Comienza a leer

Iniciar sesión con Entreescritores

¿Has olvidado tu clave?

Crear una cuenta nueva

Libros publicados

En Femenino Plural

En Femenino Plural

13-04-2021

Libros publicados por editoriales ensayo literario

  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella llena
3
  • Estrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  0
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  0
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vacia  1
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vacia  0
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llena  2

Ver book trailer

En Femenino Plural es un libro revolucionario dirigido especialmente a las mujeres. Al contrario que la mayoría de los libros publicados para ellas, este libro no se limita a decirles a las mujeres lo que quieren oír, sino lo que necesitan oír. 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

 

En femenino plural

Porque esto solo lo arreglamos entre todas

 

Introducción

 

Este es un libro para mujeres. Es uno de esos libros que las mujeres escribimos para nosotras. Como existen las películas de chicas, existen también los libros de chicas. Solo que este tiene una variante muy particular que lo hace diferente a cualquier otro que se haya publicado hasta ahora, y es que este libro trata sobre lo que las mujeres habitualmente no queremos oír.

Estamos asistiendo a un fenómeno social de una nocividad que a muchas nos provoca mucho miedo. Se trata de la actitud de la mujer actual, la equivocada y supuesta conciencia de género femenino, que no solo no une a las mujeres, sino que genera un conflicto continuo y perpetuo contra los hombres que ha llegado a unos límites alarmantes.

Se han alzado algunas voces ya en contra de esta actitud y, aunque esas voces son también femeninas y no les falta razón en gran parte de sus argumentos, siempre hay algo que les sobra y algo que les falta. Sobran el tono de reproche y el ánimo de culpar a otras mujeres de absolutamente todos los males de la humanidad; no vale aprovechar la coyuntura para regodearse en nuestro juego favorito, esto es, hacer daño a otras mujeres. Y faltan, por supuesto, la voluntad de generar un cambio real y el aporte de soluciones. No basta con señalar los problemas; si además queremos generar un cambio, es muy importante proveer de herramientas y de recursos a las personas, y enseñarles cómo llevar a cabo ese cambio.

Esta es una de las funciones de este libro. Esta obra es una herramienta de ayuda a todas las mujeres que se sienten perdidas en un momento histórico en el que todo el mundo grita y nadie escucha. Intenta explicar cómo, para poder llegar a solucionar aquellos problemas que nos conciernen, primero debemos comprender qué es lo que estamos haciendo mal. La actitud pretende ser constructiva, entendiendo que a veces, para construir algo nuevo, hace falta primero derribar lo que hemos construido hasta el momento.

Es un libro, como digo, dirigido específicamente a las mujeres, lo cual no significa que los hombres no puedan leerlo. Sin embargo, nuestros compañeros van a comprobar que está escrito en femenino, puesto que tengo claro que me quiero dirigir a una audiencia de mujeres. No se sientan, pues, ignorados ni piensen que no estamos pensando en ellos. El hombre que lea este libro se dará cuenta enseguida de que la intención de esta autora es la de unir y no la de separar. De hecho, estoy segura de que puede gustar tanto a hombres como a mujeres y que lo que marque la diferencia entre aquellos a los que les gusta y aquellos a los que no, no sea el hecho de ser hombre o mujer.

En la primera parte del libro hablamos del psiquismo femenino, de los procesos de victimización a los que estamos sujetas y de sus consecuencias en nuestras vidas. Explica, además, muchos de los comportamientos femeninos actuales. Esta primera parte sienta las bases para el resto del libro.

Después pasamos a explicar el contexto social en el que nos encontramos, comenzando por el legado del feminismo en nuestros días.

Los capítulos tres, cuatro y cinco explican la personalidad femenina desde diferentes puntos de vista. Hablamos de la competitividad entre las mujeres, de la misoginia femenina y en general de cómo las mujeres nos hacemos daño unas a otras. El objetivo no es el de juzgar estos comportamientos sin más, sino el de explicarlos como algo que tenemos que cambiar en nosotras.

El capítulo seis habla de la agenda de género en profundidad, de cómo nos afecta a todas y hasta qué punto nos destruye.

El último capítulo está dedicado a las soluciones posibles a toda la problemática expresada a lo largo de todo el libro. Es solo un comienzo, y se ha escrito como un primer borrador a partir del cual todas podremos seguir aportando ideas.

La idea general del libro es la de generar la conciencia de grupo mujer en todas las mujeres. La de crear comunidad, en este caso comunidades de mujeres que trabajen unas para otras y, en consecuencia, para toda la sociedad. Es un libro que aspira a cambiar muchas cosas. Que, de hecho, aspira a sembrar la semilla del cambio. Un cambio que deseamos que sea duradero y estable, pero, sobre todo, justo para todas.

 

Sobre mí

Dada la naturaleza de este libro, el tono utilizado y las afirmaciones que en él se contienen, creo adecuado hacer una pequeña presentación sobre mi persona: soy una mujer española de cuarenta y siete años. Soy graduada en Psicología y estoy especializada en Trauma y Disociación. He realizado también un máster en Criminología y Victimología y un posgrado en Perfilación Criminal. Mi área central de estudio son los abusos sexuales en la infancia y los perfiles tanto de las víctimas como de los victimarios. Otra área importante de estudio para mí es la Psicopatía.

Comencé a trabajar como voluntaria con mujeres maltratadas mucho antes incluso de considerar la posibilidad de estudiar Psicología. En la práctica clínica como psicóloga he tratado sobre todo el trauma grave y las secuelas del abuso sexual en la infancia y otras agresiones sexuales.

Como víctima que he sido de todas estas cosas, yo misma conozco bastante bien la problemática de los abusos sexuales en la infancia (ASI), que yo prefiero llamar violencia sexual contra la infancia (VISCI), así como la problemática de los malos tratos dentro del hogar. Conozco la vinculación de ambas violencias, así como la vinculación de la VISCI con el resto de las violencias que sufren las víctimas.

La idea de crear este libro viene de muy atrás, pero ha tardado muchos años en tomar su forma definitiva. En gran parte la creación de este libro está generada por la gran preocupación que me causa la situación actual de las mujeres. Los procesos de victimización a los que estamos sometidas, sí, pero también todo lo demás: el daño que nos hacemos unas a otras; nuestra participación y complicidad en las políticas de destrucción de la familia en particular y de la sociedad en general; el empoderamiento erróneo transformado en soberbia con el que nos espolean y del que participamos voluntarias; la absurda creencia de ser seres superiores con unas habilidades prácticamente divinas; la peligrosa promiscuidad sexual en la que educamos a las nuevas generaciones de niñas; la comprensión errónea de nuestros derechos y obligaciones; nuestra participación voluntaria en una supuesta «guerra de los sexos» prefabricada a la medida de la mujer moderna; la utilización de nuestros cuerpos como medio de chantaje y manipulación, y muchas otras características de la personalidad femenina que muchas ya consideramos que tienen que evolucionar y desaparecer.

