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Libros publicados

Amaya en 1º de Bachillerato

Amaya en 1º de Bachillerato

04-12-2017

Juvenil/Infantil novela

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Amaya es una chica de casi 17 años que va al colegio y a quien le encanta todo lo que tenga que ver con el espacio. En uno de los años más importantes de su vida conocerá el amor real y acudirá a un campamento espacial donde hará algo emocionante.

¡No te lo pierdas!

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Capítulo I

El colegio

Cuando iba al colegio la mayoría de las asignaturas eran aburridas para Amaya. No es que no entendiera lo que los profesores explicaban, lo hacía bien, ya que sus capacidades eran normales según el test que habían realizado a los alumnos de su curso. De acuerdo con los resultados, su cociente intelectual estaba en la media, pero se aburría cuando el profesor Tano de Ciencias de la Tierra les explicaba algo que ella ya conocía: el interior de la corteza terrestre formada por las cortezas oceánica y continental; o las capas de la atmósfera: la troposfera, la estratosfera, la mesosfera y la ionosfera; y otros conceptos que había leído en su propia enciclopedia sobre la naturaleza.

Aún recordaba cuando un comercial llamó a la puerta de su casa y con una simpatía arrolladora logró entrar, que sus padres escucharan durante más de dos horas sus explicaciones acerca de las innumerables ventajas de tener 12 libros en el estante de su mueble del salón y, finalmente, que compraran la enciclopedia.

Ciencias de la Tierra era una de sus asignaturas favoritas, especialmente el temario que tenía que ver con el espacio. Pero últimamente solía estar en babia más frecuentemente de lo que le hubiera gustado admitir, sobre todo en lo referente a Alan, el chico que se sentaba en la penúltima fila. Mientras se desarrollaban el 90% de las clases, parecía dedicarse a dibujar en una libreta de tapa dura de color azul, por lo que ella le observaba con incredulidad y se preguntaba qué clase de garabatos haría.

Alan y Amaya eran dos conocidos desde infantil. Ella estaba enamorada platónicamente de él desde el primer día que le había visto a la edad de seis años, mientras hacían figuritas de plastilina para el belén navideño. Con el paso de los años habían coincidido en la misma clase reiteradamente, pero ella no se había atrevido a hablarle, por eso, y ahora que cursaban primero de Bachillerato, en realidad lo único que tenían en común era que compartían el mismo aula.

Eran las diez de la mañana y la clase transcurría despacio.

Una hora después de su comienzo sonó el timbre para salir al patio donde los alumnos podían airearse un rato. Amaya solía quedarse en un cuadrante alejado de los deportes que practicaban algunos de sus compañeros: fútbol, baloncesto, e incluso voleibol, mientras solía observarlo algo inquieta, ya que no lograba imaginarse a sí misma practicando cualquier tipo de deporte que demandara movimiento.

Ella era más compatible con las actividades intelectuales, concretamente lo que tuviera que ver con la lectura de temas relacionados con el espacio.

Pasó el tiempo observando a sus compañeros mientras se comía un bocadillo de jamón que su madre le había preparado, solía llevar emparedados muy raros al colegio. Por ejemplo, ese día tenía uno de jamón con tomate frito y tortilla francesa.

En ocasiones, Estela, amiga de Amaya desde párvulos, le preguntaba qué comida había traído por mera curiosidad.

Ella contestaba divertida.

-          El bocadillo tiene al menos tres sabores, como siempre.

Media hora después de salir al patio, sonaba nuevamente el timbre para que los estudiantes entraran en clase.

Era la hora de inglés. El profesor Alfredo mandó leer un texto sobre los astronautas y el espacio exterior individualmente a los 32 alumnos, empezando por la fila que estaba más a su izquierda. Primero leyó Joaquín que era el alumno más gracioso de la clase y solía hacer comentarios apostillando a los profesores cada cierto rato, provocando la risa del resto. Comenzó a leer un texto de National Geographic sobre el universo:

“La teoría más conocida sobre el origen del universo se centra en un cataclismo cósmico sin igual en la historia: el big bang. Esta teoría surgió de la observación del alejamiento a gran velocidad de otras galaxias respecto a la nuestra en todas direcciones, como si hubieran sido repelidas por una antigua fuerza explosiva”.

Tras su lectura, siguió leyendo Emma, una chica extranjera que estaba allí gracias a un programa anual que permitía hacer un intercambio cultural de un estudiante español de 1º de Bachillerato con otro francés. Siete alumnos de la clase se habían apuntado, por ese motivo, en esa época el aula estaba repleta de estudiantes foráneos.

-          Tom, es tu turno – dijo el profesor.

El alumno extranjero tenía un rostro gatuno, con ojos pardos grandes, almendrados y expresivos, era realmente peculiar. Al menos eso pensaba ella. Y al mismo tiempo tenía un aire misterioso que hacía que ella quisiera conocerle mejor, aunque en realidad no habían cruzado ninguna palabra. Sentía una atracción inexplicable por él.  

Tom leyó en inglés y tradujo el fragmento que le tocaba.

-          En 1948 el físico ruso nacionalizado estadounidense George Gamow modificó la teoría de Lemaître del núcleo primordial. Gamow planteó que el Universo se creó en una explosión gigantesca y que los diversos elementos que hoy se observan se produjeron durante los primeros minutos después de la gran explosión o big bang, cuando la temperatura extremadamente alta y la densidad del universo fusionaron partículas subatómicas en los elementos químicos.

