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El Hombre en la Obscuridad

El Hombre en la Obscuridad

13-03-2019

Contemporánea novela

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Qué lejos estaba yo de la firme convicción de Khayyam, de aletargar la pena y el flujo de la vida con el sagrado zumo! Un asceta de la vid, que ve la vida pasar casi con indiferencia, casi con la convicción de la pena inevitable, no podía ser yo. Prosaico, poeta sólo a regañadientes, común y misero como cualquier otro, encerraba en su secreto esta certeza, la encerraba en lo más profundo de mi corazón, para que afuera una aparente dignidad luchara, rebelándose como cosa especial, como excepción que no quiere ni por asomo aceptar el yugo de una condición precaria. Pero subyugado al final, reconociéndose entre las huestes de los oprimidos, y a veces entre la de los opresores, un individuo mira su reflejo en el espejo extrañado de ser él a quien ve. La imagen de sí mismo es una imposibilidad. Ese día de extrañeza es el día de su juicio, es el día en que todo cambia para él, es el día a partir del cual no se permitirá de nuevo una ingenua esperanza, un ligero matiz en un tiempo que avanza, ni un ensueño que predisponga a la añoranza...

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Sergio Bustamante Sánchez

El hombre en la obscuridad

A MI PADRE

El verdadero saber se reduce a las vigilias en las tinieblas: sólo el conjunto de nuestros insomnios nos distingue de los animales, y de nuestros semejantes

E.M. CIORIAN

DERECHOS DE AUTOR:  SEP-INDAUTOR     No. Registro: 03-2017-121413020900-01

I

 

 

CAMINANTE

 

A la orilla de la carretera andando voy. Es otoño y hace un poco de frío por la tarde. Una chamarra de cuero negro descolorida me cubre de la influencia de los elementos. Había tenido que esperar a que escampara bajo la protección de un cobertizo improvisado, a un costado del camino, que yacía entre un conjunto de llantas viejas y chatarra. Llevo a mis espaldas una vieja mochila, inseparable amiga en mis viajes, de un color verde aceitunado de apariencia militar. En ella cargo algunas latas de víveres: atún, sardinas, duraznos endulzados y agua, sin faltar los indispensables cigarrillos, tres o cuatro cajetillas, un encendedor y un cambio de ropa básico. Es en esta temporada del año en que me aventuro a salir varios días fuera de la ciudad, y hacia cualquier sitio indeterminado. Pero no es en absoluto lo que hago semejante a las andanzas épicas que cuenta Kerouac, pues no estaba en el tiempo ni en el espacio adecuado para emularlas. Estaba en zona y en tiempos de guerra. Todos los días se desenvolvía una matanza, y se desataban las bestias, con o sin uniforme policial o militar. Se vivía en una especie de estado de sitio no declarado. Salir a carretera y tomar un autobús al azar era un acto atípico y tal vez heroico en los tiempos vividos. No obstante a mí no me inquietaba demasiado, sabiendo bien que lo único que podía perder era la vida, y ésta no estaba asegurada ni siquiera cuando estaba encerrado en mi buhardilla. Todo era peligro, conmoción y lucha en el exterior, fuera de uno mismo. Pero dentro de uno también están los caminos tortuosos, los embudos interminables, las ciénagas y los miasmas. El cielo azul, la luminosidad de las mañanas están presentes a pesar de que los gritos, los alaridos y los improperios que caracterizan el ambiente humano parezcan llenar los espacios. Así las cosas, me encaminaba sin reparos por la carretera, caminando por horas a sus orillas, pidiendo aventones o pagando el boleto para subir y descansar en un autobús cuyo destino, por lo regular, no me tomaba la molestia de averiguar. Solía apearme del vehículo que me tocara en turno, en algún pueblo pintoresco, que tuviese alguna señal extraña que yo solo pudiese reconocer: un conjunto de casas bien alineadas con techos de terracota, pinos suaves y olmos gruesos, plazas adornadas con las artesanías más coloridas, gente amable o silenciosa y fantasmal, estructuras grisáceas, iglesias saqueadas… Caminaba por calles empedradas o suelos pedregosos, me detenía en rincones solitarios o entre las personas hacinadas que contemplaban algún simple acontecimiento. Magia y brutalidad se combinaban entonces, pues se podía ver desde un conjunto de cuerpos mutilados en alguna esquina, o colgados en algún puente, hasta la sencilla danza tradicional compuesta de hermosas mujeres e inocentes niños de un pueblo que, en ese momento, disfrutaba de una endeble paz. No siempre había sangre por las calles, o detenciones arbitrarias, o desapariciones, también, como en toda región victimizada por la guerra, había treguas y tiempo para creer que se podía vivir con normalidad la vida. El ser humano es así, sea del país que sea, esté en el rincón que esté de la tierra, aún en las fatalidades más irremediables, en los ambientes más hostiles, se cree con el derecho de vivir y ser feliz, se quiere mantener vivo aunque sea por vengarse de una miserable condición que no comprende y que, abrumadora e indolente, se impone con extraña lógica e incomprensibles leyes. Pero también está el miedo a morir, ese insuperable y primitivo miedo a desembocar en la nada, a caer en aquello que no se conoce a no ser por referencia, y no por experiencia, pues siempre el que muere y desaparece es el otro, y uno se mantiene aquí, doliente y efímero entre los días y las noches que parecen ser absolutos. Sin embargo el absoluto no existe, es solo una palabra para expresar los misterios, para detener lo intemporal y ponerle límites a lo inconmensurable.

