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Un viejo secreto

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26-09-2018

Ciencia ficción/fantástica novela

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En este lado del muro la poesía no es apreciada como muchas otras cosas; en el otro lado del muro lo que existe es un misterio. Agus se levanta como todos los domingos para hacer lo que está programado con el fin de ser socialmente aceptado.

Una ventana que siempre está cerrada esconde tras ella a un señor que nunca se ha visto antes. La causalidad o la casualidad provoca que Agus entre en la casa. La persona que vive en ella reclama la presencia del único cura de la ciudad y la suya para comentar dos historias.

Ambas historias provocan cambios en la percepción de la vida de este lado del muro y desencadenan acontecimientos que les llevan a ser perseguidos por la justicia, descubrir lugares secretos y, en definitiva, cambiar el mundo y sus vidas.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

UN VIEJO SECRETO.

Capítulo 1.

El mundo no se divide por designios de ningún Dios. La separación se produce por la fuerza que mueve a cualquier ser humano vulgar: la ignorancia y el miedo.

En este lado del muro, la mañana es como otra cualquiera: rutinaria.

Anoche Agus escribió poemas. Al despertar, coge uno de la mesilla de noche y un mechero. Lo enciende y aún se aprecian palabras sobreviviendo al fuego:

“Si me busca la bella calavera

para decir que es mi momento

y llega de negro, rosas y madrea

para que al fin descanse mi cuerpo,

cortés le invitaré a tomar café

porque quiero seguir despierto…”

No conoce a nadie en este lado del muro con su afición. No hay libros de su gusto y culpa a la industria de su desencanto. Agarra otro poema y antes de quemarlo, lee:

“Pobre el solitario pues no intuye

que en todo momento es pretendido.

Quizás triste lo dio al olvido;

quizás triste de pensarlo rehúye.

¡Qué batalla bella y noble

brindan para enamorarte el día y la noche!

El día obsequia con el sol para verte despertar.

La noche regala a la luna para verte soñar.

Como pretendientes peleando por ti, igual.

Durante el día luz, color y calor,

calles con vidas vestidas de moral;

durante la noche oscuridad, negro y nada,

calles vacías esperan tu instinto animal.

Por ti, día y noche, todo lo dan.

Cuéntame, entonces, ¿Qué hablas de soledad?

Si brindan sus vidas cuando su rival no está.

Yo no podría elegir porque me gustan las dos,

por eso me deleito con amaneceres y atardeceres,

cuando se encuentran y comienza la batalla,

porque sentado en soledad, como un canalla,

contemplo cómo se pelean por mí:

por nada.”

Ahora todo es ceniza. Se pregunta por el otro lado del muro, pero no encuentra explicación lógica; siempre ha sido así. Tradición y costumbre se hereda de generación en generación por orgullo.

Abandona la soledad de sus paredes y en la calle observa que las personas cumplen con sus obligaciones para intentar llenar el vacío existencial.

Agus juega a golpear su pelota sin deseos. Practica para buscar aprobación social. En este lado del muro tienes que hacer “lo de siempre” o te arriesgas a ser un marginado. Unos compañeros llegan riéndose de mendigos tumbados en el suelo; otros presumiendo para engordar su ego. Comienza la batalla de poder.

Agus mira la única ventana abierta tras la portería y un presentimiento le hace retumbar. Comienza el juego.

Dentro de esa ventana se inicia el día, pero ya sabemos que todo comienzo lleva implícito un final. Un anciano despierta porque cree que dormir es como estar muerto y sabe que le queda poco tiempo. Arrastra sus zapatillas peludas con el peso de llevar una vida a sus espaldas y se sienta junto a la ventana.

Observa a los jóvenes imitar a los millonarios que idolatran. Hay cosas que no cambian y solo el envoltorio permuta de color mientras el contenido es el mismo. Vivimos con los ecos de nuestros antepasados retumbando en nuestras conductas.

También ve la iglesia. El cura despide a sus feligreses, básicamente a las feligresas y, en especial, a la del collar de perlas y pulsera a juego. Siempre tiene una sonrisa especial para ella y una mirada particular que se reserva para cuando le da la espalda.

Agus no destaca. Es de estatura media y flaco, pelo moreno y seco con ojos grandes y salientes. Es rechazado porque la ideología predominante convierte a las personas en fracasados o ganadores; él lo sabe. Su compañero de cuerpo atlético sí destaca. Tiene una seguridad que roza la prepotencia y burlas para hacer reír y herir.

El compañero, en un alarde de potencia y fuerza, introduce la pelota de Agus por la ventana del anciano tirando uno de sus libros favoritos: “Las desventuras del joven Werther”. Todos ríen y abandonan la escena encumbrando la hazaña. Agus no. Tras reflexionar, inseguro, llama al telefonillo después de años sin usar. Va a por el balón.

Cae antes de detenerse ante la puerta. Lee el cartel que cuelga: “Si estás aquí, que sea importante; si no es así, lárgate”. Llama con miedo.

