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El universo de Gabriela

El universo de Gabriela

14-02-2021

Juvenil/Infantil cuento o relato

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En su duodécimo cumpleaños, Gabriela recibe un sorprendente regalo que la adentrará en los misterios de un universo completamente desconocido. Simultáneamente, sin embargo, recibirá la noticia más triste de su vida.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

1

Gabriela recibió muchos regalos el día de su decimosegundo cumpleaños. Su madre organizó una gran fiesta, a la que asistieron sus primas y las mejores amigas del colegio; incluso contrató a un joven mago que hizo las delicias de las niñas con sus números de prestidigitación. Aun así, Gabriela no fue feliz en aquel día tan especial. Y no lo fue porque su padre, Luis, se hallaba fuera del país por razones de trabajo. ¡Y ni siquiera se había tomado la molestia de dejarle un regalo por anticipado! Gabriela se sintió profundamente decepcionada. Adoraba a su padre, y este jamás la había defraudado con anterioridad.

Marta, la madre de Gabriela, trató de consolarla asegurándole una y otra vez que su padre no la había olvidado; que jamás podría olvidarla, ya que él siempre hacía todo pensando en su única y querida hija. También tuvo que repetirle varias veces que si no la había llamado aún para felicitarla era porque, probablemente, estaría incomunicado a causa de algún temporal. El remoto lugar en el Pacífico al que había tenido que viajar para cerrar una importante venta de su empresa, era conocido por sufrir huracanes y tempestades en esa época del año; y justo había una tormenta muy fuerte prevista para aquel día. En cuanto al regalo, Marta le recordó a Gabriela que su padre había prometido antes de partir que le traería del extranjero el regalo de cumpleaños más espectacular y sensacional que padre alguno le hubiese dado jamás a una hija.

En realidad, las explicaciones de su madre solo sirvieron para alimentar los temores de Gabriela, que a partir de ese instante se preocupó más por la suerte que pudiera haber corrido su padre atrapado en medio de una cruel tempestad que por su ansiado regalo. Durmió muy mal aquella noche, y al día siguiente, un domingo luminoso, no despertó hasta que su madre abrió ruidosamente la puerta de la habitación y entró hablando muy alto por su teléfono móvil.

—Enseguida te paso con ella, Luis. Tu hija despertó hoy muy remolona; aquí ya es mediodía y ni siquiera se ha levantado para desayunar.

A Gabriela se le quitó el sueño de repente, saltó de la cama de un brinco y le arrebató el teléfono a su madre:

—¡Buenos días, papá! ¿Qué hora es ahí? ¿Estás en una isla? ¿Ya me has comprado ese regalo tan maravilloso que me prometiste?

—Ja, ja, ja —rio Luis al otro lado de la línea. A miles de kilómetros de su hogar, se sentía feliz de poder escuchar la voz de Gabriela y satisfecho al comprobar que su hija seguía haciendo gala de su alegre espontaneidad—. En cuanto a la hora, debes saber que aquí ya son las cuatro de la tarde. Y en cuanto al regalo, realmente no te he comprado ninguno; pero antes de que te pongas hecha una furia, te diré que no te he comprado nada porque, milagrosamente, el regalo perfecto para ti me lo encontré esta mañana paseando por la playa. Es como si el regalo me hubiese encontrado a mí, en lugar de yo a él.

Gabriela empezaba a desconfiar de lo que estaba escuchando. Un regalo encontrado a orillas del mar no le parecía ni de lejos el regalo soñado. Luis supuso acertadamente lo que estaba pensando su hija, pero continuó contando la historia convencido de haber acertado plenamente con su decisión:

—Sé que suena muy extraño, pero nada más descubrirlo supe que era algo que te encantaría tener. Verás, cuando me desperté hoy quise comprobar con mis propios ojos los estragos que la tempestad había causado en los alrededores del hotel; así que bajé a la playa y me encontré allí con un paisaje desolador. La marea había arrastrado hasta la orilla corales arrancados del fondo marino, marañas de algas de varias especies, conchas marinas y restos de embarcaciones cuyos dueños no habían podido refugiarlas a tiempo en puerto seguro. De repente descubrí una caja, aparentemente de metal, semienterrada en la arena, sobre la cual caminaban con parsimonia algunos cangrejos. La caja era rectangular, muy alargada; en su superficie había dibujados signos y símbolos muy extraños que fui incapaz de reconocer como pertenecientes a ninguna lengua conocida. Bueno, al menos ninguna que yo conozca. Como te estarás imaginando, me asaltó una curiosidad inmensa por saber qué había dentro de la caja…

—Yo no podría haber pasado de largo sin saber qué contenía —dijo Gabriela interrumpiendo el relato de su padre, el cual había captado ya su atención por completo.