Me había encaramado al primer autobús que oso detenerse, ante la inutilidad con la que me vi enfrentado, pues llevaba más de dos horas haciendo dedo sin resultado satisfactorio: los automóviles pasaban raudos sin detenerse, y los camiones con sus remolques grotescos parecían gigantescos animales prehistóricos en desbandada. Unos minutos antes de mi afortunado encuentro con el autobús al que subí con entero entusiasmo y alivio, había sido objeto de una revisión agresiva y brutal por parte de polizontes de los caminos que al verme ahí a un lado de la carretera y en medio de la nada, aprovecharon para zarandearme, tirarme al suelo y fiscalizar mi mochila pobremente compuesta. Al no encontrar nada que fuese motivo de detención o tortura, pues ni marihuana ni piedra, ni arma de fuego alguna había en el interior de mi pobre talega, decidieron que era propicio divertirse un rato conmigo, haciéndome desnudar y caminar de un lado a otro con las manos en la nuca. Un par de tanquetas pasaron sin detenerse, pero en cuanto llego un camión con soldados hacinados fui objeto de las mas diversas burlas y sarcasmos de éstos. Pensé lo peor, pues había escuchado que esas bestias solían llevarse a vagabundos o a solitarios para reclutarlos, en el mejor de los casos, pues también se sabía, por voz popular, que utilizaban a los detenidos, que ellos consideraban más insignificantes, como cobayas para los más diversos fines, ya fuera la entretención en la tortura y el asesinado gratuito, o el encarcelamiento injustificado por algún extraordinario delito adjudicado. Solía verse en los noticieros televisivos a individuos con cara de incredulidad y terror siendo expuestos como grandes capos y terroristas, reconocidos posteriormente por sus familiares y amigos como victimas de algún secuestro o desaparición elucubrada por alguna “autoridad”. Desde luego, todo eso era acallado, solo existía extraoficialmente, pues la versión autorizada de los mass media era la versión del poder en turno, ese poder que hacía leyes de facción, e instituciones de ficción, para justificar mas su opresión. “La ley es del rey” creo que le decía el Quijote a Sancho. Fuera como fuere, yo había corrido con extraña suerte, pues sin mediar palabra o acto alguno me dejaron de repente esos polizontes, subiendo a su camioneta con rapidez extraordinaria ante un llamado u orden cuyo contenido el miedo me impidió distinguir. Ya en el autobús, medio vestido, con la mochila vaciada de dinero y víveres, a excepción de mi cambio de ropa, y bajo la tutela momentánea del conductor que, testigo de lo sucedido, tuvo la buena voluntad de llevarme sin costo a la ciudad donde dirigía el armatoste (sí, es verdad, los actos de bondad aun existen en el mundo, revestidos de la apariencia del “milagro”) me veía en la apremiante necesidad de idear la manera de sobrevivir una noche, sin techo ni medios materiales para obtener algún sustento, en medio de la mole de cemento y fálicas estructuras que, en contra de mis planes pues yo pretendía ir, antes de lo sucedido, a algún pueblito, se había convertido en mi más próximo destino.

