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La promesa

La promesa

09-04-2018

Ciencia ficción/fantástica novela

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La Promesa es una novela mágica en la que su personaje principal, José Zamudio, un viejo aguamielero cuentacuentos, nos llevará de la mano presentándonos a su amado pueblo, donde las visiones espectrales son algo común. En ella, pasaremos de la carcajada al terror y la desolación escuchando los relatos de Zamudio e iremos desentrañando el sombrío propósito que esconden sus historias.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Antes de sonar la cuarta campanada, Don Zamudio ya se estaba acomodando en su acostumbrada banca de piedra frente al kiosco. Poco a poco fue llegando la gente del pueblo para sentarse a su alrededor, como hacían cada tarde después de terminar con sus labores.

La chiquillería se fue amontonando en el suelo, sus padres y abuelos buscaron lugar en las bancas vecinas y algún otro precavido acomodaba su silla de madera lo más cerca posible de Zamudio.

El viejo observaba gustoso a su público, esperando que todos encontraran un lugar para poder comenzar con la historia.

–Oiga Don Zamu –dijo Ester– Cuéntenos del primer aparecido que vio, esa historia me gusta mucho. –Y sentándose a su lado, la mujer se envolvió en su rebozo, sonriendo.

– ¡Sí Don Zamu! –gritaron varios niños, recordando la tétrica historia que habían escuchado ya varias veces, pero que aún les ponía la piel de gallina cada vez que el anciano la repetía.

–Está bueno –indicó Zamudio. Y jugueteando con el jarro de barro que tenía entre las manos, comenzó:

–Como ya todos saben, cuando era un chamaco de siete años, falleció mi madre, Doña Felícitas. Yo andaba todo lloroso, pensando que sin ella, la vida no valía la pena. Me pasé toda una semana tirado en el petate, sin quererme levantar ni para comer. Hasta que mi padre se hartó y me llevó en brazos al río.

–Tienes que reaccionar –dijo. Y conforme yo pataleaba y chillaba, él me dio un buen remojón en las aguas heladas para ver si así lo conseguía.

Luego me abrazó y me dio un beso en el copete. Nunca antes lo había hecho, así que dejé de llorar, asombrado.

–Eres mi único hijo –habló entre lágrimas– no quiero verte sufriendo. Siéntate allí en la orilla un rato para que recapacites de lo que quieres hacer de ahora en adelante y luego te vas para la casa a dormir.

Y me quedé allí, viendo a mi Tata fijamente, todavía sin poder creer que me había besado. No supe cuánto tiempo me estuve parado en lo oscuro, pero fue entonces que la vi, a mi primer fantasma.

Era una mujer hermosa, morena como el cacao, con sus ojos grandotes negros como la noche y su cabello largo hasta la cadera.

En ese momento, no tuve nada de miedo, porque la vi tan hermosa, que sentí un calorcito en la panza y juré que estaba enamorado.

– ¡Pero qué criatura tan bella! –Dijo y se fue acercando a mí– no es justo que tu padre te castigue así, lo he visto a lo lejos mientras te sumergía en el agua helada. Si fueras mi hijo, jamás te castigaría. Al contrario, pasaríamos el tiempo jugando y divirtiéndonos. Además, no tendrías que ir ya nunca a la escuela. Serías el niño más feliz del mundo.

Yo estaba extasiado, en ningún momento creí que fuera un espectro. La veía como un ángel enviado por mi madre para cuidar de mí en su ausencia, así que no opuse resistencia cuando me tomó de la mano y me llevó con ella.

Mucho rato caminamos alejándonos de la casa, siguiendo el río. No sé cuántas cosas iba diciendo la mujer ni me importaba, porque me sentía encantado y lo único que quería era escuchar su voz suave y melosa y ver su rostro tan bello que encandilaba.

Pero, cuando la escuché decir que tenía que matarme para que yo dejara de crecer y la pudiera acompañar por toda la eternidad, se acabó el encanto.

Fue entonces que comprendí todo y supe quién era aquella mujer. Me solté como pude de su mano que me apretaba como una tenaza  y corrí de vuelta en busca de mi padre.

