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La casa de mis pensamientos

La casa de mis pensamientos

31-05-2021

Ciencia ficción/fantástica novela

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La mente es un lugar único e inigualable. Una biblioteca que se reescribe a sí misma a medida que nos hacemos viejos; que en ocasiones no nos damos la tarea de conocer por completo.

Te hago una invitación muy especial: Entra en mi mente. Recorre cada uno de sus pasillos, abre cada puerta con cautela y da vida a los múltiples cuentos que he guardado para ti. Encarna a cada uno de sus personajes, sumérgete en sus conflictos internos, aprende de sus vivencias y reflexiona al toparte con cada final; pero ten cuidado, al profundizar en lo más oscuro quizás termines descubriendo que… ¡No somos tan diferentes!

Solo me queda desearte un buen viaje, y si logras salir... no olvides cerrar todas las puertas.

Puerta #1: Creación y Destrucción   
Puerta #5: Dr. William
Puerta #4: Ojos Claros
Puerta #2: La Despedida
Puerta #3: El Reencuentro
Puerta #7: La Caperuza Azul
Puerta #8: La Fotógrafa
Puerta #10: Poemas Muertos
Puerta #6: Oscuridad
Puerta #11: Mala Suerte
Puerta #9: Ojos de un Político
Puerta #12: El Vagón del Tiempo
Puerta #13: ¿Dónde Estás?
Puerta #16: El Monstruo Jamás Creado
Puerta #14: El Vendedor de Tiempo
Puerta #17: La Carta
Puerta #15: El Cuarto Puente
Puerta #18: Amor de Colegio
Puerta #21: Máscaras
Puerta #19: La Psiquiatra
Puerta #22: Ángel Guardián
Puerta #20: La Sombra
Puerta #24: Cazador de Pecados
Puerta #23: El Genio
Puerta #25: Escalera hacia el Cielo

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

PUERTA #1: CREACIÓN Y DESTRUCCIÓN

—¿Qué hice para merecer esta condena? —es lo que me repetía al caminar por el desolado paisaje que dejaba a mi espalda. Cada pisada secaba la tierra y hacia polvo la vegetación sin que pudiese evitarlo.

—Estoy cansado —decía al ver las nubes en todo lo alto.

Bajé la mirada para perder mi vista en el lago que tenía frente a mí. Me senté con cautela y las rocas bajo mis pies se erosionaron por completo. Evité tocar el agua con alguna parte de mi cuerpo, no quería que los peces que nadaban fallecieran por mi culpa, solo quería verlos ir de un lado a otro y admirar su belleza.

Apoye la larga y pesada hoz sobre mis piernas. Las manos me ardían y al detallarlas pude constatar las grietas ensangrentadas entre mi carne, dejando ver mi esqueleto. Suspiré pro- fundamente, sabía que había llegado el momento de buscar a algún ser convaleciente para alargar mi tiempo en este mundo.

Nunca he podido entender por qué los más jóvenes lloran ante mi presencia y los más ancianos me reciben con los brazos abiertos. A pesar de que me siento a conversar con ellos para en- tender, a pesar de que me cuentan sus planes pendientes, a pesar de que lloran en mi hombro; a pesar de todo, sigo sin entender mi existencia.

Recuerdo que un día, de tanto deambular, llegué a un cementerio, vi muchas almas en pena que se alejaban de mí, almas que no querían cruzar a la otra vida, pero me llamó la atención un joven mortal que lloraba con mucho dolor frente a una lápida, era tan desgarrador su llanto que me sentí conmovido.

Me acerqué con cautela y me senté a unos pasos de él para escucharlo leer aquella carta que llevaba entre sus manos. Me sentí cautivado con cada párrafo, con cada sentimiento que transmitía su voz, sentimientos que aún no lograba comprender del todo.

Una joven, con un hermoso vestido azul, se paró a mi lado y me preguntó si podía acompañarme a escuchar a aquel joven. Al principio me sentí confundido, nadie se acercaba tanto a mí sin aterrarse o correr despavorido; sin embargo, con el pasar de los minutos, fui comprendiendo que quizás sí tenía miedo, vi sus manos temblar, pero a pesar de eso mantuvo la vista puesta en el joven y escuchó entre lágrimas la carta dedicada a ella.

Los años pasaron y acudí al llamado de aquel joven. Era una hermosa plaza con muchos árboles y centenares de aves en los alrededores. En seguida reconocí al anciano sentado frente a

la iglesia. Sus ojos no habían cambiado desde aquel entonces, al igual que las ansias de su amada por poder abrazarlo.

Si les soy sincero, sentí que algo recorrió mi cuerpo al ver- los cruzar juntos a la otra vida; me hizo replantear nuevamente quien era, y salí de ahí corriendo con la esperanza de conseguir alguna respuesta.