La ciudad x… es una inmensa urbe, un monstruo de cemento y asfalto, una babilonia de enhiestas estructuras dispuestas como grandes falos proyectados hacia el cielo. Nada agreste se identifica en ella; las calles, caminos y puentes se asemejan a las arterias de un inmenso ser artificial, cuya vida momentánea parece ser siempre amenazada por su intrínseca naturaleza falsa que de un momento a otro lo hará colapsar sobre sí mismo y en la nada. Sin embargo no colapsa, pervive como un inmenso Golem, cuya vida insuflada, aunque condenada a la pérdida por carecer de alma, se mantiene de extraña manera proyectando su sombra intemporal. Sí, los habitantes de esta gran ciudad son seres que han perdido su chispa divina, se entremezclan como autómatas sin discernir nada, balbuceando todos las mismas palabras, rumiando los mismos anhelos y las mismas esperanzas. Llaman felicidad al cumplimiento del script que se les ha asignado previamente, desde antes de su nacimiento en el mundo. Están destinados a un modo de vida que creen suyo, asintiendo sin discrepar a todo aquello que se les presenta como realidad y verdad. Pero nada verdadero y real existe para el enajenado que confunde sus patológicas visiones con las certeras obras de la naturaleza y la acción de la voluntad. Yo me encontraba ahora en medio de estos desarraigados de la autenticidad emocional. Ritmaba con ellos mis pasos para no desentonar en esas anchas aceras atestadas de transeúntes. En las grandes ciudades es conveniente permanecer el mayor tiempo posible como anónimo, que no sea notable que en nuestro rostro se dibuje la reflexión, o el miedo o los signos de la desesperación, pues la simulación es la norma en un ambiente donde la excepción es sinónimo de culpabilidad sin absolución. Aquí, había que actuar en todo momento, colocarse las máscaras apropiadas en los instantes precisos, y así, saldría uno avante de todas los obstáculos que esperaban como tarántulas dispuestas al mordisco a la mas leve muestra de asombro que tuviésemos por lo que nos circundaba, o por manifestar sensibilidad y condescendencia para con los demás. Los actos humanitarios eran concebidos como debilidades, y ello era entendible si uno consideraba que el egoísmo había sido elevado a la altura de valor universal. Así, estas individualidades dispuestas a la competencia y a la hostilidad conformaban el cuerpo enfermo de la gran urbe, y yo me encontraba en medio de todo este sin sentido decadente y pavoroso, sin dinero en las bolsas, con solo mi presencia casi carente de ánimo pero empujada por un orgullo interno y por la fuerza de la necesidad. ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde ir? Buscaba en mis recuerdos el camino, la dirección de algún amigo; buscaba el encuentro de alguna mano amistosa y tendida hacia mí, que me permitiera solventar el extravío.

