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La Maldición de los Desterrados

La Maldición de los Desterrados

25-08-2013

Ciencia ficción/fantástica novela

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    Después de “La Maldición del Reflejo”* y “La Maldición de Kron-es-tec”, Richi y Raquel vuelven a la carga en su tercera y más emocionante aventura. En esta ocasión viajan a aquel extraño mundo para rescatar a Astrid, una compañera de clase. Sin embargo descubren que Astrid prefiere quedarse allí bajo la tutela de Kraizent, El Guardián de Secretos, sin saber que él tiene otros planes para los tres.
    Richi y Raquel se verán envueltos en una trama repleta de conspiraciones, diablos con pipas tan bigotudas como parlantes, civilizaciones milenarias destruidas y monstruos invocadores de pasteles de fresa mientras tratan de convencer a Astrid de que vuelva con ellos; eso si consiguen encontrar el camino a casa.
*Publicada en 2004 por Hijos del Hule.
Nota del autor: El presente libro puede leerse perfectamente sin haber leído las obras anteriores.

 

ENTREVISTA:

Me han leído de partes de toda España, incluso de México

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

LA MALDICIÓN DE LOS DESTERRADOS

PRÓLOGO

    Tras encarcelar por segunda vez a su mejor amigo, Kraizent entró en la ya abandonada Sala del Consejo. Era allí donde, siglos atrás, se tomaban las decisiones que afectaban no sólo a su propio planeta artificial, conocido vulgarmente como La Gran Ciudad, sino a todo un Universo que en teoría se encontraba bajo su protección; sin embargo, tras la repentina muerte del Consejo en pleno, Kraizent se convirtió en el único con capacidad y autoridad para gobernar.
    “Cuando La Gran Ciudad carezca de enemigos, nada impedirá que se erija como la guardiana de todos los planetas habitados. Y mi proyecto habrá llegado a su fin, así como mi vida”, justificaba Kraizent sus acciones durante los últimos cuatro milenios. “No importa lo que deba sacrificarse. Para conseguirlo he utilizado a enemigos respetables y a aliados corruptos, a diablos con ansias de poder y a dioses con ansias de vida, a seres con millones de años a sus espaldas y a niños que recién han descubierto el poder de la palabra. Y jamás he vacilado. Jamás. Porqué es lo mejor para la mayoría. Porqué es lo justo. Porqué es como ha ser. Mi posición no me permite dudar a pesar de las consecuencias, sean cuales sean, y menos ahora. Y, aunque soy consciente de la crueldad que implica manipular a Astrid y los demás, apenas unos chavales de doce años, para cometer semejante crimen, cumpliré con mi cometido”.
    De repente oyó cómo alguien pedía permiso para entrar y Kraizent creó un remolino de arena roja a su alrededor, moldeándola en una capa que le cubría por completo, de manera que sólo le asomaban los ojos, las manos enguantadas y la punta de los zapatos. Al abrirse la puerta metálica, se presentó la General vistiendo su clásico uniforme militar con insignias y una gorra que le ensombrecía la mirada. Tiempo atrás, debido a que se conocían desde que entraron a formar parte de la organización de La Gran Ciudad, Kraizent y la General no necesitaban formalismos para verse. Pero en los últimos años se habían ido distanciando y no les apetecía mostrarse entre sí sin sus trajes oficiales. La General fue la primera en hablar:
    —Acabo de recibir las órdenes, Kraizent. Tus órdenes –añadió con más frialdad de la habitual.
    —¿Algún problema grave o sólo el de siempre?
    —El de siempre –soltó procurando mantener su tono de respeto–. ¿Es necesario utilizar a esos tres niños para...?
    —Lo es. Lo sabes. Y hay que asumirlo. Si se te ocurre alguna alternativa mejor...
    —No la hay. Lo sé. Pero no lo asumo. A mi pesar, acataré las órdenes sin usar mi derecho a veto… como de costumbre –se le escapó; en su tono de voz había más sentimiento de culpa que agresividad–. Por otra parte, ya he preparado a Astrid como convenimos. Esperamos instrucciones.
    —Bien, según mis cálculos los otros dos chavales no tardarán en llegar. Actuad tal y como os ordené en el momento de recibir mi señal.
    La General saludó marcialmente y se marchó, dejando a Kraizent con sus pensamientos: “los peones deben inmolarse por el bien del resto de las piezas. Richi, Raquel... Astrid; no os culparé de odiarme, pero espero que entendáis que vuestro sacrifico y el suyo servirán para salvar innumerables vidas”.