Detesto la corrección política, pero porque entiendo el daño que nos está haciendo a todas. Al contrario de lo que pueda parecer a muchas mujeres, este libro no es machista ni es un libro en contra de las mujeres. Y al contrario de lo que pueda parecer a muchos hombres, este libro no es feminista ni es un libro en contra de los hombres. Hay que leerlo en su totalidad para comprender el mensaje que quiero lanzar con él, que es un mensaje de unión y colaboración con el ánimo de crear comunidad y con el ánimo de hacer asistencia.

Ha llegado el momento del cambio. La diferencia de este cambio con muchos otros, que se publicitan a bombo y platillo en todas las plataformas posibles, es que el cambio del que hablamos aquí es el que las mujeres tenemos que llevar a cabo.

La responsabilidad de la mujer en el correcto funcionamiento de las sociedades es inapelable. Los hombres conforman la mitad de la ecuación, por supuesto, pero no hemos venido a hablar de los hombres y de cómo tienen que cambiar ellos. Ya se ocuparán otros de eso. Si queremos que las cosas mejoren, somos las mujeres quienes tenemos que cambiar.

 

 

 

El psiquismo femenino

 

 

Antes de comenzar vamos a sentar las bases sobre la temática de este libro. Para poder hablar de las mujeres y poder comprender las causas de su comportamiento, hay que hablar primero del psiquismo femenino.

Los hombres y las mujeres no somos iguales; las mujeres tenemos un psiquismo particular. Nuestros procesos hormonales hacen de nosotras seres más influidos por lo emocional que por lo racional. Es decir, las mujeres somos más tendentes que los hombres a los desequilibrios emocionales. A esta realidad biológica hay que sumarle la realidad social: niñas y mujeres tienen muchas más probabilidades que los varones de acabar siendo víctimas de violencias interpersonales, y eso nos afecta psicológicamente también.

Puesto que estos procesos de victimización son muy importantes en la vida de las mujeres, en su comportamiento y en los resultados que obtienen posteriormente en la vida, vamos a centrarnos primero en dos objetos de estudio muy importantes de la psicología humana y en su efecto en el cerebro femenino: el trauma y el trastorno de apego.

El trauma

Cuando hablamos de trauma las personas piensan que hablamos de algo grave que ocurre muy poco a menudo, que para llegar a estar traumatizado tiene que ocurrirte algo fuera de lo normal, o que solo las personas que han sufrido experiencias de gran peligro para su vida quedan traumatizadas. Pero la realidad es que el trauma forma parte de la vida humana y no tiene que ocurrir nada demasiado grave para quedar traumatizado. Por supuesto, hay niveles de gravedad, pero hay cientos de experiencias en la vida de una persona que pueden dejarla en un estado traumatizado. Sin ir más lejos, el divorcio de los padres puede ser traumático para un niño o un adolescente. Los accidentes también son traumáticos en su mayoría. Incluso muchas escenas de películas son traumáticas y deberían ser evitadas.

El trauma no es un trastorno psicológico per se. Se describe por sus síntomas, como el trastorno de estrés postraumático. Se habla de trauma cuando un evento desborda nuestro sistema nervioso por no poder integrarlo como otras experiencias. Este desbordamiento deja una huella traumática que se refleja después en la conducta. Estos eventos traumáticos pueden suscitar en nosotros las respuestas que llamamos de lucha y huida y otras respuestas de supervivencia, en el momento del suceso y a largo plazo. Se genera además una desregulación del sistema nervioso autónomo y una desregulación subcortical.

Sin ánimo de convertir este capítulo en una disertación sobre anatomía cerebral, es necesario dar una breve explicación sobre a qué nos referimos cuando hablamos de las estructuras subcorticales. Toda esta información nos resultará muy útil más adelante en el libro.

Cuando decimos «subcortical» nos referimos a unas estructuras que se encuentran bajo los hemisferios cerebrales. Cada una de estas estructuras se ocupa de unas funciones específicas. Entre otras, se ocupan de la regulación de las respuestas emocionales y de las respuestas instintivas como la de huida; de la regulación del hambre y la modulación de las funciones viscerales y endocrinas; de la regulación de los procesos de vigilia y sueño, y de los procesos de atención.

La desregulación que provoca el trauma hace que todas estas estructuras dejen de funcionar correctamente, lo que significa que todas las áreas que gestionan se verán condicionadas de alguna manera al trauma. Cuanta más desregulación cause la experiencia, mayor será la perturbación y mayores serán los síntomas externos. En el día a día esto se traduce en trastornos del sueño, trastornos alimenticios, perder capacidad de concentración y estudio, y perder el instinto de huida y quedar paralizado ante situaciones de peligro.

Cuando el trauma lo genera una experiencia interpersonal es muy común que la víctima experimente lo que llamamos revictimización. La revictimización consiste en volver a experimentar situaciones traumáticas a manos de otras personas, en contextos diferentes a donde ocurrió la primera experiencia. Por ejemplo, encontramos que muchas víctimas de abuso sexual en la infancia sufren violación en la calle o en otros contextos en su edad adulta y son más propensas a verse implicadas en relaciones de malos tratos o a ser víctimas de proxenetismo, de prostitución o de pornografía. Todas las encuestas realizadas a mujeres prostituidas revelan que el ochenta por ciento de ellas sufrieron abusos en su infancia. Las mujeres que sufren abusos también son más propensas a casarse y tener hijos con pederastas, repitiendo el ciclo de los abusos de forma interminable.

Solo como dato interesante, en el año 1998, el médico estadounidense Vincent Felitti, junto con otros colegas, llevó a cabo un audaz estudio, que hoy se llama estudio ACE, sobre la vinculación entre lo que él llamó experiencias adversas en la infancia y las enfermedades en la edad adulta[1]. En el estudio participaron más de 17 000 personas y, entre otras interesantes conclusiones, se descubrió que las mujeres tienen un siete por ciento más de probabilidades de sufrir una violación en su edad adulta cuando han sufrido abuso sexual en la infancia.

Y ya que hablamos de abusos y antes de seguir adelante, dejemos claros algunos conceptos que harán que todo sea más comprensible después.

A partir de estudios realizados en todo el mundo, se calcula que entre el diez y el veinte por ciento de la población humana ha sufrido algún tipo de violencia sexual contra la infancia. Las víctimas pueden ser tanto niños como niñas. Esta violencia sexual contra los menores va desde la exposición a pornografía hasta la violación, la prostitución infantil o el uso del menor para crear pornografía, pasando por los tocamientos, la observación de abusos a otros menores, la masturbación mutua y muchas otras vejaciones.

