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Primer capítulo

UNA LECCIÓN DE SEXO

 

 

 

Era un hombre guapo, sus ojos emanaban perversión, desnudaba con su penetrante mirada. Era muy difícil concentrarse, con solo ver como mordía su labio inferior y su duro cuerpo hacia que se mojaran mis pantaletas.

Ya había fantaseado tantas veces con su sexo; esperaba que me tomara en medio de la clase y abriera mis piernas, me penetrara tan hondo que gritaría de dolor a la vez de goce.

Esta iba a ser la última vez que lo vería, si quería que me mirara debía ser lo más sensual posible. Así que, me puse un vestido de esos que marcan todo tu cuerpo, que permiten ver tus piernas, con un escote que dejaba jugar a la imaginación.

Sabía que cuando llegaba con un pantalón él me ignoraba, pero si mostraba mis piernas tenía su atención entera. Siempre buscaba la forma de tocar mis sexis piernas. En frente de todos, me acostaba en la camilla y pasaba sus fuertes y sensuales manos por ellas,  por mi ingle, pubis y mi cintura mostrando sus prácticas de fisiatra experimentado. Cada vez que me tocaba, corría por todo mi cuerpo una electrizante sensación, hacía que se me erizara la piel y aumentaba la caldera de mi sexo.

Estaba cansada de compartir su mirada con otras mujeres, yo quería toda su perversión para mí. No me interesaba su labor como educador, necesitaba su morbo, su pasión, sus caricias y su miembro. Lo necesitaba con extrema urgencia.

Me dispuse a tenerlo y esta era la última oportunidad.

Llegó el final de la clase. Todos comenzaron a saludar, entonces; fue mi oportunidad. Me abalancé a sus brazos, le di un beso en la mejilla y le susurre al oído “quiero coger contigo”, mientras mi mano le entregaba una dirección y una hora. Él sonrió y yo me alejé del lugar.

Pensé necesito algo especial. Recorrí varias tiendas hasta que encontré lo que buscaba.

Una remera que resaltara mis atributos femeninos, no quiero presumir pero eran grandes, erguidos, libres e independientes,  muy atractivas. Eran mi orgullo. Como no serlo, le dedicaba largas horas de flexiones contra la pared para  ejercitar el sostén natural de los senos, series diarias con las manos delante del pecho, manteniendo los brazos en ángulo recto con el tronco. Apretando una mano contra la otra durante cinco segundos, muchas veces al día.

Las caricias de la seda hacia que se erizaran mis pezones.

Por supuesto que mis piernas tenían que relucir su esplendor. Una pollera que solo cubría mi tensos y duros glúteos.

Ya estaba lista para el gran encuentro.

Eran las 23 hs, había pasado media hora del horario indicado. Pensé, no vendrá; cuando el recepcionista del hotel me informa que me estaba buscando. Mi cuerpo se llenó de alegría, mi corazón palpitaba, mi sexo estaba que explotaba.

Le pedí que lo dejara entrar. Espere que tocara la puerta. La lujuria me consumía. El golpe en la puerta mojo mi sensual cola-les.

Al abrir la puerta no emitió ni una palabra. Yo esperaba un beso profundo, húmedo y caliente. En cambio, me jalo hacia la cama, me volteó y con un pie separó mis piernas, mientras bajaba mi bombacha. Introdujo un dedo una y otra vez mas adentro, giró mi rostro, me besó mordiendo mi labio inferior. Era tal mi desconcierto, esto no era lo que había imaginado. Su rápida reacción me dejo helada. Él ya tenía sus pantalones en el suelo, su pene como una dura lanza dispuestos a ensartar. Me deje caer en la cama a la espera de la embestida, la que no se dejó esperar. Me hacía rebotar una y otra vez y sentí un enorme placer del que sólo pude emanar un pequeño grito ahogado. De pronto, empecé a gemir sin moverme ni un poco y él seguía hasta que llegó el inminentemente final.

No podía ser, no era lo que esperaba. El calor que tenía dentro amenazaba con derretirme hasta los huesos, quemaba a través de las venas recorriendo cada uno de mis órganos.  Debía hacer algo para apagar este fuego. En mi  cama me retorcía sin cesar intentando apagar ese súbito ardor que  me consumía.

Mi piel estaba cubierta de sudor,  mi pelo revuelto, mi cuerpo ardía,  entre las piernas más despierto que nunca. En un intento desesperado de apagarla me senté en medio del amplio colchón intentando  tomar un poco de aire. Mis manos hambrientas recorrieron mis propios senos amasándolos con urgencia logrando que mis rosados pezones se elevaran. Masajeé mis pechos un poco más y con una de mis manos atrape entre el pulgar y el índice mi pezón y apreté con saña. De mi garganta salieron una especie de gemidos, más bien jadeos parecía un animal. Concentrándome aún más entre mis piernas que ahora masajeaba con furor.