—Ja, ja, eso me imaginé —dijo Luis riéndose abiertamente—. Así que saqué la caja de la arena, me alejé de la orilla y me senté sobre una gran roca para abrirla con tranquilidad.

—¿Y qué había en la caja, papá?

—Ja, ja, ja. No pienso revelártelo, angelito mío. Quiero que sea una sorpresa cuando la abras.

—¿Y cuándo vuelves? Estoy deseando ver ese regalo misterioso —dijo enfurruñada Gabriela.

—Lamento tener que hablarte de esto, pero la empresa me ha pedido que viaje a Australia urgentemente para resolver un problema imprevisto que ha surgido con una de nuestras sucursales. Estoy realizando gestiones para contratar una avioneta de alquiler que me lleve hasta Sidney. Pero no protestes todavía, pues te diré algo que te consolará un poco; antes de llamarte hoy fui a la oficina de correos local y te envié un paquete certificado y urgente a tu nombre. Dentro del paquete va tu regalo. En la oficina me aseguraron que te llegará en tres días, aproximadamente. Así que no tendrás que esperar tanto ¿No es emocionante?

Tres días de espera para averiguar qué había dentro de aquella caja eran toda una eternidad para Gabriela en aquellos momentos. Además, aunque no se lo mencionara a su padre, para demostrarle que seguía enfadada con él, tenía más ganas de verlo a él que a su regalo, por muy enigmático que este fuera.

Después de aquella llamada, Gabriela no pudo concentrarse demasiado en la escuela. Al día siguiente, cuando regresó a casa, lo primero que hizo fue comprobar si el cartero había dejado un paquete o algún documento de recogida en el buzón. Aunque su padre le había dicho que el paquete tardaría unos tres días en llegar, albergaba la esperanza de recibirlo con anticipación. Pero el segundo día, cuando vio que tampoco había nada en el buzón, excepto inútiles folletos de publicidad, su esperanza comenzó a transformarse en ansiedad. Aquella noche apenas pudo dormir; una y otra vez especulaba con el posible contenido de la caja misteriosa. ¿Cuál sería su regalo? A veces pensaba que seguramente sería una solemne tontería y se deprimía; otras veces, en cambio, se imaginaba que al abrirla encontraría algo que la haría inmensamente feliz, aunque ni siquiera su fértil imaginación podía decirle qué clase de regalo podía estar a la altura de sus expectativas. Finalmente, cuando se quedó dormida, soñó que al abrir la caja su padre salía de ella, y diciéndole que nunca más se iría de viaje, le daba un cálido e intenso abrazo.

Al despertar comprendió lo que significaba aquel sueño. Ningún regalo material la haría tan feliz como volver a estar junto a su padre. Más relajada que en los días precedentes, tuvo un día productivo en la escuela; aprobó un examen de matemáticas y obtuvo una excelente calificación en la prueba de gimnasia. Poco después del mediodía, el director la mandó llamar para que se presentase en su oficina. Gabriela acudió convencida que alguien la había visto colándose por una ventana de la biblioteca el último sábado por la tarde, cuando el colegio estaba cerrado. Si alguien la había acusado al director por una tontería así, pensaba explicarle que no había podido esperar hasta el lunes porque necesitaba comprobar con urgencia si un dato que acababa de ver en un documental sobre el cosmos era o no cierto. Ni siquiera internet la había sacado de dudas, así que colarse en la biblioteca era lo único que podía hacer. Algunos compañeros no comprendían esa clase de cosas extrañas que caracterizaban a Gabriela, considerándola una niña rara, cosa que a esta no le importaba en absoluto. Mientras sus padres la aceptasen como era y comprendiesen su fascinación por el universo, un universo infinito, hermoso y misterioso que le interesaba profundamente desde que tenía uso de razón, ella sería feliz.

Todos esos pensamientos se desvanecieron de un soplo cuando abrió la puerta del despacho del director. El tío Víctor y la tía Sonia estaban de pie junto a la ventana que daba al patio de recreo, hablando en voz baja con el director. Los tres estaban pálidos y con expresiones muy tristes. Cuando la tía Sonia vio entrar a Gabriela no pudo contener las lágrimas y corrió a abrazar a su sobrina con todas sus fuerzas.