Mas, la mujer se reapareció frente a mí, ya sin sus disfraces. Y la vi bien clarito a la luz de la luna. Sus cabellos sedosos no eran más que serpientes que se enroscaban y retorcían, sus grandes ojos negros eran en verdad dos agujeros en los que se podía ver el abismo del infierno y su piel que en un principio pareciera hermosa, era sólo el cascajo seco y podrido de un muerto.

– ¡Necesito un hijo! –Gritó.

Y mientras yo temblaba de miedo y sentía que moría del susto, lo único que pude hacer, fue pensar en mi Felícitas. Y sacando fuerzas de no sé dónde, le dije:

–Yo ya tengo madre y aunque no esté a mi lado, sé que me quiere y me protege. Tú mataste a tus niños por loca y tienes que cumplir con tu castigo. Nunca volverás a tener un hijo porque no lo mereces, ¡así que deja de quererte robar los de otras personas!

Dicho esto, desapareció. Y yo corrí a toda prisa para la casa, a refugiarme junto a mi padre.

La aparecida nunca más quiso volver a raptarme, pero la seguí viendo por las orillas del río, llorando a gritos por sus hijos, esperando la oportunidad para engañar a algún chamaco y hacerse al fin de un nuevo retoño.

Los niños aplaudieron felices en cuanto Zamudio terminó su relato. Aquí, rodeados de adultos, se sentían a salvo e incluso se daban el lujo de fanfarronear diciendo que no les daba miedo acercarse al río cuando era ya de noche.

–Oye Zamu –dijo su compadre, Don Toribio– todavía es temprano ¿Por qué no cuentas otra de tus historias?

El viejo se rascó la cabeza, pensativo. Y sirviéndose un poco de aguamiel contestó:

–Tá bien, les voy a platicar algo que pasó hace mucho tiempo, cuando los males llegaron a estas tierras. Muchos de ustedes todavía no nacían o eran apenas unos chiquillos, pero si no me creen lo que cuento, allí están el Cura, Gervasio, Benito y Toribio para rectificarme o darme la razón.

La Tentación

 

Era una noche cerrada de invierno, las nubes cubrían el cielo por completo, amenazando la tormenta y el viento helado soplaba tan fuerte, que todos los habitantes del pueblo estábamos escondidos por los rincones, esperando que en cualquier momento se dejara caer el diluvio y con él, los techos de las casas.

Don Florentino mandó a su hijo Sebas y a su esposa Agustina esconderse bajo la mesa. –Es de mezquite –dijo– los protegerá si pasa algo. –Y después salió de prisa rumbo al monte en busca de su par de preciadas chivas que le daban leche y queso, con lo que terminaba de alimentar a su familia.

De repente, el cielo se iluminó como si fuera de día con el relámpago más grande que se haya visto por estas tierras y unos segundos después, se escuchó un trueno tan fuerte que más de uno quedó sordo por un momento.

–Ése cayó aquí cerca –dijo el Padre Alberto, quien recién acababa de llegar a vivir al pueblo y caminaba de un lado a otro, nervioso– Gervasio, por favor dime que no son así todas las tormentas por estos rumbos.

El joven sacristán sonrió al ver que el Cura le tenía miedo a los rayos. –No Padrecito, ésta es la primera vez que se ven cosas así en el cielo.

Después de un rato, cuando vimos que no llovía y que el viento se amansaba, todos los habitantes del pueblo salimos a ver qué acontecía.

Íbamos provistos con lámparas de aceite y veladoras, para revisar todos los rincones del pueblo, ver en dónde había caído el rayo y averiguar si todos estábamos bien. Ya afuera, nos dimos cuenta con sorpresa de que el cielo se había despejado y dejaba ver una luna tan brillante, que no hubo necesidad de llevar encendidas las luces.

Y en medio de la plaza, donde hoy está el kiosco, lo vimos.          

De primeras, todos creímos que se trataba de un nuevo vecino que llegaba a vivir al pueblo. Iba todo vestido de negro, muy elegante, con su traje de charro bordado en oro. Y comenzó con su discurso:

–Compañeros –dijo– son ustedes los más afortunados de la región. Porque yo soy un poderoso hechicero que ha decidido traerles, a ustedes y a nadie más, mis maravillosas pócimas mágicas para un sinfín de beneficios.

Todos quedamos boquiabiertos, ya en alguna ocasión habían llegado al pueblo algunos charlatanes de su tipo, pero nunca en las sombras de la noche y menos con la amenaza de tormenta que acababa de pasar.

