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La Corona en Llamas

La Corona en Llamas

16-03-2019

Ciencia ficción/fantástica novela

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“Me habían condenado eternamente, y mi hipocresía lo odiaba. Mi alma ardía en deseo de venganza, me consumía, la exigía en mis anhelos más ominosos y desquiciantes.
Cuando hubo solo silencio, y cuando el tiempo se había detenido, planeé matarlos a todos ellos... a todos y a cada uno… ¡y sé que lo haré!”
-Elric Rezderan

Elric Rezderan, antiguo líder de la compañía de los mercenarios de los lobos grises. Después de ser traicionado por la Alta Corte de Dayedour y haber sido enviado a los calabozos de Lordok, será liberado bajo condición y obediencia una vez mas por la misma corte que lo encerró. Elric descubrirá una red conspiratoria que involucra a la Alta Corte, de la que deberá hacer frente. Mientras, sus viejos compañeros de los lobos grises y amigos lidian con traiciones en la ciudad capital del reino de Dayedour: Corona de Roca. Al final, se descubrirá un secreto oscuro que definirá el futuro de los reinos del continente de Dor-tearon.

Acompaña a Elric y compañía en esta aventura única. Explora un mundo medieval lleno de peligros, traiciones, bestias y guerras.

¡Una Fantasía Épica escrita en México!

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

PRÓLOGO

Un fuerte ruido sacudió la tierra. Gritos y lamentos salpicaban el viento, lejos, acompañados por la llovizna del atardecer. El día, colmado de nubes grises y lodo en los senderos, casi se extinguía. Lentos carromatos, tirados por bueyes famélicos, subían la colina del campamento por el linde sur. Cargaban cadáveres envueltos en telas blancas, manchadas de fango y sangre. Hombres transitaban armados con espadas, arcos y ballestas; los más jóvenes: con lanzas largas y punzantes. Vestían cotas de malla rutilantes y gambesones mojados de colores oscuros; en su cabeza solo les protegían yelmos de hierro mal forjados. Corrían entre las tiendas de campañas, situadas cerca de un castillo justo al norte de su posición. Al correr, expelían bocanadas de vapor, y de sus barbas caían gotas de agua que se precipitaban en sus botas de cuero. Unos tréboles verdes, a la orilla del camino, se hallaban machacados por la marcha incesante de la tropa de mercenarios.

El general del ejército esperaba dentro de su tienda de campaña. La lluvia agitaba la carpa sin clemencia. Un impacto potente, cercano y mortal, estremeció la mesa. Elric reflexionaba en silencio. Sus manos estaban llenas de tierra y lodo; su rostro, cansado, con el ceño fruncido. Sentado en una silla de caoba, miraba con detalle un mapa trazado con carbón. Planeando, calculando, esperando.

Un estrépito se aproximaba cerca de la tienda, acompañado del aullar del viento. Irrumpió la calma de Elric, sin moverse en lo absoluto. Un trote metálico se aproximó y entró a la tienda sin permiso; Elric prestó atención, esperando escuchar una voz familiar.

—General, esperamos sus órdenes —dijo Roland, vestido en armadura de placas de acero negras, era el segundo capitán de la armada de mercenarios.

Elric no respondió.

—¿Señor? —gorjeó el capitán temiendo importunar a su líder.

Elric se levantó de su asiento lentamente.

—Prepara a las tropas —dijo el general, brotando vapor de su boca. 

Tomó un yelmo viserado de un soporte de madera carcomida, el almófar se hallaba incompleto y hecho trozos, lo tiró al suelo al percatarse de ello.

—Mi general, lamento informarle que las catapultas y los trabuquetes se quedan sin munición, ya no hay rocas cerca que podamos usar —Roland se irguió derecho, como si hablara con un rey—. Además, dos de ellos fueron destruidos por la artillería enemiga.

—El asedio se mantiene, Roland. Envía más hombres a la línea de ataque principal cuanto antes —Elric se colocó unos guantes de cuero y guardó una espada en su vaina que se encontraban en su soporte, la aseguró en su cinturón.

—Señor, llevamos veinticinco días asediando la ciudad, nuestros recursos se acaban, nuestros hombres mueren y el enemigo no para de contraatacar; ahora nos lanzan barriles de brea ardiendo. Llevamos días a la defensiva, he perdido a muchos soldados.

—Lo sé, no me hables como a un idiota —respondió Elric, furioso.

Roland bajo la mirada, los ojos severos de Elric lo observaron con desdén.

—¿General? —dijo Roland esperando que una magia milagrosa lo ayudara.

El capitán aguardó oír la orden que anhelaba desde hace días, y que por fin acabaría con la guerra que lidiaban, aún con la esperanza de riquezas y fortunas le colmaran de gloria.

Elric no dijo nada.

Hubo silencio por un momento. Sereno, calmo y relajante. Las ligeras sacudidas y gritos en la lejanía cesaron, como rezando al unísono en honor a la calma. El viento soplaba calmo, sacudiendo la tienda suavemente. El chillido de un ave arrancó la calma en la tienda.

—¡Ah! ¡Al fin ha llegado! Pensé por un momento que nunca tendría respuesta. Buena suerte la tuya, Roland, amigo mío, llegó la hora.

El águila entró a la tienda, sin educación y sin aviso, tal como fue entrenada. Se posó sobre la mesa encima del mapa, desgarrando con sus afiladas garras el delicado papel. Elric tomó un tubo delgado y fino de metal de una de las patas del ave. De él sacó una pequeña nota, la desenrolló y la miró detenidamente, y una sonrisa se esbozó triunfal, como el ganador de una partida de póquer bien jugada, la cual aseguraba  una victoria que llenaba sus bolsillos de oro.

—¡Los dioses te han escuchado, amigo mío! —dijo Elric, su rostro cambió totalmente y su humor mejoró.

—¡¿Ya es hora!? —dijo Roland, sin poder contener la alegría.

—Así es, reúne a las tropas, convócalos frente a la puerta —Elric tomó y se colocó una elegante capa verde bien confeccionada, con la imagen de un lobo gris en su espalda—. Manda detener los asedios, que los hombres se reúnan conmigo. Envía a un emisario con Arold, que cesen la vigilancia en los muros occidentales y meridionales; que reagrupen a sus tropas y avancen al norte para encontrarse con nosotros. Manda a un jinete a avisar a Danys, díganle que “devore al cordero”. Manda otro con Fardulf y sus hombres, es menester. Sin demoras. Nos veremos frente a las puertas principales de Roca del Cuervo, ¡esta fortaleza esta por caerá hoy mismo!