A partir de ese instante, Gabriela pareció perder la noción de la realidad, sumergiéndose en una nube de tristeza y profundo dolor. Como si fuese una sonámbula, sus tíos se la llevaron de allí ante la mirada compasiva del director, mientras le hablaban de un accidente aéreo, le prometían que su padre la estaría cuidando toda su vida desde el cielo y le decían que debía ser muy fuerte en adelante porque su mamá la iba a necesitar muchísimo. La sensación de que nada de aquello estaba sucediendo en realidad aumentó al llegar a casa, cuando Gabriela se vio rodeada por familiares, vecinos y personas desconocidas que, enterados del fatal accidente, trataban de consolarla con palabras tiernas y gestos amables. Marta, que no se separó de su hija ni un solo momento en todo el día, terminó sacándola del torbellino de idas y venidas en el que se había convertido el salón; la acompañó hasta su habitación y la acostó como hacía cuando era más pequeña.

—Mamá, ¿por qué papá nos ha dejado solas? Es muy injusto —murmuró Gabriela mientras dejaba que Marta le acariciara el pelo y le besara la frente. La lámpara de la mesita de noche iluminaba su rostro cansado y humedecido por las constantes lágrimas derramadas.

—Hija, no debes torturarte con preguntas que no tienen respuestas. Algún día entenderás que la vida es así de difícil en ocasiones. No voy a engañarte, el dolor que sientes ahora permanecerá en tu corazón para siempre, pero también puedo asegurarte que sentirás el amor de tu padre dentro de ti toda tu vida. Quizá ahora creas que tu padre te ha abandonado, pero solo lo ha hecho su cuerpo; su espíritu te acompañará, nos acompañará toda la vida. Sé que en este momento no lo entiendes, pero a medida que crezcas lo harás.

Gabriela no dijo nada. Ciertamente no lo entendía. Seguía enojada con su padre y estaba convencida de que nadie en el mundo comprendía cuán profunda era la pena que aplastaba su joven pecho. Hundió la cabeza en la almohada, y después de llorar desconsoladamente durante un rato, giró su cuerpo hacia el otro lado de la cama. Al hacerlo, sus ojos enrojecidos se posaron en un paquete con forma alargada que estaba apoyado sobre la pared, debajo de la única ventana de la habitación. Al instante supo que aquel paquete era el regalo que su padre le había enviado por correo antes de morir. ¿Pero cómo era posible que no hubiese reparado en él, siendo como era un objeto tan voluminoso y llamativo?

—Mamá. ¿Desde cuándo está esa caja ahí? —preguntó sollozando.

Marta miró al paquete y lanzó un suspiro.

—Lo trajeron esta mañana muy temprano. Poco antes de saber... ¿Por qué no lo abres? A papá le encantaría que lo hicieras ahora mismo, estoy segura de ello. Él no quiere verte triste; solo era feliz cuando veía a su querida hijita contenta y sonriente.

Pero Gabriela no quiso escuchar las razones de su madre. Se tapó la cara con la almohada y continuó llorando hasta que el cansancio pudo más que su pena y se quedó dormida profundamente.

Los días fueron pasando sin que Gabriela sintiera deseos de abrir el paquete. Pero la vida sigue su curso natural, y paulatinamente comenzó a pensar cada vez más en las cosas cotidianas y menos en los recuerdos dolorosos. Un día se sorprendió a sí misma riéndose con sus compañeras de clase y se sintió culpable por ello. Pero entonces recordó lo que su madre le había dicho y comprendió que ella tenía razón. Siempre la tuvo. A su padre le encantaba verla reír. Que estuviese muerto no cambiaría eso jamás.

Aquella misma tarde, al volver del colegio, Gabriela subió corriendo la escalera que llevaba a su habitación y abrió el paquete. Antes del accidente, Gabriela había soñado con un sinfín de objetos diferentes que podía haber encontrado su padre en la playa. Pero lo que había dentro del paquete no se le había pasado por la imaginación. ¿Quién podría haber sospechado que sería un telescopio?

¡Un telescopio! Indudablemente lo era, aunque a simple vista se advertía que se trataba de un telescopio bastante peculiar. Para empezar, tenía inscripciones bastante extrañas a lo largo del tubo; signos y símbolos que no se correspondían con ningún idioma que a Gabriela le resultase conocido, ni siquiera vagamente. Era tal como su padre le había dicho. La lente se asemejaba al ojo de una mosca, dividida como estaba en múltiples facetas con forma hexagonal; y del pequeño ocular a través del cual Gabriela supuso que debería contemplar el firmamento salía un suave resplandor azulado.

