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Libros publicados

El ambiguo perfil de la luna

El ambiguo perfil de la luna

23-11-2017

Suspense/thriller novela

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Se podría decir que aspira a ser "el primer thriller de autoconocimiento". El desarrollo de su trama sigue la intriga de un asesinato, de sus consecuencias sobre la principal sospechosa y de su eventual resolución. Pero también es un viaje de realización personal de las dos protagonistas, Manuela y Sabina. En los capítulos se alterna el punto de vista de una y otra y se exponen por extenso, por medio de sus pensamientos y de sus diálogos, sus historias personales y lo que aprenden una de otra y de las circunstancias de la acción, con atención a los conceptos más actuales sobre la autoayuda y con puntos de vista sobre todo femeninos.

Aunque el texto contiene muchas reflexiones de las protagonistas, también abundan los diálogos, y es de notar que tanto en la acción y sus lugares como en los diálogos la autora ha optado por recalcar el sabor y ambiente y el lenguaje local de la costa onubense en vez de "traducir" las conversaciones a un castellano "neutro". Así pues, de las características citadas de thriller, autodesarrollo y punto de vista femenino, podemos añadir la del sabor y lenguaje local.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

PRÓLOGO

 

                                                       MANUELA

 

    Manuela, desde pequeña, leía con una fruición exacerbada, cuando la ansiedad la consumía, mientras su mente cañoneaba en tantas direcciones que se perdía en la desazón del desencuentro con la vida; entonces debía extinguir la pasión que rugía en su interior. Las novelas se convertían en la única fuente inagotable de la que beber aventuras, capaces de calmar un tiempo ese fuego de inquietud por el sinsentido de su existencia. ¿Para qué había nacido? ¿Cuál era su misión en este mundo? ¿Merecía su madre haber sufrido los dolores más inimaginables para parirla y que ella la despreciase, abandonándose al desvarío? Sería como admitir que el tan cacareado milagro de la vida, más que un milagro era una maldita ironía. La negación impertérrita del valor de la mujer, sometida a la invisibilidad por aquellos que ancestralmente administran ese poder, que no les pertenece. El miedo, el peor de todos los sentimientos, el que paraliza, el que ataca, el que secuestra, hasta el que mata.

  Aún no lo sabía, pero un día tendría que dejar de vivir en los libros, habría de abandonar la huida. Tampoco entonces conocía el porqué del desasosiego que la arrastraba a embeberse en la lectura. Un vacío de vida que no sabía llenar de otra manera. Una inquietud que sólo cesaba al leer, al apropiarse de otras vivencias. Todo un mundo para sentir, todo un mundo donde habitar. Sin barrera, sin límite, sin control, sin mesura.

  La baldía espiral del humo salpicaba de hollín las páginas entre lecturas. La agitación crecía inconmensurablemente mientras ella absorbía con ferocidad las palabras, a toda velocidad por beberse la historia de un sorbo. Más allá de los libros su ser se modelaba de carencias. En su plexo solar un agujero negro sorteaba toda luz nutriéndose de iones cargados de oscuridad, impidiendo al corazón iluminarse, a los frutos madurar.

Navegaba en profundidades cenagosas. Al leer, el fango se diluía en la fresca claridad de la mar, los detritus arrastrados en los maravillosos colores del campo en primavera, la humedad en la cálida acogida del abrazo del sol; la densidad se evaporaba en un leve vuelo irreverente a la velocidad de la luz, el esfuerzo en placidez, el cansancio en un brío fervoroso de vitalidad, todo con un único deseo: ser un libro vivo por siempre. Y volvía de nuevo a llenarse el agujero de su corazón con un torbellino de luminarias de colores succionadas por el arco iris que bordeaba el aura de su cuerpo.

Manuela trasnochaba hasta la aurora, imbuida con la luna, amante perfecta, en todos los sueños de su alma peregrina. Lechuza perenne de la belleza al trasluz, ésa que no muestra defectos,  extraordinaria en las tinieblas de tenues luces,  profunda como un pozo de alargado fondo imposible de ver; aunque como fascinadora intuitiva adivinaba más allá del allá un mundo sin fin de emociones explosivas, que encendía su adrenalina y al mismo tiempo fomentaba su miedo. El feroz deseo de llegar al final simultaneando el gran temor al nuevo vacío. La claridad, la oscuridad; la alegría, la tristeza; el día, la noche; el sol, la luna. La dualidad sempiterna del ser, aunque difícilmente sobrellevable en los extremos, cambiantes sin esperarlo, en un suspiro; y con una creciente velocidad que aumentaba los sentimientos disparejos, cada vez más continuos. La vida sin libros, la vida real, la suya. En la que no se encontraba. En la que era una extraña. La vergüenza. El tormento. Y la nada. Siempre buceando asfixiada en mares desconocidos. En ese océano de toda una existencia inmersa en la mar. El útero de la Madre Tierra. El aliento de su alma. La serenidad en medio de una noche de luna, llena de aisladas estrellas bordadas en el fondo de sus aguas a la vez que en sus oscuras pupilas al contemplarlas.

 

 

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                SABINA

 

  Sabina se dormía entre el arrullo de las olas, que con su sonido acompasado le transmitían la serenidad indispensable para relajar sus emociones convulsas, inmersa en el cuadro majestuoso e hipnótico de una galaxia incomprensiblemente ignota en su magnificencia, que la reducía a una infinitésima parte de un grano de la arena en la que reposaba. En el último instante en que se cerraron sus ojos, penetró en su ser el inconmensurable universo, a través de sus ojos grises. Dormida, ajena a todo lo que la rodeaba, sin que sus sentidos se anularan, aún sin atenderlos, su mundo onírico capitoneó en sus neuronas construyendo la escena de un sueño entre espeluznante e iluminado. La ardua historia, real en apariencia, la transportaba a través de la luna al lugar donde se celebraba un embarazo como una nueva luz que señalaba el camino de la sabiduría, en la convivencia de un pueblo expuesto a la extinción, con el deseo profundo de entenderse mutuamente, de aceptarse en una unión efectiva, reto al que ninguna civilización había sobrevivido. Un planeta viejo, devastado, en los confines de alguna galaxia donde el tiempo se había congelado en un espacio cuántico; procreadores asexuados, igualitarios en sus roles, de una gran diversidad aspectual, racionales… Unidos en el amor común al neonato, a la nueva maravillosa vida en ciernes libre de influencias, de manipulaciones, de convenciones, sólo un ser criado en el amor profundo e incondicional de todos en uno; como si este neonato especial, incubado en un útero cuidadosamente diseñado para su óptima evolución hasta el parto, encerrara la sabiduría divina. Un vientre transparente adherido en su cordón al primigenio se sentía, se veía y se vivía desde el mismo instante de su creación hasta el nacimiento, despertando en estos seres una gran expectación cuajada de maravillosas sensaciones de pura ternura. Podían contemplar la evolución de la Creación desde una célula invisible hasta un ser completo, el supremo arte de un todo interdependiente y perfecto. Con suma ilusión a la vez que asombro, día a día, todos observaban la metamorfosis de una habichuelita, su primera apariencia física, en la pequeña lagartija en que se fue transformando. Pertenecía a todos y todos le pertenecían. Un hondo amor novedoso los unía en torno a un útero compartido, que se burlaba de la pertenencia porque este sentimiento es desprendido, alegre, comunicativo, empático y, sobre todo, solidario. Consigue que, a pesar de toda su interdependencia con todo lo contenido en el universo, cada elemento pueda mantener a su vez su independencia.

  El grupo se había establecido a la orilla de un mar violeta del que se nutrían, aunque no lo podían traspasar sin que acabasen por desaparecer, tornándose invisibles. Llegado el momento del alumbramiento, se decidió por unanimidad qué manos recogerían el fruto milagroso de la nueva vida. Se preparó solemnemente el acontecimiento formando un círculo de fuegos de todos los colores alrededor de la portadora. Y cada ser junto a su fuego, exultantes todos, experimentaron el nacimiento. El privilegiado al que se habían concedido estos honores tomó al recién nacido en brazos, lo alzó, sonriente y, ante la estupefacción de los demás, se encaminó a la mar, en la que se fue adentrando y desapareciendo. Todos contuvieron un lamento, menos la portadora, que entre gemidos lo siguió mar adentro.

                                               PRIMERA PARTE.

 

 

 

                                EL MANTO PROTECTOR DE LA LUNA MADRE.         

 

 

 

 

 I

 

   Hacía una espléndida noche de finales de verano, con el aire casi cotidiano ausente. Manuela amaba esas pocas noches cálidas en las que se podía dormir al descubierto en la bajamar hasta el amanecer. Podía vivir la playa de madrugada, desierta, íntima, acogedora, bruja, donde oteaba la excelsa serenidad del agua para imbuirse de ella por largo tiempo en su apego existencial a la mar. Cerró el libro, no sin esfuerzo, cogió la bolsa con los útiles playeros y, tal como estaba, con un fresco camisón de andar por casa, se metió en el coche y tomó el camino de la playa, que se encontraba a cinco kilómetros, con el anhelo del reencuentro.

Eran las dos de la madrugada cuando volvió a admirar el hechizo que proyectaba la pintura sublime de una marina inhabitada que esperaba a inusitados huéspedes. Y allí, sentada en la arena, sola frente al inmenso océano, subyugada por la profunda negrura de la mar, soñaba fervientemente encontrarse alguna vez más allá del horizonte, donde nada se ve y no se sabe qué hay, despertando la fantasía, más allá de esa línea en donde parece que todo termina, en un barco faenero circundado de agua, cielo y mar, el firmamento observado desde las aguas.

«Dime, mi niña, qué temes del agua. Si casi te da miedo pasar de la orilla, ¿por qué tu necesidad de contemplarla?»

  Manuela había adquirido la costumbre de conectarse con

su niña interior, de comentar a ésta las cuestiones que no se explicaba. Su temor y su amor por la

mar. La niña al pronto le murmuró:

—Papá, Manuela. Papá era marinero, la mar nos lo quitaba y queremos que nos lo devuelva, poder sentir su amor, su calor y su intimidad. Por eso te llama la playa solitaria en las noches cálidas, para que no tengas que compartir la suave brisa calentita que te abraza con un beso, el aroma a salitre de sus ropas a la vuelta de cada turno, el sonido acompasado tan relajante del agua con sus relatos: las lucecitas al fondo de los barcos que pescan en alta mar. Buscas el poema de una falta.

