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Sin códigos "cuando el pecado habita la mente"

Sin códigos "cuando el pecado habita la mente"

25-02-2019

Historias de vida cuento o relato

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-¿De qué debo hablar Doctor?

-De lo que usted desee. Describa lo primero que brota de su imaginación.

-Un libro de Horacio Quiroga “Cuentos de amor, locura y muerte”.

-Y a ese título, ¿qué le agregaría?

-¡Sexo!

-Vaya, vaya… ¡Qué interesante! Ahora quiero escuchar sus relatos.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Amor cavernícola
 
 
-¡Bola ocho en la tronera superior!
El taco impacta la bola blanca, con tal maestría que la hace girar con un calculado movimiento, que termina con un premeditado choque sobre la ocho, que debiendo ingresar por la abertura señalada, rosa el verde borde afelpado y toma rumbo equivocado, golpeando otras esferas de marfil que miraban expectantes.
Con tranquilidad, sonriendo y sin mácula de frustración, toma la tiza, terrón de azúcar azul, y con parsimonia comienza a frotarlo sobre la punta del palo. El mensaje es claro: “No importan los desaires, los fracasos o las derrotas, siempre habrá nuevas oportunidades si uno insiste en mantenerse tranquilo en el juego, porque al premio, siempre alguien se lo lleva”.
El que acaba de fallar el tiro es nuestro ídolo de los sábados por la tarde. Siento que nos juntamos, los amigos del barrio, con la excusa de jugar al billar en el bodegón de Don Matías, pero en realidad lo queremos ver a él. Nadie sabe su nombre o si realmente es de la zona; tampoco de su familia o cómo ocupa el tiempo. Parece que sólo existe para nosotros los sábados por la tarde, como un ángel de la guarda, pero ladino, zarpado y atrevido; como un protector caído en desgracia por sus métodos poco ortodoxos… o como aquel ángel que pudo contra un dios, éste se las sabe todas.
Lo conocemos por su alias “Matungo”, aunque dice que las chicas lo llaman “Matu”. No es modelo de publicidad, pero se las arregla para semejarse a uno. Buena indumentaria, fragancias exquisitas, mucha confianza, seguridad en cada respiro, ojos que demuestran estar observando el futuro… terrible seductor.
Parece estar allí para enseñarnos lo que nuestros padres nos ocultaron, y justamente porque parece filosofía prohibida… nos apasiona.
Matungo no es sólo postura y palabras, cada chica que pasa por la vereda lo saluda animadamente. Todas lo conocen, y parece que ha vivido una fugaz historia con cada una.
Entre tragos y tacos de billar, él solo habla de un solo tema “las nenas”, o quizás sea lo único que le preguntamos, o a lo que le prestamos atención. Él se da cuenta, y por eso siempre nos exhorta: “Existe una diferencia entre sus caminos y el mío. Yo confío en mis actos, me sigo a mí mismo; ustedes no confían en ustedes, siguen a otros. Recuerden… se deben convertir en sus propios seguidores. Sean su propio ídolo y nada más”. A veces nos dejaba con esas abstractas palabras, y en otras ocasiones ahondaba: “El seductor es un hombre… pero diferente. Para ser diferente hay que ser original, y para esto hay que ser uno mismo y sacar lo mejor”, para luego rematar: “Aquí estamos para ayudarnos, unos con algo más de recorrido, que no significa… con los mismos kilometrajes de éxitos”.
Pero esas eran frases que había que incubar y madurar en solitario, para luego llevarlas a cabo, y a quien lo hacía, el éxito le llegaba.
Pero había otros momentos en que el maestro se revelaba como un ser diferente. Aquellas ocasiones en que no sentenciaba máximas, sino que abordaba ocurrentes teorías, sin distinguirse si eran inventadas o sacadas de alguna enciclopedia del saber macho.
Recuerdo una que marcó para siempre mi proceder hacia el sexo opuesto, sin que por ello, en reiteradas oportunidades, saliera con las huellas digitales grabadas en mi cara.
Allí estaba Matungo en el bodegón de Don Matías, y nosotros también.
Dijo que la semilla de la seducción proviene del homo sapiens, y a partir de allí, todos, los que participamos en el juego somos homo imitatus del primer cavernícola seductor. Relató que en aquel entonces el macho que se floreaba con un cinturón hecho con piel de Tiranosaurio, era visto por las hembras con elogio por sobre aquel que vestía piel de torpe herbívoro. Porque enfrentarse a un depredador en lucha al todo o nada, hablaba bien del varón, de sus cualidades y destrezas.
Tener una choza llena con esqueletos de animales carnívoros, atraía sin parangón a las mujeres que buscaban protección y alimento. Pero estos machos no abundaban, ya que en la batalla desigual contra mastodontes, pocos sobrevivían… y claro, así se cotizaban. Los otros, que no se arriesgaban, también querían sexo, pero al ofrecerse, poco valían, y por ende, se regalaban. Y hay que saberlo con todas las letras: los “regalados” no son interesantes para ninguno de los dos géneros. Tanto hombres como mujeres buscan desafíos para enamorarse. Si nada cuesta tener pareja al lado, poco amor se sentirá por ella.
Pero no todo se redujo entre valientes locos o cobardes precavidos. Surgió en aquella época… el cavernícola astuto. Estudioso maquiavélico del comportamiento de sus pares, pero con un apetito sexual igual o mayor. Y fue usando la cabeza y no los músculos como lo resolvió. Vagando por los parajes que frecuentaba, se fue apoderando de todo animal carnívoro muerto que encontraba, fruto de luchas por la supervivencia. Inmediatamente los exhibía en el umbral de su hogar, y de este modo las mujeres caían “engañadas” a los brazos del sagaz varón. Y así el hombre volvió a imitar a la naturaleza, donde los depredadores toman las cosas por la fuerza y los parásitos a través de la pasividad y astucia.
Curiosamente, pocas hembras de esa época se dieron cuenta, y las modernas tampoco, que todo lo que un hombre haga, desde regalarles una flor hasta los actos heroicos, se destinan, desde un comienzo, a llevarlas a la cama.
Después, si aparecía una fiera y el varón corría despavorido, haciendo que la mujer descubriera la rata escondida tras la fachada, ¿qué importaba?... si ya la había amado.
 