¿Quién habría fabricado aquel instrumento tan extraño?, se preguntó. ¿Sería la misma persona que lo había extraviado en el mar? ¿Alguien lo había arrojado deliberadamente a las aguas porque se trataba de un objeto peligroso, un arma o peor aún, un talismán maldito? La imaginación de Gabriela echó a volar después de una época en la que solo había tenido tiempo para los sentimientos negativos. Como no había medio alguno de comprobar las teorías que su mente elaboró sobre el posible origen del telescopio, la niña estimó que lo mejor que podía hacer era montar el aparato sobre el trípode que lo acompañaba y ver si funcionaba correctamente. Ella había usado ya varios telescopios durante el campamento de verano el año anterior, así que se consideraba ya toda una experta. De aquel campamento había vuelto más fascinada aún con la astronomía, así que su padre le había prometido que algún día construirían juntos un pequeño observatorio para aficionados en el jardín y que harían allí acampadas nocturnas las noches de verano. Seguramente fue esa promesa la que llevó a Luis a considerar que el telescopio encontrado tras la tormenta sería el regalo perfecto para su hija.

Para salir de dudas, sin embargo, debía esperar a que anocheciera. Mientras el sol se ocultaba, Gabriela se dedicó a observar bien cada detalle del instrumento tratando de familiarizarse con él; rescató un libro de astronomía de la estantería y consultó varias páginas de internet especializadas en el tema. Cuando llegó la hora de la cena, bajó precipitadamente al comedor y le contó a su madre todo lo que había estado haciendo en su habitación. Hablaba apasionadamente y sin pararse apenas para respirar. Marta asentía con la cabeza a cuanto decía su hija sin interrumpirla; estaba encantada de verla tan entusiasmada y vitalista por primera vez en mucho tiempo. Mientras servía la sopa para ambas pensó en su marido fallecido y le dio las gracias mentalmente por haber tenido la genial idea de enviar un regalo tan fantástico.

Después de cenar, Gabriela subió inmediatamente a su habitación y fue directamente hacia el telescopio. Ya era completamente de noche y en el cielo que se veía desde la ventana destacaba una espléndida luna en fase de cuarto creciente. Hacia ella apuntó Gabriela el telescopio con impaciencia, y luego la observó a través del ocular. Al hacerlo se llevó la mayor sorpresa de su vida, porque el telescopio no solo funcionaba perfectamente, sino que además tenía una capacidad de aumento y nitidez fuera de lo común. Su poder de resolución era tan asombroso que la niña pudo ver el fondo de los cráteres como si estuvieran a menos de un metro de distancia de su habitación. Tuvo la tentación de alargar una mano y coger un puñado de polvo lunar. Durante un buen rato se dedicó a hacer un barrido de los valles, las llanuras y acantilados del satélite.

De repente, lanzó un gritito de satisfacción porque sus ojos se habían topado casualmente con lo que parecía ser uno de los viejos módulos lunares abandonado por los astronautas durante el primer viaje a la Luna, varias décadas atrás. El telescopio era tan potente que pudo leer sin ninguna dificultad las letras identificativas del módulo dibujadas en sus paneles. Incluso pudo contar una a una las estrellas de la bandera estadounidense clavada en el suelo cerca de la nave. Gabriela se disponía a mover el telescopio con la intención de seguir hallando cosas interesantes cuando su corazón dio un vuelco que casi le hizo desmayarse del susto. ¡Había visto una figura bajando los peldaños de la escala del módulo lunar! La silueta desapareció detrás de la nave momentáneamente, y la niña pensó que tal vez solo había sido víctima de una ilusión óptica o pudiera ser que un defecto en la lente del telescopio le hubiese jugado una mala pasada; pero entonces la figura rodeó la nave y reapareció por el otro lado caminando como si tal cosa.

Gabriela no daba crédito a lo que estaba viendo. Si ya de por sí era increíble haber descubierto a un ser vivo donde era imposible que lo hubiese, lo más inaudito era que no se trataba de ningún astronauta humano. Ni siquiera era un robot controlado por alguna agencia espacial. La criatura que se desplazaba por el campo de visión del telescopio se parecía más bien a un lagarto regordete, sin cola, que caminaba a dos patas y tenía pelo —rubio por más señas—, en la cabeza. Más llamativo aún era que el lagarto vistiese con una camiseta playera, pantalones cortos y sandalias de color rojo. En sus manos llevaba una revista y unas gafas de sol.

