmediato en cuanto supe  que ellos no ponían las mujeres y era tú el que   tenías que llevarlas al trabajo, como otros obreros se llevan el mono y el casco.

Pero tenía que hacer algo, ya digo,  y  opté por seguir trabajando por mi cuenta escribiendo reportajes para revistas de parapsicología sobre aparecidos, enterrados vivos y otras chuches  de este jaez  que vendía  a bajo precio, la verdad, porque  andaban  muy mal los tiempos y hacía ya mucho que uno no aplaudía cuando  en la película ganaban los buenos.   

Ni los malos.

 

Pero eso fue entonces, ya digo, porque cuando me he despertado  he notado que tengo los labios  adormecidos  y  la cara entumecida. Y no  recuerdo más. Sólo sé que me  he despabilado en la oscuridad y que he sentido cierta opresión  que me impide moverme,  porque he procurado levantar las manos y no he podido, ni puedo,  por mucho que lo intento. Tampoco atino a recordar cómo he llegado hasta aquí, aunque  supongo que habré   sufrido  un accidente y que esté en tratamiento hospitalario.

Tengo que  dejar el alcohol, es cierto, porque sólo recuerdo que  andaba por la capital buscando la forma de trabajar por libre y volver a recuperar  mi vida después de   que ella, mi chica,  diera el portazo y no quisiera verme   pues había dejado de contestar  mis recados  y me  devolvían los correos que le enviaba, una y otra vez,  porque todavía la quería y la echaba de menos. O  eso creía, si damos por supuesto que el amor es lo que queda una vez que lo hemos pelado de sexo.

La había conocido un día que andaba algo achispado por la calle y me había subido a un banco para colocarme el paraguas en el hombro como si fuera un violín.

- Tocas muy mal el violín –me dijo con una tierna sonrisa.

- No es un violín, es un paraguas.

- Pues entonces tocas muy mal el paraguas.

 

Y nos enamoramos,  creo recordar. O eso me pareció, pues  ella  consiguió que dejara de  “tocar el paraguas” por  los bancos de las calles y que no  traveseara    ebrio  por  las barras de esos bares donde todavía no te conocen, donde todavía  te sirven copas  mientras miras al bies, entre trago y trago,   y sabes que  todos andáis en el mismo vagón unidos por una extraña camaradería, muy solidaria, hasta que cada uno  se va con su monólogo a su casa.

Pero uno necesitaba  más bises y buscaba  en los  extrarradios esos garitos   en los que  no preguntan, no molestan, no les importa que te  caigas de bruces   siempre que pagues, claro, que tengas para pagar porque si no te avientan a empujones y tendrás que buscar otro consorcio y la   compaña de  algún otro  que aún  tenga  sobrante para  que te invite.  Aunque tengas que  aguantar sus monólogos y sus miedos a no ser lo que soñaron cuando soñar no tenía responsabilidad civil subsidiaria. 

Miedos variados,   a granel,      entre azulejos con churretes, toneles de vino cochambrosos y almanaques descoloridos de tías con tetas gordas: «Recauchutados El Chapero, recambios y neumáticos».

O carteles de «Se prohíbe el cante».  

Para  regresar luego a casa boqueando el aire fresco de la mañana cuando sólo te seguía aquel  chucho  famélico   que esperaba paciente en la puerta  para acompañar al último borracho,  por ver si pillaba el mendrugo de una caricia  de alguien  necesitado también de afecto, de eso que llaman “calor humano”,  y que se suele buscar y disfrutar  entre cubitos de hielo.  ¿Dios?... Vivíamos en paz y amor recíproco: él no se ocupaba de mí y yo no le pedía que se ocupara.  

Eso era entonces, ya digo, antes de conocerla a ella; antes de que se alejara de mi lado por un desliz   al que me empujó el miedo a no ser como ella quería, a no darle todo a cambio de nada. Y desde entonces no había vuelto a saber de ella,  seguía sin contestar a  mis persistentes intentos por verla y me asilaba de nuevo en la petaca de alcohol mientras buscaba algún suceso que llevarme al trabajo.