Se sabe, además, que la mayoría de esos abusos ocurren en el hogar, y que en la mayoría de los casos el pederasta es el padre de la víctima. También pueden ser hermanos mayores, tíos, abuelos, primos, etc. En muchas ocasiones hay varios victimarios por cada víctima y un buen porcentaje de los abusos a los menores son cometidos por otros menores. Al contrario de lo que piensen muchas personas, esta violencia está presente en todas las clases sociales y en todas las culturas del mundo.[2]

Pasemos ahora a hablar del otro gran bloque importante en el psiquismo humano: el apego.

El apego

Cuando hablamos de apego hablamos de la vinculación afectiva que creamos las personas unos con otros. Las principales figuras de apego en nuestras vidas son nuestros progenitores. De ellos aprendemos las bases para relacionarnos con otras personas. Dependiendo de cómo seamos tratados por estos, desarrollamos lo que llamamos estilos de apego diferentes. Los vínculos de apego entre los humanos nos sirven también para sentirnos protegidos en momentos de amenaza. Asimismo, la sensación de pertenencia o no pertenencia a un grupo tiene su base en la calidad del apego que hayamos recibido.

Manifestamos los diferentes estilos de apego aprendidos en las situaciones relacionales y, al igual que el trauma, el tipo de apego que tengamos es medible a través del comportamiento. Los estilos de apego suelen permanecer bastante estables a lo largo de toda la vida, aunque son perfectamente susceptibles de cambio con la terapia adecuada. Esto es, no tenemos por qué sufrir por el trato recibido de niños el resto de nuestras vidas.

El estilo de apego dominante en nosotros se forma habitualmente en la relación con la madre, estilo que después se generaliza a las relaciones posteriores en la vida adulta. A través de la interrelación con la madre en la infancia desarrollamos las capacidades de conectar con otros. Esto es lo que configura el sistema que llamamos de conexión social. La activación y desarrollo de este sistema nos lleva a experimentar la vida con seguridad y contribuye a mantener, o a devolver, el nivel de activación fisiológica a niveles tolerables.

Tener unos niveles de activación dentro de los parámetros normales es lo que llamamos «estar regulado». Regular el sistema nervioso es devolverlo a su nivel normal de activación, en caso de que se haya hipoactivado o hiperactivado por cualquier razón. Por ejemplo, la madre regula (calma) a su bebé cuando este llora, acunándolo. Esta regulación afectiva externa, con el tiempo, pasa a ser una regulación interna. Es decir, dependiendo de la regulación que hayamos vivenciado con nuestras primeras figuras de apego, aprendemos a regularnos solos mejor o peor.

También es cierto que podemos formar estilos de apego vinculantes con cada figura de apego que tengamos en nuestra niñez. Por ejemplo, un estilo de relación con la madre, otro estilo con el padre y otro, por ejemplo, con un hermano mayor. Estos estilos secundarios pueden también reaparecer en el futuro con el estímulo y en la situación adecuados.

Es lógico pensar que, si nuestros padres son nuestros modelos para el apego, y ellos a su vez tomaron a nuestros abuelos como modelos, y teniendo en cuenta que los padres perfectos no existen y que cada uno de ellos ha tenido sus propios problemas en la vida, todos los seres humanos tenemos trastornos de apego de algún tipo. De nuevo, esto es una cuestión de grados. No es lo mismo tener una espina (emocional) clavada porque tus padres preferían a tu hermano antes que a ti que haber sido gravemente desatendido por tus padres —negligencia— hasta el punto de haberte criado solo.

La primera teoría del apego la creó el psicólogo inglés John Bowlby (1907-1990). Sobre esta base, hoy existe una teoría del apego muy bien fundamentada que se compone de varios estilos. Estos son el apego inseguro-evitativo, el inseguro-ambivalente, el desorganizado y el seguro.

El apego inseguro-evitativo lo genera la ausencia de un cuidador accesible. Cuando la madre no está disponible, los niños suelen desarrollar una tendencia a la autorregulación sin depender de la presencia de ninguna otra persona. Pueden volverse niños introvertidos y, al no haber aprendido a relacionarse bien con los demás, en su relación con otros suelen surgir la hostilidad, la agresividad y los problemas de conducta. Tampoco saben resolver conflictos y no expresan las emociones con facilidad.

El apego inseguro-ambivalente, al contrario, genera adultos incapaces de regularse solos. Son niños criados con adultos emocionalmente inconsistentes, con sus propios cambios de humor y necesidades insatisfechas. De adultos, estos niños son propensos a estar siempre activados y no saben estar solos, lo que hace que desarrollen relaciones de dependencia. La inconsistencia en el apego del progenitor hace que desarrollen modos extra de llamar la atención, llegando a sentir angustia si ese deseo no se satisface. Dependen de la regulación externa, es decir, de que sus parejas y otros los validen todo el tiempo, pero al mismo tiempo tienen un déficit en la capacidad para tranquilizarse incluso cuando están siendo validados, lo que hace que su búsqueda de atención desesperada no acabe nunca.

Los abusos sexuales, el abandono, la desatención grave y los malos tratos dan como resultado un apego desorganizado o desorientado. Aquí hablamos de una activación elevada y crónica del sistema nervioso. O bien una alternancia entre estados de hiperactivación y de hipoactivación.

Cuando hablamos de hiperactivación nos referimos a una alteración del sistema nervioso que se traduce en síntomas como la sensación de muchos nervios internos, no poder parar de moverse, tener mucha actividad mental todo el tiempo y no poder dormir ni descansar bien. Estar hiperactivado significa que no se descansa ni siquiera al dormir. Por su parte, estar hipoactivado significa estar falto de energía, dormir mucho y no sentir ganas de hacer nada. Además, en esta situación tendemos a tener poco tono muscular y el impulso para el movimiento queda muy reducido y debilitado.

Cuando el niño siente su vida amenazada, algo que ocurre a menudo en circunstancias de malos tratos o abusos, tiende a autorregularse, a menudo hipoactivándose, esto es, se encierra en sí mismo, se queda inmóvil y no habla. Lo más común es la alternancia entre la hiperactivación y la hipoactivación. Estas personas no aprenden a autorregularse y tampoco saben pedir o solicitar ayuda o validación, puesto que su sistema de conexión social ha quedado debilitado.

Es raro que los malos tratos o los abusos intrafamiliares no conlleven también un grado de negligencia o maltrato psicológico por parte de alguno de los progenitores, por lo que la suma de todas estas violencias da lugar a cuadros clínicos de trauma complejo con una suma de muchas de estas secuelas, algo que se traduce muy bien en lo que se llama en psicología el trastorno límite de personalidad.