Superada la impresión inicial, y aunque seguía muy excitada por su fascinante descubrimiento, Gabriela se dedicó a espiar los movimientos del lagarto. ¿Cómo había llegado hasta la Luna?, ¿De qué planeta vendría? Porque estaba claro que aquel lagarto no procedía de la Tierra. ¿Dónde se había visto que un lagarto terrestre vistiese como cualquier bañista en vacaciones? El caso es que aquel especimen de otro mundo parecía sentirse muy a gusto en aquel ambiente inhóspito y desierto. ¿Cómo podía sobrevivir allá arriba sin llevar ningún traje de protección? Muy cerca del módulo lunar colocó una hamaca plegable de lona, una mesita con refrescos donde no faltaban varias bandejas de aperitivos y una sombrilla que arrojaba su sombra sobre la hamaca.

Gabriela no era ninguna experta en vida extraterrestre. Ni siquiera estaba familiarizada con el comportamiento de los reptiles terrestres, más allá de haber visto algún documental en la televisión. Pero no hacía falta ser ningún erudito para deducir que aquel extraño lagarto estaba placenteramente instalado en la Luna. Esa era la única conclusión posible después de ver cómo se tumbaba en la hamaca, bebía varios sorbos de una de las bebidas que había sobre la mesa y, a renglón seguido, abría la revista y se enfrascaba en su lectura. Gabriela hubiera podido leer sin problemas lo que decía aquella revista de no ser porque las letras y símbolos en los que estaba escrita eran indescifrables para ella.

Pues sí, había una especie de lagarto extraterrestre viviendo en el Mar de la Tranquilidad, adoptando un viejo y abandonado módulo lunar como tienda de campaña. Gabriela estaba a punto de dejar de mirar por el ocular y llamar a su madre para que también ella admirase aquella escena tan surrealista cuando, inesperadamente, el lagarto apartó la revista de su cara, se quitó los lentes de sol y miró al cielo, descaradamente en línea recta hacia el telescopio que manejaba la niña. Era como si, de repente, se hubiera dado cuenta que alguien estaba espiando lo que hacía. ¡Pero eso era imposible!, se dijo a sí misma Gabriela, tratando de controlar sus nervios.

Entonces el lagarto se levantó de manera impetuosa, corrió hacia el módulo lunar y se introdujo en él precipitadamente. Poco después salió con un pizarrín y algo parecido a una tiza en sus manos. Gabriela seguía sus movimientos con el telescopio, asombrándose de que pudiese verlo todo con tanta claridad y precisión. ¿Qué era más increíble? ¿El impresionante alcance interplanetario del telescopio o que hubiese un lagarto de rubia cabellera correteando por la Luna?

De nuevo sentado en la hamaca, el lagarto escribió algo en el pizarrín; después le dio la vuelta y Gabriela pudo leer finalmente lo que había estado escribiendo. Lógicamente, la niña esperaba no entender nada de lo escrito, pues supuso que el lagarto se expresaría en una lengua extraña e incomprensible. Sin embargo, una vez más la situación volvió a sorprender a la niña, ya que el mensaje del pizarrín estaba escrito en su propio idioma. Y lo que decía el mensaje de tiza era lo siguiente:

«¿Por qué me miras tan fijo? ¿Nunca habías visto una entidad biológica como yo?»

Aquello era la prueba definitiva de que el lagarto la estaba viendo. De algún modo misterioso sabía que Gabriela lo estaba observando a través del telescopio desde cientos de miles de kilómetros de distancia. La niña apartó el ojo del telescopio y suspiró profundamente. Ella era inteligente y racional. Mentalmente analizó el mensaje y enseguida dedujo que el lagarto esperaba una respuesta a sus preguntas. Pero, ¿cómo se suponía que iba a responderle? Si ella escribía algo en su cuaderno, ¿sería capaz de leerlo y entenderlo el lagarto? No, aquello no tenía ningún sentido.

Justo en ese instante, el turista lunar borró el mensaje de tiza y escribió otro en su pizarra. Al voltearla, Gabriela leyó estupefacta:

«¿Tienes en tu poder un telescopio cuántico intergaláctico y no sabes cómo usarlo? Solo tienes que pulsar una vez el intercomunicador de hadrones y podremos hablar. Así oiré lo que tú digas y tú me escucharás a mí. No es tan complicado.»