–Yo sé que les parecerá extraño que me aparezca aquí en medio de la noche –prosiguió– pero no desconfíen. Acérquense a escuchar, observen.

Y sacando de su morral una botella pequeña de vidrio con un líquido verde brillante dentro, comentó:

– ¡La tan deseada pócima de la fortuna! Con ella se podrán hacer de tierras, animales, casas de ladrillos y dinero a montones. Serán la envidia del más rico –dijo con una sonrisa macabra– por fin tendrán todo lo que siempre quisieron.

La gente del pueblo lo observaba impávida. Por allá en el fondo se alcanzaron a escuchar voces que decían:

–El dinero corrompe ¿Quién querría una pócima para volverse desconfiado, egoísta y usurero?

El hombre tosió nervioso al escuchar aquello, guardó la botella y extrajo otra, ahora de un color rosa pálido.

– ¡Ésta sí que les va a gustar! Es la pócima de la belleza. –Y oteando a su alrededor, buscó a la mujer menos agraciada para dedicarse a ella.

– ¡Usted! –Dijo dirigiéndose a Juanita, quien tenía las menores gracias físicas, pero un corazón enorme y bondadoso por el que todos la queríamos como a nadie– Un sólo trago de esta botella la transformará en la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra, siendo la envidia de todas las mujeres y el objeto del deseo de todos los hombres. No se apene, no hay nada de malo en querer lucir bella –y acercándose a ella agregó– no tiene que apurarse por el pago, eso ya lo discutiremos después, cuando vea usted misma el resultado frente al espejo.

Mas, Juanita no tenía nada de interés en la belleza exterior y con respeto contestó:

–Ha de dispensar, pero a mí no me importa ser fea. Lo que yo menos quiero es despertar envidias y deseos. Al contrario, lo que me gusta provocar en las gentes es cariño y respeto.

El charro ya se veía desesperado por no lograr vender ni una sola pócima a la gente sencilla del pueblo.

– ¡Ah! –Gritó espantando a algunos adormilado– Pero ¿Qué tal si le ofreciera yo la maravillosa pócima del amor eterno? –Y sacó un nuevo frasco de líquido rojo.

–Amigos, un sólo trago de este líquido y la persona que deseen se arrastrará a sus pies, siendo suya por siempre.

Nadie se interesó. Se dejaron ver bostezos en los presentes y se alcanzó a escuchar un cuchicheo: –Eso es de personas crueles y viles. ¿Para qué querríamos retener a la fuerza a alguien? Mejor es el amor correspondido, sin magias.

El recién llegado nos miraba atónito – ¡Vaya si son un público difícil! –dijo con irritación. Y mostró otra de sus botellas.

–Ésta sí que les llamará la atención. Es la pócima de la juventud. –Y mirando a su alrededor se encontró con algunos ancianos a quienes dedicó sus palabras.

–Con ella, recuperarán su fortaleza, salud y belleza. Es mi mejor brebaje, el más mágico y extraordinario.

Acercándose a Don Bartolo, el más anciano del pueblo, le ofreció la botella.

–Tenga –dijo poniéndola en sus manos– bébala completa y muestre a sus amigos de lo que es capaz mi magia.

El viejecito miró fijamente aquel bebedizo y con lágrimas en los ojos lo regresó al hechicero.

–De nada me sirve volver a ser joven –indicó– ya toda mi familia está muerta, mi viejita, mis hijos y mis nietos. Ya ni mi compadre me acompaña. Y no es que no les tenga cariño a ustedes –dijo dirigiéndose a quienes le rodeábamos– pero ya se pasó mi tiempo en esta tierra y no vale la pena regresar a las juventudes sin quién nos haga compañía.

El charro negro se puso rojo de repente, su rostro pareció reventar de coraje al ver que nadie aceptaba sus ofrecimientos. Pero suspiró, se calmó y sonrió ampliamente.

–Es que me faltaba la pócima más grande de todas, tal vez con ella le gustaría reconsiderar abuelo. Es una magia tan fuerte, que sólo yo sé realizarla.

Y alzando los brazos al cielo continuó emocionado: – ¡He descubierto el secreto de los cielos! ¡Ya nada se oculta ante mí! Dígame anciano ¿Qué le parecería tener de regreso a su amada esposa?