—Los poemas que tanto canté aquí en noches semejantes: Alfonsina y el mar, Balada de otoño, Poema de amor, Coplas de la violeta, Elegía a Ramón Sijé, Sapo de la noche, El cantor, Rabo de nubes... Tantas canciones. ¡Cuánto añoro esas noches de cante que jamás volverán! He disfrutado tanto, tanto, tanto, que ya vale una vida. Sí, puede ser. Mis peores momentos también se han disuelto en esta playa. Aquí he venido a llorar, a desesperarme, a gritar, y la mar me devolvía la paz: cumplía la función del padre que yo intuía que era o que yo deseaba. Sea como fuere, ciertamente este amor-rechazo es el que siempre sentí por mi padre. Mi niña querida, tú tienes los recuerdos que yo perdí cuando papá estaba cerca, sus besos, sus juegos, sus bromas; eso es lo que me han contado. No sé si me arrepiento de haberlo apartado de mi vida; puede tener remedio si me atreviera a intentarlo, que lo dudo. No tengo gana alguna de cambios, me conformo con mis libros y estas poquitas noches de playa.

  Tendida en la toalla, en postura fetal, se abandonó al placer de dormitar, en un duermevela seductor entre el consciente y el inconsciente, mientras los poros de su piel absorbían dulcemente el húmedo calorcillo salino, el abrazo sensible de una brisa más soñada que real, el penetrante olor al mestizaje de las secas dunas con las primeras lluvias, el aroma retador de pinos y eucaliptos cercanos, el regusto de suaves lágrimas templadas de sal, mientras los oídos le impregnaban el alma de la corriente hechicera de música acuática; bajo los ojos entrecerrados, la visión majestuosa de un cielo con luna llena salpicada de luceros. Envuelta de esta excitante mezcolanza de estímulos sensoriales, se regocijaba con el apasionado amor vivido también allí, en esa arena, bajo aquel mismo cielo que formó un todo con el inmenso placer que le recorría el cuerpo y el alma en una explosión de jadeos que le surgían desde las mismas entrañas, se fundían con desesperación las dos en una, un solo ser etéreo de amor infinito, traspasando las leyes físicas hasta la eternidad o para morir en ese mismo momento, para no permitir que pudiera acabar nunca esa extremada felicidad que llegaba hasta el tuétano.

  Por muchas historias de amor leídas, casi devoradas en los libros, por mucho que había sentido e imaginado, nada se aproximaba a su realidad, a ese amor nacido sin saber cómo, por qué ni cuándo se le había ido colando, sin notarlo, con el contacto diario, hasta que una sensual caricia inesperada lo había despertado. Y todas las semillas catapultadas en cada circuito neuronal se entrelazaron en sus raíces, creciendo arrebatadas de pronto, sin dejar punto alguno de su cuerpo y de su alma sin cubrir de una sensibilidad tan extrema que irradiaba más allá de su propio ser. Fue como si todas las encarnaciones anteriores se hubieran reunido a la vez en sus amores ancestrales para que ella los sintiera de golpe, y las aguas aparentemente apacibles que mecían todos sus órganos vitales provocaron en su ebullición un maremoto que la engulló. Su raciocinio se evaporaba con la incandescencia, abandonado a un corazón gigantesco que la envolvía en forma de crisálida tejida de lava ardiente.

  Manuela se desveló, sobresaltada por un grito como un rugido, con la incertidumbre de que hubiera salido de su propia garganta, asustada ante la breve reminiscencia en su ensueño de su temido pasado. Había logrado dejarlo atrás encerrándose de nuevo en los libros, en los que se refugió en una decidida soledad, cuando creyó haber domado el furioso volcán de ira y rabia que la dominaba, manteniéndolo sedado en un pequeño arcón, prisionero en su memoria. Pero seguía latente; al parecer, mostraba sus fauces a través de alaridos oníricos que vibraban, sordos, en sus cuerdas vocales. Sin embargo, ya desvelada por completo, seguía oyéndolos.

Con el paladar seco por el miedo a retornar al descontrol, a que volviera a dominarla aquella locura contenida durante largo tiempo, oyó de nuevo aquel trágico lamento de animal herido, desesperado, que le golpeaba el pecho con angustia, le encogía las vísceras hasta empaparla de sudor. Se acercó a la orilla y siguió caminando, hasta que el agua le llegó a la cintura, un excelso esfuerzo para ella con su fobia a la mar, para que ese contacto con la fresca temperatura del agua la impactara, por si así superaba el shock. Regresando aprisa, se tendió donde las olas rompían y la cubrían por completo, respirando profundamente desde el diafragma hasta encontrar cierta tranquilidad. Así recuperó la consciencia de la realidad, y constató que aquellos llantos no eran de ella, no estaban en su cabeza ni padecía alucinaciones sobre si misma de tiempos pasados. Incluso bajo el agua los seguía oyendo. Sencillamente, estaban fuera. Alguien debía de estar por allí, aunque las dunas a su izquierda le impedían ver nada. Ya calmada, se levantó y miró hacia el horizonte, por si podía ser alguna persona que luchara en trance de ahogarse. La luna llena aclaraba la noche; no obstante, sólo vislumbraba a lo lejos algunos barcos medio ingeridos por la brillante negrura marina. Se hizo el silencio. Su mente se había relajado, aunque la intuición de que algo grave le ocurría a alguna persona, y el no saber por dónde tirar, la conmocionaban. Se volvió a sentar mirando hacia las dunas, único lugar que no mostraba su contenido. Después de un buen rato de silencio, se desdibujó una figura que salía de una de estas dunas encorvada sobre sí misma, la cabeza hundida hacia el pecho, los brazos medio extendidos alargando las manos como en señal de ruego, con un andar escalofriantemente cansino, que apenas la dejaba avanzar, viva imagen de un alma en pena de los cuentos de miedo que le contaba su madre en la infancia. La sombra, en verdad, de una persona profundamente derrotada, tanto que casi se había convertido en espíritu antes de desalojarse del cuerpo. La sobrecogedora figura le golpeó el pecho con una angustia de sobra reconocida de otra etapa de su vida. Una época que la había llevado de nuevo a volcarse en los libros como la única posibilidad de evadirse de la locura, o a lo peor del suicidio. Tras años de resistencia a la cotidianidad de las relaciones, de hacerse amiga de la introspección, de alejar de su mente cualquier atisbo de recuerdo y de sentimiento pasado, de mantenerse suficientemente cuerda y de controlar su tendencia a los extremos y a la impulsividad, de pronto la avasalló un miedo a verse a si misma en aquella criatura, un miedo que le agarrotó los músculos y la paralizó, con la vista anclada en la figura que seguía avanzando con esa extremada lentitud que la tenía hipnotizada. Llegó a pensar que aquello sólo podía ser un pesado sueño, de esos que secuestran a la mente impidiéndole enviar órdenes al cuerpo, sin movimiento, sin voz, como una estatua de sal. Sostuvo aquella rigidez mientras veía que la aparición pisaba el agua sin detenerse, avanzando con aquella persistente parsimonia, ajena por completo al cambio de elemento y temperatura. Al presenciar cómo ya se hundía hasta las axilas sin inmutarse, un grito espontáneo surgió de la garganta de Manuela —¡¡¡Noooo!!!—  que le permitió recobrar el movimiento, recuperándose del estrés que la había sumido en la parálisis, de tal forma que con la precipitación se cayó de bruces en la arena. Al levantarse rápidamente con agilidad, vio como el agua ya le rodeaba los hombros —la marea estaba alta—; además, sabía que poco más adelante había un barranco que la hundiría sin remedio, por lo que corrió asustada, gritando a la figura que parase, hasta que llegó a su altura. Desde la orilla pudo apreciar que se trataba de una mujer joven, de largo pelo negro. Manuela no sabía nadar, nunca lo había intentado. Se internó en el agua, rogando llegar a ella antes de dejar de hacer pie, sin parar de gritar reclamando su atención. —¡Señora! ¡Señora, por favor, no siga! ¡Pareeee! ¡Por Dios, deténgase, no avance! ¡Señora! ¡Oiga, oiga, escúcheme se lo ruego, pare ya! …

Por más que buscaba alguna señal de humanidad cerca o lejos, no veía más que las luces muy remotas de los barcos de pesca. La corriente la impulsaba hacia la orilla, por lo que mantenía una doble lucha: la tensión del tiempo y la fuerza corporal, ambas evaporándose por segundos. De nuevo aterrizó en su cabeza el mismo estímulo de “mente apretada discurre que rabia” que la había salvado tantas veces en los exámenes cuando era estudiante; se conectó la bombilla iluminando otra alternativa. O tal vez fuera su niña interior echándole un cable, como tantas veces desde que se reencontraran. Sí, podría funcionar, era tan fácil como darle la vuelta a la tortilla. Pasó de salvadora a víctima, dando saltos por huir de allí le salían del alma los gritos enfurecidos pidiendo auxilio. —¡¡Ayuda, ayuda!! ¡¡Socorro!! ¡Por Dios, que alguien me ayude que me ahogo! ¡Oiga! ¡Ayuda, por todos los santos!— Ante la falta de resultado, la lamparilla brilló de nuevo. —¡¡Mi niña, mi niña!! ¡Auxilio, mi niña! ¡Salven a mi niña!—.

Tan exaltada había brincado que, con el impulso, osciló dando un traspiés, dando brazadas a lo loco, tragando agua; y finalmente, perdido por completo el equilibrio, se encomendó a todos los santos en los que nunca había creído, porque sentenciaba que de aquella no se podría escapar. Con estoicismo abandonó toda lucha con el agua, vencida por la falta de resuello, casi fantaseando que oía una lejana voz en el trance de su destino, determinado quizás por alguna pugna marítima de sus ancestros, una promesa incumplida, alguna traición, posibles cuitas. La falta de oxígeno en el cerebro pudiera haberle hecho tomar espejismos por realidades. De repente el aíre volvió, a duras penas tragaba bocanadas que le producían náuseas, con brazadas al vacío esta vez; el tormento de vivir o morir nuevamente la mortificó amplificando su miedo.

—¡Señora! ¡Señora…! ¡Tranquila! ¡Vamos, cálmese! Respire, respire poco a poco, con sosiego. Eso es, lo hace muy bien. Ya pasó, ya pasó… —Sabina la abrazaba mientras Manuela iba recuperando el aliento.

—Gracias, gracias. —Jadeante aún y temblando ahora de frío, se arrebujó en el abrazo de quien la había salvado, profundamente agradecida.

—Mil gracias. ha sido un milagro que apareciese, la playa estaba desierta y no esperaba... —Se quedó muda al mirar a su salvadora.

—¡Oh, Dios mío, ha dado resultado, está viva! —La apretó bien fuerte. —Gracias, todo mi esfuerzo no ha sido en vano.