Tan solo unos minutos antes, Gabriela le hubiera contestado a aquella extraña criatura que el sonido no se propaga a través del vacío. Pero lo que estaba viviendo le estaba enseñando que cualquier cosa, por increíble que pareciese, era posible en el universo. No obstante, ¿cuál de los numerosos y diminutos círculos similares a botones que tenía el telescopio activaría el intercomunicador de hadrones? Cada uno de esos botones circulares estaba marcado con símbolos extraños. Uno tras otro los fue pulsando para comprobar si el lagarto tenía razón. Cada vez que pulsaba un botón pronunciaba unas palabras a modo de saludo esperando la reacción del lagarto. Con los tres primeros no pasó absolutamente nada, y Gabriela se preguntó para qué servirían entonces. ¿Y si alguno de aquellos botones disparaba un rayo láser mortífero? Jamás se perdonaría si por ignorancia desintegraba al lagarto extraterrestre.

Al cuarto intento, sin embargo, surgió del interior del telescopio intergaláctico una voz metálica y chillona que respondió al saludo de Gabriela:

—Hola, desconocida. Mi nombre es Zimbú, y provengo del planeta Hybria. Me gustaría saber quién eres. Hasta hoy estaba convencido de que los telescopios que salieron del agujero blanco en la galaxia Flixo no habían llegado hasta este remoto rincón del universo.

Gabriela recibió la respuesta de inmediato, vulnerando de ese modo otro montón de leyes físicas habituales en la Tierra. La calidad de un sonido propagado a través del espacio vacío por el intercomunicador de hadrones era insuperable.

—Encantada de conocerlo, señor Zimbú. Mi nombre es Gabriela y le estoy observando con el telescopio que me regaló mi padre. Él se lo encontró en una playa, así que no sé decirle a quién pertenecía, lo lamento. Yo también quiero saber una cosa, señor. ¿En su planeta hablan mi idioma o lo aprendió para viajar al mío? Para mí es increíble que podamos entender lo que nos decimos el uno al otro.

—Jap. Aunque domino a la perfección más de cien idiomas del universo conocido, debo reconocer que no sé hablar en tu extraña e incomprensible lengua humana, Gabriela de la Tierra. Deduzco por tu voz que eres una de esas humanas a las que los terrícolas llamáis mujeres, ¿me equivoco? En fin, te diré que tú y yo nos entendemos gracias al traductor cósmico incorporado de serie al intercomunicador de hadrones. Es tan bueno que incluso traduce textos para que puedan ser leídos por el usuario, como has podido comprobar con tus propios ojos.

—Si, sí, pero lo que más me intriga, señor Zimbú, es saber cómo se dio cuenta de que yo le estaba observando. ¿Acaso me está viendo a simple vista desde la Luna?

—Jap, jap. Eres muy graciosa, ¿lo sabías? Una visión así solo la he visto en algunos halconitas que habitan en la nebulosa Yepi. Si yo he podido detectarte ha sido gracias a mis receptores de rayos pi. Tu telescopio emite unos rayos pi de gran potencia para poder enfocar su lente a la distancia precisa. Después de un rato apuntándome, mis receptores se volvieron completamente locos, alertándome de tu presencia. Eso es todo.

Cada respuesta que le daba el lagarto maravillaba aún más a Gabriela. Comenzaba a vislumbrar a través de ellas un universo nuevo e inexplorado, totalmente desconocido para los humanos. Sospechaba que los rayos pi o los halconitas de la nebulosa Yepi no eran producto de la imaginación de un lagarto extraterrestre que hubiese recibido una dosis demasiado alta de radiación ultravioleta, sino lugares y seres reales. ¿Podría verlos algún día con la ayuda del telescopio?, se preguntó excitada ante la mera posibilidad de lograrlo.

Daba la impresión que el señor Zimbú había viajado mucho por el universo y que estaba bien informado. ¿Se molestaría mucho si una niña de la Tierra lo bombardeaba a preguntas? A todo esto, aún no le había preguntado cuán lejos quedaba el planeta Hybria, de donde aseguraba proceder, y por qué había elegido la Luna para establecerse.

Gabriela decidió que no tenía sentido quedarse con las dudas y se atrevió a preguntarle directamente si se hallaba en la Luna de vacaciones. Aún no manejaba el telescopio con soltura, por lo que tuvo que repetir dos veces el mensaje antes que el lagarto entendiese.