O eso creo   recordar,  porque fue entonces cuando me  di  en Internet con  aquella  información que aludía a la aparición de un cadáver de una mujer  con las manos encogidas en una posición poco natural. El hallazgo  se había producido en una pedanía de Murcia al realizar unas obras en un panteón del cementerio,  pues habían tenido que sacar algunos ataúdes y al abrir uno de ellos, el más reciente, se habían encontrado con el cadáver de la mujer con las manos agarrotadas junto a la tapa del féretro que estaba muy arañada, como si hubiera querido salir a zarpazos, como si se hubiera despertado dentro del ataúd después de ser enterrada.

Y además tenía las uñas rotas.

No sabían nada más, excepto que la mujer había muerto hacía algunos meses de un infarto, no había requerido de más intervenciones   de urgencias y se  habían cumplido todos los protocolos sanitarios, por lo que  no se podía  tratar de una catalepsia ya que  el médico lo hubiera diagnosticado a tiempo.

Esa era la escueta noticia publicada y que podría tener su interés para escribir un reportaje y venderlo a alguna revista.  Pero,  ¿qué es la catalepsia? No lo sabía con certeza. Había leído hacía tiempo el relato “El entierro prematuro” de Edgar Allan Poe y sabía de muchas historias y películas que trataban el  asunto, pero siempre había creído que eran leyendas urbanas. Tendría que husmear  en Internet, es cierto, pero antes  tenía que salir  a la calle a tomar un café en algún bar de  esta ciudad en la que 416.996   personas viven, follan, comen, cagan, se reproducen, opositan  y coleccionan latas de cerveza, mientras procuran huir de la certeza de  que viven porque les toca; porque  para eso bajaron  del árbol y se dieron a la metafísica de acaudalar cajas de caudales, hilar fino con cabo grueso o vender estropajos  de seda en cómodos plazos, mientras  transitan de   sus brevas  a sus apuros pertrechados con el móvil que apoyan en la oreja  como si tuvieran mucho que decir. Qué envidia, oye, cuando  uno no    tiene nada que añadir  y bastante hace con procurar buscarle una razón al sinsentido de nacer  porque toca, porque es tu recluta obligada que has de sobrellevar borricón,  cuando además sabes que una mierda  es una mierda  y  que encima no eres mosca para tener la salvación en la ignorancia.

Cuando sólo te  queda el refugio en la   infancia, en la adolescencia, en el rubor  inocente   al enamorarte  como   un crío que es la única ilusión  para la que tuvimos licencia;   la de pelar la pava en el portal  de la chica de tus sueños. Qué tierno. Aunque uno no pudiera a la sazón cumplimentarla   porque cuando me tocaba estaba siempre borracho,  me equivocaba de portal y me metía en el de otro novio.

Suele pasar.

A mí me suele pasar. 

Pero lo que   me aperreaba entonces  eran asuntos más notorios y acuciantes como  buscar un bar   en el que  recargar la petaca y ver la forma de ventear aquel asunto de la presunta catalepsia de la vecina de la Parra para  arrumbar  la melancolía   por  la ruptura con mi chica y buscar  cierta seguridad económica, aunque fuera provisional,  claro, porque  uno no tenía muy claro  qué es lo que iba   a hacer, qué es lo que pretendía  ser y todas esas cuestiones de tanta miga y vuelillo,   que  preocupan a algunos padres cuando sospechan que tratas de bajarle  a sus hijas las bragas.

O cuando te malicias que la utopía es  esa película en la que el bueno mata al malo y se besa con la protagonista. 

Más o menos, ya digo, porque uno no andaba  muy atinado  desde   que ella se marchó   y sólo había podido esquivar el desamor  con  el bourbon, solo y sin hielo, gracias,  que bebes en cualquier pub. En este mismo de aquí que parece que ya ha abierto y donde   apoyas tu melancolía en la barra  y procuras coexistir  con el desconocido de al lado  dándole    la  razón a cabezazos porque sí, es cierto, tiene usted razón, claro, hasta que una chica mayor que tú se acerca y te pregunta si quieres ser su príncipe azul por horas, a  tiempo parcial.  Y accedes,  porque te sientes solo, estás falto de cariño y con ella   podrás intercambiar   soledades y socorros mutuos.