A su vez, el apego desorganizado se puede subdividir en otros dos subtipos: el controlador punitivo y el controlador cuidador. El controlador cuidador es un ayudador compulsivo, alguien que va buscando a otras personas con problemas para ocuparse de ellos de forma insistente. El controlador punitivo sería la víctima que se autocastiga, que se culpa de todo y cuyas acciones agresivas van dirigidas hacia su persona. Son tendentes a la autolesión y al suicidio. 

Al contrario que el trauma, los problemas de apego no desbordan el sistema nervioso, no generan la respuesta subcortical de la que hemos hablado antes ni una desregulación autonómica. Ahora bien, si la fuente del trauma en un menor son las figuras de apego, es decir, progenitores o familiares cercanos, entonces se puede generar lo que llamamos trauma de apego.

Así las cosas, encontramos que hay una ínfima proporción de personas en el mundo que puedan afirmar que tienen un apego seguro. Lamentablemente, a esto hay que sumarle una actitud de moda en estos tiempos según la cual el afecto y el apego maternal serían dañinos para los menores. Como vamos a ver a lo largo del libro, parece haber un empeño en desacreditar cualquier tarea específicamente femenina, empezando por las tareas maternales. Afirmar que el apego maternal es dañino para los hijos es faltar a la verdad, y es una agresión en toda regla contra los menores y sus madres.  

La disociación

Cuando una persona sufre una experiencia traumática tiene muchas probabilidades de disociarse. La disociación es un estado alterado de conciencia en el que entramos de forma automática cuando vivimos una situación demasiado impactante. Para explicarlo de forma simplificada, digamos que durante un periodo de tiempo mente y cuerpo pasan a actuar por separado, y la mente no registra lo que captan los sentidos físicos.

La disociación es un automatismo que poseemos los seres humanos que puede salvarnos la vida en situaciones en las que correríamos el riesgo de morir. Se entiende que, de no disociarnos, la experiencia desbordaría el sistema nervioso hasta el punto de matarnos. Esta es, por lo tanto, una de las respuestas de protección naturales en nosotros, lo que llamamos un recurso de supervivencia. Ya explicamos al hablar del trauma cómo el sistema nervioso se desborda y se desregula. La disociación sería una consecuencia de esa desregulación extrema.

Las experiencias normales se asimilan sin dificultades; el cerebro las procesa a medida que van ocurriendo y las almacena en el lugar de la memoria que les corresponde. Las experiencias traumáticas, sin embargo, son demasiado graves como para integrarlas de forma normal, y por eso se disocian. El grado en el que una persona tiende a disociarse depende de muchas cosas. Podemos disociarnos sin dificultad cuando realizamos tareas muy monótonas, como conducir. ¿Quién no ha experimentado encontrarse de repente en un paisaje diferente tras un tiempo conduciendo y no poder recordar cómo hemos llegado allí? Pero, además de esto, un menor se puede disociar ante diferentes experiencias, aunque no sean especialmente duras. Eso depende de los recursos emocionales que tenga a su disposición y de otros factores de protección, como el apego seguro. Por ejemplo, oír a los padres gritarse puede hacer que un niño se disocie.

El estado disociativo es muy común en nuestros días. Millones de personas hacen su vida normal de forma disociada, en especial las mujeres. Sabemos que estamos ante una mujer disociada cuando te dice eso de: «Yo es que tengo muy mala memoria, se me olvida todo». O bien: «No puedo estudiar porque no me entra nada, no soy capaz de concentrarme». Esta falta de concentración y de memoria tan típica en las mujeres de todas las edades puede ser un indicativo de disociación.

El problema con la disociación es que es acumulativa; cuando un adulto viene de una infancia disociada, le costará muy poco volver entrar en la disociación o que se le agrave con experiencias traumáticas posteriores. Con un cerebro disociado no podrá desarrollar barreras al trauma futuro. Por otro lado, la consecuencia más directa de la disociación es la amnesia. Puesto que hablamos de una alteración de la conciencia, todo lo que ocurra en ese estado no se registrará conscientemente, y de ahí que se olvide total o parcialmente.

Normalmente, en cuestión de minutos tras finalizar la experiencia, el sistema volverá a integrarse y la persona volverá a la normalidad y seguirá su vida como si no hubiera pasado nada. Con el tiempo, puede llegar a recordar una parte o toda la experiencia de forma espontánea, o no volver a recordarlo nunca.

Por supuesto, que no recordemos las experiencias traumáticas no significa que el trauma no deje huella en nosotros. Las secuelas de estos eventos se muestran en nuestra mente, en nuestro cuerpo y en nuestro comportamiento. Una persona traumatizada se comportará como tal, tanto si recuerda el trauma como si no.

El estado disociado es el estado más propicio para manipular a una persona. El cerebro pasa a actuar en modo automático, de forma que todo lo que los sentidos registren en ese estado quedará grabado de forma subliminal y hará las veces de una programación mental, como al programar un ordenador.

El mejor ejemplo para explicar cómo funciona esta programación es el comportamiento de algunas supervivientes de abusos sexuales en la infancia. Uno de los efectos más tempranos del abuso es la hipersexualización de los menores. Al abusar del menor, el pederasta le «enseña» a realizar las actividades sexuales que él desea. El sistema nervioso del menor aún está en formación, lo que significa que tiene gran plasticidad para el aprendizaje. Además, las violaciones se viven en estado disociativo. Así, el menor queda «programado». Como resultado de esto, a lo largo de su vida, cuando ese menor se encuentre en situaciones similares y le muestren estímulos similares, repetirá de forma compulsiva lo que el pederasta le «enseñó». Muchos de estos menores, en particular las niñas, aprenden también a detectar el deseo sexual en un hombre a través de esta programación y de forma impulsiva irán a satisfacer ese deseo sin que el violador tenga que decirlo siquiera.

El condicionamiento clásico que nos enseñan en psicología, que es también la técnica más sencilla para amaestrar a un perro, se usa en el abuso sexual para amaestrar a los menores y convertirlos en máquinas sexuales antes siquiera de que puedan aprender a hablar. Así de frágiles somos.

Del trauma al cerebro desnutrido

Hablar de cómo se alimentan las mujeres es muy relevante en un capítulo en el que queremos explicar cómo funciona el cerebro femenino. La mala alimentación y la desnutrición afectan al funcionamiento de nuestro sistema nervioso y, en consecuencia, de nuestro cuerpo y de nuestra vida en general. Observando cómo se alimentan las mujeres podemos comprender muchas cosas que les ocurren y una buena parte de su comportamiento.

Por causas naturales la mujer tiende a desarrollar depósitos donde acumular grasa en su cuerpo y esto ha sido siempre algo que estaba muy bien visto y que formaba parte de la feminidad. Por eso la norma era estar bien alimentada, esto es, estar naturalmente rellenita. Diciendo esto no pretendo promover la obesidad o el sobrepeso, no hay que llegar a eso. Se trata solo de que un sano porcentaje de grasa corporal redondea y embellece las formas femeninas.