—Sí, mi general Elric, ¡de inmediato! —Roland puso su mano derecha en su pecho, hizo una reverencia corta y salió de la tienda a toda prisa, con una gran sonrisa en su rostro—. ¡Ordenes de nuestro líder, formen filas delante la puerta de la Roca del Cuervo! ¡Es hora de que caiga este castillejo de piedra blanda! ¡Muévanse ya, perros bastardos! ¡Ustedes, andando! —se escuchó del capitán, mientras su voz se perdía en la lejanía.

Elric se sacudió el polvo en sus polainas de cuero, se abrochó una capa verde que reposaba en una silla y salió enseguida de su tienda. El aire era fétido, nauseabundo al instante, una pila de cadáveres eran enterrados en un foso al pie de una colina cercana.

La lluvia caía suavemente en el rostro de Elric, en su cabello largo y negro, sus ojos eran dismerianos: de color grises; su mirada, penetrante; su presencia, imponente.

Los Mercenarios corrían de un lado a otro hostigados por sus oficiales, trotaban entre las tiendas blancas y se perdían. El ejército mercenario se agitaba como hormiguero enfurecido, agobiados por el cansancio, el hambre y el deseo de saquear la fortaleza que, ya hacía demasiado, habían sitiado. Las órdenes fueron expedidas por el Duque Merulf “el rico”, motivado por una venganza personal. Elric fue contratado personalmente para este trabajo tan especial, aprovechando su creciente fama de mercenario sin tierra y de gran estratega militar.

Los Fundíbulos disparaban a los muros del castillo, las rocas inmensas surcaban el cielo gris, se impactaban despedazándose al instante. Tres torres de asalto, forradas de cuero y de madera clara, aún ardían a lo lejos; levantaban una larga columna de humo negro. Alrededor había pocos árboles y demasiadas lomas rocosas entre el campamento y la fortaleza. Las huestes de mercenarios comenzaron a reunirse poco a poco frente a la puerta del enemigo. Las flechas no llovían más, los cuernos cantaban, los asedios cesaron, los guerreros a la lejanía se retiraban para reagruparse. Los últimos mercenarios heridos eran llevados a las tiendas de los sanadores. Se había decretado momentáneo “cese al fuego” entre ambos bandos.

Al caminar entre las tropas, Elric daba órdenes de atender a los heridos aprovechando la calma posterior. Varios soldados transportaban a los desdichados caídos en batalla, cargándolos de pies y brazos, hasta el campamento. Entre gritos y lamentos.

—¡No quiero morir! ¡No quiero morir! —gritaba un guerrero recostado en una camilla empapada en sangre. Le hacía falta uno de sus brazos.

—Lleven a este hombre con Adelisa, ¡rápido! —mandó Elric que pasaba a su lado.

Los hombres, quienes lo daban por muerto debido a sus heridas, obedecieron de inmediato, sus semblantes se ensombrecieron ante aquel mandato.

—¡No, con la doctora muerte no, por favor! ¡Se lo ruego mi general, piedad! —suplicó el herido.

Elric fingió no escucharlo. Continuó dirigiéndose a las puertas de la fortaleza.

—¡Reúnanse frente a las puertas, mercenarios de los Lobos grises, la victoria nos espera! ¡Armas en mano, el orgullo en el corazón! Formen filas, ¡rápido! —gritó Elric al comenzar el descenso por un sendero torcido hacia el pie de la colina.

Una muralla de madera y soportes le acompañaba al descender. Las botas salpicaban lodo al caminar, pero a pesar de ello su capa verde, como el más verde árbol primaveral, ondeaba limpia y perfecta; símbolo del general: Elric Rezderan.

 

En el llano rocoso, las columnas de guerreros formados en filas se congregaban. El gran ejército mercenario, a las órdenes de Elric, ya comenzaba a reagruparse frente a la fortaleza. Los descensos a la llanura, acompañadas de pastizales verdes torturados por la guerra, habían sido participes de una ofensiva campal que se había postergado durante casi un mes. El asedio de la fortificación resistió hasta su límite, obligando a su señor, Brodar Kalveler “el cortes”, a negociar una tregua con el enemigo que acampaba a sus anchas en sus tierras. Los mercenarios, cansados y hastiados del largo asedio, añoraban la caída del castillo, pero era Elric quien lo ansiaba más que nadie en sus tropas.

Varias horas después, bajo una tormenta inquieta, soplaban vendavales que susurraban a los oídos scanciones frívolas. Los guerreros en formación, en filas alineadas; los caballeros enderezados, los arqueros preparados. La dulce canción de un viento danzante surcaban la gran llanura rocosa, el clamor de los gritos de guerra helaban los corazones de los habitantes de Roca del Cuervo.

La Fortaleza del Cuervo se vislumbraba ungida por la fría lluvia que humedecía sus murallas; las torres defensivas en formas poligonales, masacradas por los proyectiles rocosos de los asedios, aún se mantenían en pie, agonizantes de su suerte y su dureza, pero orgullosas al fin. Las cúpulas de los templos estaban destrozadas. Las casas, ocultas tras los muros, solo lograban despedir pequeños hilillos de humo gris que danzaban con ráfagas furiosas. La alta torre de homenaje, de forma hexagonal y coronada con almenas gruesas, ya estaba destruida por los asedios del ejército agresor. La ciudad permanecía protegida por una ancha muralla, de la cual las ladroneras aún estaban intactas, y que se unían al castillo del señor, salvo unas granjas de cerdos y hortalizas que ya habían sido arrasados y destruidos semanas atrás. La mayor parte de los tejados de la población ya habían sido devastados, los trozos de teja roja yacían esparcidos por las calles de la ciudad.

A lo lejos las rejas de la fortaleza se abrieron lentamente con un chirrido metálico. Elric esperaba montado en Sombra, su caballo negro, frente a su ejército. Arold y Fardulf, sus tenientes, le acompañaban; armados y guarnecidos en gruesas armaduras brillantes, montados en corceles pintos.

—El día ha llegado, amigos míos, ¿no huelen ese aroma a victoria en el aire? —dijo Elric, mirando la puerta de la fortaleza al terminar de abrirse.

—¡Que salgan! —clamó Fardulf, vestido de una armadura brillante—. Los recibiremos con espadas en mano si se atreven a enfrentarnos.

Arold, corpulento y fornido, rió. En su rostro no había ni la más mínima muestra de inquietud. Su yelmo ostentaba unos cuernos metálicos, torcidos hacia delante, como los de un poderoso toro en carrera, apunto de atacar.