—En verdad, no sé qué dice —se extrañó Sabina.— Tranquila, todavía no se ha repuesto del todo. Guarde sus fuerzas, más tarde hablaremos, cuando se haya recuperado. Ahora será mejor que busquemos con que abrigarnos, porque éste no es un baño calentito precisamente. Venga, vamos a salir. Así, con cuidado. Yo la llevo, deje caer su peso en mí.

—Sí, vamos. —Se colgó del hombro de Sabina, intentando acomodar la respiración. —El agua, a la vista está, es un medio muy traicionero. He pasado de un susto al terror más grande de mi vida.

—Lo puedo suponer. Yo también me he llevado una sorpresa muy desagradable. Menos mal que la corriente impulsaba hacia la orilla, porque no soy evidentemente ninguna sirena. Sé nadar lo justo. El empuje del agua es lo que hizo posible que llegase a tiempo.

—Gracias a Dios. Una expresión que no he repetido tanto en mi vida. Qué tranquilidad, por fin la arena. ¡Qué placer, sentirme segura en tierra firme! Por nada del mundo vuelvo a acercarme a nada líquido.

—Sí, un auténtico gozo, y más cuando, inexplicablemente, de una duna paso a despertarme en la mar socorriendo a una suicida  —ironizó Sabina, sin que Manuela la escuchara en su afán por poner tierra de por medio. —Es una maldita pesadilla. Yo sí que quiero más líquido para entrar en calor. Anda, corre, tengo ahí enfrente una botella de coñac y un saco de dormir doble en el que cabemos las dos. Disculpa, se me resiste el trato de usted.

—Sí, claro, como quieras. Después de tamaña proeza mutua nos podemos considerar de la familia. Vamos, vamos, que quiero secarme cuanto antes.

  Las dunas se encontraban a unos cien metros de la bajamar. La temperatura seguía siendo maravillosa, aunque bajaba unos grados conforme se aproximaba el alba. Mar adentro, unas lanchas llevaban a marineros, posiblemente para faenar. La bajamar se mantenía desierta, más iluminada que de costumbre por la gran luna llena, que desde su atalaya abrazaba con su magia a las agotadas mujeres que se apoyaban una en la otra en su desangelada soledad. La suave brisa anterior se acentuó en un ligero viento húmedo, que refrescaba sus cuerpos mojados. Tan pronto como llegaron al refugio de las dunas, Sabina sacó de una bolsa una gran toalla de playa y se la ofreció a Manuela para que se secara, echándose por los hombros la suya que tenía extendida en el suelo, mientras asía el saco que se encontraba hecho un revoltillo en la arena para sacudirlo, haciendo que salieran disparados un sinfín de objetos, y lo extendió abierto en la arena. Mientras tanto, Manuela conseguía entrar en calor, friccionándose con fuerza la piel con la toalla; y, despegándose la camisola larga de andar por casa que tenía pegada al cuerpo, la apoyó en unos arbustos para que se secara. Luego se colocó la toalla a modo de pareo por encima del pecho.

—Anda, métete dentro, ya comienza a hacer relente —le pidió Sabina—. Deben ser más de las cuatro, en un par de horas empezará a clarear. Mi móvil estará por ahí en el suelo. ¿Puedes buscarlo para mirar la hora?

  Manuela se había sentado en el saco observando el rosario de objetos esparcidos alrededor. Lo que más le llamó la atención fue la cantidad de colillas desparramadas por todos lados, evidencia, según supuso, de la crisis de ansiedad que hubo de haber sufrido la suicida; una botella de coñac medio vacía, quizás para darse valor; un montón de pañuelos de papel, señal de haber llorado mucho; el móvil semienterrado, que cogió, y en el que miró la hora, que comunicó a Sabina. —Las cuatro y nueve—. A lo que ésta respondió:

—Lo que te decía.

 El brillo de algo metálico le reflectó en la mirada. Al sacarlo, se sorprendió de encontrarse con un cuchillo, que le pringó un poco la mano por una ranura labrada entre la empuñadura y la hoja. También saltó al cogerlo una bolsita que reconoció bien, ella también fumaba alguna vez un poco de marihuana.

—¿Tienes un pañuelo o algo para limpiarme? —pidió a Sabina. —Me he manchado la mano con el cuchillo.

—¡¡¿Qué?!! ¿El cuchillo? ¡¿Cómo que tienes el cuchillo?! —Sabina se había arrodillado en el saco muy agitada. —Dámelo, trae, dámelo, por favor.

—Sí, claro. Toma. Estaba en la arena, como el móvil, los pañuelos, el coñac, la marihuana y todas esas colillas.

  Sabina atrapó el cuchillo con desesperación e inmediatamente abrió la mano y lo dejó caer como si la hubiera quemado. Se derrumbó al instante, desconsolada y llorando convulsamente. Manuela, que ya había visto que el cuchillo estaba manchado de sangre al igual que su mano, discurrió que  habría intentado suicidarse en un intento de cortarse las venas con él,  sin conseguirlo, antes de hacerlo en la mar. Le superó la compasión por aquella muchacha, que no tendría más de veinticinco años, tan vencida ya por la vida. Sintió por ella una inmensa ternura y el instinto de protección maternal, que casi había olvidado. Intervino para acariciarla y susurrarle con el arrullo que se ofrece a un bebé.

—¡Ay, cariño!  ¡Estoy contigo, cielo! ¡Verás como lo que tanto te conduele se puede superar! Seguro que no es tan grave. Vamos, querida, descarga la tensión. Es muy bueno llorar, se quema adrenalina y sirve de sedante. No estás sola, ahora me tienes a mí, me has salvado. ¿Te das cuenta de toda la fortaleza que llevas en tu interior? Anda, verás que todo se puede solucionar. Eres una niña maravillosa, muy valiente. ¡Eh, vamos, todo está bien, tranquila! Déjame que te limpie esa cara. ¿Ves? Ya va pasando. —Sabina intenta hablar, pero Manuela la hace callar—. ¡Ssss! No te preocupes, tendremos tiempo de hablar cuando te repongas, estás agotada. Sólo dime tu nombre.

—Sabina.

—¡Sabina! Buen nombre, al menos poco común. Yo me llamo Manuela. ¿Y vives aquí en la playa, o en el pueblo?

—¿Por qué? No me voy a ir a ningún lado. — respondió Sabina, desconfiada.

—Ni yo lo pretendo, es una simple pregunta de cortesía. De momento, de aquí no nos movemos  —la tranquiliza Manuela, acariciándole el pelo. —¿Sabes qué vamos a hacer? Fumarnos un canuto. Ya he visto la bolsita que tienes de marihuana. ¿Te parece? A mí me relaja. A veces la fumo para que me ayude a dormir, me induce el sueño. ¿Qué? ¿Lo hacemos?

Sólo pretendía desviarla de la tensión de los pensamientos, que se reflejaba en la quietud de sus ojos perdidos en algún recuerdo, en otro lugar, en otro momento, dentro de su inmovilidad. Le coge la cara.

—Dime, Sabina, ¿qué opinas? ¿La fumamos?

—¿Podemos detener el tiempo? —pregunta Sabina de repente, agitada—. ¿Le damos marcha atrás al reloj? ¿Crees en otras dimensiones? ¿Se podrán traspasar? ¿Puedo volverme invisible?

Ante la expresión atónita de Manuela, que no se podía esperar aquella reacción, aquel arranque virulento de preguntas aparentemente absurdas, Sabina se echó a reír, con una risa tan descompuesta que más se asemejaba a un lastimoso quejido. Intentaba simular una broma a destiempo.

—No te apures, Manuela, aún no he perdido la cordura; ya quisiera. Anda, haz ese canuto de maría; a lo mejor me ayuda a ver alguna luz en la negrura o a inspirarme para descubrir ese viaje en el tiempo: que es la única salvación imposible para mí. —Acabó bromeando de verdad con humor negro.

  Manuela pensó que, tras el intento de suicidio y en tan mal estado anímico, nada que le pudiera decir cambiaría la situación. El protocolo en estas circunstancias requeriría el ingreso en una unidad psiquiátrica, aunque Sabina no estaba dispuesta a encargarse de ello, ni le correspondía a ella la decisión. Sí se sentía responsable de que Sabina no volviera a cometer otra locura y de acompañarla hasta que la pudiera dejar a salvo con su familia. Era una buena muchacha, lo había demostrado anteponiendo su corazón a su voluntad al socorrerla. ¡Qué circunstancias tan curiosas se pueden presentar de pronto! Ahora podrían estar muertas las dos. Entrevió de soslayo que Sabina había vuelto a ensimismarse, se había retirado otra vez de su cuerpo, había volado al mundo que la conducía al abismo. Ella, que también había salido de su propio abismo para recalar en un puerto entre brumas sin decidirse a regresar del todo a la vida, sintió una honda angustia por aquella criatura destrozada, y también por la criatura que había sido ella misma en otro tiempo. Desde luego, por su misma derrota, no se consideraba la persona más idónea para ayudarla, mucho menos para aconsejarla; ya sabía bien que nadie escarmienta en cabeza ajena, que cada cual debe cometer sus propios errores. Tal vez pudiera alumbrarla en su soledad ofreciéndole unas caricias, un abrazo, solidarizándose. Le tendió las manos esperando alguna reacción de su parte. Sabina abrió las suyas.

—Las tengo manchadas —dijo.

Manuela observó entonces que en las muñecas de Sabina no había señal alguna del supuesto intento de cortarse las venas que había deducido del cuchillo ensangrentado. Le juntó las manos y las sostuvo entre las suyas.

—Dime, cariño, ¿por qué ves tus manos manchadas si no tienes marca alguna de haberte cortado? ¿Lo intentaste en otra parte? —indagó.

—¿Qué parte? No te entiendo, Manuela. ¿Intentar qué? —se extrañó Sabina.

—Al ver el cuchillo lleno de sangre supuse que antes habías hecho una primera tentativa de suicidio cortándote las venas, y como no tienes marcas en las muñecas…

—Espera, espera. ¿Y por qué has supuesto una cosa así? —la interrumpió Sabina, muy sorprendida—. Es obvio que me encuentro mal, peor que mal, destrozada, pero te he dicho que sigo conservando la cordura, que ojalá la hubiera perdido, porque no sé dónde meterme ni para dónde tirar; por eso me encantaría desaparecer, no morir, sólo desaparecer como por encanto. Me quedan horas, estoy desesperada y no puedo hablar.

—Perdóname, Sabina. No pongo en duda que estés cuerda; no pienso que las personas que se suicidan estén locas, seguro que todo depende de múltiples conflictos emocionales. Pero es que me estás negando lo que he visto. Esto me parece muy extraño.