Históricamente hablando, comer no ha sido nunca un problema para las mujeres. No fue hasta la liberación femenina que la obsesión por tener un cuerpo ridículamente imposible se implantó por obligación y empujó a millones de mujeres a vivir desnutridas el resto de sus vidas. De las ironías de la supuesta liberación femenina hablaremos en el siguiente capítulo. Señalo aquí solamente la incongruencia de hablar en términos de «liberación» cuando hemos ido derechitas a la esclavitud.

Es muy llamativo observar cómo la mitad de la población femenina mundial se muere, literalmente, de hambre por no tener ni un bocado que llevarse a la boca mientras que la otra mitad se mata de hambre de forma voluntaria a pesar de vivir en la abundancia. Cosas de mujeres.

El gran problema con la forma de comer de las mujeres no es algo que tenga que ver con sus cuerpos, sino con sus cerebros. Aquellas cosas de las que las mujeres se privan voluntariamente para no engordar son justo aquellas cosas que el cerebro y el cuerpo necesitan para funcionar bien. Es como si alguien hubiera decidido eliminar el intelecto femenino y anular cognitivamente a la mitad de la población humana y hubieran elegido para ello la vía más rápida, pero también la más discreta: la nutrición del cerebro.

Uno de los grandes monstruos alimenticios de los que las mujeres huyen como la peste es la grasa. Y todo porque alguien las convenció hace décadas de que la grasa engorda, así que a la grasa hay que mantenerla alejada.

La grasa no solo no engorda como nos han contado, sino que es imprescindible para el funcionamiento correcto del sistema nervioso[3]. Sin ir más lejos, una de las funciones principales de las grasas, o lípidos, en el cerebro es la de facilitar la conexión neuronal. Además de las neuronas, en nuestro cerebro abundan también otras células llamadas oligodendrocitos. Estas células se encargan de proteger los axones de las neuronas con una capa de una sustancia llamada mielina. Los axones se encargan de la transmisión de la información de una neurona a otra. Pues bien, esta mielina con la que se recubren los axones está compuesta de lípidos, es decir, grasas. Gracias a esta cobertura las neuronas pueden realizar sus funciones de transmisión química de forma correcta. La falta de estas vainas de mielina, o de una mielinización de calidad, se traduce en problemas de memoria y en dificultades para llevar a cabo las tareas cognitivas básicas.

A la disociación de la que hablábamos antes se le suma la desnutrición cerebral, y el resultado son hordas de mujeres literalmente descerebradas. De hecho, la desnutrición cerebral puede llevar a la disociación por sí sola.

Además de todo lo dicho ya, muchas vitaminas son liposolubles, lo que significa que deben estar asociadas con moléculas de grasa para que el cuerpo las absorba eficazmente. Si falta grasa en el organismo, estas vitaminas no podrán ser asimiladas de forma natural, generando defectos nutricionales por carencias vitamínicas.

Otra de las importantes funciones de los lípidos es la construcción de las membranas celulares. Las membranas que recubren las células de nuestro cuerpo, incluyendo las neuronas, están formadas por dos capas de fosfolípidos (grasas), que regulan la entrada y salida de las sustancias químicas necesarias para su funcionamiento. Entre otras, estas sustancias son los nutrientes como las vitaminas, los minerales, los oligoelementos, etc. A través de las membranas se descartan también los desechos.

Junto con las vainas de mielina, las membranas son las responsables de que la transmisión de la información fluya de una célula a otra de forma adecuada. Y todo gracias a la grasa que consumimos.

Las grasas también ayudan al correcto funcionamiento del sistema neuroendocrino, que ya sabemos que se ocupa de la secreción y funcionamiento de las hormonas. Una carencia de grasas puede hacer que este sistema no funcione correctamente, lo cual puede afectar a muchas áreas de la vida de una mujer, desde la sexualidad hasta el temperamento.

Las grasas que se almacenan en el cuerpo son diferentes de las que usa nuestro cerebro. De hecho, la grasa corporal es un producto mayoritariamente del carbohidrato y no de las grasas en los alimentos. Esta grasa se almacena de forma estratégica en nuestros cuerpos por cuestiones de supervivencia de la especie, ayuda a regular la temperatura corporal y proporciona amortiguación a los órganos internos. Además, da energía durante las enfermedades. Por lo tanto, tener almacenes de grasa es normal siempre que no sobrepasen los límites saludables.

El segundo gran monstruo contra el que hay que luchar, según la falaz y destructiva filosofía del cuerpo perfecto, es el azúcar. Para evitar los efectos dañinos del azúcar en el cuerpo, que aquí validamos y reconocemos, muchas mujeres cambian el azúcar por edulcorantes artificiales o buscan de forma compulsiva etiquetas de productos sin: sin azúcares.

Si la grasa ayuda con la transmisión de la información y con la correcta realización de las funciones de la neurona, la glucosa (azúcar en sangre) le aporta la energía que necesita. Al contrario que con las células de otros órganos del cuerpo, la glucosa es la única fuente de energía que utilizan las neuronas. Además, estas necesitan más energía que ninguna otra célula del cuerpo. El encéfalo es la masa cerebral que se encuentra bajo el cráneo, y aunque ocupa solo el dos por ciento de la masa total del cuerpo, consume aproximadamente la quinta parte de las calorías de una dieta normal. Esta alta demanda de energía del cerebro lo predispone a una variedad de enfermedades si se interrumpen los suministros de energía, en particular el deterioro cognitivo. Porque, además, las neuronas son en gran medida intolerantes al suministro de energía inadecuado.

Y cuando hablamos de suministro inadecuado de energía hablamos de un exceso de carbohidratos. Hace tiempo que sabemos que el consumo excesivo de carbohidratos en la dieta moderna está vinculado a diferentes enfermedades físicas, como la diabetes, pero también se vincula a la inflamación cerebral y a muchas molestias relativas a la cognición. Algunos expertos hablan incluso de un encogimiento del cerebro[4] por consumo excesivo de carbohidratos.

Evitar consumir el azúcar puro no sirve de nada si después consumes carbohidratos industriales en forma de cereales aparentemente sanos, por poner un ejemplo clásico. En lo que respecta al azúcar, de hecho, habría un exceso, y no un defecto, en la dieta femenina por mucho que las mujeres intenten evitarlo. En definitiva, lo que causa daños no es la cucharadita de azúcar que te puedas poner en el café, sino los cereales o la tostada con la que acompañas ese café, que se suman a una excesiva ingesta de carbohidratos a lo largo del día. 

La conjunción correcta de estos tres elementos nutricionales, grasa, azúcares y proteína, hace que nuestro cerebro funcione a la perfección. Irónicamente, la grasa y la proteína son los dos elementos de los que más carece la alimentación femenina. Por su parte, el azúcar aparece en exceso. Esta forma de comer, además de engordar y causar enfermedades físicas, mata al cerebro.