 
 
Libertad esquina Casanova
 
 
Yo vivía en Libertad esquina Casanova; un edificio al que definí “caldero de mi experiencia”. Recuerdo muy bien al del 7° piso “C” que encubría su amargura, criticando a solos por solterones, tildándolos de inestables, inmaduros y aventureros. “Nunca sentarán cabeza”... solía decir. De vez en cuando, en la bajada del ascensor intercambiábamos miradas a las once de la noche. Él, era pantuflas, pantalón de gimnasia y camiseta malla que no alcanzaba a cubrir su creciente barriga. Frecuentemente sostenía con la derecha la negra bolsa de consorcio. Yo usaba el espejo para detectar alguna mínima pelusa del traje que pudiera arruinar mi noche.
Yo le causaba dolor estando a su lado. Él vivía acompañado por alguien que le hacía demasiado caso. Comidas demasiado ricas, ropas demasiado pulcras, casa demasiado limpia. No había lugar para reclamos. Su esposa era demasiado simple, buena y por demás mujer; aunque sus tacos no eran demasiado altos, sus polleras no eran demasiado cortas, sus uñas no eran demasiado largas, y su rostro andaba burdamente abandonado. El gordo, ante la canilla libre de atenciones, era protesta, y ante una caricia, indiferencia. Hay mediocres genéticamente programados para ignorar principios. Para ellos, lo bueno, si grande, dos veces malo.
Él, me sabía soltero. Resoplaba, y el henchido de su barriga demostraba su bronca. Era furia al presumirme pintor de una aventura en cada noche… y acertaba. No obstante, más allá de astutas corridas, siempre uno desea llegar a la potra final, y al fin descansar. Aunque ese todavía no era mi caso, la soledad fue una bendición para mí, porque era parte de mis ricas amistades y oportunidades. Aprendí de niño y aún hoy lo disfruto, de aquellos beneficios y sorpresas que puede deparar la buena soledad vivida en libertad.
Cálida luna llena de verano. Mi perfume se adueña del solitario pasillo esperando el ascensor. Las puertas me regalan al abrir la imagen de ese espejo que narcisistamente devuelve mi línea. Un paso adentro da mi abotinado italiano, y el otro sólo pisa para girar, luego de haberme cerciorado de la corrección en mi nudo de corbata. Abandono el espejo, para recién advertir que no estoy solo. A mi izquierda, sobre el piso, una bolsa de mentiras yace prendida de la mano de otra bolsa. Mi obeso vecino también baja, pero con otro cometido; el ritual nocturno de arrojar su basura de las once.
Le advierto algunas peculiaridades que no encajan en su rutina. Por primera vez, fragancia de perfume vulgarmente fuerte como para ser caro. Bigotitos religiosamente peinados. Los pocos yuyos que quedan a los costados de su generoso cráneo, bastante ordenados. Por último, dos detalles que ni Sherlock Holmes hubiera detectado: en el estirado bolsillín trasero de su jogging, hace volumen un cuadrangular paquetito con una carga circular, que no concuerda ni con cerillos. Al otro indicio me lo ofrece la bolsa, mas vacía que llena, no apta aún para desechar.
El gordo andaba en pasos raros.
Poniendo mis manos en los bolsillos, taloneando una sola vez con seguridad, elevando y sacando mi mentón hacia afuera, lo observo de reojo con mirada descendente. Sin poderme contener, con voz sarcásticamente baja le soplo: “¡Qué noche!”…
En el acto, con recelos de silencio, mirando hacia el vacío, mi vecino cierra sus puños y frunce su ceño. Luego, ansioso por culminar el viaje, se concentra en los números del ascensor, mientras resopla su impaciencia.