—Yo te aseguro que para mí tampoco tiene sentido que se te ocurra que he intentado suicidarme porque has visto un cuchillo con un poco de sangre. —Sabina comenzó a enfadarse y a alzar la voz—. ¡Si no me conoces! ¡No nos conocemos! Pretendes que admita a la fuerza algo que no ha existido. ¡Deja ya de suponer sinrazones! ¿Recuerdas que fuiste tú quien casi perece en un metro de agua? ¡Eso sí que resulta extraño!

Se detuvo al reparar en que su creciente ira había transfigurado el rostro de Manuela con una expresión de estupor. Suavizó sus maneras.

—Lo siento, estoy demasiado nerviosa. Es la peor noche de mi vida. No estoy para charlas ni para compañías. Déjame descansar, Manuela, por favor.

—Nada me gustaría más. Y llevas razón, no nos conocemos; de lo contrario, sabrías que sólo busco soledad. Por eso me acerco a la playa de madrugada. Así vivo, sola; así lo decidí hace un par de años. Sin embargo, no puedo irme sin aclararte que mi accidente se debió a que quise salvarte la vida, porque no había nadie más que yo a la vista. Cuando te he dicho que lo vi no me refería al cuchillo; te vi a ti, te vi hasta que el agua casi te cubría; así que no puedes seguir eludiendo una realidad por la que me salvé de milagro; no encuentro otra forma de expresar que me acabara salvando quien yo iba a salvar. ¿No te parece rocambolesco?

—Me parece un cuento chino. — replicó Sabina, harta ya de escuchar lo que creía una insensatez—. Acércame la maría para hacer el canuto. La luna llena que hay esta noche nos ha fundido algún cable. —Cogió la bolsita que le tendía Manuela—. No he pretendido ofenderte; seguro que todo tiene una explicación razonable. Estamos alteradas. Vamos a fumar, que igual hasta nos reímos, aunque si yo sonriera siquiera, sería para matarme.

  Manuela seguía envuelta en la toalla de Sabina y sentía un poco de frío fuera del saco. Recogió del arbusto el camisón, que ya estaba seco, para cambiarse. Al recordar que aún tenía sus enseres en el lugar de la playa donde solía instalarse, resolvió ir  por ellos. Por una parte, para ponerse el chaleco , y por otra para reflexionar, pues ya había aprendido a huir de la intoxicación de las emociones impulsivas.

—Siéntate, Manuela, por favor. —le rogó Sabina, más serena.

—Sí, ahora, cuando vuelva. Voy a buscar mis cosas que dejé en la arena. Me vendrá bien andar, en un rato vuelvo.

—¡Ah, bien! Lo entiendo. A mí también me sentará bien pensar un rato a solas. Te aseguro que de aquí no me muevo.

  Una vez alejada un trecho se sintió más ligera. Tras varias respiraciones profundas del aire salobre se fue liberando del flujo de negatividad de Sabina. Se aisló del ruido del controvertido remolino de pensamientos con la facilidad que le daban sus dos años de práctica diaria de la meditación, una de las técnicas aprendidas en su búsqueda de terapias que la ayudaran a sanarse la depresión que se le había agravado desde hacía cuatro años tras la conjunción de varios duelos, que la había hundido más allá de lo que hasta ese momento había sido capaz de lidiar; y se dejó llevar por la música sedante de las olas. Recorrido así el camino hasta sus pertenencias, se sentó en la toalla que seguía extendida en la arena, y después, limpia ya del caos mental, recurrió de nuevo a su niña, que siempre, en su inocencia, poseía una sabiduría clara, libre de prejuicios y de la subjetividad del ego.

—Hay algo que no me cuadra, cielo. No creo que Sabina mienta cuando niega el intento de suicidio. Dice que no desea morir, sólo desaparecer, y es sincera. Al menos, yo lo intuyo así. En mi vida yo también he deseado desaparecer cuando me asustaba enfrentarme a alguna situación complicada, así que su argumento es viable y razonable. Aunque es evidente que oculta algo que la aterroriza, sin embargo parece que ha borrado de sus recuerdos todo lo que yo presencié. Y salvo por un trauma muy grave, es poco probable que la mente proteja con el olvido, y más difícil es que lo haga justo en el mismo momento del suceso. No lo entiendo, ni le encuentro una explicación razonable.

—Lo que consideras una realidad — le respondió dulcemente su niña— puede que sea sólo la tuya, la mitad; la otra la conoce la persona que lo ha hecho. Entre las dos contáis con la .

—Claro, como dice el refrán "De lo que te digan, 'na' y de lo que veas la mitad". Pero Sabina se niega a hablar.

—Tal vez sea inadecuada tu manera de explicárselo. Yo se lo contaría desde el principio tal como lo has vivido; y que ella dé su versión después.

—Gracias, preciosa; me has deshabilitado el chip testarudo sabelotodo que se me activa de vez en cuando, aunque ya menos que antes: he ido cultivando eso de la empatía. Pues, sí; recojo y regreso.

  Sacó el chaleco del bolso y se lo puso, guardando la toalla dentro. Se lo echó al hombro e inició el camino de vuelta por la orilla. La playa seguía desierta, tan hermosa en su languidez, tan perfecta con la tenue luz lunar que alivia el realismo crudo del día. La semioscuridad nocturna la invitaba a la fantasía, la hacía sonreír y sentirse ligera, de ahí su querencia a la noche, a la lechuza que se transfigura en hada con el hechizo de la luna. Caminaba tan abstraída en estas sensaciones tan placenteras, que le desagradó sobremanera el ruido de dos coches que pasaron por la carretera circundante a la bajamar. Era un coche de la policía y otro de la Guardia Civil que circulaban inútilmente por dónde no había ni un alma, como era costumbre en ellos; ella ya los había visto otras noches. Se volvió a tender mirando al cielo para recuperar el calor de las recientes emociones, rememorando tantas noches pasadas allí desde la adolescencia, unas extraordinarias, otras perversas, aunque ese océano siempre le devolvía la calma. Qué maravilla, tanto disfrute. Quizá volviera a recuperarlo, ¿quién sabe? Hizo un pequeño esfuerzo para despegarse de aquellos gratos recuerdos, sonriendo ante el pequeño resquicio de ilusión que se le había colado, y se apresuró a volver con Sabina; le preocupaba dejarla sola mucho tiempo por lo que se le pudiera ocurrir. Al internarse en las dunas pudo contemplar a Sabina, que estaba encorvada con la cabeza entre las piernas. La llamó.

—¡Sabina! Eh, Sabina! ¡Ya estoy de vuelta! —Ella alzó la cabeza—. ¡Oye! ¿Qué te ocurre, cielo? ¿Por qué este llanto, criatura?

—¡Oh, no es nada! —respondió Sabina, limpiándose la cara rápidamente—. Sólo un poco de melancolía. Ya te comenté que ésta no es mi mejor noche.

—Sí, es algo, es mucho. Es una amargura muy honda la que tienes. Pero eres tú la única que puede decidir si quedártela dentro o echarla fuera. Sé escuchar.

—Nadie puede ayudarme.

—Aunque así fuera, la experiencia me dice que tan sólo con oírte a ti misma en voz alta podría variar tu percepción del asunto, además de liberar la presión del dolor. Bueno, nos pasa a todos alguna vez. Anda, vamos a fumarnos ese canuto. ¿Lo liaste?

—Sí, toma, enciéndelo tú.

—Claro. Déjame entrar en el saco.

Se acomodó mientras cogía un mechero de su bolsa, que había dejado caer en la arena. Lo encendió.

—¡Qué noche más espléndida! —dijo—. Hace infinidad de tiempo que no me relaciono con nadie. Me es muy agradable la soledad. Hace cosa de dos años decidí alejarme de la gente y quedarme sola.

—¿Por qué?

—A mi edad ya he pasado por distintas etapas. Una experiencia más. De todas maneras, he tenido esa tendencia desde pequeña. —Calló para fumar—. Toma, ya me he fumado la mitad, termínatelo tú. Lo que no me había imaginado era que llegaría a preferir encerrarme en casa igual que en un convento de clausura. Como se suele decir, si mi madre levantara la cabeza y me viera, se volvía a morir. Se pasó la vida intentando que dejara de ser tan callejera, me decía "no se te caerá la casa encima". Tuve un amigo que repetía una coletilla para todo, "esta vida es un bidón" decía, por lo de las vueltas que da. Cuando fumo me da por hablar, o a lo mejor es por el tiempo que me paso callada. Eso también le comentaba mi madre a la gente "esta niña nació para muda", yo era tan vergonzosa que apenas hablaba, y en casa mucho menos, especialmente en la adolescencia, cuando yo la odiaba, a mi madre. Por cierto ¿vives en casa de tus padres, o compartes casa con alguien? Lo digo porque pueden estar preocupados.

—Vivo sola, supuestamente.

—Es extraño eso de supuestamente. ¿Podría yo plantearte una situación, supuestamente? Tengo una interpretación de la misma, aunque parece que es equivocada. Me ayudaría mucho conocer la tuya. ¿Me proporcionas tu versión? ¿Te animas?

—Animarme no, pero te escucho.

—A ver, cariño, imagínate que estás aquí en la playa, totalmente desierta, tú sola; de pronto escuchas grandes lamentos y al rato ves a alguien que se dirige como una alma en pena a la orilla, se mete en cl agua y sigue caminando hasta que se va hundiendo. Presencias como está ya sumergida hasta el cuello sin detenerse ni echarse a nadar. ¿Qué se te ocurriría pensar?

—En principio puede parecer un intento de suicidio, aunque hasta ahí no es comprobable. Pudiera ser que a esa persona le agradase entrar así en el agua para nadar, o a lo mejor pretendía bucear. ¡Yo qué sé! Sin un final manifiesto se queda en una simple presunción precipitada.

—Bien, estoy de acuerdo. Y ante la sospecha ¿qué harías?

—Ni idea, la verdad. Me tendría que encontrar en esa circunstancia.

—Recuerda que estás sola, que no hay nadie más para ayudar en el peor de los casos. ¡Ah! y te aclaro que es de noche; por tanto, bucear, como que no.

—Está bien —concedió Sabina con desgana. —Lo más lógico sería llamar su atención —añadió para que la dejara en paz—, a gritos si fuera necesario.

—¿Y si no contesta? —insistió Manuela.

—Lo último ya sería arrojarme a salvarla, si se hundiera por completo.

—¿Y si no sabes nadar?

—¿Y lo puedes poner un poquito más difícil? ¿Por qué tanto interés en esta cábala?