Mientras sentía mis senos arder, mi mente, aún nublada por el placer, reconocí a mi desconocido amante que miraba aún más exaltado, ansiando chupar mis pezones que enardecían por mis manos. Pero no era suficiente, mi clítoris latía frenético estimulado por las caricias que le hacía a mis pezones, clamando que se le diera atención propia. Le pedí que se uniera y comenzó a tomar mis pechos.  Dejando uno de mis senos, sus dedos vagaron por el estómago plano y jugueteó con mi ombligo unos segundos, hasta que los temblores más abajo fueron ya imposibles de soportar. Tome su mano y la dirigí a mi vulva. Con dos de sus dedos acarició sutilmente los labios externos de mi vagina, y el deleite de placer que sentí amenazo con superar mi imaginación. Le pedí que recorriera todo el camino con su lengua. Sin embargo, mi intrépido amante no sabía nada de cómo generar placer. Ese macho cabrío solo sabía de jalar su miembro, introducirlo e irse, así que tenía que guiarlo por mi propia necesidad. Acerque dos de sus dedos al canal que lo encontró totalmente mojado y chorreante. Sin pensarlo, dos veces introdujo la punta de los dedos, apretó los párpados mientras de su boca brotaba un “que rico”. Con desesperación, inició los movimientos hacia adentro y hacia afuera, primero lentamente y  poco a poco aceleraba el ritmo hasta que su propia cadera se meneaban intentaba que su mano llegara lo más adentro posible. Aumentó la velocidad más todavía. Mis gemidos eran más fuertes por las violentas sensaciones que me recorrían en el cuerpo, me tenía al borde de estallar. Con una última acometida, curveó los dedos llegando al punto exacto donde consiguió la ansiada liberación. Emití un rugido profundo mientras las contracciones de mi centro se sucedían unas tras otras violentamente. Mis jadeos resonaban en las paredes de la habitación. Con un esfuerzo  desparrame sobre la cama a mi amante, cubierto de sudor. Necesitaba que sintiera el bello acto que me había ayudado a realizar.

Estaba muy cansada. Comencé a besar  y lamer su estómago con delicadeza. Todo parecía imposible, porque sentía que ya no tenía fuerzas y luego ese suave contacto me revivió de nuevo. Impulsada por las sensaciones, lo lamia cada vez más.

El cuerpo masculino estaba tumbado, esos músculos era un placer delicioso. Encontré el deseo salvaje que lo consumía y sin temor chupe sensualmente el grueso labio inferior del hermoso hombre que me acompañaba, deleitándome con el gemido brusco de él. Sentí la lengua masculina entre mis labios primero antes de sepultar la mía dentro de su boca con un movimiento rápido y feroz. Nuestras lenguas se juntaron en una danza erótica animal y desconocida, en un duelo de voluntades para saber quién obtiene más placer. Deje que él entregara a mi boca sus gemidos y su saliva para entonces emprender la ofensiva, haciéndolo retroceder para ahora ser la que mandara. Chupe el mojado músculo deseoso de llevarlo hasta el límite. Me introducía en su húmeda cavidad, con cuidado, hambrienta de goce.

La batalla se extendió más todavía, arrebatándole el aire que celosamente había retenido dentro. Él tomó uno de mis senos y lo cubrió con su amplia palma, haciendo movimientos pequeños que se traducían en grandes fogonazos calientes. Sin abandonar el paraíso de sus labios, él tomo ahora mis dos senos entre sus manos y apretujó los pezones hinchados provocando que mi entrepierna se empapara de fluidos una vez más.  Introduje mis  manos entre ambos cuerpos, acariciando la tira de músculos duros y formados de él, baje poco a poco por sus abdominales y su pelvis hasta encontrar el objeto de deseo. 

Su miembro estaba erecto, hinchado llegando a su ombligo. Con fuerza lo tomé entre mis dedos y los cerré alrededor de la gruesa circunferencia. Impulsada por los gemidos masculinos comencé a mover mi mano de arriba abajo lentamente, con la presión exacta que sabía que le gustaría. Dejé un momento lo que estaba haciendo para soltar un gemido largo, cuando él chupó con fuerza uno de mis pezones, moví mi cabeza llevándola hasta las nubes antes de volver a enterrar mi cara entre los deliciosos montículos de carne.

Acaricie su pene con lentitud, mientras gustosa sentía los latidos a lo largo de toda su longitud y cómo se ponía aún más duro entre mis dedos. Él sonrió, su mirada se llenó de éxtasis y satisfacción. De manera atrevida bese con suavidad su amplio torso, lamiendo juguetonamente sus pezones generando nuevamente un gemido. Lentamente fui bajando mis labios, besando cada centímetro de su sudada piel, hasta llegar a su miembro, que como un mástil, se levantaba para mí. 