Tres jinetes salieron al encuentro de Elric. Detrás de ellos marchaban veinticinco soldados a pie, con escudos en mano. La reja principal no dudo en cerrarse tan pronto salió el último hombre.

—Vamos, no hagamos esperar al “señor” —ordenó Elric, alejándose de su ejército que aguardar detrás de él.

Los jinetes en ambos bandos avanzaron trotando, acercándose entre sí poco a poco. Los banderines de Brodar, pertenecientes a la familia Kalveler, ondeaban a la danza del viento inquieto. Llevaban de armas: en campo sinople, un colmillo de plata, con bordura del mismo metal. Vestían protegidos de cotas de malla y tabardos cuartelados en plata y blanco.

Los jinetes se encontraron a diez pasos entre si y frenaron en seco. Los soldados del señor del castillo se detuvieron en formación, de golpe, esperando órdenes. Hubo un silencio inicial, como si ambos imaginaran que el otro atacaría a traición. No pasó nada. Los guardaespaldas de Brodar se levantaron las viseras de sus yelmos. Sus ojos, llenos de odio y de rabia, se mostraban severos hacia Elric y sus tenientes.

—Elric Rezderan, general de los mercenarios de los lobos grises, un placer conocerlo al fin —dijo Brodar.

—El placer es mío, señor de Roca del Cuervo, ansiaba conocerle en persona —respondió Elric con cortesía, haciendo una reverencia.

—He venido a su encuentro, con premura por asuntos de interés para usted —Brodar jaló las riendas de su caballo que se mecía inquieto.

—Sea bienvenido, mi señor —manifestó Elric—, y estoy encantado de oír sus nobles palabras.

—¡Por las barbas del gran consejo de sabios! Esperaba a un sanguinario asesino sediento de sangre por enemigo, ¡y le escucho hablar con cortesía! —Brodar acarició su barba con las yemas de sus dedos revestidos en su cota de malla.

—Solo soy un hombre ganándose la vida por sus servicios, mi señor, es todo —Elric escudriño a sus alrededores, buscando algo.

—Tibias palabras de aquel que con sus garras frías ha destruido nuestros hogares y nuestras esperanzas durante tantos dias. Por favor, Elric, dígale a ese Duque que estoy dispuesto a ofrecer las disculpas que me pide. Mi orgullo lo engulliré vivo, pues mi amado hijo, júbilo de mi corazón, ha muerto hace medio día, víctima de este asedio incesante a nuestro hogar. Mi dulce esposa, está herida y grave en manos de médicos que ya poco pueden hacer, culpa de la escasez de provisiones y medicinas que tanto nos urgen.

—Sabia decisión, señor Brodar, pero tengo ordenes explicitas de tomar la fortaleza. Lamento la pérdida de su hijo, lo digo de corazón. Los ataúdes más pequeños son los más difíciles de cargar —Elric miró a Brodar a los ojos, que de pronto se tornaron furiosos.

—¡Malnacido!¡Hijo de...! ¡Nos estamos muriendo, le estoy ofreciendo mi rendición! ¡Solo llame a ese tal Duque y lo resolveremos todo! ¡Detengamos esta destrucción! —Brodar castañeaba los dientes, rabioso de las palabras de Elric.

Sus escoltas colocaban sus manos en la empuñadura de sus espadas, esperando envainarlas.

—No acepto su rendición. Tomaremos esta fortaleza con acero o sin él. Mi contrato me pide que...

—¡Usted y su contrato pueden ungirse en un establo con excremento de cerdo! —vociferó el señor de Roca del Cuervo.

—Si lo desea, puede pagar y detendré el asedio, pero pensándolo bien... ¿no sería más fácil tomar su oro a la fuerza? —Elric bajó de su caballo. Arold y Fardulf le siguieron. Sus corceles retrocedieron lentamente, relinchando, intuyendo lo que se avecinaba.

Brodar, encrespado, desmontó su corcel con torpeza, cegado por la ira. Sus escoltas le acompañaron en su rabia, furiosos de los insultos a su señor.

—No esperaba menos de un ruin ladrón sin honor. ¡Maten a este perro callejero! —exigió el señor de Roca del Cuervo.

Brodar y sus lacayos desenvainaron sus espadas. Arold y Fardulf esperaron pacientes la lucha. Elric les hizo una seña con su mano y retrocedieron, decepcionados. El líder de los mercenarios desenvaino su estoque. Tras él, el clamor de su ejército lo apoyaba: “¡Elric! ¡Elric! ¡Elric!” gritaban en una sola voz. Los cantos invadieron la llanura. Dentro de la fortaleza la gente tiritaba de miedo al oír las voces ensordecedoras que presagiaban muerte y sangre.

Los guardaespaldas de Brodar avanzaron, protegiendo a su señor. Sus contrincantes, con pasos firmes, no esperaron. Atacaron a Elric, fieros; el fango se levantaba tras su carrera.

Con la fuerza de un demonio, Elric rechazó ambas estocadas de los guardaespaldas con un solo golpe. Atacaron de nuevo, más furiosos. Elric mantuvo la guardia. El primer atacante en acercarse a Elric, al fallar un golpe alto que erró su destino, cayó muerto, atravesado por el estoque largo y brillante del líder mercenario, con una fuerza tan brutal que la sangre brinco a varios metros del cuerpo. El segundo, que intentó aprovechar la baja guardia de su enemigo, se lanzó cortando el aire sin conseguir dar a su víctima. Elric evadió la estocada y golpeó en la sien al desafortunado con el pomo de su arma, giró de súbito y cortó de tajo la cabeza del último guardián de Brodar. La batalla duró poco y culminó con la ovación de los mercenarios de los lobos grises a lo lejos. El espectáculo que tanto ansiaban estaba por comenzar.

—¡Un demonio! ¡Eso es lo que eres! —exclamaba Brodar temeroso por su vida—. Un engendro de la magia negra. Nadie es tan rápido, ni tan fuerte, ¡eres hijo de las tinieblas!

—Nada de eso. Es el legado de los Rezderan de Dismerl —respondió Elric con orgullo, acercándose a Brodar —, no tememos a la muerte, ¡nosotros somos la muerte!

