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Azul y sombra

Azul y sombra

01-12-2014

Contemporánea novela

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Una novela satírica  en la que el protagonista se plantea su angustia existencial que quizás alivie con  el amor de una chica que acaba de conocer, mientras se muestra convencido de que sólo tiene tres convicciones en esta vida: que se va a morir, que Dios existe y que la tortilla de patata es con cebolla. Amor, existencialismo, humor, crítica social y sátira para describir el desquiciado mundo al que nos han parido.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

I. Un  día cayó una enorme chinica del monte y  aplastó una casa, a un carretero y  a sus dos bueyes.  Eso es al menos lo que cuenta Juan Carmelo del Carmelo, un lugareño que huele el  tiempo, “aunque no es  el tiempo que pasa,  sino el tiempo que hace”, suele precisar a los que se detienen junto a él y le preguntan “¿cómo anda hoy el tiempo,  Juan Carmelo del Carmelo?”. Y Juan Carmelo del Carmelo se atusa el pelo, levanta la barbilla y  husmea el sabor del tiempo: “Hoy va a hacer bueno”, dice. El arte de oler el tiempo lo heredó Juan Carmelo del Carmelo de su abuelo paterno por parte de la rama de los Desaboríos que vinieron de Cieza cuando las inundaciones los echaron de aquellos lugares hace ya muchos, muchos años.  Juan Carmelo del Carmelo huele y predice el tiempo desde  niño y  con mucho arte,  porque oler el tiempo es un arte,  según ha quedado evidenciado y dicho: “Los años y la experiencia; sobre todo,  la experiencia”, dice.

Pero  habíamos quedado en que una enorme chinica cayó del monte  y sepultó una casa,   a un carretero y a sus dos bueyes,  según cuentan algunos otros que a su vez se lo habían oído a los  de más atrás.  Fue hace muchos años, sí,  y,  si se quiere  saber más,  se ha de allegar  uno a la localidad de  El Argaz, en la región de Murcia,  y preguntar por la Chinica del mismo nombre.  ¿La Chinica del Argaz? Sí,  una chinica  que un día cayó rodando del monte y se quedó hincada en un  ubérrimo vergel de  palmeras,  oliveras y frutales que florecen bajo un castillo árabe que cuelga de un farallón al que conocen por la Atalaya. Desde allí arriba, se puede apreciar cómo el río viene entre áridas lomas y cabezos, se derrama por acequias y meandros, y  germina  este gran bancal antes de  rodear al pueblo,  dejarlo encimado sobre la huerta, y alejarse luego para el valle de Ricote flanqueado por verdes y oleados cañaverales. Por el verano los niños corren ávidos estas cortinas de revesadas cañas para arrojarse bulliciosos al agua y descender alborotados a nado por  su cauce.

Pero de aquello de la  Chinica  hacía ya muchos años, según le comentó a un servidor Juan Carmelo del Carmelo cuando lo encontré sentado bajo una olivera en las afueras del pueblo. Juan Carmelo del Carmelo nos puso en antecedentes del suceso y nos participó  también otras cuestiones con las que parece que pechaba con mucha aflicción. 

- ¿Sabes que tras un holocausto nuclear sólo sobrevivirían las ratas porque son las únicas que están preparadas? -preguntó ante mi estupor, pues tampoco es que viniera mucho a qué. 

- Pues no sé.

- Y  fíjate que entonces Dios tendría que encarnarse y venir al mundo en el cuerpo de una rata, hecho rata, y algunos se escandalizarán, para que veas la poca humildad que tienen. 

 

Y uno está ahí a su lado bajo la olivera, lo conoce aunque no mucho y sabe que no es un botarate zascandil;   que lo que comenta puede sonar a despropósito,  pero que él suele ser  comedido y muy sagaz.  Entonces bajas la vista al suelo, te agachas, rebuscas en la bolsa entre los cachivaches fotográficos,  y piensa, piensa:  hay que decirle algo para zanjar la situación porque crees que está equivocado. ¿O no? Vaya usted a saber: Vivimos en unos tiempos en los que cada día se sabe más y en los que cada día se sabe menos; en los que se disfruta de los avances técnicos como Internet,  pero en los que el hombre sigue inquietándose por las mismas preguntas de siempre: ¿La vida tiene sentido?,   ¿después de la muerte viene más muerte?, ¿por qué las mujeres entran juntas al cuarto de baño?

