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Consejos a una madre, escritos por una hija

Consejos a una madre, escritos por una hija

04-01-2014

Contemporánea novela

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Lina es una joven de 26 años. Lina adora a su mamá pero tiene un único problema con ella: lucha constantemente por no permitir que la siga sobreprotegiendo. Lina ha intentado muchas formas de explicárselo pero nada ha cambiado hasta ahora, así que decide escribirle un libro. Un libro en el que relatará varios pasajes de su vida y la forma en la que su madre ha reaccionado frente a ellos.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

MAMÁ ME ESPERA

Lina. Mamá me llamó así por primera vez. Mamá. Palabra que encierra muchos significados. Y todos con connotaciones distintas. ¿Qué significa para mí? Pues para mí significa el oficio del arte más bello de la creación. Quizás el oficio más antiguo y, por lo tanto, el más inexacto. Al no tener un manual, guía o punto de comparación con un modelo de crianza superior, simplemente las madres experimentaron con sus hijos, dejándose llevar por su instinto y por lo que creyeron que estaba bien para ellos. Para algunas, su modelo empleado pudo haber dado resultados extraordinarios con hijos convertidos en el orgullo de ellas. Pero, del otro lado, también se dan patrones que no siempre son exitosos. Y es que este oficio es así, imperfecto. Y el de mi madre no fue la excepción. No soy madre, aún. Pero soy hija. Y creo que me he ganado el derecho de poder guiar a la mía utilizando otra perspectiva. Y creo que eso es importante. Con esto no pretendo cambiarla ni mucho menos juzgarla. Sólo darle a conocer cómo me siento hoy y así pueda valorar su desempeño. No podría sentarme con ella a explicárselo y es por ello que utilizaré mi mejor recurso de comunicación: escribir.

Hago un preámbulo como para prepararme a continuar escribiendo. Sé de todo lo que puedo contar, mas son tantas ideas que junto a las imágenes me dificultan la tarea de saber por dónde empezar. Escucho música relajante, con sonidos de la naturaleza y hasta del tipo de cajitas musicales diseñadas para bebés. Mientras tanto, una sensación de paz y felicidad me recorre el alma. Recuerdo muchas cosas y trato de ordenarlas para no dejar escapar ninguna. Y eso me lleva a empezar por una de las etapas más impresionantes: el embarazo. Pienso y me corrijo al afirmar que no debo redactar en función de las cosas que deseo para mí sino de las cosas que viví y sentí como hija, como hermana, como extraña, como amiga y como espectadora.

Pues bueno, la creación de la vida empieza con dos personas. Dos personas que producto de la pasión, amor, deseo, curiosidad o sensación del momento, dan vida a un nuevo ser de forma voluntaria y consciente aunque la mayoría de veces no suela ser así.

Lo usual es que dos personas que dicen quererse, decidan consolidar, formalizar o llámese de cualquier forma, su relación mediante el matrimonio. Este es el caso de mi madre, quien se casó a los 22 años. El matrimonio fue algo sencillo pero significativo, realizado en el pueblo donde ella había nacido. La “luna de miel” tuvo como contexto, la ciudad de aquella provincia a la cual también pertenecía el pueblo. Un hotel muy bonito, para lo que ella estaba acostumbrada a ver. Quedó deslumbrada, al punto que en una de esas noches, fui procreada.

Algunos días después, y cuando todo ya había vuelto a la normalidad, mamá se dio cuenta que algo no andaba bien. Y si las fechas no le fallaban, estaba casi segura que aquel ciclo que tienen todas las mujeres una vez al mes, no se estaba dando en ella. El examen médico confirmó lo que ya se suponía: me estaba esperando. No imagino qué sensación habría tenido, pues no estaba dentro de los planes, pero aún así tuvo el apoyo de mi padre. Mamá sólo tenía algunos años de primaria y, por lo tanto, desconocía muchas de las cosas que ahora yo conozco. Contaba con el apoyo, también, de mi abuelita paterna.