Eran las ocho menos cuarto cuando deambulaba ya por las cenicientas calles de la jungla asfáltica. Ante una gran avenida, presumiblemente una de las más grandes del mundo, seguía el camino hacia una alameda que en otro tiempo me había servido para guarecerme de los peligros que en la noche dominaban la gran ciudad. Huelga decir que ya había estado antes en situación similar, no era yo un improvisado en la sobrevivencia de los peligros y acechanzas que la lobreguez de la noche contiene. En llegando a la alameda, y teniendo el cuidado indispensable para no ser visto, con cautela sobrada en mis movimientos, me encarame a uno de los árboles sin dilación ni extrema dificultad, pues con el tiempo había perfeccionado la técnica para ello. Me colocaba ante la cara del tiempo, donde las horas pasan como minutos, sorprendiéndome la media noche, oculto como una sombra, de las luces de neón, y de la llovizna de octubre. A cierta altura, y con cigarrillo en mano, pues aún conservaba algunos, me sentía protegido de la oscura incertidumbre que los maniáticos nocturnos me provocaban. Esos locos insomnes, que hacían de la noche su elemento y se paseaban, revestidos de autoridad, con impune libertad, en caravana callejera, entre las luces parpadeantes de los anuncios publicitarios, que como ubicuos ojos incrustados en las paredes, vigilaban toda actividad y crimen de la noche. Mudo testigo de sus actos, daba a mi consciencia testimonio del ambiente, hechos y causas por las cuales, al ser alcanzada ésta había sido degradada, porque era innegable que la mano siniestra y omnímoda del mundo, alcanzaba todo, corrompía los cuerpos y las almas… ¿Observaría esa noche “un lindo crimen lloriqueando en el barro de la calle”, como decía Rimbaud?; pero más allá de la adjetivación la sangre se disgregaría entre el cemento y el agua, y la lluvia la difuminaría haciéndola caer, por fin, por las coladeras. Los millones de ojos luminosos que son las estrellas, y los míos, aun brillantes, pero un tanto opacos, seremos los únicos espectadores, esta noche, de cierta escenificación brutal del crimen.

Recuerdo ver camionetas en procesión, silenciosas, recorrer las austeras calles engañosamente desiertas de mitad de la noche. Sus ocupantes se hacen llamar cazadores, pero sus presas no son precisamente los cervatillos de los altos bosques, sino mujeres o niñas, con ciertas características definidas que ellos aprecian en grado sumo. Es una gradación de la inocencia. Hay un meollo siniestro en el asunto… los verdugos de la noche cazan por encargo, y hacen su búsqueda exhaustiva, barriendo las calles, en camionetas o tanquetas, para inmolar nuevas victimas y ofrecer nuevo y fresco alimento al siempre insaciable y hambriento ídolo sempiterno; al Moloch eternizado en las regiones más bajas de la psique humana. El cetrino rostro del mundo con sus atroces costumbres nunca cambio, sigue siendo el mismo, y no hay nada nuevo bajo el sol. Los ídolos de antaño siguen ejerciendo, con severa mano, su poder y su influencia. El cinismo, el embaucamiento, la reversión de todo orden y el comercio de las almas son las caras siniestras que nos muestran los antiguos dioses en esta edad de bronce, en este fin del Manvantara, si hemos de hacer caso a la tradición hindú de las eras. Fuera como fuere, mujeres y niñas eran secuestradas para satisfacer el apetito de los más atroces instintos de ciertas bestias que habían perdido, tiempo ha, la condición humana, reduciéndose al estado de gérmenes o microbios, o para expresarlo mejor, de parásitos o larvas. No obstante poseer la apariencia humana, y aparecer ante las cámaras del mundo ataviados con los más lustrosos trajes y vestidos que los diseñadores más afamados de este tiempo de ridículas costumbres han creado ex profeso para ellos, las larvas mentales los habían convertido en auténticos comejenes de la sangre y la carne de los seres humanos. Yo los llamo Rakshasas: antropófagos, devoradores de hombres. Se agrupan secretamente en torno a hogueras propiciatorias al sacrificio. He aprendido a reconocerlos e intuirlos: cuando uno de estos antropófagos se aproxima, su fétido aliento traspasa las paredes más anchas. Sus vidriosos ojos carecen de luz e inteligencia, quedando en ellos un rescoldo furioso de mórbida habilidad insuperable para hacer el mal. Su codicia es tal que la exudan, y su amor por la crueldad es tan fervorosa como la del piadoso a su dios personal. La depredación y la mentira son consubstanciales a ellos, de tal suerte que sus corruptas bocas solo se abren para mentir, para usurpar, para engañar, para tragar y consumir lo esencial en el hombre, no solo su carne y sangre. Son devoradores de las potencialidades que pueden habitar latentes en el ser humano, como la libertad, la dignidad, el sentido del discernimiento… Desde la más remota antigüedad han construido un mundo de embotamiento, falsificando la vida y la historia, de tal manera que han dado a la esclavitud un carácter natural, de conformidad con las leyes de la depredación.