Tras unos segundos que se hacen eternos, sus ojos saltones se abren al compás de la puerta. Sus pupilas se expanden al ver al anciano.

Al fin te tengo enfrente. Vamos, pasa.

Se extraña, pero alguien con tantas arrugas no puede hacer daño físico y accede. Agus queda fascinado al ver un salón tan anacrónico. Abundan los libros.

Ehh… vengo a recoger la…
Ya sé que quieres. Te la daré, pero antes hará tres cosas por mí.

Cree que le va a pedir dinero porque está en una propiedad privada. Es lo que todos hacen.

Mmmm… Vale -sin saber a qué se enfrenta-
Sé que aceptarías. Primero vas a coger el libro caído, te lo llevarás y lo leerás. Segundo, irás a la iglesia y vendrás con el cura. Tercero, comeréis aquí y escucharéis mi historia, una historia más. Es fácil. Si lo haces tendrás tu pelota y un libro gratis.
¿Por qué tanto para devolverme la pelota?

El anciano, con la certeza y seguridad que dan los años, sabe utilizar las palabras justas para persuadir.

Es bueno que te cuestiones las cosas. Te merecerá la pena, cambiará tu vida y recuperarás tu pelota. ¿A qué esperas? Vamos, corre. Mientras, haré de almorzar. Hoy invito yo, solo hoy.

Agus llega a la puerta de la iglesia. No está familiarizado con aquellas ostentosidades de oro mezclado con tecnología para un mensaje que predica pobreza y humildad. Llama a la habitación del cura. Tras escuchar los golpes, el cura cierra la página de internet y coloca sus nalgas en el suelo para bajar la erección. Se sube el pantalón y agradece a Dios llevarlo ancho. Lo recibe con las mejillas rojas.

Hola, hijo. Estaba rezando unas plegarias ¿Te puedo ayudar en algo? Me llamo Padre Teo.
Hola, yo soy Agus. Un señor mayor me ha dicho que te busque para almorzar con él porque quiere contarnos algo. Es por si podrías venir…
Despacio, hijo. ¿De qué se trata?
No lo sé.

Padre Teo piensa que un hombre le va a invitar a comer, lo que supone una ocasión perfecta para captar a otro seguidor.

Claro que sí, hijo. Espera cinco minutos y partimos.

Durante el corto trayecto no cruzan ninguna palabra hasta que Padre Teo rompe el hielo.

Bueno, hijo ¿Crees en Dios y en la Iglesia?
No lo sé… creo que sí.

Agus recuerda un poema que escribió contra el negocio de la institución eclesiástica donde hablaba de Jesucristo cuando destrozó el templo; de los curas como personajes aparentemente inofensivos pero bárbaros y de cómo Dios puede permitir que personas de este lado del muro sean perseguidas por divulgar información del otro lado.

La sinceridad es importante. Con la verdad se llega a todos lados, hijo.
Si no somos sincero… ¿Qué nos queda? ¿No?

Llegan al portal y suben hacia lo desconocido. Padre Teo realiza una mueca de nervios al leer el cártel de la puerta. Tres personas en un mismo espacio con objetivos distintos: Agus recuperar su pelota; el anciano contar una historia y Padre Teo captar a otro adepto para la institución que le da de comer por rezar.

Al fin os tengo delante. El joven inseguro y el futuro ex cura. Vamos, pasad, que está la comida caliente. Tú, joven, ni se te ocurra pedir permiso para hacer algo o ese cuchillo se clavará en el balón. Tú, padre, como se te ocurra bendecir la mesa, yo seré el que reparta las hostias ¿Está claro?

Agus calla y Padre Teo se ofende porque se cree cura por la gracia de Dios. Pregunta el nombre del anciano para normalizar la situación.

Mi nombre no importa, basta con mi presencia. Y, aunque pienses que no te conozco, me basta con observar para saber que serás el próximo ex cura. Vamos, ¡Sentaos ya! Servíos vosotros y comed lo que queráis. Lo he hecho yo, tiene el toque humano y no el de una máquina. Yo ya he almorzado, tenía hambre y no quería esperar; demasiado he esperado para hablar.

Los dos acatan los consejos del viejo, que más bien, parecen órdenes. Al fin y al cabo, las buenas órdenes no se imponen, se sugieren. Empiezan a comer y lo saborean. Les gusta. Se lo confiesan y la indiferencia es la respuesta a los halagos. Observan las estanterías repletas de libros, algo que en esta época tiene un valor económico incalculable. Teo pregunta.

Bueno señor, díganos. ¿Por qué quieres vernos especialmente a los dos?
Al fin haces una pregunta inteligente. Demasiado has tardado. Bien, no me voy a andar con rodeos. Mirad por la ventana. –ambos se levantan y lo hacen- ¿Lo pilláis? ¿No está claro? Desde aquí os veo todos los días. A ti, cura, te veo cómo los domingos sales a primera hora para saludar a los pocos, y cada vez menos, que van a la iglesia. A ti, joven, te veo cómo eres el primero que llegas a la pista para intentar mejorar y disimular lo patoso que eres, todo para impresionar a la gente. Y tú -mira a Padre Teo-, cuando terminas la misa, sales a despedirte de los que han escuchado, y soportado, el tostón que les ha soltado; en especial, a las mujeres. A las viejas no mucho, pero a la que siempre viene con collar y pulsera de perlas a juego, le das más que una despedida, ¿Verdad?