Planta baja, puertas abiertas y ambos encaramos la salida. Pero a dos pasos fuera del elevador, un roce extraño arrebata mi casimir inglés a la altura de la pantorrilla; seguimos caminando. Ya en la calle, me detengo un instante a encender un cigarrillo, y otros hechos me llaman la atención. Tras la lumbre de mi zippo advierto el nerviosismo con que la viudita de enfrente cierra de golpe su ventana. Además, no recuerdo haber visto tardar tanto a mi vecino en despojarse de una simple bolsa de consorcio. Con mis dudas cierro la puerta de mi Mustang, y me lanzo chillando a mi viaje de fuego. Mi presentimiento mira el retrovisor. Y atrás, confirmo la abultada silueta de la camisetita malla cruzando a trancos rápidos hacia su presa. Me causa graciosa sensación. Somos dos los pescadores: uno en el lago de la aventura; el otro ensuciando su consagrado anillo en un charco de traición.
Pero a veces, la aventura burla lo previsto.
Primero, una de mis gatas falta a la cita. Segundo, con medio vaso en mano, percibo en la barra dos perras, una de diez y otra de ocho puntos. Voy por lo más, sin poder llegar. A medio paso me ignora, para abrazar, curiosamente, a otra fémina, alejándose, chocando caderas y sellando con un beso ese amor de lolas que pocos sospecharon.
Ataco a la ocho puntos rebajando pretensiones al modelo base, pero con fabulosos airbags delanteros y despampanante asiento de cuero trasero. Voy directo al oído y le susurro: “Perdón, ¿éste es un lugar correcto para machos?”. Con una sonrisa responde: “Hay para todos, pero quédate tranquilo, que vibramos en la misma sintonía”. Elevo mis dedos en “V” grande de victoria y caen dos whiskies. Luego la presentación con beso a medio labio y los roces de rigor. Es fetichista, mira los pliegues de mi traje, habla de mis abotinados italianos, juguetea con mis gemelos, y palpa la tela de mi saco. Para seducirla, la tengo que euforizar fraseando.
¿No es curioso? La juguetona falta de verdad les calienta primero los oídos.
Alegre de on the rocks, llega a aflojar mi nudo de corbata, desabrochando el segundo botón de mi camisa, entibiándome con sus caricias públicas. Mi perfume siempre altera hormonas felinas. La llevo de la cintura al oscuro sillón rinconero. Tras la primera marca clavada en su cuello, ella muestra sus dotes de hábil desprendedora. Su mano juega debajo de mi cinto y me halaga suspirando. Su lengua maniobra entre los pelos de mi pecho.
El bar no sirvió más. Entonces, señalándole la Mustang tras la ventana, le dije: “El motor está caliente”. Arregla cuidadosamente lo que había desordenado y salimos.
Bajo la luz de la puerta del bar, lo imprevisto me derrota. La enferma fetichista, detiene su mirada en mi pantalón a la altura de la pantorrilla. Y con su libido aniquilada, me extermina diciendo: “No estás en línea para mí”. Da la vuelta y se va.
Desbordado de asombro, le pregunto al cuidador de autos si ese bar era el rincón de las taradas. Sonriendo me responde: “Creo que esa fea mancha de basura enfría a cualquier gata”. Miro la suciedad en mi botamanga, y recuerdo su origen insultando: “¡Gordo basura!”.
Subí a la máquina y rayé volviendo al departamento sin dejar de gruñir: “El que arruina calenturas se gana frialdades”. Cuenta cara, que de algún modo inteligente algún día a mi vecino se la haría saldar.
Guardé la coupe en la cochera del subsuelo. Los veinte escalones y el angosto pasillo hasta el hall de entrada del edificio, sólo fueron bronca de mala noche.
Presto a subir a mi sexto piso, la veo. Escondida detrás del grueso marco de la puerta principal, espiando hacia la calle. Cruzaba sus brazos, y el húmedo pañuelo estrujado en su mano mostraba la angustia de un amor hecho trizas.
Suponía quien era. El ruido del ascensor la hizo girar. Era la treintañera esposa del gordo.
Todo era regalo de soledad y silencio. Le señalé la puerta aún abierta. Entró. Todo estrecho habitáculo rompe indiferencias y abre intimidades. Nunca me pude contener ante injusticias, y dije tal vez lo que correspondía haber callado: “Así es la vida”.