PRIMERA PARTE (LA MISIÓN)
(“Que sea difícil no es una excusa para rendirse, es un motivo para seguir mejorando”)


CAPÍTULO 1 (En busca de Astrid)
(“Las personas se definen por sus actos, no por sus palabras”)

    —¡No, Richi, tú no te vas! –me gritó mi hermana tirándome de la oreja–. Escucha, chiqui, con tus doce añitos y lo retaco que eres ya has desaparecido dos veces. ¡Así que hoy no sales!
    —Es que Raquel me está esperando y si llego tarde me matará.
    —¡Y si cruzas esa puerta te mataré yo!
    “Eso de tener una hermana ocho años mayor es una lata”, pensaba mientras me ponía de puntillas para evitar que me arrancara la oreja. Por suerte papá y mamá nos oyeron y vinieron a rescatarme.
    —Te he dicho y repetido que no trates así a tu hermano –me defendió mamá.
    —¡Encima! El chiqui se quería escapar de nuevo y la bronca me la llevo yo, ¿no?
    Y bueno, se liaron a discutir como siempre: mamá con su “ya hemos hablado de eso” y mi hermana con su “cualquier día me largo de esta casa”, pero con palabrotas de por medio.
    —Why do yo want to go, Richard? –me preguntó papá en inglés; era una costumbre suya cuando conversaba con uno solo de nosotros.
    Una buena pregunta. Yo le contesté (en el mismo idioma porqué sino no me hacía ni caso) que Raquel y yo sospechábamos dónde se escondía Astrid y que la íbamos a buscar. Como es normal no le dije el lugar porqué no me creería.
    —¿No es esa tu compañera de clase, la que se fugó de casa la semana pasada? –se metió mi hermana, dejando con la palabra en la boca a mi madre–. Vaya, anteayer acompañas a una amiguita al hospital y hoy vas a rescatar a otra. Qué buen samaritano te has vuelto.
    —No hemos acabado, hija –intentó interrumpirla mamá, pero mi hermana pasó de ella y siguió metiéndose conmigo:
    —Claro que sólo ayudas a chicas. Qué precoz, chiqui. Te estás volviendo tan faldero como papá.
    —I am not... ¡Yo no soy faldero!
    Y, aprovechando que se enfadaron los tres entre sí, me fui de allí disparado, cerrando la puerta tras de mí sin hacer ruido.
    Corrí lo más deprisa que me permitieron mis piernas, esquivando cualquier cosa que se me cruzara por delante. Como era sábado por la tarde y en mi barrio hay pocas tiendas, se veía a muy poca gente circulando por ahí (y coches todavía menos) y fui bastante rápido. Después de atravesar cuatro calles, giré la esquina y... nadie. Me fastidió un poco no encontrarme con Raquel después de lo que había sufrido por llegar a tiempo, pero también me alegré: así no me metería bronca ni me pegaría ninguna colleja; no es por nada, pero con mi hermana ya tengo bastante. Con esto parece que Raquel sea una bruta. Sí, lo es. Además es la persona de doce años más alta que conozco, chicos incluidos, y a mí me pasa dos palmos por lo menos. Claro que yo soy la persona de doce años más baja que conozco, chicas incluidas. Vaya que, unido a su carácter de mandona y protestona, siempre consigue salirse con la suya a base de intimidarme a mí y a todo el que pilla.
    A pesar de eso, Raquel se preocupa más por los demás que por sí misma, intentando animar a todo el mundo y haciendo favores incluso a gente a la que conoce poco. Sin ir más lejos, si habíamos quedado ese día era para salvar a Astrid, una compañera mía de clase atrapada en otra dimensión. Nada, cosas que pasan de vez en cuando. Yo tampoco me lo habría creído de no ser por todo lo que me pasó una semana atrás, cuando descubrí que existen cuatro dimensiones o “mundos” diferentes, que se unen por una serie de portales mágicos o algo así. Y lo descubrí de la manera más tonta posible: cayendo por uno de ellos. De hecho, en ese mismo momento me encontraba esperando a Raquel justo encima de dicho portal, el cual se abriría a las seis y diez de la tarde y absorbería a cualquier chico o chica joven que pasara por ahí; y, por lo que me contaron, a Astrid le ocurrió eso mismo; o sea, lo mismo que a mí. Claro que esta ya sería mi tercera vez. En el primer viaje a Raquel y