Imposible saber más, son misterios de la vida,  aunque algunos otros los aparten subrepticiamente  con el pie so pretexto de que lo absurdo no es que la vida no tenga sentido, sino que tenga que tenerlo. Más o menos lo mismo que contestaría una tostadora o un mono en el supuesto de que se lo planteara. Es obvio que a un mono le da igual que la vida tenga o no tenga sentido:  él la vive y  mono, digo y punto.  Y un tostador tampoco se lo plantea mucho: los Monty Phython´s  sí, aunque sea con humor. El hombre baja del árbol, se pone en pie, piensa y se pregunta: ¿Por qué esas dos se van juntas detrás del árbol?  El mono come y caga,  y no se cuestiona nada; Woody Allen sí, otro supuesto. !Qué envidia de aquéllas que, cuando descubren que su vida no tiene sentido, lo solventan comprándose unos zapatos! Caros, por supuesto.  Aunque uno prefiera ya puestos tomarse un whisky,  doble,  y echar un polvo, porque con el zapato, ¿cómo te lo haces?  ¿No es arriesgado darse gusto con el tacón?

- Pues no sé, don Carmelo, yo no había quedado en nada, yo es que de eso no fumo, pero me parece un disparate.

- Pues un disparate, mozo, es la suma de varias verdades parciales unidas por un loco.

- Usted es un filósofo, don Carmelo y ha equivocado el oficio porque en España abundan los filósofos,  pero faltan fontaneros.

- Déjate de pamplinas y no creas nada, que la verdad está en cagar en cuclillas en el campo y en limpiarse el culo con una piedra.

 

Y entonces te recelas que  es mejor dejarle las cosas claras,  que eso que arguye y dice es muy común y,  sobre todo, como muy conveniente,  porque es lo que venía a concluir Voltaire cuando nos recomendaba que trabajásemos sin pensar  y que cuidáramos  nuestro jardín. Pero entonces la felicidad estaría en  ser idiota  y en tener trabajo, según le replicaron en su día. O quizás, que el  cortesano francés había fundado, sin pretenderlo,  la religión volteriana (laica,  eso sí) de la misma talla y patrón  que aquellas a la que Unamuno se refirió cuando decía que todas  son buenas, “en cuanto que consuelan al hombre de haber tenido que nacer para morir”. Es decir,  de no pensar y vivir sin más cuestiones. Pero dejémoslo estar.  No anda uno con coraje para esmerilar estatuas  y se tienen otros apremios.

- De acuerdo,   don Carmelo, pero dígame qué sabe usted de la Chinica, buen hombre.

- Pues lo dicho: que un día cayó del monte  y aplastó la casa, a un carretero y a sus dos bueyes.

 

Eso fue lo que se sabía antes de que comenzáramos a indagar y averiguar sobre el suceso: al principio quizá con divertido escepticismo, luego ya con más formalidad. Por aquel entonces uno no andaba  muy gallardo pues a la sazón sobrevivía entre pechambres,  con una indiferencia por todo lo humano que no sólo nos era ajeno, sino que además nos importaba tres por culo veintiuno, vamos, para entendernos,  y con la licencia de Terencio. Eran tiempos extraños en los que disfrutábamos en el guindo de una habitación con vistas, mientras tratábamos de espantar la certeza  de que había que trabajar más, para ganar más,  y poder así comprar una cama mejor en la que descansar más para trabajar más y poder así ganar más,  para poder comprar una cama mejor en la que descansar más,  para trabajar más y poder así ganar más para comprar una cama mejor en la que....

- !Para!

- Paro.

- Es que no sabéis sufrir -comentó la psiquiatra de guardia una de las veces que acudimos al redil, al psiquiátrico.