Ella rompió en llanto, desvanecida de impotencia. Su cuerpo cedió como hoja de otoño en el verano de su vida, resbalando entre temblores por la metálica pared. No la dejé tocar el piso. La abracé rápidamente y la sostuve junto a mí con el brazo derecho. Su fuerza sin fuerza se aferró a mí. Sollozando temblorosa, su rostro alcanzó a mojar mi traje con dolor. Me confesó: “No doy más”. Le contesté: “Tú necesitas un alma que te escuche en un encuentro de miradas, y una copa de alcohol para desahogar penas”. En mi pecho, el roce imperceptible de su rostro me dijo que sí. Mi mano izquierda anuló el 7 de su piso, marcando el 6 de mi guarida.
Desde la barra de mi loft, ungiendo dos tragos entre hielos de nostálgica bebida espirituosa, la observé cabizbaja en el sofá como esperando.
Poco sabía de ella, poco sabía ella de mí. Eso creía. Comencé a descubrir en ese instante algo de mi estúpida embriaguez por aventuras plásticas, y desperté de mi ceguera ante mujeres de verdad. Aprendí a saber de la belleza ante su rostro pálidamente maquillado con brillitos de tristeza. Entendí por primera vez, tras ver lo que pude de su tanga asomando por encima de su jean desgatado, la sensual dote de la mujer doméstica. En el mar de los hogares destrozados, yacen oros de tesoros no buscados.
Caminando hacia ella con los tragos, advertí que debajo de esa remera cotidiana no había soutienes que hiciera falta para levantar nada. Casi al desnudo, todo estaba firme en su lugar.
El vapor de la noche, aún joven, me hizo despojar del saco y la corbata. Mientras los primeros sorbos calmaban su temblor, y yo desprendía y arremangaba mi camisa, se lamentó contando: “Estoy destrozada, condenada a seguir dando lo que no recibo, sin animarme a reclamar nada. Quiero ser caricia y escucho reproches, quiero ser presencia y recibo ausencias, quiero ser la única y recibo traición”. Le dije: “Somos dos afortunados, recobra vida la vida, hasta en la unión de soledades”.
Haciendo ruido el hielo, sin líquido donde nadar, me pidió otro trago y fue al baño a mojar su cabello. La vi caminar, la noté más suelta y tranquila. Incluso en sus caderas ya estaba ese leve movimiento del swing seductor.
Volvió renovada, diferente. Su rostro había decidido abandonar a las lágrimas. Al ver sus manos en su frente pude notar cómo el agua caía y empapaba su remera. Su pelo recogido mostraba fuerza, no un espíritu vencido. Me confió: “Fueron varios mis calvarios; siempre gana otra. Nunca sospeché de la viuda. Era mi amiga”. Le pregunté por su dignidad y las razones de su ausencia de reproches. Ella respondió absurdamente: “Siempre al darle todo, para él valía poco. Lloré sus aventuras en silencio, suponiendo que era eso lo que él necesitaba, y yo no era capaz de darlo. Si tú supieras… otras veces fueron peores. No te preocupes, de algún lado sacaré fuerzas para mañana y así sobrevivir”.
Entonces… el asombro y mi bronca hablaron por mí: “Nadie tiene karmas, ni debe soportar latigazos con cabeza gacha”. Señalándola, la reté expresándole: “Nadie está solo en estas cosas”. Tomando sus manos con las mías le dije: “Aquí estoy yo”.
Me abrazó desconsolada, quedamos en una extraña quietud por un momento. Luego levantó su rostro de mi pecho preguntándome: “¿Qué hago ahora con mi vida?”.
Como inexperto que tanta veces no supe que hacer con la mía, no tuve palabras para darle. Sólo sentí algo que me partía por dentro. Un afecto especial nacía en ese lugar y en ese momento, no por caridad, no por solidaridad, no por contención… por hombre. Secaron mis besos cada una de sus lágrimas. Pero sus ojos eran manantiales que manaban en sus días, una fría y salada realidad. Seguí besándola hasta que su boca buscó la mía. Nos encontramos y el abrazo fue cada vez más fuerte. A pesar de su remera, sus erizados pechos se hicieron sentir acariciando el mío. Ya no éramos dos correctos vecinos, ya no éramos dos desconocidos, ya no éramos dos vivientes solitarios… ya no éramos dos partidarios del pudor.