El señor de Roca del Cuervo, con gran temor y prisa, corrió hacia sus hombres, gritando, ordenándoles que atacaran. Obedecieron y avanzaron hacia Elric y sus tenientes. Elric alzó la espada apuntando hacia el cielo, gritos de los capitanes, que permanecían en sus batallones, respondieron. Elric esperó unos segundos, y bajó su espada dirigiéndose hacia el ejercito que avanzaba hacia él y sus tenientes. Una lluvia de fechas silbó quebrando el viento, como serpientes enfurecidas que caían desde cielo. Por un momento se oscureció, las flechas se precipitaron hacia el enemigo. Gemidos y muerte. El ataque acribilló a los soldados, sin apenas haberse acercado a Elric. Sus escudos, redondos y coloridos, no fueron barrera para la lluvia mortal que les acosó a sus costados y por encima de ellos. Las flechas les atacaron por tres flancos distintos, no tuvieron oportunidad. Brodar se alejaba a la reja de roca del cuervo, cobarde.

Fardulf y Arold se acercaron a Elric, sus rostros reflejaban la victoria inminente.

—Es hora de que los lobos devoren al cordero —les dijo Elric, triunfante.

Una sombra fantasmal obedeció la orden. Deslizándose aprisa, oscura e invisible.

El señor de la fortaleza, con las venas temblando del miedo ante la muerte de sus hombres, se apresuró hacia la reja, huía despavorido. Una sombra lo alcanzó, sintió un jalón de sus pies, como si la tierra misma le hubiera hecho tropezar. Un miedo indescriptible lo observaba, un frio recorrió su cuerpo, un escalofrió tan gélido tan salvaje que por un momento creyó que estaba empapado con agua helada. Una mano invisible lo sujetó de la garganta, Brodar no podía respirar. «¡Es brujería!» fue lo último que pensó.

—Brodar, “el cortes”, señor de los taburetes dorados y los abrigos costosos —dijo una voz susurrando su oído, tan cerca que estremeció sus sentidos —. Merulf, me pidió darte este mensaje: “Esto es por mi familia, Brodar, asesino de Roca del Cuervo” —Danys, un maestro asesino y ladrón, dio el último mensaje al señor de la fortaleza, saliendo de las sombras que lo abrigaban y lo escondían a ojos humanos.

Brodar giró su cabeza. Un espectro de capa negra y rostro cubierto guardaba detrás de él. Sus ojos verdes como esmeraldas, su piel pálida, casi blanca. Unos mechones de cabello negro con canas se escapaban de su capucha negra que ondeaban al viento.

Un largo cuchillo se dirigió a su cuello. Después de eso, silencio, solo calma y paz en el aire; en las llanuras rocosas. El señor de la fortaleza estaba muerto. Los alaridos del ejército de mercenarios, acompañados de aplausos, sucumbieron a la victoria.

Sin embargo, el trabajo aún no estaba terminado. Elric dio la última y definitiva orden.

—¡Reclamen su pago y sus recompensas! —ordenó Elric a lo lejos, el grito de guerra de los mercenarios estalló de súbito—. ¡Ahora tomen lo que es suyo! ¡Los lobos grises se alzan triunfales este día! ¡Tomen la fortaleza!

La gran horda de mercenarios corrió hacia las puertas de la fortificación, que ahora se hallaba sin su señor. Los soldados, que esperaban ocultos detrás de las almenas de las murallas, huían; escapaban de la ciudad con el miedo en sus corazones. Elric observó a su ejército precipitarse hacia los muros del enemigo.

De pronto, todo se oscureció. Los guerreros se convirtieron en sombras. Las nubes y el cielo desaparecieron en un inmenso mar oscuro. El suelo se esfumó. Arold, Fardulf, Oswell y Danys solo eran sombras negras como la noche. Permanecían silenciosas, calmas, serenas, no hacían nada. Elric se alejó de aquellas tinieblas amenazantes. Desenvainó su espada e intento apartarlas. No lo logró. La espada atravesaba las tinieblas cual si golpeara al aire. Todo se había congelado en sombras amenazantes.

Unos murmullos, zumbidos titilantes y molestos, le susurraban en el oído. Se acercaban, como si miles de cascabeles intentaran entrar a su cabeza a la vez.

—¡¿Qué es esto?! —gritaba Elric, su pecho se estrujaba, no lograba respirar bien—. ¡Qué está pasando!

Todo a su alrededor desaparecía, se convertía en polvo. Las sombras, la tierra, la fortaleza, el ejército, todo. Un remolino se formó en el cielo, giró violentamente y se precipitó a su cabeza, girando como una tromba marina que bailaba sobre el cráneo de Elric. Luego, permaneció en las sombras, no había nada a su alrededor.

—¡Que está pasando! ¡Esto es… maldición, Incubus! —gritaba Elric frenético. De repente supo lo que pasaba. Recordaba haber sufrido esto antes, cientos de veces. Se agitó en las sombras, como si la oscuridad intentara aferrarlo con dedos invisibles. Padeció un fuerte dolor de cabeza, tan repentino, que sintió que algo se quebró en su interior. Se resista a un hechizo.

Abrió los ojos. Regresó en sí. La oscuridad lo envolvía. Unas risas sonoras y quebradas en la celda contigua lo enrabiaron. Respiraba aprisa, agitado por el coraje.

La cabeza le dolía, un fuerte dolor punzante e insoportable lo abrumaba. Sus manos temblaban y su corazón palpitaba aprisa.

—¿¡Otra vez tú, Incubus!? ¡Te matare si vuelves a hacer eso! —gritaba Elric, levantándose del suelo con las piernas temblorosas y aferrándose a los barrotes en la parte superior de la puerta de su celda —¡Deja de usurpar mis recuerdos, desgraciado!

—No quiero —respondió un anciano de voz decrepita, del cual su verdadero nombre era desconocido, un mago de artes oscuras; presó, al igual que Elric, en Lordok.

El conjuro, realizado por el Magg-Incubus (“Magg” significa “mago” en idioma Norsywn, una lengua antigua), le había producido un control de corta duración sobre los recuerdos de Elric mientras dormía. Tan reales, tan distantes, tan hirientes. En segundos volvió de ser el gran líder de la compañía de mercenarios llamados “los lobos grises” a solo un preso de los calabozos de Lordok. El mago en la celda se alimentaba de la energía que producía el sueño, como el colibrí que vive del néctar de la flor. Elric no podía defenderse desde su celda, no podía combatir el hechizo que el mago, en la celda contigua, le vejaba de vez en cuando (del cual solo bastaba interrumpir al mago en su concentración), una vez por semana relativamente. El mago molestaba a los presos por mera adicción al absorber la energía de su víctima, reía desde su celda, conforme. El sueño fue tan real, fue tan explícito, casi un recuerdo tan fresco como el roció matutino. Por un momento, Elric creyó estar en libertad, fueras de los muros de aquel calabozo oscuro.