Obligadas a laborar, por necesidad, en factorías, mujeres de todas las edades terminaban su jornada extenuante de trabajo por la madrugada. Sus rostros macilentos me hacían recordar a aquellas ilustraciones de los galeotes que aparecían en los viejos libros. Con el miedo rondando sus cuerpos como despreciable aura, caminan en grupos, presurosas, hostiles a todo aquello que no sean ellas mismas. Con rápidos pasos se disponen a abordar, unas, el metropolitano, y otras, los autobuses de sus empresas. En algún momento estarán solas en cualquier derrotero. Esa circunstancia inevitable es la que aprovecha el Rakshasa. Los devoradores escogen a sus victimas de acuerdo a ciertos parámetros de belleza e inocencia. Conocía esos crímenes pero nunca había presenciado ninguno. Pero ahora dos chicas como de dieciséis y dieciocho años, morena una de largos cabellos negros que llegaban a su cintura, y otra blanca de bucles a los hombros, cruzaban la alameda mal iluminada por lámparas parpadeantes, y de la nada, como si saliesen del infierno subterráneo a la tierra, un grupo de hombres las perseguían… ellas corrían inútilmente, una camioneta negra les cerraba el paso. Eran sometidas y golpeadas y llevadas a bordo del nefando vehículo… Sus gritos se perdían en la oscuridad, como si no hubiesen sido proferidos, y las bestias, los demonios, los verdugos las sujetaban, las atenazaban, las zarandeaban, haciendo que los pies de las victimas se arrastraran como si ese último contacto con el cemento fuese el último contacto que tendrían con el mundo, con esa vida que seria brutalmente borrada… Desde mi puesto de vigía, desde mi atalaya de ramas, desde el faro que se yergue sobre el mar de la desgracia, testifico: En plena ciudad, y en sus lindes, en los arrabales y chabolas, en las sierras, bosques y desiertos; bajo las piedras, ahora mismo, en todos lados, la sangre se extiende, y se hace una con la tierra…