- No, ¿usted sí?

 

Pero se sucedían a la sazón tiempos extraños, decíamos,  en los que andábamos a verlas venir, porque  si en la transición a la democracia  aprendimos que los comunistas no tenían cuernos ni rabo (tal y como se nos había enseñado en tiempos de la dictadura),  también aprendimos que una dictadura es una dictadura,  ya sea de los militares fascistas como en Chile o de los tiranos comunistas como en Cuba. Son las dos infames. O que después de muchos años de  gobierno de la izquierda, el cambio más palmario había sido sustituir al multimillonario banquero de la derecha por el  multimillonario editor de la izquierda, en el escalafón de los más ricos y poderosos de España.  Cuestión pues de dejarle elegir al pueblo qué multimillonario quieres que te dé por el culo. O que el liberalismo de la derecha o el sueño americano  sólo es eso: un sueño, muy pesetero,  por cierto, y que siempre beneficia a los horteras  más braveados e inmorales,  porque, si tienes principios,  no tienes estómago para cebarte en el enriquecimiento torticero. O una cosa o la otra. O blanco o negro. Lucrarse, estraperleando con el trigo mientras se predica, es una inmoralidad de vuelta y vuelta   porque no se pueden tener orgasmos ligth, desnatados, bajos en calorías,  descremados, o sin alioli.

O que,  aunque no hay nada más inocente que un tonto con un lápiz, hay que cuidarse  mucho de darle autoridad porque se convertirá inevitablemente en un peligro público al enjugascarse en pintar fronteras.  O que Alicia, la del país de las maravillas nos parecía  una niña insufrible,  pedante y tan  cursi como un traje de primera comunión. O que el progresismo no es pasar de Windows 98 a Windows XP. O que llorar sí que es de hombres. O que si no puedes oír música sin fumarte antes un porro,  es que no andas bien del tarro. Y del oído. Es decir, lo obvio.

 O que Bogart podría aparecer en Casablanca tan majo y tal, tan sacrificado y todo eso tan mono del pelaje del Principito, pero gastando alzas en los zapatos para parecer más alto. O que la Bermang podría parecernos una regordeta y mofletuda charcutera a punto de caramelo para rodar un anuncio alemán de Tampax. O que en la China comunista se puedan fabricar  la mitad de todas las muñecas Barbie del mundo y que el secretario general del Partido Comunista Chino, Bo Xilai,  diga sin despeinarse y/o ruborizarse,  que “ellos combaten la agitación obrera para favorecer el clima a los inversores”. Es decir, lo no-obvio.

- Eres un neurótico –nos habían dicho en una de las ocasiones en las que paramos en el psiquiátrico.

- Pues sí, la verdad;  y además,  neurótico con un poquito de sisa, por favor, que no nos haga arruga.

 

Pero entonces, vas un día malcarado por la calle  y te encuentras un disquete de ordenador junto a la rueda de un coche, precisamente cuando andas abrumado por  encontrar una historia  para venderla y pillar algunas perras para seguir viviendo en un sinvivir. Y no lo dudas, te agachas, y lo coges. En su parte anterior se lee La chinica el Argaz o quizá La Chinica del Argar, que entonces no sabes muy bien precisar porque la letra está escrita con rotulador y se ve como diluida por el agua. No parece muy  estropeado por lo que lo guardas en un bolsillo y te olvidas de él. Luego tendrías tiempo de mirarlo.

Y te encaminas al bar  para tomar el café de todas las mañanas y leer de paso la prensa que como es habitual,  nos trae pormenores de la eurocopa de fútbol y sobre todo, una noticia de más recuadre y tronío:  tras diez años de investigación,  por fin  se ha descifrado el  genoma humano,  el libro de la vida,  en sus partes más principales. Y dicen que este descubrimiento,  que abre una nueva etapa en la lucha contra la enfermedad, ha sido anunciado simultáneamente en China, Japón, Francia, Alemania,  Reino Unido y Estados Unidos. Todavía falta por saber el número total de genes.


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