—¿De vacaciones? Que las apariencias no te engañen. Soy un lagarto muy ocupado; mi mente nunca descansa—terminó por responder airadamente el señor Zimbú—. Simplemente estaba de paso por este sistema solar, cuando la computadora de mi nave espacial comenzó a presentar síntomas de estar afectada por el virus de la gripe cibernética. He llamado a una médica de computadoras para que la cure y por eso me quedé a esperarla en esta roca a la que llamáis Luna. Resulta que me gustan los sitios apartados y solitarios, y mira por dónde, me encuentra alguien que posee el único telescopio universal que debe haber en un año luz a la redonda.

Gabriela apartó su ojo del telescopio y exclamó contrariada.

—¡Pero qué mal genio tiene este lagarto! ¿Qué le he dicho yo para que se altere tanto?—. Sin embargo, pronto se calmó y, reflexionando un poco, tuvo que admitir que a nadie le gusta ser molestado ni espiado cuando quiere estar a solas. Ella era la entrometida y ni siquiera se había disculpado por ello. Al mismo tiempo, sentía mucha curiosidad por conocer mejor a Zimbú; así que debía ser muy amable y comprensible con él si quería obtener la información que buscaba.

Aguardó unos minutos y luego regresó al telescopio, apretó el botón del intercomunicador de hadrones y dijo:

—Señor Zimbú, discúlpeme, por favor. No ha sido mi intención molestarlo ni interrumpir su lectura. Pero ya que está tan lejos de su hogar, me gustaría invitarle para que venga a la Tierra. Si quiere, podría visitarme y le presentaría a mi madre. Ella cocina muy rico; si usted le dice lo que come, seguro que ella sabría prepararle un plato muy rico.

Gabriela ajustó un poco la lente para ver con más detalle los gestos del lagarto. Zimbú tenía expresiones muy humanas, su rostro reflejaba inteligencia y daba la impresión de que algo le preocupaba. Su pelo rubio le parecía muy gracioso a Gabriela. Tenía un corte de pelo muy original y estrafalario. No quería parecer petulante, pero en el planeta Hybria los peluqueros tenían un pésimo sentido de la moda. Precisamente en ese instante, Zimbú se rascó la cabeza, despeinándose. Su cara se relajó. ¿Cómo podía respirar en la Luna?, se preguntó Gabriela una vez más. Eran tantas las cosas que desconocía y que quería aprender...

—Agradezco tu invitación, señorita —dijo finalmente Zimbú—. Pero ya estuve una vez en tu planeta y no me lo pasé bien, francamente. Reconozco que tiene paisajes muy bonitos, y monumentos espectaculares, pero los lagartos terrestres son seres primitivos y muy agresivos. Tuve que escapar corriendo varias veces para evitar ser mordido por alguno de esos brutos.

—Lo entiendo. A mí tampoco me gustan mucho los lagartos —comentó Gabriela—. Me agradan más los gatos y los perros. Pero usted sí que me agrada, señor Zimbú. Parece muy culto e inteligente, no debería estar tan solo allá arriba.

A más de trecientos mil kilómetros del hogar de Gabriela, el lagarto se entristeció de forma muy visible al oír las palabras de la niña. En verdad la Luna era un lugar demasiado solitario. Y en verdad no estaba allí por gusto.

—Te diré algo, niña. No es tan bueno como crees ser culto e inteligente. Yo soy el más listo e instruido lagarto de mi planeta, modestia aparte. En realidad, soy el ser vivo con el coeficiente de inteligencia más alto del universo conocido. Jap, jap. Puedo demostrártelo, traje conmigo el título que lo certifica.

—Guau, eso es fantástico, señor Zimbú. ¿En serio es el más listo del universo? Yo me conformaría con ser la más lista de mi clase.

—Ya, ya, pero como te decía no es algo tan bueno como parece a primera vista. Cuando eres el más listo del universo todo el mundo te pide cosas. Continuamente. Algunos quieren que les des respuestas a problemas importantes de economía; otros te suplican que descubras vacunas contra nuevas enfermedades, que les diseñes medios de locomoción más eficaces o cohetes espaciales capaces de acercarse a las estrellas sin derretirse. ¿Sabes lo que eso llega a cansar? ¿No tienes idea, verdad? Pues yo te lo diré. Al final no tienes ni un segundo para tus propios pensamientos y solo oyes voces de extraños en tu cabeza pidiéndote que hagas algo por ellos. Por eso decidí aislarme y viajar solo por el universo. A nadie que conozca se le ocurriría buscarme en este rincón de la galaxia, ¿no crees? A menos que tú vayas contando por ahí que encontraste al sabio Zimbú.