Un ruido lo alertó. Cerró sus ojos para agudizar sus oídos. Escuchó pasos acercarse a la puerta de su celda. El carcelero, que repartía el alimento diario, se aproximaba lenta y ruidosamente por el pasillo. Golpeando las puertas de los reclusos con sus manos. Abriendo y cerrando las rejillas de las celdas, y de vez en cuando divirtiéndose en torturar a los presos. Siguió su labor hasta que se detuvo frente la celda de Elric.

PRÓLOGO

 

Un fuerte ruido sacudió la tierra. Gritos y lamentos salpicaban el viento, lejos, acompañados por la llovizna del atardecer. El día, colmado de nubes grises y lodo en los senderos, casi se extinguía. Lentos carromatos, tirados por bueyes famélicos, subían la colina del campamento por el linde sur. Cargaban cadáveres envueltos en telas blancas, manchadas de fango y sangre. Hombres transitaban armados con espadas, arcos y ballestas; los más jóvenes: con lanzas largas y punzantes. Vestían cotas de malla rutilantes y gambesones mojados de colores oscuros; en su cabeza solo les protegían yelmos de hierro mal forjados. Corrían entre las tiendas de campañas, situadas cerca de un castillo justo al norte de su posición. Al correr, expelían bocanadas de vapor, y de sus barbas caían gotas de agua que se precipitaban en sus botas de cuero. Unos tréboles verdes, a la orilla del camino, se hallaban machacados por la marcha incesante de la tropa de mercenarios.

El general del ejército esperaba dentro de su tienda de campaña. La lluvia agitaba la carpa sin clemencia. Un impacto potente, cercano y mortal, estremeció la mesa. Elric reflexionaba en silencio. Sus manos estaban llenas de tierra y lodo; su rostro, cansado, con el ceño fruncido. Sentado en una silla de caoba, miraba con detalle un mapa trazado con carbón. Planeando, calculando, esperando.

Un estrépito se aproximaba cerca de la tienda, acompañado del aullar del viento. Irrumpió la calma de Elric, sin moverse en lo absoluto. Un trote metálico se aproximó y entró a la tienda sin permiso; Elric prestó atención, esperando escuchar una voz familiar.

—General, esperamos sus órdenes —dijo Roland, vestido en armadura de placas de acero negras, era el segundo capitán de la armada de mercenarios.

Elric no respondió.

—¿Señor? —gorjeó el capitán temiendo importunar a su líder.

Elric se levantó de su asiento lentamente.

—Prepara a las tropas —dijo el general, brotando vapor de su boca. 

Tomó un yelmo viserado de un soporte de madera carcomida, el almófar se hallaba incompleto y hecho trozos, lo tiró al suelo al percatarse de ello.

—Mi general, lamento informarle que las catapultas y los trabuquetes se quedan sin munición, ya no hay rocas cerca que podamos usar —Roland se irguió derecho, como si hablara con un rey—. Además, dos de ellos fueron destruidos por la artillería enemiga.

—El asedio se mantiene, Roland. Envía más hombres a la línea de ataque principal cuanto antes —Elric se colocó unos guantes de cuero y guardó una espada en su vaina que se encontraban en su soporte, la aseguró en su cinturón.

—Señor, llevamos veinticinco días asediando la ciudad, nuestros recursos se acaban, nuestros hombres mueren y el enemigo no para de contraatacar; ahora nos lanzan barriles de brea ardiendo. Llevamos días a la defensiva, he perdido a muchos soldados.

—Lo sé, no me hables como a un idiota —respondió Elric, furioso.

Roland bajo la mirada, los ojos severos de Elric lo observaron con desdén.

—¿General? —dijo Roland esperando que una magia milagrosa lo ayudara.

El capitán aguardó oír la orden que anhelaba desde hace días, y que por fin acabaría con la guerra que lidiaban, aún con la esperanza de riquezas y fortunas le colmaran de gloria.

Elric no dijo nada.

Hubo silencio por un momento. Sereno, calmo y relajante. Las ligeras sacudidas y gritos en la lejanía cesaron, como rezando al unísono en honor a la calma. El viento soplaba calmo, sacudiendo la tienda suavemente. El chillido de un ave arrancó la calma en la tienda.

—¡Ah! ¡Al fin ha llegado! Pensé por un momento que nunca tendría respuesta. Buena suerte la tuya, Roland, amigo mío, llegó la hora.

El águila entró a la tienda, sin educación y sin aviso, tal como fue entrenada. Se posó sobre la mesa encima del mapa, desgarrando con sus afiladas garras el delicado papel. Elric tomó un tubo delgado y fino de metal de una de las patas del ave. De él sacó una pequeña nota, la desenrolló y la miró detenidamente, y una sonrisa se esbozó triunfal, como el ganador de una partida de póquer bien jugada, la cual aseguraba  una victoria que llenaba sus bolsillos de oro.

—¡Los dioses te han escuchado, amigo mío! —dijo Elric, su rostro cambió totalmente y su humor mejoró.

—¡¿Ya es hora!? —dijo Roland, sin poder contener la alegría.

—Así es, reúne a las tropas, convócalos frente a la puerta —Elric tomó y se colocó una elegante capa verde bien confeccionada, con la imagen de un lobo gris en su espalda—. Manda detener los asedios, que los hombres se reúnan conmigo. Envía a un emisario con Arold, que cesen la vigilancia en los muros occidentales y meridionales; que reagrupen a sus tropas y avancen al norte para encontrarse con nosotros. Manda a un jinete a avisar a Danys, díganle que “devore al cordero”. Manda otro con Fardulf y sus hombres, es menester. Sin demoras. Nos veremos frente a las puertas principales de Roca del Cuervo, ¡esta fortaleza esta por caerá hoy mismo!

—Sí, mi general Elric, ¡de inmediato! —Roland puso su mano derecha en su pecho, hizo una reverencia corta y salió de la tienda a toda prisa, con una gran sonrisa en su rostro—. ¡Ordenes de nuestro líder, formen filas delante la puerta de la Roca del Cuervo! ¡Es hora de que caiga este castillejo de piedra blanda! ¡Muévanse ya, perros bastardos! ¡Ustedes, andando! —se escuchó del capitán, mientras su voz se perdía en la lejanía.