-          Tu pronunciación y traducción han sido perfectas –dijo el profesor.

-          Gracias, Alfredo – contestó él.

El acento afrancesado se notó al pronunciar la letra erre,  una leve sensación pastosa y nasal dejó su nacionalidad al descubierto.

Después leyeron Ana, Sara, Joaquín y quince más hasta que le tocó el turno a Amaya. Con un tono monótono leyó el fragmento y lo tradujo al castellano, por mandato del profesor:

-          “La teoría del big bang deja muchas preguntas importantes sin respuesta. Una es la causa original del mismo big bang. Se han propuesto muchas respuestas para abordar esta pregunta fundamental, pero ninguna ha sido probada, es más, una prueba adecuada de ellas supondría un reto formidable”.

Y así fueron leyendo todos y cada uno de los alumnos que se encontraban en la clase, sin excepción. Alfredo anotó en una hoja lo que parecía la puntuación de cada uno. Ya les había advertido a principio de curso que en ocasiones podría hacerles exámenes intermedios, tanto orales como escritos.

Cuando llegó la segunda hora del idioma, mandó a los alumnos ponerse por parejas para realizar un ejercicio escrito conjuntamente. Había que leer unas frases y rellenar los espacios en blanco con la palabra correcta. Las parejas las formó Alfredo, dando las siguientes indicaciones:

-          Os vais a emparejar por filas. Cada alumno se pondrá con su compañero de la izquierda. Sois pares y hoy no falta nadie.

Como sabéis, la asistencia cuenta un cinco por ciento de la nota, a no ser que la ausencia esté justificada con un parte escrito, por ejemplo, si tenéis que ir al médico, me lo traéis esa misma semana. Os lo comento para que lo sepáis, no quiero sorpresas – dijo con rigidez el profesor.

Amaya se sentía condicionada por la dureza académica, por lo que estaba deseando aprobar los cursos de Bachillerato para comenzar su etapa universitaria y gozar de autonomía real.

Cuando Alfredo colocó a los alumnos por parejas, a ella le tocó con Tom y no pudo evitar sentir repentinamente una horda de timidez que trató de reprimir colocándose un mechón de su largo flequillo caoba para tapar su frente y parte de su rostro.

Al mismo tiempo, vio cómo Alan se giraba hacia ella y la escrutaba con un gesto de decepción, o al menos eso había parecido.

Tom la saludó educadamente y se dirigió a ella con una seguridad apabullante y lo hizo con naturalidad, como si la conociera de toda la vida:

-          Te llamas Amaya, ¿verdad?

-          Sí – contestó dulcemente con un monosílabo.

En ese momento, Alan tosió fuertemente, como si tratara de llamar la atención, con un comportamiento de crío pequeño. Tom sonrió con un gesto medio torcido. Ella se quedó extrañada, pero decidió no darle mayor importancia.

El profesor se acercó a ellos paseando mientras observaba cómo trabajaban.

-          ¿Habéis empezado ya el ejercicio que os he encomendado? 

-          Estamos a punto de hacerlo, profesor – contestó Tom con un castellano muy puro, como si fuera alcarreño.

-          Está bien, concentraos y realizad la actividad. Como ya os he indicado, tenéis quince minutos para acabarla y después, uno de los dos ejercerá de portavoz y explicará cómo ha ido.

Amaya y Tom se miraron durante un instante largo mientras el profesor se alejaba de ellos. De repente, la electricidad flotó en el ambiente y surgió una chispa que duró tan solo unos segundos.

-          Eres un estudiante procedente de Francia, ¿verdad?

-          Eres muy aguda – respondió con tono irónico.

-          Sólo intentaba iniciar una conversación normal – dijo ella.

El tono medio arrogante de Tom provocó una sensación de irritación en ella que dio lugar a esa respuesta defensiva.

-          Sí, vengo del norte de Francia y me estoy intercambiando con un chico que se llama Luis Carlos. ¿Le conoces? – preguntó con un tono curioso y amenazante. Parecía como si quisiera indagar más en el tipo de relación que podía tener con su compañero de clase.

-          Le conozco poco porque asiste a las mismas clases que yo, aunque no tenemos una relación muy estrecha. Es un compañero de clase, como tú – dijo con firmeza.

-          Deberíamos ir haciendo el ejercicio. Tú serás la portavoz del equipo – reclamó Tom.

-          Preferiría que lo fueras tú. Pareces acostumbrado a hablar en público y a mí me cuesta más - indicó humildemente Amaya.

-          Está bien. Pero la próxima vez lo serás tú - finalizó Tom.

Los dos se centraron en la tarea y tardaron algo más de tiempo que el resto en acabarla, probablemente porque se habían dedicado a charlar en lugar de dedicarse a realizar el ejercicio.

Alfredo fue preguntando a todos cómo había sido la experiencia de trabajar en equipo. Cuando llegó el turno de Tom, él respondió que había sido interesante, y que realmente había aprendido mucho de su compañera. Esa respuesta sorprendió a Amaya, que pensaba que a él le resultaba molesto trabajar con ella, o al menos así lo había parecido por su comportamiento exasperante.


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