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GROCO,La especie perdida

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01-02-2014

Ciencia ficción/fantástica novela

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~~— ¿Es posible que hubiera inteligencia similar a la humana, hace cinco millones de años?
Nadie lo puede afirmar ni desmentir y antes esa duda que todos tenemos, he querido traer al mundo actual, un ser inteligente de aquella  época.
A igual que se ha ido desarrollando a través de los siglos la inteligencia humana, se pudo ir desarrollando la  de la especie del personaje mencionado. Pero con esos cinco millones de años de diferencia y con los dinosaurios merodeando cerca de ellos.
Y lo mismo que desaparecieron los dinosaurios de la tierra, pudieron desaparecer ellos.

 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

~~Capitulo 01
        El encuentro con Groco
 

   — ¡Eric! no quiero que comas tanto pastel. Ayer dejé el plato (casi lleno) en la nevera y hoy cuando he ido a cogerlo, no quedaba nada. – le recriminó su madre.
  — ¡Mamá! pero si yo no lo he probado ¿sabes que el de manzana no es mi preferido?
 — ¿Si tú no has sido? ¿Quién se lo ha comido?
— No lo sé mamá, yo no he sido... Me voy, que he quedado con Carlos y me está esperando.
— No os alejéis mucho ¿Ya sabes que no me gusta, que os vayáis muy lejos? —le advirtió su madre.
— No te preocupes  mamá, que iremos a donde vamos siempre. ¿Tengo qué hinchar una rueda de la bici, que se ha desinflado? ¿Dónde está papá?
— Ha ido a comprar el pan.
— En ese caso, buscaré yo la bomba para inflar la rueda.
Eric comenzó a buscar el inflador por el garaje y estuvo a punto de descubrirlo, si al coger la bomba cuando la encontró, hubiera mirado hacia arriba. Estaba encima de unas lonas, color beis, que había en una de las estanterías del cobertizo.
—Aquí está – Se Dijo para sus adentros y la cogió.
El pequeño hombrecillo se dio cuentas de que allí sería descubierto, por lo que se ocultó metiéndose entre las viejas lonas.
Eric oyó el leve ruido que hizo al ocultarse, e instintivamente miró hacía las lonas.
Mientras inflaba la rueda de la bicicleta, no dejaba de mirar hacia el lugar donde había escuchado el ruido. Esperaba  descubrir lo que lo había producido y al no ver nada, desistió y terminó de inflar la rueda.
— Eric, Eric  – llamó su madre.
 — ¿Qué quieres mamá? ¿Estoy inflando la rueda?
 — ¿Eric tengo que salir? hay una urgencia en el hospital y me han pedido que vaya ¿No te vayas hasta que vuelva tu padre? Ya he hablado con él por teléfono y no tardará mucho en venir.
La madre sacó el coche del garaje y de no muy buena gana, por tener que dejar a sus hijos solos, se marchó para el hospital.
Eric dejó la bicicleta en el garaje y entró en la casa, donde su hermana que estaba tumbada sobre el sofá, veía las simpáticas peleas de Tom y Jerry, que le gustaban mucho.
— ¿No tienes qué estudiar?
— No y como los deberes los terminé ayer, hoy no tengo nada qué hacer; así que estoy viendo los dibujos animados.
El pequeño hombrecillo los había escuchado hablar y aprovechando que la puerta que comunicaba con el garaje estaba abierta (a Eric se le había olvidado cerrarla), subió a la casa. Entró al comedor y viendo que los dos niños estaban distraídos viendo la tele, dio un salto y se subió a un mueble que tenía muchos libros. Se coló por detrás de los citados libros y con cara de querer aprender, se puso a mirar la televisión.
Llevaba un día en la casa y su tremenda inteligencia ya había absorbido, lo que una persona normal necesitaba tres meses para hacerlo. Escuchaba al gato y al ratón con sus típicas peleas,  e  imitaba sus palabras con una buena pronunciación.
           — ¿Has oído eso Eric? —Dijo Lea, girando la cabeza.
               —Sí, me ha parecido oír el eco de lo que están hablando Ton y Jerry –Respondió Eric girando también su cabeza —. Cuando inflaba la rueda de la bici, he oído un ruido que venía de la estantería, pero estuve mirando y no vi nada.  Echaré una ojeada, haber si ahora consigo ver algo.
Eric se levantó y se acercó al mueble del comedor. Lo hacía donde pensaba que podría ocultarse el causante del ruido, pero después de estar un buen rato ojeando y moviendo algún que otro libro, no consiguió ver nada.
El pequeño hombrecillo permanecía escondido en la parte más alta del mueble y aunque Eric miró y tocó con las manos los libros que lo protegían, la pequeña alzada de éste, evitó que lo descubriera.
— ¡No hay nada! –Dijo Eric—. Habrá sido el eco de la tele.
Los dos hermanos continuaron viendo el programa de dibujos animados, mientras el pequeño hombrecillo, desde su privilegiado sitio; miraba con mucha atención las disputas de los simpáticos personajes televisivos.
La puerta de la casa, al abrirse de golpe, rompió el silencio creado por los gozosos hermanos. Entrando por ella un hombre de unos cuarenta años de edad, rubio y bien parecido. Portaba dos bolsas en la mano, una con pan y otra con varios productos. Las dejó en la cocina y luego fue a darles un beso a sus hijos.
— ¡Hola papá!  ¿Mama se ha tenido que marchar? —. Saludo la niña corriendo hacia él.
— Ya lo sé mi niña guapa ¿tu madre me llamó al móvil antes de irse? – le respondió éste cogiéndola en brazos y dándole un beso.