No tienen esquemas para responder porque las palabras son capaces de destruirlos. Revolotean ofendidos como gallinas sin cabezas tras escuchar tanta verdad. El viejo se sienta, suelta su primera sonrisa tras mucho tiempo y dice:

¿De qué sirve observar y comprender sin ayudar? Os lo diré más claro: os he traído aquí para que aprendáis y hagamos de este mundo un lugar mejor.

No os enteráis de nada. Estáis atrapados en la sociedad. Pensad: ¿Hacéis lo que en realidad queréis? Sé que no. Tú eres cura y te estás enamorando de una mujer visible que está en la Tierra. Y tú -señala con el dedo a Agus- piensas y sabes tanto que tanta información te paraliza; no actúas. No haces nada sabiendo que puedes hacerlo todo.

Ambos cambian la percepción del viejo como consecuencia de sacar a relucir la verdad que se tapa tras máscaras autoimpuestas.

Vamos a ver… yo soy cura. Entregué mi palabra, cuerpo y alma a Dios –se intenta autojustificar-. No podría...
Mírame a los ojos. Escucha y presta a tención a lo que te voy a decir. Estoy seguro de que cuando salgas por esta puerta, lo harás sin el alzacuello puesto.

Veréis, la historia es la que os han contado, ¿verdad? No obstante, ¿quién cuenta la historia? El que manda, el que tiene el poder y la gloria. Para la mayoría es la única que existe, pero ¿qué pasa con la historia que se pierde? La que no se cuenta, la que se calla. Os he traído aquí porque os voy a contar la historia que no se contó. Os la podéis creer, o no. Que no se cuente no quiere decir que no haya existido, simplemente no se ha impuesto. El pasado existe, aunque no hayáis formado parte de él. Hay historias que pueden cambiar el mundo y si es capaz de cambiar el mundo puede transformar vidas, como la vuestra.

Saben que lo que está sucediendo en el salón es anormal porque en este lado del muro todos desconfían de todos; desde pequeños se aprende a desconfiar de tu rival. Ahora están más relajados.

Es evidente que quieres transmitir un mensaje –dice Agus-. ¿Pero sobre qué?
No solo voy a transmitir un mensaje –adelanta-. Voy a contar una verdad, una de tantas que forma parte de la historia. Es un trozo de la historia que los encargados de escribirla se saltan. No se cuenta porque no conviene y yo formo parte del silencio.

Os la cuento para que entendáis la realidad que vivís, para que veáis el mundo como lo veo yo.

Yo también me equivoqué. Pensé que el silencio iba a hacer ruido, que iba a gritar la verdad. El silencio es un arma y puede hacer daño. Puede destruir. Me queda poco para irme de aquí. El tiempo se me acaba y no quiero morir en silencio.  

¿Es una confesión? –pregunta Padre Teo-.
Ni de broma. Te digo que tú sales sin alzacuello y el joven más seguro que yo. Bueno, ¿Estáis preparado? Yo, después de tanto tiempo, sí.

Sois diferentes. La mayoría se mueven por convencionalismos o por aceptación, ustedes también, pero os mueve algo distinto. Hay algo interno, un impulso que te hace actuar al contrario de la masa. Está en vuestro corazón, en vuestra creatividad.

Tú, joven, si fueras como los demás, al perder la pelota, o te hubieras enojado, o te hubieras largado con los demás por resignación para luego comprarte otra.

Tú, cura, si fueras uno más, no mirarías el bonito culo de la mujer cada vez que te da las espaldas. Os falta confiar y ser vosotros mismos. Os falta dar el golpe en la mesa que tanto deseáis dar y correr detrás de lo que pretendéis. Quedaos con lo que os estoy diciendo. No volveréis a escuchar algo bueno hacia vosotros.

Cuando alguien cuenta la verdad con tanta naturalidad es como si vertieran un bálsamo de alivio en el alma. Este viejo loco no va a contar una de las típicas batallas de abuelo.

Poneos cómodo, la historia es larga.

Agus, ¿Ves el libro que te he regalado? Ahí golpeó la pelota. Acércate y mira. Hay un libro en el fondo de la estantería escrito con mi puño y letra. Es negro y de tacto suave. Alcánzalo y tráelo. He tenido muchos años para escribir la historia; sé que mi cabeza no va a funcionar siempre. Además, soy partidario de escribir lo difícil de explicar.

Sí, voy. Qué casualidad que diera justo ahí.

Se levanta y toca con sus dedos el suave diario del viejo. Se lo lleva y se sienta a escuchar. El viejo aclara.

Casualidad o causalidad. Depende de cómo lo enfoques. Allá voy, no me gusta enredarme. Será una historia clara. Qué ganas tenía… 

Abre el libro y comienza la historia.


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