Deambulé mucho tiempo por implacables desiertos, y caminé sobre imponentes océanos sin saber lo que estaba bus- cando. Mis pies ya no marchitaban el suelo que pisaba y mi carne no era más que un cuento del pasado. Fui incapaz de re- conocer mi reflejo en el agua; mi túnica ya no era blanca, estaba cubierta de mugre y polvo. Dentro de ella se hallaba una cala- vera que carecía de ojos y nariz; un cuerpo esquelético ausente de sentimientos, ausente de expresiones y sobre todo ausente de existencia.

El no tomar el tiempo de aquellas personas que debían cruzar a su segunda vida estaba causando el final de la mía.

Las almas de todo lo viviente deambulaban sin saber a dónde ir; me sentí identificado con ellos, me sentí aliviado de no ser el único perdido en este mundo.

Sin darme cuenta llegué a un bosque exuberante con árboles tan altos que por poco acariciaban las nubes. Los pocos seres vivos que se percataron de mi presencia se alejaron sin

disimularlo; ya eso no me afectaba, o más bien me había con- vencido de que no lo hacía.

Me senté y apoyé la espalda en un gran árbol que daba la impresión de ser el más antiguo del lugar. Me quedé admirando por unos minutos el paisaje y escuchando el particular sonido de las aves que volaban en todo lo alto.

Quizás pensarán, «¿Cómo puede oír? ¿Cómo puede ver?». Yo también quisiera saberlo, pero no hay respuesta… es lo irónico de esta maldición.

Sin previo aviso un temblor se hizo presente y las aves volaron en sentido contrario del epicentro. La tierra se movió con brusquedad y con esfuerzo me coloqué de pie. Una adulta y desorientada ave sobrevoló en todo lo alto, chocando fuertemente contra el árbol del cual me recosté segundos atrás. Se precipitó sobre el suelo y revoloteó sus alas expresando un gran dolor. Su cuello estaba torcido y el sufrimiento se plasmó por completo en sus ojos.

Me acerqué y me puse de rodillas frente a ella; aproximé mi mano derecha y posé mi dedo índice sobre su cabeza. Sus ojos se cerraron, su cuerpo terrenal se desplomó ante la gravedad y con mi ayuda logró llegar al otro lado.

El temblor se marchó tras unos segundos de gran revuelo. Caminé por el bosque buscando rastros del origen de aquel

fenómeno. Con cada paso fui descubriendo grandes árboles que yacían incómodamente en el suelo; una mancha oscura era notable en las puntas de los troncos, como si se hubiesen podrido desde adentro y, por consiguiente, se desplomaron sobre el suelo.

Seguí caminando hasta llegar a una majestuosa laguna. El agua reflejaba el cielo como un gigantesco espejo y el aire que se respiraba tenía un particular e hipnótico aroma a flores.

Me acerqué al borde de la laguna y miré mi irreconocible rostro; hilos musculares y algunas membranas cubrían parte de él. Al reflexionarlo comprendí que había tomado el tiempo sobrante de aquella ave. Levanté la mirada y miré hacia atrás, fue confuso ver esa parte del bosque destrozada a mi espalda y tener tal magnificencia en frente.

Al otro lado de la laguna, mi vista divisó a una persona en la orilla. Algo dentro de mí se encendió, no podía explicarlo y mis pies iniciaron la marcha antes de razonar.

Estando cerca pude apreciar el brillo que emitía aquella persona, su aura era visible y sus colores se asemejaban a un arcoíris. Estaba de rodillas, con el cabello lleno de arena, y con la mirada perdida en el horizonte.

—¿Te encuentras bien? —pregunté al dar unos pocos pasos hacia ella.

No respondió al momento, se mantuvo ausente unos segundos para luego girarse hacia mí.

Al verla sentí nuevamente esa llama en mi interior. Su rostro era angelical, esculpido delicadamente por los mismos dioses. Me puse nervioso, hasta tartamudeé. Sus ojos me observaron con alegría.

—No puede ser… ¿Realmente estás acá? —agregó al ponerse de pie. Levantó ambas manos y eran iguales a las mías, carentes de piel y músculos. Acercó sus dedos a mi rostro; una parte de mí quería impedir que me tocara, sabía lo que sucedería; pero la otra sentía intriga y mantuvo mi cuerpo in- móvil.

El calor que emitió al tocar mi mandíbula fue agradable y al mismo tiempo familiar. El aura alrededor de ella se tornó en un cálido amarillo y sus manos se reconstruyeron frente a mí. No podía creerlo, no podía entenderlo. Al levantar mis brazos constaté también que mi cuerpo ya no era una tétrica calavera.

—Tú no eres... Él —dio dos pasos atrás.

—¿No soy quién?