a mí nos costó un montón regresar a casa y fue entonces cuando nos enteramos de que una compañera mía de clase (o sea, Astrid) también se había perdido en ese mundo. En principio la segunda aventura la hicimos a propósito para traerla de vuelta, pero al final no pudo ser; aunque tampoco perdimos el tiempo, ya que conseguimos que aquel portal sólo nos permitiera entrar a nosotros dos, para que a nadie más lo arrastraran a aquel extraño mundo en contra de su voluntad. “Si como se dice a la tercera va la vencida y rescatamos por fin a Astrid, ya nos podremos olvidar para siempre de aventuras peligrosas y misiones mortales”, me quise animar.
    Pensando-pensando, vi a una chica asomar por el otro lado de la calle. Por un momento la confundí con Raquel, ya que su cabello también es castaño, liso y muy largo, cubriéndole casi toda la espalda. Pero no; llevaba una ropa elegante al estilo de una adolescente presumida, de color negro y con una faldita corta y unas medias también negras. Ah, y también unos zapatos a juego de esos que te duelen los pies con sólo mirarlos; debe ser imposible caminar bien con ellos.
    “No sé cómo no se muere de frío con eso; aún estamos en febrero”, me dije mientras me ponía a observar por el lado contrario. “Y Raquel que no viene. Casi son las seis y en menos de un cuarto de hora esto se abre. ¿No era ella la que quería quedar  pronto para hablar de no-sé-qué?”. Entonces oí su voz:
    —¿Dónde miras, Richi?
    Me di la vuelta y descubrí a la chica de antes. ¡Era ella! Y claro, a mí no se me ocurrió otra cosa que comentarle con toda la inocencia del mundo:
    —¡Anda! Yo creía que se trataba de una chica guapa y resulta que eras tú, Raquel.
    Antes de acabar la frase ya me arrepentí.
    —Bien, Richi, bieeeeennn –soltó con rabia contenida–. ¿Alguna otra genialidad antes de morir?
    —¡No, no me refería a eso! –me protegí la nuca–. O sea, yo... yo... como siempre vistes como un chico pues... pues no me lo esperaba.
    —Los pantalones también son femeninos, ¿vale? –suspiró; creo que ella ya había previsto mi reacción y por eso se enfadó menos de lo habitual–. Bueno, Richi –sonrió girando sobre sí misma–. Seguro que lo que más te ha sorprendido es que una marimacho como yo vaya tan refinada, ¿verdad?
    —Pues sí –le devolví la sonrisa... que se me borró de golpe por el collejón más grande que he recibido en mi vida.
    Una vez calmados los ánimos, me explicó que entre semana elegía algo cómodo para ir al cole, pero durante el finde se arreglaba.
    —Pero, Raquel... y no te lo tomes a mal, por favor... no sé si es lo mejor para viajar a aquel Universo.
    —Eso es lo de menos –le quitó importancia–. Si cada vez nos han dado aquel traje raro y tal. Que no, que hoy es fiesta y yo voy como voy.
    Tenía razón. Nada más aterrizar en la otra dimensión, nuestra ropa se sustituía por otra muy llamativa y además recibíamos poderes mágicos y fuerza y agilidad sobrehumana, pero también corríamos muchos riesgos y en más de una ocasión estuvimos a punto de palmarla. “Espero que sea más tranquila la cosa o si no voy a tener pesadillas el resto de mi vida”.
    —Ey, Richi, despierta que ya son las seis y despegamos en diez minutos. Toma esto –y se sacó una hoja de papel toda doblada del bolsillo de su falda. Allí había escrita una lista repleta de nombres raros escritos–. Apréndetelo.
    —¡¿Quéeee?! –flipé en colores–. Y… ¿Y por qué? ¿Y de dónde lo has sacado? ¿Y…?
    —No hay tiempo, Richi –me avasalló aprovechándose de su altura–. Cuando crucemos el portal, el papelito y todo lo que llevemos encima se esfumará y ya la tendremos liada. ¿Lo captas? Pues venga, que se nos acaba el tiempo.
    “¿Y de quién es la culpa?”, pensé. Qué morro, si era ella la que había llegado tarde. De todos modos decidí obedecerla. No porqué ella me diera miedo ni nada por el estilo (bueno, un poco sí, lo reconozco), sino porqué acostumbraba a acertar bastante y si ella me aseguraba que aquello era importante, seguro que lo sería. “Si conseguí volver a casa en los dos viajes anteriores sin duda fue gracias a su ayuda”, me deprimí al creerme poco útil. En ese momento me di cuenta que sin Raquel no me hubiera atrevido a realizar aquel viaje para buscar a Astrid y eso me hizo sentirme peor.