Elric se sacudió el polvo en sus polainas de cuero, se abrochó una capa verde que reposaba en una silla y salió enseguida de su tienda. El aire era fétido, nauseabundo al instante, una pila de cadáveres eran enterrados en un foso al pie de una colina cercana.

La lluvia caía suavemente en el rostro de Elric, en su cabello largo y negro, sus ojos eran dismerianos: de color grises; su mirada, penetrante; su presencia, imponente.

Los Mercenarios corrían de un lado a otro hostigados por sus oficiales, trotaban entre las tiendas blancas y se perdían. El ejército mercenario se agitaba como hormiguero enfurecido, agobiados por el cansancio, el hambre y el deseo de saquear la fortaleza que, ya hacía demasiado, habían sitiado. Las órdenes fueron expedidas por el Duque Merulf “el rico”, motivado por una venganza personal. Elric fue contratado personalmente para este trabajo tan especial, aprovechando su creciente fama de mercenario sin tierra y de gran estratega militar.

Los Fundíbulos disparaban a los muros del castillo, las rocas inmensas surcaban el cielo gris, se impactaban despedazándose al instante. Tres torres de asalto, forradas de cuero y de madera clara, aún ardían a lo lejos; levantaban una larga columna de humo negro. Alrededor había pocos árboles y demasiadas lomas rocosas entre el campamento y la fortaleza. Las huestes de mercenarios comenzaron a reunirse poco a poco frente a la puerta del enemigo. Las flechas no llovían más, los cuernos cantaban, los asedios cesaron, los guerreros a la lejanía se retiraban para reagruparse. Los últimos mercenarios heridos eran llevados a las tiendas de los sanadores. Se había decretado momentáneo “cese al fuego” entre ambos bandos.

Al caminar entre las tropas, Elric daba órdenes de atender a los heridos aprovechando la calma posterior. Varios soldados transportaban a los desdichados caídos en batalla, cargándolos de pies y brazos, hasta el campamento. Entre gritos y lamentos.

—¡No quiero morir! ¡No quiero morir! —gritaba un guerrero recostado en una camilla empapada en sangre. Le hacía falta uno de sus brazos.

—Lleven a este hombre con Adelisa, ¡rápido! —mandó Elric que pasaba a su lado.

Los hombres, quienes lo daban por muerto debido a sus heridas, obedecieron de inmediato, sus semblantes se ensombrecieron ante aquel mandato.

—¡No, con la doctora muerte no, por favor! ¡Se lo ruego mi general, piedad! —suplicó el herido.

Elric fingió no escucharlo. Continuó dirigiéndose a las puertas de la fortaleza.

—¡Reúnanse frente a las puertas, mercenarios de los Lobos grises, la victoria nos espera! ¡Armas en mano, el orgullo en el corazón! Formen filas, ¡rápido! —gritó Elric al comenzar el descenso por un sendero torcido hacia el pie de la colina.

Una muralla de madera y soportes le acompañaba al descender. Las botas salpicaban lodo al caminar, pero a pesar de ello su capa verde, como el más verde árbol primaveral, ondeaba limpia y perfecta; símbolo del general: Elric Rezderan.

 

En el llano rocoso, las columnas de guerreros formados en filas se congregaban. El gran ejército mercenario, a las órdenes de Elric, ya comenzaba a reagruparse frente a la fortaleza. Los descensos a la llanura, acompañadas de pastizales verdes torturados por la guerra, habían sido participes de una ofensiva campal que se había postergado durante casi un mes. El asedio de la fortificación resistió hasta su límite, obligando a su señor, Brodar Kalveler “el cortes”, a negociar una tregua con el enemigo que acampaba a sus anchas en sus tierras. Los mercenarios, cansados y hastiados del largo asedio, añoraban la caída del castillo, pero era Elric quien lo ansiaba más que nadie en sus tropas.

Varias horas después, bajo una tormenta inquieta, soplaban vendavales que susurraban a los oídos scanciones frívolas. Los guerreros en formación, en filas alineadas; los caballeros enderezados, los arqueros preparados. La dulce canción de un viento danzante surcaban la gran llanura rocosa, el clamor de los gritos de guerra helaban los corazones de los habitantes de Roca del Cuervo.

La Fortaleza del Cuervo se vislumbraba ungida por la fría lluvia que humedecía sus murallas; las torres defensivas en formas poligonales, masacradas por los proyectiles rocosos de los asedios, aún se mantenían en pie, agonizantes de su suerte y su dureza, pero orgullosas al fin. Las cúpulas de los templos estaban destrozadas. Las casas, ocultas tras los muros, solo lograban despedir pequeños hilillos de humo gris que danzaban con ráfagas furiosas. La alta torre de homenaje, de forma hexagonal y coronada con almenas gruesas, ya estaba destruida por los asedios del ejército agresor. La ciudad permanecía protegida por una ancha muralla, de la cual las ladroneras aún estaban intactas, y que se unían al castillo del señor, salvo unas granjas de cerdos y hortalizas que ya habían sido arrasados y destruidos semanas atrás. La mayor parte de los tejados de la población ya habían sido devastados, los trozos de teja roja yacían esparcidos por las calles de la ciudad.

A lo lejos las rejas de la fortaleza se abrieron lentamente con un chirrido metálico. Elric esperaba montado en Sombra, su caballo negro, frente a su ejército. Arold y Fardulf, sus tenientes, le acompañaban; armados y guarnecidos en gruesas armaduras brillantes, montados en corceles pintos.

—El día ha llegado, amigos míos, ¿no huelen ese aroma a victoria en el aire? —dijo Elric, mirando la puerta de la fortaleza al terminar de abrirse.

—¡Que salgan! —clamó Fardulf, vestido de una armadura brillante—. Los recibiremos con espadas en mano si se atreven a enfrentarnos.

Arold, corpulento y fornido, rió. En su rostro no había ni la más mínima muestra de inquietud. Su yelmo ostentaba unos cuernos metálicos, torcidos hacia delante, como los de un poderoso toro en carrera, apunto de atacar.

Tres jinetes salieron al encuentro de Elric. Detrás de ellos marchaban veinticinco soldados a pie, con escudos en mano. La reja principal no dudo en cerrarse tan pronto salió el último hombre.

—Vamos, no hagamos esperar al “señor” —ordenó Elric, alejándose de su ejército que aguardar detrás de él.

Los jinetes en ambos bandos avanzaron trotando, acercándose entre sí poco a poco. Los banderines de Brodar, pertenecientes a la familia Kalveler, ondeaban a la danza del viento inquieto. Llevaban de armas: en campo sinople, un colmillo de plata, con bordura del mismo metal. Vestían protegidos de cotas de malla y tabardos cuartelados en plata y blanco.