Por si esto fuera poco, no bebemos suficiente agua y estamos deshidratados. El noventa por ciento del volumen de nuestro cerebro está compuesto por agua, y eso es así porque necesitamos agua para que las transmisiones electroquímicas se lleven a cabo. De nuevo, si quieres que tu cerebro funcione, tienes que hidratarlo. Y no vale cualquier líquido, tiene que ser agua. Muchas personas, hombres y mujeres, beben muchas porquerías enlatadas, pero no beben agua.

Según datos de la Fundación Aquae: «El descenso de tan solo un dos por ciento de agua en el cuerpo puede causar una pérdida momentánea de memoria, dificultad con las matemáticas básicas y problemas al enfocar la vista sobre una pantalla de ordenador o sobre una página impresa». Lo más grave sobre la deshidratación es que la mayoría de las personas no vincularían ninguno de estos problemas a la falta de agua. Tendemos a pensar que solo hay que beber cuando uno siente la sed, y no es así.  Esto es más importante a medida que uno envejece, porque con la edad las señales que envía el cuerpo para indicar que necesita agua van disminuyendo.

A largo plazo, la deshidratación también causa enfermedades físicas, como acidez estomacal, artritis, colitis y dolores de espalda. Es importante saber que la buena salud intestinal es muy importante para el funcionamiento correcto del cerebro, puesto que los desequilibrios intestinales están muy vinculados a los emocionales; y la falta de agua conlleva problemas de tránsito. Además, no beber suficiente agua puede hacer que la sangre se espese más de lo normal con el consiguiente riesgo aumentado de derrame cerebral, o bien puede hacer que los pacientes que han tenido un derrame tarden más en recuperarse o tengan más dificultades.

Lógicamente, también está el componente emocional y psicológico de la desnutrición, que tiene que ver con la insatisfacción permanente con una vida en la que te privas de comer lo que te gusta y te castigas comiendo cosas por obligación cuando a lo mejor ni te agradan. La satisfacción a través del alimento es muy importante a nivel psicológico. Comer genera la producción de sustancias que nos hace sentir placer. Darse placer comiendo es adaptativo y emocionalmente revigorizante. Vivir nutricionalmente insatisfecho solo aumenta los problemas derivados de la mala alimentación, la depresión, la falta de energía vital y de inquietud por la vida en general.

Qué ha hecho la psicología por nosotras

Después de todo lo explicado sobre el trauma, la posibilidad de vivir en un mundo en donde la mayoría de las personas están traumatizadas o padecen trastornos de apego puede resultar incómodo a muchas mujeres. Se comprende la incomodidad, pero esta es una realidad humana de la que tenemos que ser conscientes. De la misma forma, muchas se pueden estar preguntado, si esto es así, ¿cómo es que nadie habla de ello? ¿Cómo es posible que entre todos los diagnósticos de trastornos mentales no se mencione nada de esto o que se trate el trauma de forma tangencial? ¿Cómo es posible que los psicólogos no mencionen nada de esto en sus consultas o que este conocimiento no sea ya de dominio público? Si de verdad el trauma y el trastorno de apego son tan recurrentes, ¿cómo es que nadie habla de ello? Y, sobre todo, ¿por qué no se está haciendo nada para remediarlo?

Intentaré responder a estas preguntas en este apartado.

Imagina que una persona llega un día a un hospital con un hueso roto y que el médico le pone un vendaje superficial y le da unos analgésicos, pero no le pone una escayola. Y no lo hace porque el médico no sabe cómo poner una escayola. Es más, ni siquiera sabe que tiene la posibilidad de utilizar la escayola para curar un hueso roto porque nadie se lo ha enseñado y él no ha tenido el ingenio ni la inquietud de aprenderlo por sí solo. Se ha limitado a aplicar lo que le enseñaron en la universidad, y poner una escayola no entra en el temario de la carrera de Medicina de nuestra realidad hipotética. El paciente se irá a su casa con el remedio que le da el médico confiando en que este sabe lo que hace y seguirá las pautas indicadas. El brazo roto se soldará como pueda por sí mismo, con el riesgo de no soldarse bien porque no se le ha dado el remedio ni la solución adecuada. Hay muchas probabilidades de que ese paciente (nunca mejor dicho) decida ir a buscar remedios alternativos a lo que el médico le ofrece porque, a pesar de seguir a rajatabla sus recomendaciones, el hueso le sigue doliendo. El paciente terminará siguiendo las recomendaciones de otros médicos, supuestos especialistas, y de curanderos ajenos a la medicina que le recomendarán soluciones milagrosas y fórmulas mágicas para curarse de su dolor. Entre tanto experto es posible que haya alguno que sepa cómo poner una escayola y pueda ayudar de verdad, pero, como las probabilidades de que esto último ocurra son muy pocas, con toda seguridad el paciente tendrá que quedarse el resto de su vida con su dolor y con un hueso mal soldado.

Algo similar a lo explicado en este ejemplo es lo que está ocurriendo en la psicología desde el comienzo de su historia. Millones de personas en todo el mundo buscan asistencia psicológica porque tienen un malestar o un dolor emocional o psicológico, equivalentes al hueso roto del ejemplo. Y ahí se encuentran con que los supuestos especialistas les dan el equivalente a los analgésicos y les ponen el equivalente a una venda cuando lo que las personas solicitan es una atención que va mucho más allá, que requiere unos conocimientos que la mayoría de los psicólogos no tienen.

A pesar de la importancia y la recurrencia del trauma y de los trastornos de apego en todo el mundo y a lo largo de toda la vida de las personas, en la carrera de Psicología apenas se estudian. El trauma es una materia que se enseña de forma tangencial o secundaria, y a menudo formando parte del trastorno de estrés postraumático, que es un diagnóstico creado por las clasificaciones de trastornos mentales mundiales. No se profundiza ni se le da la importancia que tiene. Y no solo en España, esto ocurre en muchos países del mundo. Y no solo en el grado de Psicología, sino tampoco en los másteres ni cursos de posgrado, ya sea en las universidades públicas o en las privadas. Es decir, en algunas universidades sí se estudia el apego, por ejemplo, pero de forma teórica exclusivamente, y las fórmulas que nos dan para tratar sus trastornos son inocuas. Si uno se quiere formar bien es estas áreas, tiene que hacerlo de forma personal, fuera del circuito académico, eligiendo entre la poca oferta que existe al respecto.

Sin contar con que buscar formación en trauma es algo que la mayoría de los psicólogos no van a hacer, porque no saben que tienen que hacerlo. Nadie se lo ha enseñado y no les suele generar curiosidad.

