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La curva del amor

La curva del amor

13-04-2021

Romántica novela

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"La máquina del amor estaba formada por un tupido entramado de tuberías de acero, motores eléctricos, cilindros hidráulicos. En uno de sus laterales, una apertura con forma de clapeta permitía la entrada pero no la salida, de cada una de las fechas que la alimentaban. En el momento en que se introducía un día, un mes y un año en la máquina, ésta comenzaba a trabajar transformando la energía temporal en energía amórica, (que es como yo denominé a la energía del amor). Me la imaginaba haciendo un ruido horrible, sometida a un movimiento repetitivo y casi convulsivo provocado por la fuerza motriz de los cierres, las bridas, los motores..."

"Al finalizar cada jornada, el artilugio imprimía un papelito plagado de puntos en forma de cuadrícula sobre la que se perfilaba una curva: la denominada curva del amor, que definía la evolución de éste con el transcurso del tiempo."

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Primer capítulo

 -LA PERFECCIÓN-

Mi primo Carmelo es zurdo. De pequeño, con su mano izquierda dibujaba unos maravillosos paisajes de soles amarillos perfectamente redondos, casas cuadradas de chimeneas humeantes apoyadas en tejados triangulares y perfectos, verdes campos repletos de pollitos amarillos que perfectos picoteaban la perfecta hierba, nubes cuadriculadas sin colorear, (sin colorear pero perfectas), ríos azules, azules cielos..., dibujos primorosos que eran la envidia de mi padre, que cada vez que los veía dirigía su cabeza hacia el suelo para luego girarse hacia mí con una mirada que ya a mi corta edad comenzaba a ser demasiado familiar. Una mirada que mis retinas, humedecidas durante unos segundos, no querían ver pero veían, tras una difusa cortina formada por destellos de luz. Una mirada confeccionada con una pizca de ternura, un poco de compasión y un mucho de perfecto temor.

Y es que mi padre también era perfecto, cobarde pero perfecto, no tanto como mi primo Carmelo, pero como todo aquel que se dejaba entrever tras la cortina de luz, mi progenitor a veces se presentaba envuelto en un dorado halo de perfección.

Recuerdo que con seis años decidí que era el momento de conocer qué se sentía cuando se alcanzaba aquel grado de excelencia. De manera que, al igual que mi primo, y como primer paso en el duro camino hacia la perfección, me propuse dar protagonismo a mi mano izquierda. Estaba seguro de que con ella podría hacer dibujos tan maravillosos como los suyos.

Así, una mañana mi mano vaga, relegada a hacer lo poco que su hermana gemela no quería hacer, tuvo que ampliar sus habilidades y ayudarme a comer, pintar o hasta rascarme la cabeza.

No podía explicarme cómo es posible que tuviéramos una mano activa y otra pasiva. ¿Por qué no tendría nuestro cerebro la capacidad para mantener la misma actividad en nuestras dos manos?

Lo cierto es que aquel día decidí dar ocupación a mi mano perezosa. Y he de reconocer que me costó bastante hacer actuar con destreza mi adormilado miembro. Hasta entonces no había imaginado lo complicado que podía llegar a ser comer un plato de sopa con la mano izquierda, (por no hablar del enfado de mi madre al ver cómo manchaba una y otra vez el mantel gracias a mi estúpido experimento), o de lo complicado que era distinguir los pollitos de los árboles en mis zurdos pero imperfectos dibujos de idílicos paisajes surrealistas.

Pero mi zurdera no duró demasiado. Una tarde mi padre, después de comer, me dijo:

Alberto, ¿por qué no vienes al sótano conmigo y me ayudas a arreglar la silla de la salita?

A mí me encantaba bajar al sótano con él y observar cómo dedicaba sus muchas horas de ocio a hacer manualidades de todo tipo.

Creo que por esa época mi padre era feliz únicamente cuando bajaba al sótano, sólo era feliz cortando madera y arreglando puertas y muebles.

Hacía poco menos de un año que había perdido su trabajo y nos habíamos mudado de Madrid a Cádiz para que mi madre comenzara a trabajar en la consulta de un dentista amigo de mi abuelo, y desde entonces aquella sucia y estrecha habitación con forma de embudo, envuelta en humo de puro y virutas de madera, era el único lugar donde mi padre se encontraba a gusto, el único donde no discutía con mi madre, donde la cortina de destellos de luz a veces desaparecía ante su rostro.

Mientras bajaba las escaleras, durante un instante quedé rezagado, observando desde las alturas el oscuro habitáculo: la mesa de trabajo con estructura de acero azul y tablero de aglomerado, el tornillo de banco donde mi padre sujetaba los materiales y los sometía a multitud de crueldades: los cortaba, los limaba, los fresaba..., la silla encogida bajo un escritorio blanco, con un pequeño cajón lateral, que se desencajaba cada vez que alguien lo manipulaba, el calendario colgado de la pared con la foto de los jugadores del atlético de Madrid enfilados sobre los treinta días del mes de junio del año anterior...

En el interior del cajón del escritorio, recuerdo que mi padre guardaba sus cajas de puros, un mechero verde, las quinielas de fútbol no acertadas de los últimos meses y otro calendario, éste de bolsillo, de 1979, con la foto de una mujer rubia y desnuda, que arrugada por el paso del tiempo, a veces me gustaba observar sin que nadie me viera.

¿Vas a bajar o no?-, preguntó desde el pie de la escalera haciéndome despertar de mi momentáneo letargo.

Poco después, mientras observaba cómo sujetaba con una mano la maltrecha pata de la silla y con los dedos de la otra una larguísima punta dispuesta a atravesar aquel trozo de madera, mi padre me dijo:

Por favor hijo, coge el martillo de la estantería y dale fuerte a la punta que tengo entre los dedos.

Me acerqué a la repisa de chapa, que agachada bajo el hueco de la escalera, sostenía martillos, destornilladores, llaves de todo tipo y demás herramientas que durante la estancia de mi padre en el sótano se convertían en las prolongaciones de sus brazos, en las sustitutas temporales de sus manos, y cuando estuve frente a ella, cogí el martillo con mi mano izquierda. Luego, con la mirada de mi padre clavada en mis ojos, me dispuse a hundir sin compasión la punta con toda la energía que mi perezoso miembro podía ofrecer. Pero cuando alcé el martillo hasta la altura perfecta desde donde poder dejarlo caer con altas posibilidades de acertar y no destrozar sus dedos, me di cuenta de que aquello de ser zurdo tampoco iba a ser sencillo en esa ocasión.

Mi padre, viendo el desasosiego en mi mirada y el martillo en mi mano izquierda, preguntó:

¿Por qué no usas la mano derecha?
Papá, ¿no te has enterado?, soy zurdo desde el lunes-, contesté.

Su imagen, diría que con un perfecto gesto de enfado, se presentó difuminada tras la cortina de la perfección, así que con las retinas ligeramente humedecidas cambié con urgencia el martillo de mano.

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que las cosas adquirían un mayor peso cuando se cogían con la mano izquierda, aligerándose de forma incomprensible cuando se sostenían con la derecha. No se trataba de una pereza reprochable la de mi extremo zurdo. Por mucho que mi mano vaga intentara trabajar, no podía hacer nada contra aquel extraño misterio de la física. Así que aquella tarde, con un martillo entre los dedos de mi mano derecha, decidí volver a ser diestro. Diestro e imperfecto.


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