Y además dice que tiene  whisky en abundancia. ¿Un porro?, sí, gracias, que apuras por las calles  de bar en bar, de copa en copa y de portal en portal, hasta que al final llegas a su casa donde su  hijo adolescente duerme y donde  no hay marido, ni padre que le ladre, pues ella no lo necesita. Eso  te musita al oído mientras abre la puerta con sigilo, se quita los zapatos y te invita a que te los quites para no hacer ruido y despertar al muchacho.   

 Y otro bourbon en su habitación que bebes de un trago,

y otro.

Y quizás otro más, antes de que intentes desnudarla, sin lograrlo, porque no quiere,  todavía no,  y has de esperar  a que quite la bombilla de la mesilla. Y la cambia,  se vuelve  y de pronto asoma  la luz roja que esconde tu juventud.

Hazte  un porro, te dice.

Un  canuto   que tú lías    mientras ella se desnuda  protegida por la penumbra roja y se escabulle luego bajo las sábanas sin que puedas siquiera ver su cuerpo que   abrazas entre ligeros besos,  someras  caricias y la premura del primer polvo. Y  otro porro,   otro bourbon,   y otro polvo  entre penumbras rojas  hasta que el sueño os separa  de nuevo en distintos yoes y sus circunstancias. 

Pero aquellos auxilios  recíprocos eran  esporádicos y pese a aquel  montepío de afectos,   uno esperaba  carta de ella, de la chica que amaba y que se había alejado tras comprender que yo no estaba preparado para ella.  No me busques, dejó escrito, porque no quieres reconocerte,  aceptarte y te rebelas contra ti mismo porque yo sólo te doy lo que tu deseas, aunque no quieras admitirlo. Volverás a la bebida  hasta que te aceptes como eres y me aceptes como soy; hasta que por fin claudiques y comprendas que sólo te exijo lo que tú  anhelas,  porque ese es tu deseo. 

 Y desde entonces no contestaba  mis cartas y  procuraba sobrellevar la desazón   de whisky en whisky,  mientras miraba de reojo el trabajo para intentar concentrarme en  aquel  reportaje  de la muerta enterrada viva que  me venía como una oportuna  pomada  para olvidar que no olvidas y conseguir de paso algunas perras.

Es  lo más pertinente, me dije bragado    al entrar en la   cafetería de Murcia en la que todas las mañanas desayunaba y  ojeaba  fascinado a los que pasaban   ajetreados en sus ministerios, citas y boletines horarios, mientras  espigaba     los periódicos para ampliar la información de la mujer  enterrada viva.  sin que encontrara nada nuevo sobre el  particular, creo recordar, porque sólo hacían alusión a   que se iba  a iniciar el Campeonato Mundial de Fútbol de Alemania. O que los indios nativos seminolas habían comprado la  cadena Hard Rock inglesa que incluía 124 Cafés, cuatro hoteles, dos hoteles-casino y dos instalaciones para conciertos Hard Rock Live!

!Joder con los indios!, exclamé pasmado al descubrir que se  habían globalizado y habían comprado negocios en la  Inglaterra capitalista. !Joder, con los indios!, insistí ontológico al comprobar  que a las tribus primitivas americanas les sentaba  tan bien la globalización y sin embargo a las tribus africanas no les quedaba  tan mona.   ¿Será porque unos nativos viven en una democracia y los otros en una dictadura?...

Cualquiera sabe, vaya usted a saber, porque en la siguiente página también se nos advierte de  que un político se había asomado al púlpito del Parlamento y  nos había invitado   al diálogo. Tenemos que hablar,  decía  rubicundo mirándonos desde la foto del periódico. Y me  sobrecogí, creo recordar,  porque  siempre que me han dicho tenemos que hablar he salido descalabrado. Porque tenemos que hablar es lo que me dijo el director del colegio antes de expulsarme, aunque en realidad creo que dijo tú madre y yo tenemos que hablar, que para el caso es lo mismo. Tenemos que hablar es lo que me dijo la primera novia antes de dejarme por un tío cachas que llevaba el paquete de tabaco en la bocamanga.   Tenemos que hablar fue lo que me dijo la  segunda  novia cuando por fin se enteró de quién era el que le robaba las braguitas. Y tenemos que hablar es lo que me dijeron mucho en la Marina antes de arrestarme.


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