Pasaron los meses, alrededor de nueve como es de esperarse. Y escribir esto en estos momentos es como si volviera a pasar por ello, aun sin recordarlo obviamente, pero con una sensación extraña que me conecta misteriosamente con ese momento.

Mamá se encontraba en casa de su hermana, que quedaba algo lejos de dónde ella vivía. La idea era regresar por la mañana siguiente pero fue durante la noche que comenzó mi camino a este mundo. Mientras dormía, un líquido en buena cantidad mojó sus sábanas. Alertó a mi tía de lo sucedido, la cual decidió movilizarla rápidamente al hospital. Mamá empezó a sentir contracciones varias horas después. Eran contracciones muy intensas pero, a diferencia de las otras madres que se encontraba junto con ella y que no paraban de gritar, ella más bien se mantuvo tranquila, tratando de manejar cada contracción en silencio. Las horas seguían pasando y cerca de las 9 de la noche, un 16 de noviembre, llegué a este mundo.

Guardo muchas fotos de mis primeros meses de vida. Fotos en las que veo a mi madre como la mujer más feliz del planeta, quizás como la mayoría de madres suelen sentirse cuando atraviesan esta etapa.

La casa donde vivía mamá, también la habitaban muchas personas más, todos familiares por parte de mi padre. Y una de mis tías que también tenía una niña pequeña, dos años mayor que yo, entraba en conflicto a la hora de dormir, ya que esta niña, es decir, mi prima, no podía tener el más mínimo ruido mientras dormía porque sino despertaría y lloraría. Esto obligaba a mamá a tenerme en brazos y acunarme todo el tiempo, rol que también desempeñó mi padre.

Todo  marchaba bien. Todo estaba muy bien. Mamá y yo muy felices. No lo recuerdo la verdad pero las fotografías así lo revelan. Pasaron algunos meses nada más y otro acontecimiento llegó a nuestras vidas. Mamá estaba embarazada nuevamente.

Yo aún era muy pequeña y fue difícil asimilar la noticia, sobretodo para mi padre. Felizmente, otra vez, mamá contaba con el apoyo de mi abuela, la persona que en esos momentos era la más cercana a ella. Quizás ese es el rol más importante de los abuelos: velar por el bienestar y la integridad de sus nietos cuando los padres creen que no podrán hacerlo.

Mamá asumió la responsabilidad nuevamente con la misma felicidad con la que me aceptó primero a mí. De hecho fue un embarazo difícil. Pues, siendo yo todavía muy pequeña, le demandaba tiempo, atención y energías. Fue muy valiente. Y es ahí donde empieza mi admiración por ella, a pesar de no estar consciente de ello en esos momentos. Y hay admiración cuando ves que una persona es capaz de lograr algo satisfactoriamente a pesar de las adversidades. Ella las tenía y puede que esto sea una constante en muchas de las mujeres con un embarazo no planificado.

Una de estas adversidades se reflejó en la siguiente anécdota: íbamos mamá (en los últimos meses de su embarazo) y yo por la calle. Cuando de pronto, empecé a correr como queriendo cruzar la calle. Mamá en su desesperación empezó a correr también detrás de mí y logró alcanzarme centímetros antes de cruzarla. Imagino la escena y trato de recrearla en mi mente. Pienso en cómo se habría sentido al verme correr, en lo difícil que habría sido correr tan rápido como yo en su estado, en lo mal que pudo haberse sentido luego y cómo pudo haberle afectado el castigo que me dio por primera vez.

Mi hermana tendría que nacer pronto pero mamá no tenía ningún síntoma y los días pasaban. Estando ya fuera de fecha, deciden internarla y quedo al cuidado de mi tía Liliana (hermana de mi mamá).  Esta vez el parto de mamá no fue fácil y es a partir de este momento también que empezaría la lucha constante de mamá por proteger a mi hermana y no dejar que nada malo le pase.