Gritos de asombro y de espanto se escucharon por doquier. – ¡Esto es blasfemia! ¡Sacrílego!

Aquel hombre nos miraba sonriendo. –Piensen lo que gusten, pero no se nieguen la oportunidad de tener a su lado nuevamente a su madre, hermana, hijo o vecino. Tienen un día para recapacitar. Y tomen en cuenta que puedo hacer esta magia una sola vez. Así que mañana a la media noche, la primer persona que llegue a este mismo sitio decidida a recuperar a su ser amado, tendrá la pócima. No se preocupen por el precio, que comparado con el resultado, será muy bajo. Además, –añadió por lo bajo– no hay nadie en el pueblo que no pueda pagarlo.

Y tomando su morral, se lo echó al hombro cogiendo camino rumbo al monte.

Esa misma noche se empezaron a escuchar los coyotes. Antes de eso, no se les veía por ésta región. Mas ya a partir de esa fecha, hubo que tener mucho cuidado con ellos.

Todos quedamos asombrados por las palabras de aquel hombre. Unos se alejaron diciendo que todo eran puras patrañas, otros iban clamando a los cuatro vientos que aquello era magia negra y otros tantos hicieron de cuenta que no les importaba.

Mi padre y varias personas más corrieron a la Iglesia para hablar con el nuevo Cura que, junto al Sacristán, había permanecido dentro de la Casa Parroquial por miedo a que más rayos estruendosos se presentaran.

–Me alegra la reacción que tuvieron ante el supuesto mago. Pero no caigan en la tentación hijos, que si bien es seguro que nadie puede dar vida mas que nuestro Padre, no conocemos a este individuo y no sabemos de lo que es capaz con tal de hacerse de unos centavos. Ándense con cuidado. –Y nos dio la bendición.

–Hay que hacer caso del Cura –decía Doña Agustina a mi padre mientras salíamos de la Iglesia– mantengámonos alejados del monte mientras el extraño se larga.

–No nomás eso –dijo Don Florentino– hay que procurarnos hablar con todos en el pueblo para que nadie baje mañana en la noche a la plaza.

Y cada quien tomamos nuestro camino.

Aquella noche, nadie pudo dormir en el pueblo. Yo alcanzaba a escuchar la respiración agitada de mi padre mientras se revolcaba en su petate, pensando lo mismo que yo, en tener de vuelta a nuestra Felícitas.

Y así rondaba por la cabeza de todos el fantasma de un ser querido, de aquél que se había amado y perdido dejando un vacío tan grande, que todavía dolía sin importar el tiempo transcurrido.

Al día siguiente, antes de salir el sol, ya todos se habían puesto en pie, con la intención de terminar los quehaceres del día lo más pronto posible y poder así dedicarse a pensar con calma en la propuesta del charro negro.

Recuerdo perfectamente cómo se sentía el aire pesado al atardecer. Nadie se miraba a los ojos por miedo a que el otro descubriera que se estaba cavilando en llegar primero a la cita con el mago, para hacerse de la pócima. Así que se podía ver a todos actuar indiferentes, con toda la intención de engañar al otro, porque no había nadie en el pueblo que no estuviera tentado en recuperar a un ser amado.

Al ver esto, recordé lo que dijera Don Florentino sobre hablar con los vecinos para que nadie bajara a la plaza esa noche y me acerqué a él para platicar.

–Buenas tardes –le dije– vengo a escuchar su sermón, el que va a dar para que nadie haga caso del ofrecimiento del charro.

Pero resultó que a él también le interesaba. No dijo nada, sólo bajó la mirada. Y recordé al Nicandro, el hermano menor de Sebastián, quien falleciera dos años atrás.

–Ah –dije– ya veo –y me alejé.

Camino a la plaza, iba pensando en mi madre. –Ella siempre fue buena, seguro está en el cielo. Entonces, sería muy egoísta de mi parte privarla de la gloria para traerla de vuelta a la tierra. Quizá hasta sería un pecado, siempre y cuando el hechicero pudiera realizar su magia. –Y me fui a sentar en el suelo, a jugar con mis amigos Pedro y Toribio, esperando que el resto de la gente pensara igual que yo.