—Oh, no tiene que preocuparse por eso, señor Zimbú. Jamás le diría nada a nadie. ¿A quién podría contárselo, además? No conozco a nadie fuera de la Tierra. Y si lo cuento aquí, nadie me creería. Ni siquiera mi mamá, a menos que usted quisiera hablar con ella y se convenciera de que no está soñando.

—Está bien. Te creo, Gabriela. Y ahora que nos hemos entendido, ¿por qué no te dedicas a observar otro punto del universo y me dejas un rato tranquilo? Quisiera dormir por lo menos hasta el próximo alineamiento con el planeta que vosotros llamáis Venus.

—De acuerdo —accedió Gabriela—. Pero dime antes hacia dónde puedo enfocar mi telescopio para ver algo que sea realmente extraordinario.

—Humm. Déjame pensar —dijo el lagarto de Hybria—. Ah sí, ya sé. Podrías darte un paseo por los anillos del planeta Xíope. En esta época está lleno de turistas espaciales recorriendo sus cien anillos.

—¿Qué tienen de especiales esos anillos? ¿Son como los de nuestro Saturno? —preguntó Gabriela muy interesada.

—Sí, son parecidos, pero los anillos de Xíope son artificiales. Los sembraron allí astroagricultores pertenecientes a una civilización extinguida hace más de un milenio. Los anillos están formados por partículas comestibles infinitamente deliciosas. Que yo sepa, hasta ahora se han identificado más de un millón de partículas con sabores diferentes, a cual más sabrosa. La leyenda dice que aún no se ha encontrado la partícula más sabrosa de todas, una partícula que haría feliz para siempre a quien tuviese la fortuna de comérsela, otorgándole además el don de la inmortalidad. Por eso los anillos de Xíope se llenan de recolectores procedentes de todos los rincones del universo cuando los dos soles que iluminan el planeta descongelan las partículas. Los turistas espaciales caminan entonces sobre los anillos, recolectándolas e incluso comiéndoselas allí mismo. Para alguien como tú resultaría muy entretenido ver la diversidad de razas y especies que acuden a los anillos de Xíope.

—¡Estoy deseando verlos, Zimbú! Dame las coordenadas y dejaré de espiarte. Te lo prometo.

—Muy bien. Pero déjame darte un consejo antes. No hables con ninguno de los turistas como has hecho conmigo. En la trayectoria entre la Tierra y Xíope se interpone un cinturón de asteroides infestado de piratas espaciales que rastrean continuamente todo tipo de señales electromagnéticas y gravitatorias. También tienen detectores de rayos pi; no son tan sensibles como los míos, pero no puedes fiarte de eso. Si interceptasen alguna conversación intergaláctica, podrías atraerlos hasta tu planeta, porque el intercomunicador de hadrones aumenta significativamente el flujo de rayos pi. Has de tener en cuenta que el telescopio cuántico intergaláctico es un objeto muy codiciado por piratas y contrabandistas espaciales. Piénsalo bien y comprenderás el porqué. Con un aparato como el tuyo se puede encontrar lo que sea en cualquier parte del universo. Un pirata, por ejemplo, podría descubrir gracias a él naves cargadas de orogel escondidas detrás de una nebulosa de carboncita. Ninguna presa valiosa se escaparía de sus garras.

—Está bien, ya lo he pillado —resopló Gabriela—. Nada de usar el intercomunicador de hadrones ni el traductor cósmico. Solo quiero saber algo más.

—¿Qué cosa?

—¿Cómo haces para respirar en la Luna sin casco ni traje de astronauta? ¿Acaso tienes superpoderes o algo parecido?

—Nada de superpoderes —respondió Zimbú impaciente—. Ya te he dicho que soy el lagarto más listo del universo. Uno de mis múltiples inventos es la pastilla respiratoria. Te tomas una y tu cuerpo contará con aire suficiente para aguantar varios meses en el espacio exterior. Además, la pastilla hace que tu cuerpo soporte la falta de presión durante varios días sin provocar efectos secundarios de ningún tipo. Y me llevé conmigo varias cajas repletas de pastillas, así que no tengo que preocuparme por ello en muchísimo tiempo.

—Sí que eres inteligente, Zimbú. En la Tierra no hay nadie, persona o animal, tan listo como tú. Ya, ahora te dejo dormir, como te prometí. No quiero parecer pesada. Cuídate, ha sido un placer conocerte. Espero volver a hablar contigo en otra ocasión.

—Yo también lo espero —dijo el lagarto con un tono sincero y amable—. Vuelve a enfocarme cuando me veas despierto por aquí y te hablaré de otros lugares del universo que pueden interesarte.


 


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