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anomine

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07-11-2017

Contemporánea novela

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"Hoy cumples tres años, e inicio esta carta sabiendo que no la leerás en mucho, mucho tiempo, tal vez nunca; y sabiendo también que el momento que descubras los secretos que aquí escondo marcará un antes y un después en tu vida, pero sobre todo en la mía. .."

  Así comienza la historia de Amaya, una historia de amor y de odios, de culpas y perdón que nos dejara con un final inesperado.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

" Hoy cumples tres años, e inicio esta carta sabiendo que no la leerás en mucho, mucho tiempo, tal vez nunca; y sabiendo también que en el momento que descubras los secretos que aquí escondo marcarás un antes y un después en tu vida, pero sobre todo en la mía... ¡Ay, cariño! es todo tan complicado, y yo... yo no sé ni por dónde empezar... tendrás que perdonar a esta pobre anciana por remontarte a sus inicios, porque aunque esta historia es para ti, es ante todo, mi historia y necesito de todo corazón que entiendas tantos porqués, y tengo tanto miedo de que cuando sepas toda la verdad, toda mi verdad, simplemente desaparezcas. Déjame entretenerme en los detalles, destejer para ti todos los secretos que cubren mi vida y permíteme así que alargue el final hasta el final.

Así pues tu historia empieza conmigo para acabar en ti. Recorre sesenta años, y aunque hay veces que incluso yo, o sobre todo yo, pierdo de vista la realidad, sigue estando allí, siempre está allí, siempre...

Si he de escoger una palabra desde la que empezar es inocencia, partiremos de la inocencia de tres niños que juegan, pelean y crecen juntos, con toda la vida por delante y aun nada esbozado ni escrito. Corría el año 1959 y yo tenía ocho años, era la segunda de cuatro hermanos. Mi padre era guardia civil, vivíamos en una casa cuartel a las afueras de un pequeño pueblo de pescadores en Málaga, cerca de Cabo de Gata. Era una buena vida, vivíamos casi en medio de la nada, pero cerca del mar..., siempre me gustó vivir cerca del mar, escuchar las olas rompiendo contra las rocas mientras duermes, y los chillidos de las gaviotas al despertar... hubo un tiempo que lo eché terriblemente de menos, los sonidos, el olor del salitre... en fin, no nos adelantemos a la historia... como decía, yo era la segunda de cuatro hermanos: Rosa, Amaya, Miguel y Sofía

Es curioso como hay recuerdos muy nítidos de la infancia, recuerdos perfectos que en realidad se fijan en el vacío, pues no puedes decir qué estabas haciendo antes ni qué pasó después, sólo esos pocos momentos que se te quedan en la memoria como si fuera una película. Yo recuerdo así aquel día. Estábamos Rosa y yo bajando el camino hacia la playa, Miguel tuvo que quedarse en casa porque estaba enfermo y Sofía era prácticamente un bebé. Era el primer día que hacía el suficiente calor como para chapotear en la orilla... bueno..., supongo que en realidad no hacía demasiado calor, pero creo firmemente que los niños miden la temperatura, así como el tiempo y el espacio, de manera diferente a los adultos.

Pues bien, íbamos bajando por el camino cuando, sin saber de dónde, aparecieron ellos.

- ¡Fuera, fuera de aquí! -exclamo el más chico de esos dos pequeños monstruitos-¡Las niñas no pueden ir a la playa! La playa es para los guerreros, no para niñas estúpidas.

Cierro los ojos y los veos, Simón y Gabriel. Ambos fueron, cada uno en su justa medida, las dos personas que cambiaron el rumbo de mi vida. Ese momento, justo aquel día. Pequeños momentos transcendentales que pasan cuando no los esperas.

Simón era alto para su edad, con la piel cetrina, con ese moreno natural que no depende del sol, llevaba el aire de mar pegado en los huesos, el salitre impregnaba su alma.

Gabriel en cambio era más bajito, con el pelo rubio desvaído, tirando a castaño. Él era más serio, más contenido. Conocerle, juzgar sus sentimientos siempre fue más complicado. Pero ambos tenían los mismos ojos, oscuros, negros penetrantes.

 

- Gabriel Gómez, ¡no se dice estúpido! ¡Además yo no te he insultado!- dijo Rosa con toda la autoridad de sus estirados nueve años.

- Estúpida, estúpida, estúpida, eres tonta y el culo te huele a caca de vaca.- cantó Gabi con toda la mala idea de sus siete.

En ese mismo momento sentí como una rabia roja me inundaba por dentro, rápida y sencilla, cuando abrí la boca las palabras ya estaban allí.

- Cállate Gabrielito, además a ti te huele la cara a caca de mono y eres feo y bobo-dije yo al ver que mi hermana se echaba a llorar, puede que fuera una estirada, pero sólo Miguel y yo teníamos derecho a hacerla llorar- y tu Simón no te rías que eres más tonto que un mulo. Todo el mundo lo dice: Simoncito y Gabrielito Gómez son tan tontos que un día salieron a pescar y los peces hicieron que ellos se comieran los gusanos

- Serás cerda...

- ¡Corre Amaya, corre! - dijo mi hermana a la que tiraba de mi manga y echaba a correr, ellos eran sin duda más fuertes, pero nosotras éramos más rápidas. Corrimos como si se nos fuera a escapar el alma por la boca de vuelta al cuartel.

- si... eso Amaya, corre, gallinita, ya te pillaré, ya...

-¿Tú y cuántos más, Simón?- supongo que siempre fui demasiado bocazas para mi propio bien...

- Mañana en la clase no te vas a poder escapar.- En aquella época se llevaba que las escuelas se separasen a los niños de las niñas, pero la nuestra era demasiado pequeña para eso, en realidad era demasiado pequeña incluso para dividirnos por edades, entre los tres pueblos cercanos y el cuartel apenas éramos cincuenta niños y estábamos divididos en tres aulas, la primera hasta los seis, la segunda de seis a nueve y la tercera de nueve a catorce.

- Como te atrevas a tocarme un solo pelo de la cabeza mi padre te dará tal patada en el culo que te estará doliendo hasta el día de Navidad- yo sabía que no le diría nada a mi padre ni por todo el oro del mundo, pero ellos no.

Aquel día iniciamos nuestra propia y particular guerra de guerrillas que duró al menos cuatro años, en el fondo fue divertido, ¡Qué demonios! ¡Fue condenadamente divertido!

Recuerdo la vez que Miguel y yo les pusimos engrudo en los asientos, los pantalones se les acartonaron y andaban como pingüinos apopléjicos, o cuando escondieron cabezas de pescado podrido en nuestras mochilas, a mi madre casi le da un ataque y yo pasé dos cursos con unos libros que olían fatal. Rosa hizo todo lo posible por desvincularse de nosotros, pero no siempre lo consiguió, como  aquella vez que llegamos con toda la ropa y el pelo azul porque nos tiraron un cubo de agua con tinte para la ropa, tardamos una semana en que el pelo volviese a ser de un color uniforme, la ropa, irrecuperable... me vengue poniéndoles culebras en las cajoneras, a Gabi le dio tal susto que se cayó de culo, imagínate la que se armó, media docena de culebras por el suelo, niños chillando, la maestra subida encima del pupitre.... Si, fue una época sin duda divertida, yo era un terremoto, si había algún alboroto en tres kilómetros a la redonda se podía contar con que yo estaría metida hasta el cuello en él y arrastrando a mi hermano Miguel de paso. Todavía me pregunto cómo sobrevivió mi madre sin matarnos a todos en el proceso.

Pero un día, de repente, todo cambió.

 

 


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