—Porque yo la he vivido.

—¡¿Te ha pasado?! ¡Ah, claro, tú no sabes nadar! ¿Y qué hiciste, entonces?

—Casi ahogarme yo. ¿Recuerdas? —le asestó el golpe definitivo.

  En la expresión atónita del rostro de Sabina se pudo adivinar primero el estupor, dominado de inmediato por el abatimiento e inmediatamente después por una honda crispación. Procesaba velozmente el desarrollo inquisitorial de Manuela, su insistente presunción del suicidio. Pero al puzle le faltaba una pieza, un tiempo secuestrado en su memoria que no había querido compartir, por no dar explicaciones que ni deseaba ni le correspondían a nadie más que a ella. Se le presentaban dos alternativas principales con que atajar esta coyuntura, ambas indeseables. Una, escurrir el bulto con una evasiva cualquiera y esconderse en cualquier otro lugar donde se hubiera librado de Manuela; aunque presumía que sólo ésta tenía la respuesta de la pieza extraviada burlada a su recuerdo, la que podría revelarle si había una causa justificada o si seguiría perdiendo piezas, si su mente habría emprendido un camino sin retorno; cosa que deseaba tanto como la atormentaba. La otra opción le ofrecía la oportunidad de enfrentarse a sus miedos, dibujarles cara, colgarles etiquetas con sus nombres, observarles  abriendo las compuertas de su alma. Habiéndose negado tenazmente durante varios años a iniciar siquiera aquel litigio entre su corazón y su razón, lo que la había conducido a la más mísera conducta humana, al pronto le inspiraba la gran duda de que pudiera ser una tremenda insensatez. Distendió los labios para hablar, aunque la parálisis le impedía emitir ni una sílaba.

—Vamos, Sabina, tú puedes —la alentó Manuela—. ¿Dónde estabas cuando me socorriste? Sácalo de ti, deja fluir el miedo, mírale directamente a los ojos; verás que se diluye en humo, que no existe. Yo soy real, estoy contigo, para protegerte. Dime, cielo, ¿qué hacías cuando me escuchaste gritar?

—Ir tras mi niño —logró balbucear Sabina con las mejillas surcadas de lágrimas, perdida y asustada como una niña buscando guarecerse del frío de su soledad.

  Ya había pasado lo peor; finalmente el amor había ganado la partida al miedo. Manuela se compadeció de la criatura quebrada que se le había mostrado con tantas carencias que una sola migajita de ternura había hecho tambalear a su lobo interior. Era el momento de abrir esa presa de contención de sus sentimientos para que manaran los fluidos envenenados que guardaba con tanto celo.

—Y dime, cariño, ¿por qué ibas tras tu niño?

—Me lo había quitado un hombre; se lo llevaba por la mar.

—¿Tú lo conocías? Y ¿por qué te lo quitó?

—No lo sé, no sé por qué, era un desconocido, lo llevaba en brazos y los dos  me decían adiós sonrientes. Mi hijo iba muy contento. Se me partió el corazón. Yo lloraba rogándole que me lo devolviera, pero parecía que no me escuchaban. Se fueron internando en el agua y yo me moría de pena. Me fui tras ellos. ¿Qué podía hacer?

—¿Y qué ocurrió entonces?

—De pronto oí gritar que una niña se ahogaba, al mismo tiempo que yo me sentía sin respiración, y me encontré sumergida en el agua sin saber qué hacía allí. Me alcé de inmediato para respirar, casi me asfixiaba; fue entonces cuando vi a una persona en apuros y nadé hasta allí. Lo demás ya lo sabes.

  Manuela no salía de su asombro; comenzaba a entender el empeño de Sabina por negar el suicidio. Pero la intención había existido, aunque fuera inconsciente, si es que era cierta esa insólita historia que contaba. Ya se vería. Lo más importante ahora era que no se cerrara esa primera apertura. Le dio un beso y le limpió el agua de la cara, sonriéndole con el mimo que se merece una niña abandonada, dolida y recelosa, tal como se hallaba Sabina. Ésta agradeció la actitud de Manuela, su muestra de tierno acogimiento, accediendo a referir su experiencia de forma atropellada.

—Yo no he intentado matarme, no puedo. Al principio no alcanzaba a comprender tu insistencia; estabas bajo el agua cuando te saqué, pensaba que no sabrías de dónde había salido yo. Pero sí hubo un espacio de tiempo en que desaparecí, y esto me tiene angustiada, me asusta perder la cabeza. Me venció el cansancio y me caí en la toalla; entonces, oí que una niña se ahogaba, justo en el instante en que me faltó el aíre, y de pronto me encontré casi hundida en la mar, no tuve tiempo de comprender nada, me eché a nadar apenas tuve aliento. Todo fue tan rápido que mi confusión aumentaba conforme se sucedían los acontecimientos. Ya una vez que estuviste a salvo, sólo quería quedarme sola para rumiar mis inquietudes, pero cuando te pusiste a presionarme con lo del suicidio, yo me retorcí hacia dentro y se me liberó la ira. Siento haberte hablado mal.

  Manuela la dejó desahogarse estimulándola con gestos conciliadores. Comprensiva, le mostraba su empatía. Sabina se había transformado en un torrente de palabras incesantes, el grifo que había abierto contenía aguas profundas y movedizas, acaudaladas largo tiempo y que bregaban por fluir. Pero Manuela, con la experiencia de sus cincuenta años, sabía que si brotaba a presión se dispersaría, descontrolada, en vericuetos innecesarios. Era preciso que discurriera por su curso natural, por derroteros que condujeran a una confluencia común. Estaba claro que lo que se cocía en su mente, fuese lo que fuese, la trastornaba sobremanera. La ira surge indefectiblemente del dolor, y el hecho de despertarse en la mar no presagiaba nada corriente.

—Una pregunta, Sabina. ¿Tienes hijos?

—No, no tengo. —contestó ella secamente.

—¿Quizá algún hermano pequeño u otro niño querido para ti?

—Tampoco.

—Es raro entonces el sueño del secuestro de un hijo que no existe, que te conmoviera tanto como para lanzarte al agua dormida, sin despertar ni por el impacto de la frialdad al mojarte. Perdona por la siguiente pregunta, y si no lo deseas no contestes. ¿Has sufrido algún aborto?

  Aunque no hubiera querido responder, ya lo había hecho. Su cara era un poema; no se había esperado aquella pregunta, y el rictus de sorpresa y amargura la delató. Manuela volvió a tomarle las manos en señal de comprensión, y Sabina, por su estado caótico, una vez abierta la puerta de sus emociones y ante aquel gesto que la protegía de alguna manera, aclaró la situación del aborto.

—Tuve que hacerlo —fue su comentario a modo de disculpa.

—Estabas sola —confirmó, más que preguntó Manuela.

—Sí —dijo Sabina temblando, sorbiendo las lágrimas, al revivir a su manera aquel proceso—.  No fue por soledad, fueron otras circunstancias, pero prefiero no comentarlas.

—¿Nunca lo has contado?

—No quiero hablar para que me digan lo que ya sé, lo que me digo desde hace tiempo a mí misma; pero mis límites han sido insospechados. Ahora no hace falta; se ha terminado hace unas horas, y dentro de poco ni siquiera recordaré que existo. Ya lo has presenciado.

  La desolación que mostraba le pareció a Manuela demasiado extrema. Presentía que había algo más profundo que una herida pasada o un lapso de tiempo hurtado a su memoria. Posiblemente padeciera una depresión grave.

—Escucha, Sabina, no creo que haya ningún problema con tu memoria, más bien que yo malinterpreté la experiencia. Siento haberme precipitado en mi juicio. Yo también tiendo a ser extremista, como tú, ya ves.

—¡Ay, Manuela! No sabes nada de mí. Ojalá todo se redujera a un problema de exageración de sentimientos.

—Bueno, no lo sé, claro está. Pero sí creo saber el origen de tu supuesta “enajenación”, ese vacío de tiempo desde que te dormiste hasta que despiertas en la mar. Estoy casi convencida de que ha sido un caso de sonambulismo.

—¿Yo, sonámbula? ¿Así, de pronto? En la vida me ha pasado nada semejante.

—Te explico. Se dan casos puntuales en determinadas circunstancias. Por ejemplo, fumaste marihuana, y bastante. ¿No es cierto?

—Sí, claro. Tú misma recogiste la bolsita y has visto las colillas.

—Exactamente, he visto muchas. Y también te has bebido más de media botella de coñac, si es que la trajiste entera, ¿es así?

—Para el carro, Manuela. Los interrogatorios, déjalos para la policía. —Sabina se revolvió—. ¿Acaso es  delito fumar y beber? Tengo derecho a manejar mi vida como se me antoje, hasta a suicidarme si hubiera sido cierto, y no pienso dar explicaciones.

—Tranquilízate, puedes dejar de cargar la escopeta. No pretendo, ni mucho menos, juzgarte ni inmiscuirme en tus actos; ni  siquiera soy curiosa por naturaleza. Mis preguntas iban dirigidas a constatar unos hechos para exponerte mi teoría, quizá doy demasiados rodeos, nada más.

—Lo siento, es verdad que me encuentro muy suspicaz —se disculpó Sabina, más relajada.

—Concretando: está claro que, si no lo tienes por costumbre, esta mezcla de alcohol y marihuana en tan poco tiempo, con el ánimo tan exaltado y con el estómago vacío, como imagino, te ha incitado el sonambulismo en el sueño. Creo haberlo leído y me parece una razón convincente, porque no se trata de ninguna pérdida de memoria sino de haber actuado en sueños.

—Sí, puede ser. Es cierto, lloré y grité hasta agotarme. Cuando llegué a las dunas no había nadie en toda la playa. Creía que estaba sola, a salvo, no se me ocurrió que viniera alguien de madrugada. Sentía un desgarro tan inmenso en todo mi ser que sobrepasaba cualquier dolor. Me urgía detenerlo, porque me estaba torturando como si  me rajaran todos los órganos por dentro. Entre canutos, alcohol y aullidos logré ir apaciguando ese infierno, hasta que de tan borracha sólo recuerdo que por fin se había desvanecido la agonía y yo flotaba ligera como una pluma; agradecí este alivio, al que sobrevino una gran pesadez, y me desvanecí. Hasta ahí recuerdo antes del sueño del niño y todo lo demás.

—Sabina, yo te diría que has tenido una crisis de ansiedad bastante grave. Sin medicarte, es como pasar un parto a dolor, cielo, es probable que estés arrastrando una fuerte depresión. De todas maneras, es demasiado tarde, hasta para mí, que acostumbro a acostarme de madrugada. Y si, como dices, no quieres suicidarte, será mejor que duermas, o vas a enfermar seriamente. Mira, te propongo que te vengas a mi casa.