Como ebrio consuetudinario tambaleaba entre las callejas, con el miedo en la garganta y la desesperación en las piernas. La imagen de las mujeres, casi niñas, secuestradas me retumbaba en la cabeza como una migraña; punzadas de pena e impotencia golpeaban mis sienes. Paraba en una esquina, y en otra, inclinado mi cuerpo para vomitar pero no lo conseguía, era como si todo el miedo se introdujera en mi cuerpo y como recipiente estanco no dejase rezumar ese pánico delicuescente que se apoderaba de mi ser y de mi carne. Ya hacía un par de años atrás, en una ciudad similar a ésta, habíame sentido estrangulado por el temor, como si éste tuviese manos y me apretara el cogote: era una tarde lluviosa de verano y yo contemplaba el llanto de los ángeles bajo el cobertizo de un modesto cafetín de nombre Desqueyroux. Fumaba ávidamente ante los movimientos serpenteantes de Lorena, la sensual mesera que había terminado de tomar la orden de una pareja silenciosa y visiblemente molesta. El tipo parecía exasperado, había alzado el tono de su voz, al tiempo que sus brazos se agitaban ante el típico silencio femenino, incomodo e inconmovible. Entre ellos había tensión, y tal se impregnaba en el aire, y se hacia pedazos y se escurría por el piso laminado y las mesas del lugar. La mujer cruzó su mirada con la mia, frunció el entrecejo y volvió sus ojos hacia algún punto distante de la bocacalle húmeda; sin embargo, lo que parecía contemplar era el vacío. No es que la observara de hito en hito, ni que pretendiera aparecer como un entrometido, pero el rostro de la chica era triste y seductor, lleno de un hartazgo descomunal, que me hacía recordar aquellos momentos en que yo huía con el mismo semblante, que también es el de la vida, de las camas de mis amantes. Apuré el té con vistas a irme, pues el par de tórtolos hastiados el uno del otro me había comenzado a estresar. En eso estaba cuando al fondo, en la calle, a unos cuantos metros de mi ángulo de visión, un auto le cerraba el paso a otro. Dos automovilistas pendencieros salían de sus vehículos y se increpaban violentamente. Todo ocurría rápido, como en un ensueño relampagueante. De pronto uno de ellos saco de su chaqueta un revolver y lo vació cinco veces en la cara del otro. No se oyeron gritos, o por lo menos yo no los escuché. Nadie hizo por detener al asesino; subiose éste a su automóvil, con la rapidez y ligereza de un adolescente que se monta en una bicicleta. No me moví de mi asiento durante unos minutos mientras la pareja de enojosos motivos permanecía, al parecer, absorta. La mayoría de los circunstantes hacían uso de esos diocesillos de bolsillo que llaman móviles. Algunos llamaban a emergencias, pero los más, se limitaban a gravar y a tomar fotografías de la escena. El rostro del interfecto era ahora una súbita deformación impersonal, una abstracción absurda y sangrienta. En torno al cadáver podía verse lo que parecía ser restos de masa encefálica. Sorprendentemente pude escuchar algunos comentarios jocosos o irónicos mientras el temor apretaba con un nudo, cada vez más fuerte, mi garganta. “Pero bien reventado quedó ese cráneo” dijo Lorena insensiblemente… Por la noche, yo estaría copulando con esa indolente serpiente, siendo yo mismo serpiente también…

Recordaba que yendo por la avenida Z… atravesaría de norte a sur una zona residencial para después pasar por otra avenida y llegar a una intersección donde tomaría el metropolitano. Sin dinero, tenia que arreglármelas para abordar, sin pagar boleto, aquel Leviatán rodante. Me debatía entre limosnear o saltarme el torniquete. Hice esto último ante la ausencia de algún oficial de vigilancia y, probablemente, con la desaprobación de los usuarios que me vieron. Ya dentro, recorriendo los pasillos, la habitual indiferencia y prisa me tranquilizo, perdiéndome en ese mar de nada, confundiéndome totalmente entre los presurosos y cansinos pasos de los transeúntes. Un anciano de rostro majestuoso, de patriarca, tocaba el violín. Me detuve unos minutos para verlo. Parecía ser invidente, y, sin embargo, tocaba con maestría piezas de Bach y Schubert. Pensé que aquel viejo imponente no era el único ciego. Aquellos viandantes que pasaban de largo sin mirarlo ni oírlo, y yo mismo, habíamos perdido la vista tiempo atrás. No hay sitio para la belleza en los grandes conglomerados, y, tal vez, ya no hay sitio para ella en el mundo. La sublime apreciación es algo que pertenece al pasado, que quedo ahí, arcaica como los verdaderos poemas y bajo los contenidos de los mitos. El automatismo es la norma. Me entremezclo entre todos esos esclavos del trabajo, la necesidad y el egoísmo. Cada uno con sus infiernos personales que les impide ver que alrededor de ellos la vida se abrasa. Vagones repletos de almas perdidas que no tienen otro fin ni otro sueño que el propiciado por el reducido tamaño de sus días. ¿Qué clase de seres éramos? ¿Acaso la miserable condición humana se reduce a la inveterada lucha por existir, por sobrevivir, como lo hacen las bestias de las selvas, como lo intentan los perros en las calles? Ésta era la filosofía de cadena alimenticia en que se complacían y regodeaban los Rakshasas. Pero yo me negaba a creer y asumir tal pobreza de condición. Así, con estos pensamientos revoloteando en mi cabeza, recorrí varias estaciones, como aletargado, hasta llegar a mi destino.