    “Concéntrate, Richi”, me intenté animar, “ella confía en ti o al menos en tu memoria”. Aquella lista se componía de una docena de nombres relacionados con sus correspondientes lugares. Todos eran muy raros, aunque ya me había acostumbrado de tanto recorrer aquel “mundo de locos”, como lo llamaba Raquel. El que más me llamó la atención fue el de Priet-noguê del Planeta de los Mil Lagos, como si por un instante aquellas letras impresas tomaran relieve, destacando sobre las demás. Echándole la culpa a mis ojos, parpadeé varias veces seguidas y volví a verlas todas igual.
    —Suficiente –me quitó el papel de las manos y se lo guardó–. Ahora háblame de tu amiguita. En dos minutos se pondrá en marcha este trasto y antes quiero saber algo de ella.
    —Ah, es verdad, que tú no vas a mi cole.
    Astrid había sido mi compañera de clase desde hacía casi tres años, pero a Raquel la conocí justo cuando caímos los dos por primera vez en aquel Universo (como ya he dicho tan sólo una semana atrás). Aún así, con la cantidad de aventuras que habíamos pasado juntos, consideraba a Raquel más amiga que a ninguna otra persona.
    En realidad yo no tenía mucha relación con Astrid. Ella era una niña tímida, con el pelo corto y negro y con gafas y casi tan bajita como yo. Procuraba pasar desapercibida y sólo llamaba la atención cuando alguien se metía con ella; me recordaba un poco a mí. Eso me hizo pensar en lo que me preguntó papá: ¿Por qué me arriesgaba a salvar a una chica que a duras penas conocía? Bueno, seguramente porqué yo era el único que podía hacerlo; era lo malo de haber bloqueado el portal para que sólo Raquel y yo pudiéramos traspasarlo (lástima que no lo consiguiéramos antes de que Astrid lo cruzara). Los motivos de Raquel me parecían más difíciles de entender; es cierto que le gustaba ayudar a todo el mundo, aunque rara vez lo reconocía, pero pensándolo bien creo que en realidad quería devolverme el favor. Al fin y al cabo la ayudé a buscar una medicina para salvar a sus padres de una extraña enfermedad, la cual sólo podía conseguirse en la otra dimensión (ese fue nuestro objetivo durante el segundo viaje).
    Me di prisa en explicarle a Raquel lo poco que sabía de Astrid: que no parecía llevarse bien con sus padres, no tenía amigos y ni los profes la trataban bien; supongo que por eso siempre iba mirando al suelo con cara de funeral (yo intenté animarla alguna vez, pero reconozco que no sirvo para eso). Sin embargo, al volver de las vacaciones de navidad se la veía más animada y con ganas de comerse el mundo, como si le hubiera ocurrido algo genial, aunque en seguida volvió a deprimirse; fue entonces cuando desaparecí yo y a los dos días desapareció ella. Yo volví de milagro, gracias en gran parte a Raquel, pero Astrid no.
    —Creo que ya lo he pillado –soltó de repente Raquel–. En enero Astrid descubrió un portal y allí le pasó algo bueno, pero después de un tiempo echó de menos aquello y, al descubrir cómo nos esfumamos nosotros dos, vino para acá y huyó de su realidad.
    “De nuevo sacando unas conclusiones a las bravas que sólo entiende ella”, pensé. Pero antes de que pudiera contestarle, noté aquella sensación de vértigo ya familiar y todo se oscureció.