—¡Ni pensarlo! ¡No pienso moverme de aquí! —chilló Sabina.

—No es preciso que me grites —respondió Manuela.

—Está bien, no era más que una idea, no quiero ni puedo obligarte, nada más lejos de mi intención. Puedes relajarte; no tienes en mí a una enemiga, todo lo contrario: puedes contar con mi ayuda leal y desinteresada, aunque sea porque pocas personas te comprenderían como yo. Permíteme al menos que te exponga mi planteamiento.

Al cabo de unos momentos de silencio, Manuela lo dio por consentido.

—Vivo sola —prosiguió—; se podría decir que como una ermitaña, nadie entra en mi casa. Acostumbro a guardar intimidades como guarda un cura los secretos de confesión. Tengo cama, comida, ducha y ropa para que descanses, te alimentes, te quites la sal del cuerpo y te cambies con ropa limpia, que tiene un efecto milagroso para higienizar los pensamientos infectados. Y creo que sería un refugio excelente para ti hasta que despejes tu mente para tomar decisiones. Entre las dos opciones, quedarte aquí o venirte conmigo, te corresponde a ti decidir, corazón.

  Manuela se ponía en su lugar, recordaba cuando tampoco ella  sabía dónde meterse, aquellas ocasiones en las que perdía el rumbo por aquella pasión que la abrasaba y se le venía el mundo encima; cuando la recorría un ciclón que le anulaba la voluntad y le acrecentaba la agonía. Nada ni nadie la hubieran podido detener. La había convertido en su vida, en su mundo, en su todo. Fuera de Ella no tenía cabida, el suelo desaparecía de sus pies. Seis años siendo una toxicómana de una única persona: de Ella, de Patricia. ¡Qué locura! Al igual que esta niña, ella también había cerrado la mente a cualquier posibilidad de sanación. También se había emborrachado para matar la ansiedad que la atosigaba por dentro, para vencerla y poder dormir.

  Con estos antecedentes, se preguntaba cómo podía aconsejar a nadie, ella que se alejaba de las personas, a la vez que le manaba una responsabilidad, maternal quizá, o tal vez de pura humanidad, de la que había carecido cuando tanta falta le hacía. Aunque según sus creencias cada persona tenía  derecho a cometer sus propios errores, a decidir libremente sus propias manipulaciones psicológicas para crecer, que no es más que aprender a aprender; también creía que la persona tiene otro gran derecho que suele faltar: el derecho al apoyo en los momentos difíciles: al hombro donde llorar, a la mano tendida en la que sostener el peso para levantarse, al oído para el desahogo, a la voz que consuela con afecto.

  Aunque al principio había decidido que no abandonaría a Sabina hasta haberla dejado a salvo con su familia, ahora estaba dispuesta a hacerlo si ella se lo pedía. Mucho se temía que su inocencia, escondida tras los arrebatos de ira, acabaría derrumbándola en cualquier instante. Al inocente la vida termina por tragárselo tarde o temprano. Bien lo sabía Manuela.

—Voy a la orilla a despedirme de la mar por esta noche. Piénsalo bien. Cuando vuelva me marcho a casa —le dijo como último recurso, por si cambiaba de opinión.

Se sentó cerca de la orilla, como siempre, la mar que rechazaba también la protegía. El agua era la vida misma, el símbolo del todo y el espejo donde mirarse. Nunca como en ese momento se le había revelado su verdadero yo a través de la imagen que aquel espejo le devolvía: la de una adolescente de cincuenta años que se había negado a crecer, que en su ingenua confianza no había captado que navegaba por el mundo sin chaleco salvavidas.

Conversó con la mar y su luna bordada.

—Me resistí, y bien que me resistí. Reivindicaba un imposible, poder ser siempre la niña que no recuerdo. Casi he malgastado mi vida persiguiendo imposibles, caminando hacia delante vuelta de espaldas. ¡Qué prepotente he sido! Y en esa ingenuidad infantil en la que me acomodé tanto tiempo, no me daba cuenta de cuán caprichosa era, de tantas rabietas de niña que transformaba en histerismo con la fuerza de la mujer, de la baja tolerancia a las frustraciones. Al no crecer, no había aprendido a superarlas, ni a afrontar los problemas.

  Unas luces bajas la iluminaron de lleno y vio con extrañeza que se aproximaba por la arena un vehículo grande. Fijándose bien, advirtió que era el camión de la basura. Un par de hombres se movían por allí cerca recogiendo papeleras, contenedores y demás desperdicios. Al verla, uno de los muchachos se le acercó sorprendido.

—Señora ¿qué hace usted aquí sola a estas horas?

—Tomar el sol, a la vista está —le respondió Manuela, desabrida por su intromisión.

—¡Una guasona! ¿Eh? Pues mire usted que no está la vida para exponerse al peligro tontamente.

—¿Qué peligro? ¿Qué me pique un cangrejo?

—¡Huyyyyy! Se ve que no tiene usted ni idea de lo que se cuece aquí algunas noches. —Llamó al compañero. —¡¡Joaquín!! ¡Ven para acá! Que mira la sirena de los mares que se ha plantado en la orilla.

—¿Qué dices, Paco? Anda ya, hombre, con el cachondeo. Vamos a terminar de una vez —le respondió de lejos Joaquín, el compañero.

—¡Que vengas para acá, carajote! Que no es una broma.

—¿Me quieres dejar en paz? —se enfadó Manuela por el descaro del muchacho, que era su forma de llamar a cualquier hombre que fuera hasta de su edad.

—Señora, que yo la miro como si fuera mi madre. —Se agachó para hablarle más de cerca—. No puedo dejarla a las buenas de Dios para que tenga un disgusto y me quede yo con el cargo de conciencia.

A Manuela acabó haciéndole gracia su desparpajo.

—El disgusto me lo estás dando tú, so agonía, jajaja.

El muchacho se sentó a su lado.

—Sí, ríase —dijo—, que esto es muy bonito, pero un poco más allá, donde la parte nudista, se esconde una mafia que la del Estrecho es una guardería infantil.

A Manuela le entró una risa que contagió a Paco.

—Jajajaja… Sí, sí, que se lo digo yo, jajaja, ahí hay metido lo que no está en los Escritos.

—¿Qué escritos?

—Las Escrituras, supongo.

—¿Qué escrituras?

—Las de mi hipoteca, tiene bemoles. Es un dicho, mujer, será la Biblia, porque las de las hipotecas de los cojones no las entiende ni Dios, que nos engañan por todos lados, señora, hasta los notarios. Figúrese usted, que pido una hipoteca en Caja Madrid, que ahora se llama Bankia, de la que están saliendo más chorizos que ni de todos los cochinos de Jabugo juntos, los de pata negra, la de las tarjetas opacas o de La Paca, mi madre, que tiene un hoyo en cada mano, total, que me exigen fiadores y yo llevo a mi hermana y su marido; firmamos en el notario, todo muy bien, pero resulta que con el tiempo descubro que la hipoteca es de los tres. ¡Que los pusieron de titulares! ¿Cómo leería el notario que ninguno nos enteramos? Y mira que mi cuñado es una gangrena para el dinero, que lo rebusca todo. Pues así estamos, que como al parecer firmar ante notario es ley divina, ni reclamaciones ni leches. Así que, quítale la puya al trompo.

—¡¡Paco!! —le gritó casi al oído Joaquín, que se había ido acercando. —¡La puya te la voy a clavar yo en la cabeza como no te arrisques, so gandul!

—¡Qué susto me has dado, cabrón! Que no, hombre, que esta señora está aquí tan tranquila sin saber el peligro que corre. Anda, cuéntale tú lo que se trasmina más adelante. Díselo, que me parece que a mí me toma por el pito de un sereno.

—Ya te gustaría a ti ese oficio para pasearte sin hacer ni gloria. Venga, que yo le cuento todo, pero tú te vas ahora mismo a trabajar.

—Venga, hombre, no seas cenizo. En todos los trabajos se da un rato de descanso. Vamos, siéntate, que no va a hacer más madrugadas como ésta hasta el verano que viene.

—Sí, se da un rato de descanso, lo malo que tú te coges unos pocos. Está bien, el tiempo de un cigarro, diez minutos. Cien metros más y para casa.

Joaquín se sentó, ofreció un cigarro, que ambos rehusaron, y se quedó mirando a Manuela, a la que encontró bastante risueña, y es que hacía mucho tiempo que ésta no se reía tanto con alguien

—Pues mire usted, señora, como a doscientos metros más adelante se junta el hambre con las ganas de comer, lo peorcito, camellos, contrabando de drogas, prostitución, peleas cada dos por tres, hasta navajazos.

—Lo que le decía —intervino Paco—: que ni la camorra china.

—No sabía nada de lo que me contáis, aunque normalmente no me entero de las cosas —comentó Manuela—. Pero es muy raro, a partir de aquí es una zona natural protegida.

—Nunca mejor dicho, protegida divinamente por las dunas toda la gente que quiera. Protegida y guarida, ésta es la guarida de Alí Babá y los cuarenta ladrones con familiares incluidos —bromeó Paco.

—Y natural como la vida misma —agregó Joaquín—. Están saliendo ladrones como chinches. Que yo no digo nada, el dinero es muy goloso. Habría que vernos a todos con una saca, a ver quién se libraba de meter la mano.

—Hombre, si la saca es de los bancos hasta tiene premio. “El que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”, así reza el dicho. Pero robarle al pueblo es como afanar los juquetes a un niño. ¡Todos a la basura! Y los trituramos nosotros. ¡Jajajajaja!

—Paco, deja el mundo como está o no acabamos esta noche. Terminé el cigarro, levanta el culo. No me voy sin ti, que con lo que te gusta un palique me quedo solo y a la señora la vuelves tarumba.

—Sí, hombre, sí. —Se levanta pero no se mueve—. Eres capaz de decir que sólo trabajas tú y yo me paso el tiempo hablándole a las olas.

  A Manuela le hacían gracia; se hubiera quedado un buen rato en ese ambiente tan distendido, sentía como si recuperara las ganas de disfrutar. Con el ánimo reforzado se levantó, porque el tiempo pasaba rápido.

—Bueno, señores, gracias por esta tertulia, pero ya es hora de que me vaya.

—Eso es, como le he dicho, que aquí está usted muy indefensa. Venga, que la  acompaño al coche por si las moscas —se ofreció Paco.

—¡Paco! Para las moscas dale un insecticida. Tú no te escaqueas más como me llamo Joaquín Macho.