No podría decir que le rezaba a un dios, o que invocaba a un yinn, pero dentro de mí le repetía a mí ser que no podía equivocarme. Tenía un leve recuerdo que me producía inseguridad, y al propio tiempo un presentimiento que me provocaba certeza. El piso de Saulo tendría que estar entre el conjunto de condominios grises que tenía ante mi vista, y que, más que hogares, parecían jaulas expuestas al sol. Este sitio era conocido como la zona del alabastro ya que todos los edificios habitacionales eran tan iguales como si fuesen todos hechos de sulfato cálcico hidratado. El ambiente era tan plomizo y sombrío que invitaba, de vez en cuando, a tener pensamientos suicidas. Sin embargo, como esta zona no era exclusiva, es decir, que había decenas como ésta distribuidas por la gran ciudad, no estaba seguro de encontrarme en el lugar adecuado. Mis dudas perdieron fuerza cuando hube de tocar el timbre de uno de esos departamentos y apareció Saulo en mangas de camisa ante la puerta de número sesenta y seis. Sorprendiose al verme, no solo por mi sucia indumentaria, o mi barba crecida, o mis cabellos enmarañados, sino porque la ultima vez que nos habíamos visto, unos dos años atrás, no habíamos quedado del todo bien. Sin recordar con exactitud las motivaciones de los últimos desaires, o conflictos, o lo que fuere, simplemente nos estrechamos la mano como otrora, cuando éramos los mejores amigos. “Carajo, no pensé que volvería a verte, qué te trae por aquí, en estos humildes lares” dijo Saulo con una sincera sonrisa dibujada en su rostro desvaído. Era alto, calvo y jorobado, y una prominente panza sobresalía donde antes estuviera un abdomen medianamente desarrollado. Presumía de sus orígenes alemanes, aunque, para hacerlo rabiar, sus amigos decíanle que tenía la apariencia de un enorme judío escapado del gueto. Era un tipo singular, algunas de sus excentricidades consistían en haber mantenido una relación incestuosa con una de sus dos hermanas, o el de usar el mismo tipo y color de ropa como si de un retrato se tratase. Tomamos vino y nos emborrachamos. Las palabras que conformaban nuestra conversación se sucedían unas tras otras sin parar, como si al no habernos visto hubiéramos acumulado dentro de nosotros un sin fin de interesantes vivencias que eran contadas, ahora, como historias. Algo de verdad había en ello…

No quise contarle a Saulo lo que había visto la noche pasada, apenas unas horas atrás. Un solemne respeto por la vida perdida era lo que me impedía contar como una anécdota el nefando hecho del que había sido mudo testigo. Y al término de la segunda botella de vino, con unos billetes en el bolsillo que mi antiguo amigo de juergas había tenido la gentileza de prestarme, un tanto borracho, salí de su apartamento, y mientras bajaba las escaleras, pues el elevador estaba inservible, llore… llore amargamente porque a veces la miseria te abofetea el rostro y los ambientes de color ceniza y ocre te recuerdan las fatalidades vividas, los hechos consumados, los instantes sin remedio que constituyen, que forman, que conforman la existencia de la mayoría de los seres que, como sonámbulos, van por las noches de los días y que, iluminados por un sol negro al que los sectarios rinden pleitesía, caminan con pasos inestables, vacilantes, como si temiesen caer de bruces ante la vida, teniendo como triste legado de desconocidos antepasados los pesados fardos de la estulticia.


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