Maria Jesus Henderson, Aves Migratorias

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10-10-2014

Contemporánea cuento o relato

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Julio 1994. En un pueblo tranquilo de la Mancha, unos adolescentes que han crecido juntos, se reúnen a las afueras del pueblo  para celebrar el cumpleaños de Roberto. Maria asiste a esta fiesta la noche antes de emigrar a Inglaterra. Esta será la última vez que Maria verá a su mejor amiga, Lourdes. A partir de ese momento su vida, hasta ahora segura y tranquila, sufre un giro de 180 grados. El comienzo de la vida adulta en un país extranjero, lejos de las personas a las que ama, no será el camino de rosas que ella soñaba.  Así nuestra heroína inicia una aventura excitante a la vez que tempestuosa donde las pasiones afloran con una fuerza para ella desconocida. 

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Primer capítulo

1. La última cena (Julio 1994)

 

María ese día no paró ni un minuto, el pasaporte, la ropa muy bien doblada, los zapatos, los títulos, el certificado de nacimiento, la bolsa de aseo, la bolsa de las pinturas. Sentía como un sobresalto, una emoción que ya había experimentado en el pasado, que la empujaba a dar saltos, a bailar al son de cualquier música. Madre mía: la cena. Volver a ver a Roberto después de lo que para ella era una eternidad, y el viaje; en dos días estaría contemplando la torre de Londres. Abrió de nuevo el mapa que había comprado en la librería más antigua de Ciudad Real, y se quedó mirando el reverso donde aparecían los monumentos más típicos. Se puso el polo blanco de su hermana, unos vaqueros negros ceñidos también de su hermana, toda su ropa estaba ya guardada en la maleta, -me están un poco pequeños- pensó, y recorrió el pasillo hasta llegar a la habitación de su hermana buscando el espejo. Este era el único espejo de cuerpo entero en la casa y el armario que llevo su madre a su boda hacía ya casi cuarenta años. Se miró de frente, de perfil,  murmurando -estás guapísima-, lanzó un beso al espejo al estilo de Marilyn y salió corriendo dispuesta a pasar una noche en el campo.

 

Lourdes, su mejor amiga, que iba a ser su compañera de fatigas en Londres, le había dicho que había cena de cumpleaños de Roberto. Esta cena era en el campo, en la pradera de la Virgen Blanca. Al no tener coche quedaron para ir andando los tres kilómetros de distancia que lo separaban del pueblo. Mientras caminaban iban ultimando los detalles de su inminente viaje a Inglaterra. Con la luz tenue del anochecer, el cementerio, los viñedos, se iban deslizando a medida que caminaban como el fondo de un escenario. Lo único que interrumpe la conversación es un tractor que se aparta hacia la derecha de la carretera levemente para que ellas no tengan que bajarse a la cuneta, un agricultor del pueblo al que ellas conocen, así como a su familia e incluso la calle donde vive. El tractorista hace un ademán con la mano a modo de saludo y su amiga levanta la mano y le sonríe. "¿Lourdes, porqué tienes que decirle hola a todo el mundo?" Lourdes sonrió con una sonrisa verdadera que formaba parte de sus facciones. Lourdes siempre, siempre, desde que María tenía uso de razón parecía estar feliz.

 

- ¿Llevas el bolso? ¿Me puedes guardar esto?- María le dio un paquete de tabaco y un pequeño colgante-amuleto: la mano de Fátima.


- ¿Y ésto? - Preguntó Lourdes.


- Lo llevo siempre. Dicen que protege de las enfermedades y atrae la buena suerte. Es que soy muy supersticiosa.


- Pues que no se te olvide llevártelo mañana -se lo puso en la palma de la mano y rio 


-¡Como pesa!

 

Ella, se había comprado el colgante en el rastro de Madrid hacía años, en una de sus visitas a su madre en el hospital. Era un colgante de plata muy labrado, con una piedra en forma de ojo de color azul, situada en la parte superior de la palma. 

 

Los coches flamantes de sus amigos iban llegando y María veía a través de los cristales de los coches los rostros altivos de sus amigas con sus novios al volante. Estas parejas se habían formado en los dos últimos años entre chicos y chicas de su misma pandilla y como si de una relación causa/efecto se tratara, sus amigas pasaron a detestar el alcohol y a hablar de cosas que a María le causaban aburrimiento;  el estrés por el inminente examen de las oposiciones, la mejor zona para comprar piso. María y Lourdes, en sus largas charlas hablaron muchas veces de que solo quedaban Lourdes, Marga y ella sin pareja oficial en la pandilla, aunque ella no sentía envidia, ni siquiera había reparado en ello como un desastre para la continuidad de la unidad del grupo de amigos.

 

Los coches buscaban el mejor aparcamiento en la oscuridad intentando esquivar los hoyos y zanjas que poblaban el terreno. Roberto atizaba la lumbre e iba y venía al maletero de su coche para sacar la sartén, la carne, el capacho, el hielo, los botellines, al mismo tiempo que bromeaba y saludaba amablemente a las chicas y sus novios. -Tuchi pásame esa paleta-, dijo a María. Ella se sorprendió de que él le hubiera hablado, aunque hubiese sido solo para algo tan trivial como pedirle que le ayudase. Tuchi es el apodo cariñoso que le dieron sus amigas en quinto de EGB.

 

María mira continuamente a Roberto sin apenas darse cuenta, no por coquetería, le gusta mirarlo. Para ella, Roberto es un dios de pelo rubio y ojos azules con un enorme carisma, extrovertido, sensato, desvergonzado, presumido y con un aire de misterio.


Esa noche marcó un antes y un después en la vida de María, una noche cálida de últimos de Julio llena de estrellas. Roberto se sentó a su lado al final de la noche cuando ya se habían ido las parejas y María sintió un repentino estremecimiento cuando notó su mirada profunda por unos segundos, aunque para ella pudo ser una hora, un día, una eternidad. Una mirada que aun hoy perdura en su recuerdo.


- ¿Y quién me lleva a mí a casa? - Susurró María a su oído, ayudada por la osadía que produce el alcohol.


- Yo te llevo, espera a que recoja.


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