—¡Sí, Macho Man, qué contenta estará tu mujer con lo atento que eres! Hombre, que yo soy un caballero, no un cenutrio como tú. ¡Oye, escucha, que no me acordaba! Resulta que esta noche se han cargado a uno.

—¿No me digas? ¡Qué barbaridad, a lo que estamos llegando! —se lamentó Joaquín—. ¿Dónde? ¿En las dunas?

—¡No, que ha sido en su casa! Aunque a lo mejor lo ha hecho alguno de la mafia que acampa ahí.

—¿Quieres decir que lo han matado? —preguntó Manuela.

—¡Mujer, cosquillas precisamente no le habrán hecho!

—Y ¿cómo ha sido? —volvió a interesarse Manuela.

—Pues que le han metido una puñalada. —Aclaró Paco.

—¿Y está muerto de verdad?

—¿Usted se cree que es un dibujo animado? Esta señora es un caso. ¿Desde cuándo se muere de mentira? Y si no está cadáver lo habrán dejado muy mal herido, que se la clavaron en un pulmón; al menos, eso me han dicho.

—¿Y quién te ha dicho a ti eso, Paco? —se escamó Joaquín.

—El churrero, que hace un rato estaba abriendo la churrería y me acerqué para tomarme un chocolate torero.

—¿Qué dice usted? —Manuela no entendía la expresión.

—Digo torero, un chocolate torero, para engañar al estómago, tenía hambre.

—Claro, cuando no te encontraba por tierra cristiana; otro descanso de los tuyos —refunfuñó Joaquín.

—Mira, Joaquín, yo no sé cómo tu mujer no ha cogido rumbo a Tombuctú desde hace tiempo, porque mira que eres un cascabel, hijo de mi alma. Anda, acabemos. Señora, váyase usted para su casa y cierre con candado, que no se está a salvo en ninguna parte.

—Sí, por supuesto. Pueden quedarse tranquilos, que me voy ahora mismo.

—Pues, andando, Paco. Móntate en el camión, que por esta noche damos el finiquito, que se me ha puesto el cuerpo malo con lo de la puñalada. Yo, desde luego, no me acerco ni un palmo más a esa madriguera de chalados.

—Bueno, señora, que hemos echado un buen rato —dijo Paco, dándole la mano—. Encantado de conocerla.

—Igualmente, Paco. Gracias por vuestra atención. Me ha sentado muy bien reírme un rato —respondió ella, agradecida de corazón.

—Sí, pero mejor que se ría en casa ¡eh! Póngase una película de risa y se harta.

—Acepto el consejo. Gracias por todo, Paco. Gracias a ti también, Joaquín. Y hasta otro día.

—Eso, de día. Vaya caminando, que yo la vea cómo se va —la urgió Paco, que no se fiaba del todo.

—Está bien. Ya camino. ¿Lo ves? —Manuela se había echado la toalla al hombro y se dirigió a la carretera donde tenía aparcado el coche, volviéndose a medio camino.

—¿Contento?

—Ahora sí. Adiós, tenga mucho cuidado.

—Adiós, Paco, eres un buen muchacho.

  Llegó al coche, volvió a despedirse de lejos con la mano, subió al vehículo y arrancó. Cuanto antes simulara que se iba, antes podría volver para prevenir a Sabina del aparente caos de la zona. Giró a la derecha por la primera calle y aparcó allí. Regresó con mucha precaución hasta que pudo entrar por el inicio de las dunas, donde apenas podía ocultarse agachada. Cuando llegó al lugar advirtió con perplejidad que Sabina había desaparecido del lugar, aunque el saco seguía allí. Al pronto le llegó el sonido de su voz, que la llamaba. Debía de estar cerca, así que se metió en el saco para que Sabina se fijara en que todo iba bien, estaba claro que habría espiado la escena de la orilla y se sentiría amenazada por los extraños.

—Sabina, acércate, aquí no pueden vernos. Me han visto alejarme en el coche y el camión ya está dando la vuelta para marcharse.

  Sabina salió de su escondrijo, unos densos matojos entre dos montículos. En toda ella se olía un miedo que conmovía hasta enternecer, por lo infantil de su expresión.

—Ya no hay peligro, cielo. Ven al saco, hace un poco de frío.

Sabina así lo hizo, pegándose a su cuerpo en busca más de protección que de calor, y Manuela le tendió el brazo por los hombros para que así lo sintiera.

—Falta poco para que amanezca, hay que salir de aquí. Según me han contado los muchachos, éste sitio es peligroso, más allá se perpetran abusos y graves enfrentamientos entre delincuentes, ocultos también por las dunas. ¿Qué has pensado?

—En el camión de la basura —fue la extraña respuesta de Sabina—. Me identifico con un cubo de basura de los que arrojan allí, donde todos tiran los desperdicios y que se puede patear, al fin y al cabo no es más que un cubo, siempre se puede comprar otro, vale poco.

—Escúchame, no vuelvas a hablar así de ti misma nunca más —manifestó Manuela, indignada—. Tú vales mucho, un ser humano no tiene precio, no eres un objeto. Y si no has aprendido todavía a respetarte y hacerte respetar como tal, va siendo hora de comenzar el aprendizaje. Lo que te haya ocurrido te ha desbaratado la autoestima, pero todo tiene arreglo. ¿Quieres hablar de ello?

—Me urge hablar y no puedo. Necesito compartir y no puedo. Preciso ayuda y no puedo pedirla…

—Lo dicho —la cortó Manuela, para que no siguiera lastimándose—; estás con el ánimo en los talones. No necesitas pedir ayuda porque ya la tienes, yo te la he ofrecido. Y cuando estés mejor, también podrás hablar. Si no explotas pronto, toda esa parálisis mutará en una gran frustración que acabará desembocando en una furia destructiva. Ahora mismo recogemos y nos vamos a mi casa. No se hable más.

—Está bien. Cuando estabas en la bajamar y aparecieron esos hombres, me entró tanto miedo que me he dado cuenta de que no me atrevo a quedarme sola, así que acepto tu propuesta. Mañana ya se verá.

—Eso es, querida. Levantemos el campo y vámonos a casa a dormir.

  Recogieron todos los bártulos de Sabina y se encaminaron al coche. Ya plateaba el alba cuando Manuela lo puso en marcha para dirigirse a la carretera general que llevaba al pueblo. Por las calles desiertas de la playa llegaron a  una avenida, al fondo de la cual se veía un alboroto de gente alrededor de varios coches de la policía. Sabina se deslizó en el asiento de forma que casi no se la veía desde fuera. Tensó los músculos faciales, sobresaltada, al detenerse el coche a la puerta de una cafetería recién abierta. Puesta en guardia, preguntó secamente:

—¿Por qué paras?

—Para desayunar —respondió Manuela tranquilamente—. Es un bar que acaba de abrir, sólo estará el camarero o la camarera.

—Manuela, ahí al frente hay un revuelo de personas que pueden acercarse. Si me vengo contigo es porque me has asegurado que vives sola y no entra nadie en tu casa. Desayunaremos cuando lleguemos —afirmó, tan mohína como vehemente.

—Llevas razón, disculpa, es la costumbre, ni me he dado cuenta. Te prometo que haré de guardiana de tu persona y de tu intimidad —dijo Manuela, tranquilizándola de nuevo—. Mira, ese tropel de gente debe ser por el hombre que han matado anoche. Me estuvieron contando los muchachos de la playa…

—¡Coge la primera a la izquierda y salgamos de aquí de una vez, Manuela! —la interrumpió con autoridad Sabina, que se había achicado en el asiento contiguo.

—Sí, por supuesto. Me siento tan derrotada que la mente no me acompaña. Llevas razón, me meto por esa calle y evitamos el jaleo, conforme se vaya despertando el personal esto se va a convertir en La Meca.

  Manuela calló ante la indiferencia de Sabina, que, ofuscada se esforzaba por activar el teléfono móvil que había tenido apagado todo el tiempo. Al instante de encenderlo sonó varias veces la sintonía de WhatsApp, alarmando a la revuelta marioneta en que se había transformado, porque todo en ella era una disfunción. Esto que no pasó inadvertido a la conductora, que le apretó la mano, fórmula efectiva para reafirmar su cobijo, hasta que fue apreciando que Sabina se sosegaba, sopesando la decisión de desactivar el aparato de nuevo sin leer su contenido, lo que terminó por hacer. Pasó el resto del trayecto contemplando por la ventanilla cómo se desperezaban los árboles, principalmente pinos y eucaliptos, conforme iban recobrando sus vidas terrenales tras el exilio nocturno del sumario entreverado del inconsciente holístico en otras dimensiones del universo. Se apreciaban fuertes, sólidos, altivos, unidos como una gran familia de convivencia apacible. Las higueras con sus últimos vástagos perezosos empapados en la savia de madres maduras, serenas y comprensivas, y las viñas entrelazadas como eternos amantes apasionados. Pura figuración, el teatro de la vida, para todos por igual, nada se libra.

 Un perro vagabundo caminaba por la cuneta, símbolo sutil de la pericia para sostenerse sobre el alambre de la vida, estimó Sabina identificándose con él.

—Sabina ¿me escuchas? —dijo Manuela, en un susurro por si dormía, ya que llevaba un rato reposando en el asiento con la cabeza vuelta hacia la ventanilla.

—Sigo alerta —le respondió ella sin volverse.

—Mira al frente. Este amanecer es digno de una pintura. Si fuera creyente diría que esta solemne alianza de colores muestra a Dios. No lo soy, pero sí que me introduce en la magia de la fe. Cada amanecer es distinto, cualquier realidad puede ser posible, es cuestión de fe.

  Con la vista en el horizonte,  la mortificó comparar el despliegue seductor del inicio de un día brillante con su melancolía exánime. Había vivido momentos de amor tan sublimes que podría representarlos aquella naturaleza; los añoraba hasta el dolor; pero otros la ahogaban en la humillación con la misma angustia que había pasado en la mar esa noche. “Te llevaste mi alma; mi alma es mi dignidad y la he perdido”, acusó mentalmente. “Desaparecida ésta, sólo queda la bestia, la furia bruta capaz de todo”. La magnificencia del amanecer le recalcaba el abismo negro de su indignidad. “¡Fe! No, la fe es un espejismo”. Con este pensamiento se cuestionó si, en su abatimiento, podía haberse dejado enredar por un ángel que la iluminase o por un demonio para condenarla. A saber quién era Manuela. Le resurgió el instinto de supervivencia, aunque al momento ese mismo instinto quedó tan mermado por la culpa, que ya le dio igual: buena o mala, era la única opción que se le presentaba. Solo había una cosa que debía proteger, y esto nadie se lo quitaría. La voz de Manuela la apartó de estas reflexiones.