Cuando los besos nos quedaron chicos, ataqué su espalda con mis manos entre su piel y su remera. Me nació morder su cuello y bajar luego con mis labios hasta su hombro. Mis ganas succionaron comiéndole la piel. Con una de sus piernas enganchadas entre las mías, me regaló caricias bellas. Y así, rozó hasta encontrar lo que deseaba. Me subió bruscamente la camisa por la espalda soltando unos eróticos rasguños, que provocaron mi goce masoquista. Sus labios se deshacían en los vellos de mi pecho, y su abdomen delicado friccionaba el mío, marcado por duras horas de ejercicio. Mis manos se adueñaron de la firmeza de su cola, descubriendo un hilo de tela humedecido que me separaba del premio al que puede aspirar cualquier varón.
No hacía falta decirnos absolutamente nada. La alcé y en el sillón la despojé de su gastado vaquero. Entonces su mano en mi pecho me detuvo. Se puso de pie. Temí que todo terminara, pero corrió desesperada hacia la barra a juntar dos fríos tragos más. Volvió sonriendo como gata, la que antes era paloma indefensa. Brindamos de pie, no por pasados sino por lo que habría de ocurrir. Mi abrazo estrepitoso movió los cuerpos y los tragos nos mojaron a los dos. Otro beso adormeció nuestros labios y me llevó a levantarla nuevamente. Con el peso de sus piernas rodeando mi cintura, sólo alcancé a dejar lo que quedaba de los whiskys en la barra. Allí apoyé mi espalda y ella sus rodillas. Con maestría antes negada buscaron sus manos en mi entrepierna, endureciendo con vaivenes de caricias mi virilidad.
El instinto supera a la razón del amor. Desenfrenado, por debajo de sus carnosos muslos corrí su tanga, e inesperadamente tuvimos el primer roce de sexos. Su cuello quebró hacia atrás y me ofreció la tibieza de sus senos para saciar mi hambre de mordiscos hasta irritar su piel. La locura corre riesgo de forjar futuro no esperado. Aunque me lo pidió, no hubo cuidados. Estábamos desquiciados. Nos besamos todo… yo aproveché mucho entre sus piernas, pero mucho más ella entre las mías.
Siempre hay un punto sin retorno y ese fue el delirio que alcanzamos. Entre suspiros tan cálidos como húmedos, entre mil sabores que aún se mezclaban al juntar nuestros labios, una y otra vez cruzamos la línea en que dos cosas deben ser una para poseerse. No fueron una ni dos las pasiones calmadas esa noche, porque sencillamente fueron las que necesitamos.
Luego del huracán, la quietud sondea lo arrasado. Su última frase fue un agradecimiento por haberla hecho pasar un momento feliz. Me pareció poco para tal noche de placer. Otras, ya tendrían pactado un nuevo enredo. Yo quedé pegado a ella con pregunta inmadura en boca de hombre: “¿Te volveré a ver?”. Ella sonrió mientras meneaba de un lado a otro el peso de su cuerpo para subir el jean, y luego responderme: “No me busques, yo sabré cuándo encontrarte”. Me miró, me besó, se despidió y antes que yo, cerró la puerta frente a mí.
En los días que siguieron busqué atraerla de mil maneras y todo fue infructuoso. Ni la indiferencia, ni la seducción, ni el romanticismo, ni la prepotencia lograron nada. No conseguí que fuera una más. Me entreveré con otras, pero en todas dolían esos ojos y esa piel. Después de mí, ella siguió siendo la de antes. Tiempo después, el gordo y ella decidieron mudarse. Recuerdo el semblante rozagante con que me miró la última vez, y por su porte con futuro… supe que nos volveríamos a ver.


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