Y allí mismo empezó la gran pelea. Todo comenzó cuando Toribio dijo que su padre había vendido todas sus vacas para juntar dinero y comprar la pócima.

–Va a traer de regreso a mi madre –dijo sonriente.

– ¡Pues va a perder! –Contestó Pedro– porque mi madre ha juntado todas sus joyas y escrituras de las tierras para comprarla y tener de nuevo a mi hermana Rosita.

Y se agarraron. Golpes iban y venían, mordidas, arañazos y palabrotas. Yo estaba atónito, viendo como los amigos se olvidaban de todo y buscaban lastimar lo más posible al otro.

Varios adultos se acercaron buscando separarlos. Mas, al escuchar el motivo de la pelea, empezó la grande.

– ¡Yo voy a comprar la pócima aunque le tenga que vender mi alma al Diablo! –gritó uno.

– ¡Primero te mato! –exclamó otro.

– ¡Ya veremos quién mata a quién! –respondió alguien más.

Y después de revolcarse en la tierra como animales, todos quedaron ensangrentados, adoloridos y furiosos.

En un instante se vació la plaza y yo corrí como loco en busca de mi padre para prevenirlo.

– ¡No bajes a la plaza! –Grité al verlo– ¡Todos se volvieron locos, andan como fieras!

Ya más calmado, le expliqué cómo no había ni un alma en el pueblo que no deseara hacerse de la dichosa pócima.

–Va a correr sangre –le dije– no bajes, por lo que más quieras.

Mi padre tomó su machete y me hizo a un lado ignorando mi súplica. –Hazte a un lado, esa magia tiene que ser nuestra. – Dijo y salió rumbo al pueblo.

Corrí tras él, desesperado. Y alcancé a ver que la plaza se llenaba nuevamente, pero ahora todos iban como mi padre, preparados para la pelea. Apuré el paso, decidido a detener aquello. Agarré un guacal que había tirado en el suelo y me subí a él para quedar en alto.

– ¡Ya basta! –Grité con todas mis fuerzas– ¿Qué no se dan cuenta de lo que hacen? –los vecinos me miraron recelosos– Todos hemos perdido a alguien –proseguí– pero no vale la pena mancharse las manos de sangre y condenarse al infierno por tener de vuelta a quien que ya vivió su ciclo y que seguramente ya está allá arriba en el cielo junto a Dios. Reconsideren, dense cuenta de cuántos muertos puede haber hoy aquí, no vale la pena sacrificar veinte o treinta almas por una. Además ¿Quién les asegura que al traer de vuelta a su ser querido no le condenan a las llamas del infierno?

Todos los presentes bajaron la mirada, avergonzados. En ese instante, llegó corriendo el Padre Alberto.

– ¿Pero qué hacen? –Gritó histérico– ¡Éstas son cosas del Demonio! ¡Lo dejaron entrar en su alma! –Se empezaron a escuchar sollozos entre los presentes– ¡Todos a la Iglesia! Esto no es cualquier cosa, estaban a punto de cometer el pecado más grande de todos, y en contra de sus amigos y vecinos de toda la vida. Tengan por seguro que la penitencia será igual de grande.

Y resonaron todas las carabinas, machetes, palos, piedras y cuchillos que caían al suelo de las deshonradas manos de sus portadores.

–Gracias –dije sonriendo al Cura– ha salvado a mi gente de una condena segura. –El Padre me ayudó a bajar del guacal.

–Gracias a ti pequeño. En realidad, fueron tus palabras las que impidieron que las intenciones del hechicero se lograran. Estoy muy orgulloso de ti, eres de las poquísimas personas del pueblo que no se dejó manipular por el charro negro. Ve tú a saber para qué quería causar tanto revuelo y enconos entre la gente del lugar.

Y me fui rumbo a la Iglesia, tomado de la mano al Cura, que desde ese momento sería para mí como un segundo padre.

Todos estábamos muy callados adentro del Santuario, rezando de rodillas para alcanzar el perdón por haber sido tentados. Y se llegó la medianoche, la hora de la cita con el hechicero.

Mi padre se puso de pie, todo serio –Padrecito, ha de dispensar, pero tengo una cita con el charro y ya se ha llegado la hora.