Pase su lengua por sus resecos labios antes de darme un festín con su miembro. Con delicadeza rosé la punta gorda e hinchada, dedicándole pequeñas lamidas antes de recorrer toda su gran longitud con la lengua. Llegue hasta un testículo con mi boca, lo lamí un poco y luego proseguí con el otro, sintiendo como su temperatura aumentaba varios grados más. Escuchaba los intensos jadeos del hombre. Dejé las dos bolsas endurecidas antes de recorrer con su lengua todo el pene por la parte de abajo, donde la gruesa vena latía frenéticamente. Le dedique tiernos besos al glande rojo y brillante, lamiendo lánguidamente la gota blanquecina que brotó de la punta. Cuando mis oídos captaron los rugidos agónicos y exasperados de mi acompañante sonreí, segura de que no aguantaría mucho más de esa dulce tortura. Fijé mi mirada por un momento en los ojos brillosos de mi amante mientras se me llenaba la boca con toda su formidable erección, pero era demasiado grande para abarcarla como deseaba, así que con mis manos me ayudé para no dejar ni una sola porción sin cubrir y comencé los movimientos. Mientras sus manos bajaban, mi boca succionaba con firmeza, llevándolo al extremo. Cuando aparté mi boca y mis manos de su tieso miembro,  le hice una última caricia. Con delicadeza, lleve mis labios al punto donde se unen los testículos al pene y succioné suavemente, provocando que todo su cuerpo se estremeciera. Cuando acabe con mi labor. Llegó el turno de él. Ya había dado una pequeña lesión de como producir placer. Me  levantó y colocó sobre la cama, beso mis senos tiernamente, se dedicó un rato a mis pezones, besándolos y rozándolos pero no se detuvo ahí. Bajo recorriendo con su lengua el liso estómago, depositando besos ardientes que encendían mi piel, haciéndome sudar y estremecerme. Siguió recorriendo mi humedecido cuerpo hasta llegar a mi pubis. Aspiró profundamente el olor de esa parte de mi cuerpo y con una sonrisa perversa enterró su cara en el centro de mi vulva. 

Me retorcía aún más, gimiendo descontroladamente al sentir la lengua masculina bañar de saliva toda la zona, levante mi caderas involuntariamente estimulando aquella fricción que me enloquecía. Él pareció leer en su expresión mis deseos, porque con firmeza deslizó su mentón introduciendo más profundamente la lengua y chupó el rosado botón causándome los tan ansiados temblores previos al orgasmo. Mordisqueó con más presión la carne palpitante, empapándose los labios con mi fluido de placer y succionó nuevamente hasta sentir mis contracciones, pero no alejó el rostro sino que lo mantuvo exactamente en la misma posición, llenándose la boca con ella y colmando sus orejas de los sonidos estrangulados que surgían de mi garganta.

Con su miembro a punto de estallar, se posicionó en la ardiente entrada que tanto deseaba. Arrodillado ante mí, colocó mis finos tobillos sobre sus hombros antes de hundir la punta regordeta de su pene en el húmedo canal. El calor que abrasó su miembro me nubló la mente, así que de una sola envestida me penetró completamente hasta la base. Inhaló profundamente con los párpados apretados y la mandíbula encajada, mientras mis manos acariciaban los tensos músculos de su abdomen. Lentamente comenzó a moverse, saliendo casi completamente para volver a enterrarse bruscamente. Mis gemidos le indicaban el ritmo, así que aumentó la velocidad de sus empujes hasta llevarnos a ambos a un estado de delirio. Con rudeza bajó mis pies de sus hombros y se rodeó la cadera con mis largas piernas, inclinó su torso hasta situarse encima de mí con ambos brazos a los lados de su cuello. Pasé mis manos por el contorno de sus costillas hasta sus omóplatos, clavando mis largas uñas en la piel de su espalda.

La combustión entre ambos era demasiado intensa. Como un animal desesperado, aceleró aún más sus embestidas, mientras que una de sus manos se colaba para acariciar el pequeño botón de placer con un veloz movimiento. Acaricie con ternura su espalda para luego enterrar los dedos en el corto y espeso cabello masculino, inhalando su aroma viril. Mi pecho comprimido por el peso de mi amante aún subía y bajaba rápidamente. Pasó su lengua por sus propios labios, sintiendo aún el regusto de ese flujo  delicioso de placer, mientras suaves besos eran depositados en mi cuello. Con rudeza bajó los pies de su cadera y me giro acomodando mis  rodillas, hundiéndolas en la cama llevo mis nalgas para recibir  el ataque de su viril miembro mientras gemía. En un éxtasis de gemidos, aceleró

aún más sus estoques.

Aletargada por el esfuerzo y la intensa pasión compartida, mis ojos comenzaron a cerrarse, mientras recordaba de pronto debía abandonar semejante espécimen. Mis pensamientos se perdieron en la bruma. Aprisionando en mi interior el formidable miembro masculino, mientras él hacia una última acometida y con un bramido dejó fluir su caliente flujo.

Suspirando agotado se dejó caer sobre mi cuerpo. Beso mis labios tiernamente, adorándome en silencio, para luego enterrar su nariz en mi cuello. La batalla había acabado.

Desperté de golpe en medio de la cama, con las sábanas revueltas y las almohadas todas desparramadas en el suelo. Busque rápidamente mi ropa y tome mi valija. El macho con el que acababa de recrear mejor sexo de mi vida, aun dormía. Golpeé sin querer la cama al salir de la habitación. Con su mirada llena de asombro y agotado por lo que habíamos gestado en una noche, supo reconocer que no nos volveríamos a ver. 

 

 


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