Era la hora de volver a casa. Yo no había visto a mamá en días y eso generó un conflicto en mí al no identificarla como mi madre, ya que creí que mi madre era la tía que me cuidó en esos días, lo cual partió el corazón de mamá, haciéndola pasar un mal momento. Imagino qué difícil habría sido estar con los sentimientos aún revueltos por el  periodo postparto y yo recibiéndola de esa forma. Pero como todo pasa, y el amor de madre siempre está ahí, todo volvió a la normalidad rápidamente.

El tiempo siguió transcurriendo y obviamente mi hermana menor empezaba a demandar más tiempo y, por lo tanto, yo recibía menos o en todo caso lo percibí así. Celos. Es este sentimiento muy común que te hace sentir insegura al creer que la persona que más quieres no es sólo para ti. Y obviamente, mamá era la persona que más quería y eso hacía que sienta cierto rechazo hacia mi pequeña hermana. Al punto que en algún momento, motivada por estos sentimientos de no pertenencia, cogí su mano y mordí uno de sus dedos. Recrear este fragmento en imágenes me parece algo cruel. Trato de ponerme en la mentalidad de una niña de casi dos años y trato de imaginar lo que me habría llevado a tomar aquella determinación. Intentar descargar mi frustración con ella, quizás reclamar más atención a mi madre, o tal vez hacerle daño por habérmela quitado. No sé si una madre pueda querer más a un hijo que a otro. Particularmente no lo creo. Creo, más bien, que la relación no tiene que ser necesariamente igual con cada hijo por un tema de personalidad, carácter o ideología; y puede que ello se tienda a confundir  equivocadamente con favoritismo.

Como todo periodo de adaptación, terminé por aceptar a la nueva integrante de la familia y a quererla mucho aunque el precedente marcaba una incipiente relación un tanto difícil entre nosotras.

Mamá se dedicaba sólo a cuidarnos, pues no trabajaba. Y como toda una excelente ama de casa, siempre fue muy proactiva. Nosotras crecíamos y la familia también. Muchos de los familiares con los que vivíamos fueron desocupando la casa. Mi abuela falleció y sólo nos quedamos los cuatro juntos: papá, mamá, mi hermana y yo.

Unos años más tarde, un evento desagradable, directamente para mamá e indirectamente para nosotras, aconteció con un comportamiento indebido de mi padre. No lo recuerdo pero lo imagino y hasta podría decir que sé cómo se siente. Que una persona en la que depositaste tu confianza plena, te falle. Y esto, creo yo, no tiene nada que ver con el amor. En una relación de cualquier tipo, es importante ser sinceros, lo que te lleva a comunicar cómo te sientes respecto a una determinada situación. De este periodo tengo un fugaz recuerdo.  Tendría entre cuatro y cinco años. Era de noche y las imágenes llegan a mí muy nítidas. Estaban papá y mamá en una calle cerca a mi casa. Me encontraba junto con ellos pero en el momento equivocado. Recuerdo que discutían, no recuerdo lo que decían pero si recuerdo la sensación tan incómoda en la que me encontraba. Era como si pasara desapercibida para ellos, mientras dejaban aflorar sus culpas, lamentos y enfrentamientos. La escena finaliza cuando mi padre decide no escuchar más y toma un taxi para marcharse. Lo recuerdo muy bien, cada gesto, cada movimiento, cada sensación. No culpo a nadie por haberme hecho partícipe de esto, quizás no fueron conscientes, quizás las circunstancias se dieron así, no lo sé. Lo que sí me queda claro es lo fundamental que resulta que los padres puedan solucionar sus problemas sin que los hijos se enteren o al menos lo presencien, pues caso contrario, queda inmortalizado en tu álbum fotográfico mental. Imagino entonces, todos aquellos niños que forman parte de un público directo de las escenas, en algunos casos bastante fuertes, que puedan protagonizar sus padres en casa. Pienso en las cosas que se escuchan cada día en las noticias y siento la indignación de saber que esto sucede muy a menudo.

En adelante, las cosas no fueron del todo bien en casa. Si bien los buenos recuerdos están presentes, también existen los no tan gratos y sobretodo de uno que marcó el inició del siguiente capítulo de mi vida.


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