Los jinetes se encontraron a diez pasos entre si y frenaron en seco. Los soldados del señor del castillo se detuvieron en formación, de golpe, esperando órdenes. Hubo un silencio inicial, como si ambos imaginaran que el otro atacaría a traición. No pasó nada. Los guardaespaldas de Brodar se levantaron las viseras de sus yelmos. Sus ojos, llenos de odio y de rabia, se mostraban severos hacia Elric y sus tenientes.

—Elric Rezderan, general de los mercenarios de los lobos grises, un placer conocerlo al fin —dijo Brodar.

—El placer es mío, señor de Roca del Cuervo, ansiaba conocerle en persona —respondió Elric con cortesía, haciendo una reverencia.

—He venido a su encuentro, con premura por asuntos de interés para usted —Brodar jaló las riendas de su caballo que se mecía inquieto.

—Sea bienvenido, mi señor —manifestó Elric—, y estoy encantado de oír sus nobles palabras.

—¡Por las barbas del gran consejo de sabios! Esperaba a un sanguinario asesino sediento de sangre por enemigo, ¡y le escucho hablar con cortesía! —Brodar acarició su barba con las yemas de sus dedos revestidos en su cota de malla.

—Solo soy un hombre ganándose la vida por sus servicios, mi señor, es todo —Elric escudriño a sus alrededores, buscando algo.

—Tibias palabras de aquel que con sus garras frías ha destruido nuestros hogares y nuestras esperanzas durante tantos dias. Por favor, Elric, dígale a ese Duque que estoy dispuesto a ofrecer las disculpas que me pide. Mi orgullo lo engulliré vivo, pues mi amado hijo, júbilo de mi corazón, ha muerto hace medio día, víctima de este asedio incesante a nuestro hogar. Mi dulce esposa, está herida y grave en manos de médicos que ya poco pueden hacer, culpa de la escasez de provisiones y medicinas que tanto nos urgen.

—Sabia decisión, señor Brodar, pero tengo ordenes explicitas de tomar la fortaleza. Lamento la pérdida de su hijo, lo digo de corazón. Los ataúdes más pequeños son los más difíciles de cargar —Elric miró a Brodar a los ojos, que de pronto se tornaron furiosos.

—¡Malnacido!¡Hijo de...! ¡Nos estamos muriendo, le estoy ofreciendo mi rendición! ¡Solo llame a ese tal Duque y lo resolveremos todo! ¡Detengamos esta destrucción! —Brodar castañeaba los dientes, rabioso de las palabras de Elric.

Sus escoltas colocaban sus manos en la empuñadura de sus espadas, esperando envainarlas.

—No acepto su rendición. Tomaremos esta fortaleza con acero o sin él. Mi contrato me pide que...

—¡Usted y su contrato pueden ungirse en un establo con excremento de cerdo! —vociferó el señor de Roca del Cuervo.

—Si lo desea, puede pagar y detendré el asedio, pero pensándolo bien... ¿no sería más fácil tomar su oro a la fuerza? —Elric bajó de su caballo. Arold y Fardulf le siguieron. Sus corceles retrocedieron lentamente, relinchando, intuyendo lo que se avecinaba.

Brodar, encrespado, desmontó su corcel con torpeza, cegado por la ira. Sus escoltas le acompañaron en su rabia, furiosos de los insultos a su señor.

—No esperaba menos de un ruin ladrón sin honor. ¡Maten a este perro callejero! —exigió el señor de Roca del Cuervo.

Brodar y sus lacayos desenvainaron sus espadas. Arold y Fardulf esperaron pacientes la lucha. Elric les hizo una seña con su mano y retrocedieron, decepcionados. El líder de los mercenarios desenvaino su estoque. Tras él, el clamor de su ejército lo apoyaba: “¡Elric! ¡Elric! ¡Elric!” gritaban en una sola voz. Los cantos invadieron la llanura. Dentro de la fortaleza la gente tiritaba de miedo al oír las voces ensordecedoras que presagiaban muerte y sangre.

Los guardaespaldas de Brodar avanzaron, protegiendo a su señor. Sus contrincantes, con pasos firmes, no esperaron. Atacaron a Elric, fieros; el fango se levantaba tras su carrera.

Con la fuerza de un demonio, Elric rechazó ambas estocadas de los guardaespaldas con un solo golpe. Atacaron de nuevo, más furiosos. Elric mantuvo la guardia. El primer atacante en acercarse a Elric, al fallar un golpe alto que erró su destino, cayó muerto, atravesado por el estoque largo y brillante del líder mercenario, con una fuerza tan brutal que la sangre brinco a varios metros del cuerpo. El segundo, que intentó aprovechar la baja guardia de su enemigo, se lanzó cortando el aire sin conseguir dar a su víctima. Elric evadió la estocada y golpeó en la sien al desafortunado con el pomo de su arma, giró de súbito y cortó de tajo la cabeza del último guardián de Brodar. La batalla duró poco y culminó con la ovación de los mercenarios de los lobos grises a lo lejos. El espectáculo que tanto ansiaban estaba por comenzar.

—¡Un demonio! ¡Eso es lo que eres! —exclamaba Brodar temeroso por su vida—. Un engendro de la magia negra. Nadie es tan rápido, ni tan fuerte, ¡eres hijo de las tinieblas!

—Nada de eso. Es el legado de los Rezderan de Dismerl —respondió Elric con orgullo, acercándose a Brodar —, no tememos a la muerte, ¡nosotros somos la muerte!

El señor de Roca del Cuervo, con gran temor y prisa, corrió hacia sus hombres, gritando, ordenándoles que atacaran. Obedecieron y avanzaron hacia Elric y sus tenientes. Elric alzó la espada apuntando hacia el cielo, gritos de los capitanes, que permanecían en sus batallones, respondieron. Elric esperó unos segundos, y bajó su espada dirigiéndose hacia el ejercito que avanzaba hacia él y sus tenientes. Una lluvia de fechas silbó quebrando el viento, como serpientes enfurecidas que caían desde cielo. Por un momento se oscureció, las flechas se precipitaron hacia el enemigo. Gemidos y muerte. El ataque acribilló a los soldados, sin apenas haberse acercado a Elric. Sus escudos, redondos y coloridos, no fueron barrera para la lluvia mortal que les acosó a sus costados y por encima de ellos. Las flechas les atacaron por tres flancos distintos, no tuvieron oportunidad. Brodar se alejaba a la reja de roca del cuervo, cobarde.