Que un psicólogo no sepa lo que es el trastorno de apego o el trauma le impide hacer bien su trabajo con la mayoría de sus clientes, puesto que ambos subyacen a la mayoría de las etiquetas que hoy consideramos clasificaciones de trastornos mentales. A muchos psicólogos, de hecho, les habrá sorprendido la información sobre trauma o sobre las violencias sexuales a menores que he descrito aquí, porque tampoco reciben formación es esta área. Los abusos sexuales en la infancia no se mencionan en las universidades.

La teoría dominante en la psicología desde hace casi cien años es la cognitiva-conductual (CC), que muchos psicólogos ya hemos comprendido que no sirve para gran cosa, pero que es lo que se impone por obligación a todos aquellos que estudian Psicología. La CC es un tipo de terapia que trabaja con la mente y la conducta del individuo, cuyos aspectos pretenden cambiar a base del aprendizaje del control de la conducta o de la generación de pautas de comportamiento diferentes a las habituales. Es lo que ellos llaman reestructuración cognitiva. Estas terapias, que se dividen y se subdividen a su vez en una miríada de otras técnicas que enseñan a su vez nuevas versiones de las antiguas pautas, son inocuas en lo que respecta al trauma y bastante inútiles en lo que respecta al trastorno de apego.

Por si la inutilidad de la cognitivo-conductual en estas áreas fuera poco, desde hace unas décadas, tenemos que soportar además la simpleza y la trivialidad de la psicología positiva, otra panacea para aprovechados que se ha mostrado persistentemente incapaz de solucionar los problemas de las personas, pero que vende muchos libros.

Hablaremos más adelante y en detalle de la psicología positiva y de muchas otras cosas que tienen más que ver con el pensamiento mágico que con el pensamiento lógico. De momento, explicaremos que en la primera línea de fuego del frente de la psicología positiva estaría todo lo que tiene que ver con el constructo autoestima.

Es importante comprender que, cuando las mujeres hablan de autoestima, en realidad están hablando de apego. Al no comprender nada sobre los trastornos de apego y su influencia en la vida adulta de las personas, estos suelen etiquetarse a menudo como una falta de autoestima por los psicólogos. La autoestima baja sería un reflejo exterior de los problemas de apego internos que tienen las mujeres. Y puesto que no hay profesionales bien preparados que saquen a estas mujeres de su error, muchas pasan la vida buscando la fórmula perfecta que las ayude a aumentar su autoestima mágicamente y que las saque de la incomodidad y el malestar que provoca el trastorno de apego. 

Con respecto a los profesionales psicólogos, limitarse a decir que una mujer tiene baja autoestima ante un trastorno de apego es minimizar un problema que puede llegar a ser bastante grave. Intentar tratarse en terapia un trastorno de apego como si fuera un sencillo problema de autoestima no solo no regula el apego, sino que puede generar problemas adicionales.

La propia comunidad psicológica bombardea a las mujeres todo el tiempo con la idea de que sus problemas se basan en una baja autoestima y que es fácil reforzarla con unos sencillos ejercicios y siguiendo unas pautas. Al mismo tiempo, se obvia la información realmente importante y se mantiene incluso a los propios psicólogos en la ignorancia. En este contexto será muy difícil que las mujeres lleguen a conseguir la información auténtica sobre sus problemas psicológicos y, por lo tanto, será casi imposible que puedan llegar a encontrar la solución a estos problemas.

Para ilustrar este argumento, me gustaría explicar aquí el caso de una mujer que me llamó por teléfono en una ocasión pidiendo información sobre mi terapia. La muchacha solicitaba atención terapéutica para poder desarrollar unas pautas para fortalecer su autoestima porque, según ella, era lo único que le quedaba ya por terminar en su proceso terapéutico. Al parecer había sufrido situaciones traumáticas, y, siempre según ella, eso ya había quedado solucionado y le quedaban por arreglar simplemente unos pequeños problemas de autoestima.

Digamos que, después de hacer terapia para solucionar un trauma, el problema de apego debería haber quedado resuelto también, o bien la terapia debería continuar en la dirección de solucionarlo. Los trastornos de apego son resistentes y suelen ser lo último que se trata cuando hay trauma puesto que este es siempre prioritario. Lo que intento decir es que, si de verdad aquella mujer se hubiera tratado el trauma, no necesitaría llamar a una segunda psicóloga para desarrollar pautas para la autoestima; su propia psicóloga la habría ayudado a gestionar el apego después de haber resuelto el trauma. Pero ni la psicóloga ni la clienta sabían nada de trauma ni de apego, y de ahí que la mujer siguiera buscando, después de años en terapia, una fórmula para solucionar lo que ella llamaba problemas de autoestima. Para mí, nada de lo que me explicaba tenía sentido, y más cuando en la propia voz de ella al teléfono yo ya podía percibir que el trauma, que ella afirmaba que había solucionado, en realidad seguía intacto y a pleno rendimiento en su cerebro. ¿Acaso se puede percibir el trauma en la voz de una persona sin verle siquiera la cara? Por supuesto que se puede.

La voz está regulada por el sistema neuroendocrino, que es el sistema que se ocupa también de la producción de hormonas y de la gestión de las gónadas (ovarios y testículos). Sabemos, además, que el sistema neuroendocrino es muy sensible al estrés y que, ante eventos estresantes, como puede ser una experiencia traumática, se puede ver seriamente afectado. La desregulación del sistema neuroendocrino puede acarrear problemas en todos los sistemas y órganos que a su vez dependen de él, incluyendo las cuerdas vocales. Las cantantes profesionales se abstienen de cantar en el período premenstrual. Y lo hacen así para no comprometer el canto con los cambios que genera en la voz la actividad hormonal en esa etapa del mes. Todos hemos oído hablar también de los castrati, varones castrados antes de la pubertad para que sus voces no maduren y puedan así conservar la textura y el sonido de las voces agudas de los prepúberes. En pocas palabras, la calidad y madurez de la voz depende del bienestar del sistema que gestiona las hormonas, esto es, del sistema neuroendocrino.

Cualquiera que haya trabajado lo suficiente con personas traumatizadas habrá comprobado que muchos de ellos, a pesar de ser adultos, siguen manteniendo voces infantiles. Esto es cierto sobre todo para las víctimas de abuso sexual en la infancia, puesto que aquí todo el sistema reproductivo, las gónadas y en general la función reproductiva y sexual se ven afectados a causa de la violencia sexual que supone el abuso. Al igual que el resto del sistema nervioso, el sistema neuroendocrino en estas víctimas tampoco madura y, por lo tanto, todo aquello que dependa de este sistema quedará también condicionado a esta inmadurez.

Esto que explico aquí no es una fórmula matemática, no les ocurre a todas las personas supervivientes de abusos o traumatizadas en general, pero es una hipótesis de trabajo que yo utilizo para medir el trauma en mis pacientes.