    No sabría decir si pasaron minutos u horas, pero cuando abrí los ojos, los cuales no recordaba haber cerrado, nos encontrábamos en un lugar más extraño de lo habitual: había casas y calles, como en una ciudad normal, pero también pedazos de bosque, un río y la punta de una montaña. Y además todo colocado desordenadamente, como un “collage” sin tema principal; ningún edificio tenía relación con el otro, con rascacielos al lado de casas de campo y éstas al lado de monumentos; ningún trozo de camino tenía relación con el otro, con asfalto de autopista seguido de parquet y éste seguido de tierra; y ningún trozo de naturaleza tenía relación con el otro, con árboles de troncos negros junto a matorrales selváticos y éstos junto a prados con cachos de lago. Y, para acabarlo de rematar, las personas que paseaban por ahí iban del mismo palo: tigres-humanos con alas, unos tipos peludos con dientes de morsa, otro de tres metros con las manos de metal y... ¿y mi profe de castellano? Yo flipaba; todo me resultaba extraño y conocido a la vez. Me hubiera podido tirar horas embobado sino hubiera sido por Raquel:
    —¿Lo ves, Richi? Ya nos la han cambiado otra vez.
    Al principio no caí, pero en seguida me di cuenta de que se refería a nuestra ropa. Sí que “nos la habían cambiado” y no sólo con respecto a la que traíamos de casa sino también a la que llevamos en los otros dos viajes. La actual era de color granate oscuro y, de cintura para arriba, repleta de surcos arremolinados que finalizaban su recorrido en las puntas de los dedos; parecía duro y si lo tocabas te daba repelús, como cuando te frotas con el borrador de la pizarra. Eso sí, te permitía moverte bien a pesar de que sólo las palmas de las manos quedaban al descubierto, ya que nos tapaba hasta el cuello. Y de cintura para abajo vestíamos unos pantalones finos completamente tapados por unos faldones enormes, similares a los de las películas de kung-fú con las que tanto disfruta Bruno, mi mejor amigo del cole. A mí aquel traje no me gustaba tanto como el anterior, con esos colores tan vivos y sus cuatro bolsillos mágicos, aunque también es justo decir que este imponía más respeto; no es por nada, pero Raquel daba más miedo que nunca. Claro que eso era lo que menos me importaba:
    —¿A… a ti no te sorprende esto, Raquel? –le pregunté señalando a mi alrededor.
    —No. Es como mi memoria. Marea un poco, eso sí.
    ¡Por supuesto! Todo lo que me rodeaba eran cosas que ya había vivido, tanto de mi planeta natal como de los que había visitado en esta dimensión. Además la gente parecía no verse entre sí y actuaba como si estuvieran en otro sitio. Claro que en realidad eso no me explicaba nada; seguía sin saber dónde nos habíamos metido.
    —Venga, espabila Richi. Lo más difícil ahora será dar con Astrid.
    —Ojalá fuera cierto –escuchamos una voz encima nuestro.
    Levanté la cabeza y la vi; al principio no la reconocí, pero no por culpa de la ropa, como me pasó con Raquel. Sí, vale, su traje le quedaba un poco raro (una especie de chándal gris de una pieza y cuello largo que le sobraba por todos sitios), sin embargo lo que de verdad me chocó fue su pose decida y la dureza de sus ojos. Nos miraba llena de arrogancia, sentada en cuclillas sobre la cornisa de un edificio parecido a los que se ven en los cuadros de los restaurantes chinos y con una espada blanca en forma de katana que mostraba con chulería.
    Antes de que Raquel y yo saliéramos del asombro, saltó a nuestro lado con estilo al tiempo que su vestido se le pegaba al cuerpo igual que el de un superhéroe.
    —Hola Richi –me saludó como perdonándome la vida–. Y la larguirucha debe ser Raquel. Llegáis tarde.
    —¿¡Pero tú de qué vas, cuatro ojos!? Encima que venimos por ti y tú...
    —Yo no os he pedido nada –la cortó Astrid–. Pero ya que os habéis dejado caer por aquí, acompañadme. Hay una persona a la que debo matar.
    Lo dijo con tanta frialdad que incluso Raquel palideció. “¿Y ésta es aquella niña tímida y amable con la que todos se metían?”, me pregunté sin atreverme ni a abrir la boca. “¿Qué le ha ocurrido para que en tan poco tiempo se haya vuelto así?”.
    Astrid, sin ni siquiera fijarse en si la seguíamos o no, empezó a caminar entre las calles de aquel lugar caótico. Quise adelantarla para sonsacarle algo, pero Raquel me detuvo; fue cuando vi a Astrid frotarse la mejilla con el dorso de la mano, como si espantase una lágrima.


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