—Ya comprendo porque estuviste ausente...

—¡¿Quién eres?! —Me lleve las manos al rostro intentando no ceder ante la locura—. ¿Quién soy yo?

Ella estiró los brazos sobre mis hombros y me miró fija- mente.

—Yo soy la creación —respondió al sonreír y entrecerrar sus ojos.

Se sentó nuevamente al borde de la laguna y con su mano me indicó que la acompañara. Arrastró con ambas palmas un cúmulo de arena. Lo fue moldeando hasta darle la forma de una pequeña tortuga. Inclinó su rostro de izquierda a derecha para luego posar su mano sobre ella. La pequeña criatura fue tomando pigmentación y a la vez movimiento. Tras un corto segundo los granos de tierra quedaron atrás y la vida se hizo presente ante mis ojos.

No pude creerlo, me sentí tentado a tocar aquella tortuga para ver si era real; sin embargo, me contuve y solo fui capaz de seguirla con la vista cuando se sumergió en el agua.

—Tú eres el equilibrio de la vida —agregó ella mirándome a los ojos—. Sin ti todo lo que ves acá dejaría de existir.

—No comprendo… ¡Tú eres la creación! —gruñí señalando el lago frente a nosotros—. Yo en cambio solo causo dolor… por eso todos me temen y detestan.

—Una vida donde solo haya creación tiende a desaparecer. El tiempo pierde sentido si solo existe la eternidad.

Bajé la mirada, dejando que mi mente asimilara todo lo que me decía.

—Estuviste ausente muchas décadas y, como pudiste observar, ya estaba sufriendo los síntomas del final —meditó al

detallar su mano—. ¿Recuerdas a tu antecesor?

—No... Solo recuerdo una extraña luz y estar nadando en el mar —respondí al mirarla a los ojos—. Así como a las pobres almas que arrebaté sin saber lo que hacía.

—Ya veo. Debió ser difícil… —me dijo posando sus dedos sobre los míos.

—Lo fue, y lo sigue siendo aún.

—Es normal que todo ser viviente te tema. Ellos ignoran lo que sucederá en el segundo plano de vida; por eso se aferran a esta, pero no los culpo, así están creados y ni yo puedo cambiarlo. —Se colocó de pie—. No sé en qué momento los seres vivos asumieron que los portadores de la hoz son los verdugos de sus vidas.

Continuaba hablando. Arrojaba pequeñas piedras al lago.

—Las circunstancias que ponen fin a una vida varían entre causas y consecuencias. Tú eres quien separa el alma de la carne y la dirige al otro plano.

—Si tú eres la creación, ¿Por qué no puedes cambiar el pensamiento de todas las criaturas?

—Porque se perdería la esencia de la vida misma

—respondió al señalar su corazón—. Además, no soy la única creación. Soy la de este mundo, mas no la de todos los mundos.

Y señalando al cielo aseguró:

—Los creadores de este universo plasmaron un orden que

deben seguir todos los seres vivos, un orden que les permite evolucionar, que les permite fallar, un orden que les permite tener sus propias creencias, un orden que les permite decidir entre vivir o extinguirse.

—Ya veo… —agregué al poner mi mirada en el cielo—. ¿Yo también estoy sujeto a este mundo al igual que tú?

—Todos los seres vivos de este mundo son una extensión de mí, pero también lo son de ti. Somos dos y, al mismo tiempo, uno.

—¿Soy parte de la creación?

—Claro que lo eres —dijo al pararse frente a mí—. Nosotros somos una división de la primera creación y, por con- siguiente, queda en nosotros mantener el equilibrio de este mundo.

Me puse de pie y me apoyé sobre la hoz sin decir una palabra.

—La creación puede causar destrucción —espetó al poner su vista en aquel desolado bosque—. Gracias a ti pude darme cuenta de eso.

No supe si sentirme alagado o culpable.

—Cuando me recupere por completo, te ayudaré a recobrar aquello que has olvidado.

—¿Puedes hacerlo? —pregunté sorprendido y boquiabierto.

Ella asintió con la cabeza.

—Pero antes debemos reconstruir el equilibrio del todo. Debes ayudarme a guiar a aquellos cuyo tiempo en este mundo ha culminado y evitarles sufrimiento en la nueva vida.

En ese pequeño instante sentí un tibio calor recorrer el centro de mi pecho; miré detenidamente mis manos, manos que siempre juzgué como unas asesinas en serie. Por un momento mi existencia comenzó a tener significado.

—Es hora de continuar —dijo extendiéndome su mano—.

Salvemos este mundo.

Mis dedos entrecruzaron los suyos y un aroma a flores invadió todos mis sentidos. Mi corazón retumbó con fuerza y, por primera vez, acepté quien soy en este mundo… soy la muerte.


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