—Hemos llegado. Anda, coge tus cosas y vamos dentro. La calle está vacía, no hay nadie.

Manuela siguió hablando quedito mientras recogían, bajaban del coche y entraban en casa:

—Casi no me tengo en pie, me parece que el coche ha venido solo, me pesa hasta el pelo, con razón dicen que los años no pasan en balde.

  Era una calle sin salida, ancha y corta, aún sin despertar tal como había dicho Manuela, con árboles al fondo en un pequeño parque. Buen lugar para resguardar la intimidad, sereno y agradable. Al entrar en la casa, Sabina se sintió acogida, en una primera impresión le pareció íntima y cómoda; lo que más la sorprendió fueron los colores alegres, entre los que destacaban los verdes, granas y amarillos, además de la luminosidad que se colaba por los postigos abiertos de un espacioso ventanal de madera oscura, en un salón despejado y amplio; un zócalo de losas de la Cartuja, paredes ocre difuso, una chimenea en medio de una pared toda forrada de estanterías repletas de libros, mullidos sofás, una mesa grande de cristal y madera con un cajón lleno de objetos; sobre esta, un ordenador portátil acompañado de unos cuantos libros; junto al ventanal, un estudio apartado con una mecedora y un escritorio. En el techo, un gran ventilador de madera y vidrio de colores; una mezcla abigarrada, entre regia e infantil, que le evocó la imagen de unos abuelos cuidando a sus nietos con mimos y juegos. Una ermitaña con todas las comodidades.

—Bueno, pues ya estamos a cubierto. Ven —le dijo Manuela, conduciéndola a un dormitorio—. Suéltalo todo en esta habitación que va a ser la tuya. Ahora  preparo el desayuno mientras te duchas; verás que liviana te sientes después.

—Manuela, si me cuesta trabajo hasta escucharte, no quiero ducha ni desayuno, sólo me quiero acostar.

—Tú échame cuenta, diez minutos más no son nada a estas alturas y lo vas a agradecer después.

—Ni pensarlo; me meto en la cama ahora mismo. —Se dispuso a hacerlo echando hacia atrás la colcha y la sábana.

—¡No! Espera. —Manuela se armó de paciencia. —Cinco minutos, ¿vale? Cinco minutos. Te duchas rápido y te caliento un vaso de leche que te asiente un poco el estómago.

—Vale, vale —cedió Sabina, harta—. Eres un auténtico cáustico. Prefiero ducharme a seguir escuchándote, con lo cansina que puedes ser.

—Muy razonable —dijo Manuela abriendo el armario. Sacó unas toallas y se las dio a Sabina—. Vamos, antes de que te arrepientas —añadió, sonriente.

Entraron en el cuarto de baño que se encontraba justo frente a aquella misma habitación. —Puedes utilizar todo lo que hay, rebusca cuanto quieras por ahí. Voy a prepararte un colacao.

—Ni que fuera una niña chica.

—El colacao no tiene edad, es de más alimento que la leche sola y el estómago te lo estará pidiendo a gritos. Por cierto ¿prefieres camisón, o pijama corto?

—Mejor el pijama, el camisón se me enrolla.

—Te lo traigo en un suspiro.

  A Sabina le cansaba bastante Manuela, le recordaba a su madre, de la que había escapado independizándose apenas encontró trabajo lo suficientemente lejos, tras seguir al hombre que la había enamorado. Manuela apareció en seguida con el pijama y volvió a salir al instante. El baño parecía impecable,  limpio y ordenado, aunque al abrir los cajones del mueble del lavabo todo era un desorden, Se encontró con un popurrí de objetos sin orden ni concierto, un buen número de cremas, pinturas, maquillajes, colonias, perfumes, secadores…, cosa que también la sorprendió, porque Manuela no parecía tan pinturera sino más bien primaba su desaliño. ¿Tal vez era una persona acomplejada? Ahora se daba cuenta de que estaba en la playa en camisón y descalza, a pesar de lo cual y del remojón seguía pintada, aunque un poco deslucida como era natural. Hasta el baño era acogedor, aunque más divertido, con colores fucsias y verdes, y el mismo tipo de madera robusta. También tenía detalles infantiles, como un baúl verde pistacho con mariposas pintadas en diversos colores, para la ropa sucia, en lugar de una cesta; haciendo función de banquito de baño, una mecedora, ancha pero para la altura de una niña de ocho o diez años, con un cojín en forma de gato; las cortinas de la bañera, de listas verticales verdes, rosas y amarillas… Ideal para una adolescente con la madurez de la madera vieja. En verdad, Manuela sabía rodearse de ambientes protectores, cálidos y cómodos.

  Abrió el grifo; reguló la temperatura del agua, y mientras esta corría, se despojó de sus ropas con torpeza, debida más al gran cansancio del martilleo incesante de los pensamientos que acosaban a su conciencia que a tantas horas sin dormir, ni comer, o a la resaca de la borrachera. Dejándolas en el suelo, se metió en la ducha y se quedó un rato bajo el agua templada, que agradeció tal como había predicho Manuela, relajadamente. Al inclinarse para coger el gel, advirtió que el agua que le corría por las piernas estaba ensangrentada.

  En la cocina, Manuela oyó a su espalda la voz trémula de Sabina.

—¡Manuela, estoy sangrando!

  Al volverse, Manuela se la encontró con una toalla manchada de sangre en las manos y otra entre las piernas, asustada y sofocada como una niña en su primera menstruación. La veía tan angustiada en posición de plegaria que la imagen que le vino a la cabeza la hizo reír.

—Pareces la Virgen de las Toallas. —Era un trono de la Virgen de las Angustias que ella conocía por ese nombre—. Mujer, no es nada; aunque soy menopáusica, debo de tener por ahí compresas o tampones, algo quedará. Anda, tómate el colacao.

Le dio el vaso, que Sabina se bebió como un autómata.

—Niña, reacciona; voy a buscarte algo y unas bragas.

—¡Manuela, no es la regla!

—¿Cómo qué no? ¿Te has hecho daño? ¿Te has cortado? ¿Por qué tienes la toalla ahí? —le preguntó, preocupada, retirándole la toalla.

—¡Creo que estoy abortando! —Anunció temblorosa.

—¡¿Qué?! ¿Estás embarazada? —Manuela pensó que debía haber deducido algo de eso por la insistencia con que negaba el supuesto suicidio.

—Sí, de dos meses.

—Claro; no querías abortar otra vez, evidentemente. Bueno, pues tú tranquila, que nos vamos ahora mismo a urgencias.

—¡¡No!! —exclamó Sabina, espantada.

—¿Cómo que no, cielo? Esto seguramente no es más que una amenaza de aborto, que allí le ponen solución.

—No me preguntes por qué, Manuela, pero no puedo salir de aquí.

—Está bien —accedió Manuela,  presintiendo que Sabina tendría una razón de peso, que de momento ella prefería no saber: ya tenía bastante por una noche que ya era día—. No te cuestionaré por ahora. Pero, lo primero es que te acuestes enseguida. A veces se sangra en los primeros meses; lo que recomiendan los médicos es reposo absoluto. Espera, que te busco una compresa para que te puedas quitar la toalla.

Manuela volvió con lo necesario en unos instantes.

—Anda, quítatela y ponte estas bragas con la compresa.

Recogió la toalla, observando que el sangrado no era abundante;  la condujo al dormitorio, le ayudó a acostarse y la cubrió con la sábana afectuosamente.

—Debes serenarte, cariño, probablemente todo se deba al trastorno de esta noche, a tantas horas de zozobra. Será mejor que consulte en internet. Tranquila ¿vale?

—Vale —le aseguró Sabina, más relajada.

  Manuela cogió el portátil de la mesa y lo conectó, aunque se decidió por regresar a la habitación para consultarlo allí sin dejar sola a Sabina.

—¡Ya! ¿Qué escribo? Sangrado embarazo. Sí, aquí está. Veamos, Sabina. Aparece un montón de preguntas: cantidad de sangre, color, olor, dolor, cólicos, náuseas, vómitos, desmayo o mareos, fiebre, estrés… —Le tocó la frente, a la vez que recogía la toalla del suelo—. Fiebre no tienes; el color es normal —añadió, observando la toalla—, y tampoco hay mucha cantidad. ¿Te duele? ¿Estás mareada?

—No, no siento nada de lo que has dicho.

—Todo es positivo. Entonces, lo más seguro es que sea debido al estrés. Así que; a dormir; pero si te sobreviene una hemorragia habrá que ir al hospital, lo quieras o no.

—De acuerdo —pronunció apenas Sabina, medio dormida ya.

  Manuela hizo acopio de todo lo que había de recoger, bajó por completo la persiana para que hubiera oscuridad absoluta y salió, dejándola completamente dormida. Colocó cada cosa en su lugar, y como ya había tomado café mientras preparaba el colacao, al que había añadido dos trankimazines triturados para que Sabina durmiera profunda y largamente, se metió en el baño para tomar una buena ducha sedante. El agua que la envolvía, tibia y transparente se mezclaba con sus lágrimas, también tibias, contenidas demasiado tiempo, iniciando en su alma la misma limpieza largo tiempo esperada. Cuando el duelo se mantiene estancado, pensaba Manuela, se sigue viviendo, incluso bien, pero se pierde la ilusión. Parece que es un castigo inconscientemente autoimpuesto eliminar los deleites que se han vivido antes de la pérdida. Los días pasan planos, cortos, anodinos, simplemente se ven pasar. Ya no llenan tantas formas externas de disfrutar, el deleite es otro, es interior, íntimo, más pequeño o más grandioso tal vez, son detalles apenas percibidos con anterioridad. Y pasa de fuera adentro. Se acaba aprendiendo que la libertad absoluta sólo se encuentra en los propios pensamientos y en los sueños. Y los libros no imponen, no se enfadan, no marginan, no obligan ni acosan. Se puede volcar en ellos toda una vida, cuando lo externo deja de interesar, empobrece el espíritu y puede terminar hundiéndonos. «Soy fuerte —se dijo—ahora soy consciente de mi gran fortaleza;  he luchado mucho y aún sigo luchando, este enclaustramiento es otra forma de luchar, de buscarme para reencontrarme. Como decía mi abuela, tengo los huesos hechos de una madera rancia de persona confiada que se dejó de llevar hace tiempo; me he pasado la vida mirando por los demás, sin pararme a pensar que  no sé mirar por mí. Y en ello estoy. Si yo soy mi motor, puedo controlar las revoluciones para que no se acelere a destiempo.»

 

 


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