Todos lo miramos incrédulos mientras salía. Dudamos un momento si debíamos ir a seguirlo o quedarnos encerrados, pero al cabo corrimos tras él.

Mi Tata tomó una vara de membrillo del suelo, seguido por varias gentes que recogían piedras y palos. –Lo que es, es –murmuré y sentí las lágrimas calientes rodar por mis mejillas mientras esperaba otra revuelta.

El forastero sonreía al ver aquella escena tan cargada de miedo y rencores. Y cruzando los brazos, esperó triunfante para ver quién era el atrevido que diera el primer paso hacia él y armara la trifulca.

–Te has venido para mi pueblo a instigar a mi gente –dijo papá– no sé tus oscuras intenciones, pero no me importa. Ofreciste cosas maravillosas y macabras, lo que sólo puede significar una cosa: que tienes tratos con el Enemigo. Y nosotros no queremos nada de tratos con él, así que vete preparando.

Y toda la gente del pueblo se dejó ir sobre el charro negro, propinándole una golpiza tan fuerte, que el Cura tuvo que intervenir para que no lo mataran a palos.

– ¡Vuelvan a la Iglesia! –Mandó el Padre Alberto– aquí ya han terminado con su desagravio. –Y ayudando al pobre hombre a ponerse en pie, le advirtió: –Váyase hoy mismo para su tierra, aquí no tiene nada qué hacer.

Yo me quedé en el atrio, escondido, para cuidar al forastero hasta que se largara. Me colgué de una barda, asomando la cabeza para afuera y lo vi. Estaba flotando en el aire, vociferando maldiciones para la gente que le había humillado tanto.

– ¡Malditos sean! –Gritaba con toda su fuerza– ¡Me las van a pagar! ¡No saben con quién se meten!

De repente, me vio. Conforme se fue acercando a mí, pude observarlo bien. Con su piel renegrida como el carbón, con garras afiladas de gavilán, los ojos inyectados de lumbre y un enorme par de cuernos que sobresalían de su sombrero.

– ¿Ya ves con quién se han metido? –preguntó furioso– De ahora en adelante, me voy a encargar de hacer sufrir a tu gente, poniéndoles mayores tentaciones enfrente, desgracias y penas. ¡Me las van a pagar! Tarde o temprano, vendré a vengarme de todos ustedes.

– ¡Pues no lo va a lograr! –Contesté envalentonado– yo me voy a encargar de decirle a todos que usted es el Demonio y que ha jurado venganza. Por lo que con mayor razón, todos serán más buenos y nobles, cuidando sus actos para no caer de nuevo en sus juegos.

El malnacido rio divertido y dando un giro en el aire, se alejó rumbo al monte. –Entonces ve y diles, pero de una vez te advierto que nadie te va a creer, de eso me encargo yo. Ya sabrás de mí, José Zamudio.

Quedé paralizado de miedo y de coraje. – ¡Aquí lo espero! –Grité finalmente y regresé a la Iglesia a rezar.

 

 

Al terminar su relato, más de uno le dio una palmada en la espalda con aires de lástima. Ya se habían escuchado varias historias del Enemigo a lo largo de décadas, tanto de boca de Doña Agustina y Don Florentino, que clamaban verlo brincar entre las peñas seguido por su jauría de coyotes los días en que había luna llena, como por Doña Chela, Don Elpidio y hasta el propio Padre Alberto. Pero todo esto de los planes del Diablo para castigar al pueblo entero por una paliza, les parecía absurdo.

–Andas mal compadre –dijo Toribio– aquel charrillo que agarramos a palos no pudo ser el Demonio, era un tal por cual que nos quería robar los pocos centavos que teníamos. Si no, imagínate cómo íbamos a ser capaces de darle sus buenas descalabradas ¡Pos no se hubiera dejado hombre! A la luego luego nos hubiera mandado a todos derechito al infierno y no se hubiera andado por las ramas dejando que lo medio matáramos. –Y entre risa y risa, toda la gente se fue derecho a sus casas.

–Más que advertirlos, los divierto –caviló Zamudio– en verdad el aparecido se encargó de hacerme lucir como un pelele cuenta cuentos, al que nadie escucha con respeto y mucho menos hace caso. –Y se fue para su casa lleno de tristeza. Ya intentaría mañana contar algo que les hiciera reaccionar y darse cuenta de la verdad.


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