Así pues, continuando con mi ejemplo, me encontré al teléfono con una mujer que afirmaba haber superado un trauma con una inmadurez en la voz que afirmaba justamente lo contrario. Por supuesto, no entendió la explicación que le di y el tipo de terapia que le ofrecí, y decidió no hacer la terapia conmigo. Supongo que siguió buscando a un psicólogo experto en autoestima.

Las experiencias personales en consulta terapéutica de millones de personas en todo el mundo nos muestran que ni el trauma ni el trastorno de apego pueden quedar solucionados siguiendo pautas de comportamiento, de restructuración cognitiva o de control de impulsos (o de lo que sea). Y esto es así porque cuando hablamos de trauma y apego no hablamos de perturbaciones causadas en la mente, ni siquiera en la cognición, sino de perturbaciones causadas en el sistema nervioso.

Como ya hemos explicado, las experiencias traumáticas no se integran en el cerebro como el resto de las experiencias porque desbordan al sistema. La solución a estos problemas está en el reprocesamiento de ese trauma. Cuando hablamos de reprocesar —o de integrar—, hablamos de generar un cambio a nivel neurológico que lleve a la terminación de esa integración que se quedó a medias en el momento del trauma.

Explicamos también que el trauma provoca una desregulación que genera unos síntomas externos visibles. Estos serían los síntomas que después las personas traen a consulta. Por ejemplo, la depresión, la ansiedad, el insomnio, las dependencias emocionales, las adicciones, las fobias, etc. Y aunque estos síntomas se miden por la conducta, no desaparecen corrigiendo esta.

Los cambios que genera el trauma en el cerebro son físicos y son medibles con escáner cerebral. Si queremos reprocesar ese trauma y ayudar a ese cerebro a recuperar sus funciones y su estado natural, tenemos que utilizar técnicas que afecten directamente al cerebro físico y al resto del sistema nervioso. Esto es, a las neuronas, a los nervios y a las estructuras de las que se compone, y no solo a la conducta, siendo esta solo el efecto visible de lo que ocurre en el sistema nervioso.

Las terapias arcaicas basadas solo en contarle tu vida y tus problemas al psicólogo no funcionan porque, aunque hablar también está vinculado al cerebro y conlleva un trabajo específico a nivel neural y organístico, si solo hablamos, el procesamiento de los aspectos del trauma vinculados a lo no verbal quedará sin resolverse. Y gran parte del trauma es no verbal.

En pocas palabras, tenemos que generar una serie de cambios neuronales que corrija las conexiones patológicas y las sustituya por conexiones sanas; y para que estos cambios neuronales tengan lugar, hay que generar primero una activación en el sistema nervioso y una secreción de hormonas, y para eso hay que hacer algo más que hablar. Es cierto que explicar de viva voz una experiencia traumática puede generar activación neuronal, pero si permitimos que se genere esa activación y luego no hacemos nada para integrar las emociones que la acompañan, podemos incluso retraumatizar al paciente.  

En una sesión de terapia cognitivo-conductual se busca que el paciente logre controlar por la voluntad las reacciones que acompañan al recuerdo del trauma, como si tal cosa fuera posible. Te instan a que pienses que ahora estás aquí y que la experiencia terminó, a pensar en positivo, a llevar a cabo una serie de pautas mentales para tranquilizarte y a razonar que nadie se muere por tener un ataque de pánico. Pero ni te ayudan a que desaparezcan las reacciones ni lo aprovechan para integrar la experiencia original que provocó el trauma en primer lugar.

En una sesión con una técnica neurorreprocesadora se aprovecha la aparición de cualquier activación nerviosa para integrar la experiencia y las emociones de pánico asociadas. Lo mismo con cualquier otra emoción o desequilibrio emocional vinculado al trauma, así como los comportamientos desadaptativos[5], la depresión, la ansiedad, las fobias, las adicciones, etc.

Por otro lado, la integración del trauma implica la segregación de hormonas hasta el final. Es decir, cuando conseguimos completar o integrar el hecho traumático, el sistema nervioso segrega dopamina, la sustancia propia del triunfo de haber conseguido algo. Esto refuerza el logro y ayuda al cerebro a acostumbrarse a buscar ese tipo de experiencias en lugar de seguir repitiendo compulsivamente las experiencias desadaptativas. Estas son el tipo de respuestas que tienen la capacidad de cambiar la vida de las personas, porque generan los cambios que se necesitan en el sistema nervioso.

Y no es que tengamos que poner a nuestros clientes en la tesitura de tener una reacción de pánico en cada sesión para poder integrar el trauma. Esto es simplemente un ejemplo para que el lector entienda las graves limitaciones de las terapias que se ocupan de la mente, pero que no se ocupan del cerebro.

Muy a menudo aparecen ante mí personas cuyos traumas son visibles a simple vista. Supervivientes de abusos sexuales en la infancia; personas que han sobrevivido a las violencias físicas más terribles, a los peores accidentes, y cuyas secuelas son tan evidentes que uno no tiene más que mirarlos atentamente o intercambiar con ellos unos segundos de conversación para deducir lo evidente: que son personas traumatizadas. Sin embargo, uno de los argumentos más comunes entre ellos es que ya han visitado a diferentes profesionales y ninguno ha sabido ayudarlo apropiadamente.

Y yo los creo. Sé que esto es así porque a mí me ocurrió lo mismo. Esto no es algo que haya ocurrido a cuatro usuarios con problemas específicos difíciles de tratar. Es la tónica dominante que pasen años antes de que las personas traumatizadas puedan llegar a encontrar ayuda para sus problemas, si es que llegan a encontrarla. Aunque en el pasado era peor. Ahora ya se pueden encontrar psicólogos que se han puesto al día y han incorporado a su práctica las técnicas neurorreprocesadoras.

De algún modo, la psicología somete a las víctimas de trauma a un peregrinaje incesante e inútil, de psicólogo en psicólogo, que no ofrece ni garantías ni resultados, que agota a los usuarios, que les hace perder el tiempo y la confianza en la psicología, que puede incluso agravar los síntomas y las secuelas y que los lleva a veces a tomar decisiones extremas o radicales, entre las cuales se encuentra el suicidio.

Así las cosas, tenemos que muchas mujeres no buscan ayuda psicológica para sus problemas, pero incluso aquellas que buscan no suelen encontrar una ayuda de calidad que las ayude de verdad. En ese sentido, y puesto que las mujeres necesitamos mucha más ayuda terapéutica que los hombres, se puede decir que la psicología ha fallado y sigue fallando a las mujeres de forma escandalosa. Las mujeres estamos condenadas a estar desequilibradas a causa del atraso y el estancamiento de la psicología a la hora de tratarnos. Esto genera unas consecuencias nefastas en nuestras vidas que acaban afectando a toda la sociedad, como vamos a ir viendo.

 


Comentarios