Fardulf y Arold se acercaron a Elric, sus rostros reflejaban la victoria inminente.

—Es hora de que los lobos devoren al cordero —les dijo Elric, triunfante.

Una sombra fantasmal obedeció la orden. Deslizándose aprisa, oscura e invisible.

El señor de la fortaleza, con las venas temblando del miedo ante la muerte de sus hombres, se apresuró hacia la reja, huía despavorido. Una sombra lo alcanzó, sintió un jalón de sus pies, como si la tierra misma le hubiera hecho tropezar. Un miedo indescriptible lo observaba, un frio recorrió su cuerpo, un escalofrió tan gélido tan salvaje que por un momento creyó que estaba empapado con agua helada. Una mano invisible lo sujetó de la garganta, Brodar no podía respirar. «¡Es brujería!» fue lo último que pensó.

—Brodar, “el cortes”, señor de los taburetes dorados y los abrigos costosos —dijo una voz susurrando su oído, tan cerca que estremeció sus sentidos —. Merulf, me pidió darte este mensaje: “Esto es por mi familia, Brodar, asesino de Roca del Cuervo” —Danys, un maestro asesino y ladrón, dio el último mensaje al señor de la fortaleza, saliendo de las sombras que lo abrigaban y lo escondían a ojos humanos.

Brodar giró su cabeza. Un espectro de capa negra y rostro cubierto guardaba detrás de él. Sus ojos verdes como esmeraldas, su piel pálida, casi blanca. Unos mechones de cabello negro con canas se escapaban de su capucha negra que ondeaban al viento.

Un largo cuchillo se dirigió a su cuello. Después de eso, silencio, solo calma y paz en el aire; en las llanuras rocosas. El señor de la fortaleza estaba muerto. Los alaridos del ejército de mercenarios, acompañados de aplausos, sucumbieron a la victoria.

Sin embargo, el trabajo aún no estaba terminado. Elric dio la última y definitiva orden.

—¡Reclamen su pago y sus recompensas! —ordenó Elric a lo lejos, el grito de guerra de los mercenarios estalló de súbito—. ¡Ahora tomen lo que es suyo! ¡Los lobos grises se alzan triunfales este día! ¡Tomen la fortaleza!

La gran horda de mercenarios corrió hacia las puertas de la fortificación, que ahora se hallaba sin su señor. Los soldados, que esperaban ocultos detrás de las almenas de las murallas, huían; escapaban de la ciudad con el miedo en sus corazones. Elric observó a su ejército precipitarse hacia los muros del enemigo.

De pronto, todo se oscureció. Los guerreros se convirtieron en sombras. Las nubes y el cielo desaparecieron en un inmenso mar oscuro. El suelo se esfumó. Arold, Fardulf, Oswell y Danys solo eran sombras negras como la noche. Permanecían silenciosas, calmas, serenas, no hacían nada. Elric se alejó de aquellas tinieblas amenazantes. Desenvainó su espada e intento apartarlas. No lo logró. La espada atravesaba las tinieblas cual si golpeara al aire. Todo se había congelado en sombras amenazantes.

Unos murmullos, zumbidos titilantes y molestos, le susurraban en el oído. Se acercaban, como si miles de cascabeles intentaran entrar a su cabeza a la vez.

—¡¿Qué es esto?! —gritaba Elric, su pecho se estrujaba, no lograba respirar bien—. ¡Qué está pasando!

Todo a su alrededor desaparecía, se convertía en polvo. Las sombras, la tierra, la fortaleza, el ejército, todo. Un remolino se formó en el cielo, giró violentamente y se precipitó a su cabeza, girando como una tromba marina que bailaba sobre el cráneo de Elric. Luego, permaneció en las sombras, no había nada a su alrededor.

—¡Que está pasando! ¡Esto es… maldición, Incubus! —gritaba Elric frenético. De repente supo lo que pasaba. Recordaba haber sufrido esto antes, cientos de veces. Se agitó en las sombras, como si la oscuridad intentara aferrarlo con dedos invisibles. Padeció un fuerte dolor de cabeza, tan repentino, que sintió que algo se quebró en su interior. Se resista a un hechizo.

Abrió los ojos. Regresó en sí. La oscuridad lo envolvía. Unas risas sonoras y quebradas en la celda contigua lo enrabiaron. Respiraba aprisa, agitado por el coraje.

La cabeza le dolía, un fuerte dolor punzante e insoportable lo abrumaba. Sus manos temblaban y su corazón palpitaba aprisa.

—¿¡Otra vez tú, Incubus!? ¡Te matare si vuelves a hacer eso! —gritaba Elric, levantándose del suelo con las piernas temblorosas y aferrándose a los barrotes en la parte superior de la puerta de su celda —¡Deja de usurpar mis recuerdos, desgraciado!

—No quiero —respondió un anciano de voz decrepita, del cual su verdadero nombre era desconocido, un mago de artes oscuras; presó, al igual que Elric, en Lordok.

El conjuro, realizado por el Magg-Incubus (“Magg” significa “mago” en idioma Norsywn, una lengua antigua), le había producido un control de corta duración sobre los recuerdos de Elric mientras dormía. Tan reales, tan distantes, tan hirientes. En segundos volvió de ser el gran líder de la compañía de mercenarios llamados “los lobos grises” a solo un preso de los calabozos de Lordok. El mago en la celda se alimentaba de la energía que producía el sueño, como el colibrí que vive del néctar de la flor. Elric no podía defenderse desde su celda, no podía combatir el hechizo que el mago, en la celda contigua, le vejaba de vez en cuando (del cual solo bastaba interrumpir al mago en su concentración), una vez por semana relativamente. El mago molestaba a los presos por mera adicción al absorber la energía de su víctima, reía desde su celda, conforme. El sueño fue tan real, fue tan explícito, casi un recuerdo tan fresco como el roció matutino. Por un momento, Elric creyó estar en libertad, fueras de los muros de aquel calabozo oscuro.

Un ruido lo alertó. Cerró sus ojos para agudizar sus oídos. Escuchó pasos acercarse a la puerta de su celda. El carcelero, que repartía el alimento diario, se aproximaba lenta y ruidosamente por el pasillo. Golpeando las puertas de los reclusos con sus manos. Abriendo y cerrando las rejillas de las celdas, y de vez en cuando divirtiéndose en torturar a los presos. Siguió su labor hasta que se detuvo frente la celda de Elric.


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