Eric se acercó a su padre y lo cogió también, y con sus dos hijos en brazos, se sentía el hombre más feliz de la tierra.
 — ¿Papá? la rueda de la bicicleta pierde aire. Creo que está pinchada, aunque debe ser poca cosa, por qué tarda bastante en desinflarse.
— Mañana la llevaré para que le pongan una recámara nueva, así evitamos que te deje tirado... ¿la vas a utilizar ahora?
— ¡Sí papá! he quedado con Carlos.
— Entonces iré a inflarla.
—Ya la he inflado yo papá.
— ¡Muy bien Eric! así es como se aprende, haciendo uno las cosas  – le indicó sin bajar a Lea, pero si a Eric y le acarició el rubio pelo.
El pequeño hombrecillo estaba viendo la sensible escena y envuelto en queridos recuerdos, vertía sufridas lágrimas por aquellos vivos y expresivos ojos.
El timbre de la puerta, con su típico sonido, irrumpió por toda la casa.
— Debe ser Carlos   –Dijo Eric—. Me marcho papá.
— No os alejéis mucho, que ya sabes que no me gusta.
—Vale papá. Adiós Lea.
—Adiós Eric.
Los dos amigos cogieron sus bicis y se marcharon al arroyo; su sitio de juego preferido.
— ¿Carlos? no sabes lo bien que lo pasamos en la Molina. Había muchísima gente y la nieve estaba estupenda para esquiar.
—Me hubiera gustado ir, pero mis madres no podían ¿ya sabes que mi abuelo no está muy bien?
— ¿No ha mejorado?
— No y mi abuela lo está pasando muy mal. Está casi todo el día en el hospital con él y la veo muy triste.
— ¿Se va morir?
— No sé, pero está muy mal.
— Como no podremos coger ranas, que te parece si practicamos con el tirachinas, que hace días que no lo hacemos – propuso Eric.
— Vale –Dijo Carlos.
Los dos amigos llegaron a su lugar preferido y dejaron las bicicletas al lado del tronco de  un pino, que había próximo a la poza más grande del arroyo. Era un día soleado del mes de febrero, y aunque no hacía mucho frío, el suelo estaba muy tierno para andar por él, a causa de las últimas lluvias caídas; además el arroyo venía con mucha agua.
Viendo que era imposible acceder al reguero, por el sitio que siempre solían hacerlo, colocaron  unas piedras en el camino y comenzaron el perfeccionamiento de puntería con los tirachinas.
Estuvieron un buen rato tirando con pequeñas piedras a la diana que habían colocado y  luego vagaron por la zona un rato, hasta que llegó la hora de marcharse para casa. Cuando Eric llegó, su madre estaba poniendo la mesa y su padre, que era un excelente cocinero, daba el último toque a la comida que había preparado. La mayoría de las veces y sobre todo los fines de semana, él era el que cocinaba. Solía decir, que de no haber sido policía hubiera sido cocinero, que era su gran hobby. 
El pequeño hombrecillo, qué aún seguía escondido tras los libros y con mucha hambre en su pequeño cuerpo, contemplaba con mucha pasividad y añoranza a los comensales.
Tras la comida, toda la familia se emperifolló y se fueron a visitar a los padres de Ricardo.
Cuando todos se marcharon de la casa, el pequeño hombrecillo salió de su escondiste y al tener hambre, se puso a buscar alimentos. Olfateando algo que llevarse a la boca, se introdujo en la cocina y cogió un plátano maduro (el cual desprendía un exquisito olor), que había en un amplio frutero. Nunca antes había comido plátanos, por lo que lo estuvo oliendo y lamiéndolo; buscando el sabor que tendría. Le gustaban las cosas dulces y eso era lo más dulce que había en el frutero. Luego vio un recipiente con  arroz con leche que había sobrado y se comió un poco. Con lo que le gustaba el dulce se lo hubiera comido todo, pero sabía que si lo hacía sería descubierto, por eso  sólo se comió una parte. Luego  limpio todo lo que había manchado, incluida la cáscara del plátano y lo echó en el cubo de la basura, qué tenía la misma altura que él. Salió de la cocina y estuvo merodeando por toda la casa, haciendo mucho hincapié con las fotos que había en la parte baja del mueble del comedor y que él, ya conocía de cuando estuvo escondido. Las iba tocando con mucha suavidad y extrañeza, sabiendo que eran las imágenes de la familia de la casa. Había también fotos de los cuatro abuelos y cuando los miraba, hacía un movimiento de cabeza distinto al que hacía cuando miraba a los de la familia que ya conocía, a la vez que movía un poco la nariz.
Entró en el cuarto de Eric y  miraba con mucha curiosidad los objetos que había y  sobre todo, los libros que tenía sobre su escritorio. Abrió uno de ellos y al ver los signos de la escritura (aunque en su mundo no existía), enseguida lo relacionó con la enseñanza. Reflejaba en su cara nostalgia, al recordar algo similar de su  mundo.
Cerró los expresivos ojos y como viajando por el tiempo, se quedó dormido junto al libro.  Más tarde fue despertado de aquel maravilloso sueño, por el ruido de Eric y su hermana, que subían corriendo por las escaleras.
El pequeño hombrecillo pegó un salto y se escondió encima del armario, que por cierto tenía bastante polvo, y al caer se levantó una polvareda; haciendo que éste estuviera a punto de estornudar.
Sus  padres estuvieron preparando la cena y la madre tenía pensado poner de postre el arroz con leche que había sobrado.  Está destapó el recipiente que había dejado enfriando en la nevera y se sorprendió mucho, al ver tampoco arroz en la cazuela.
              —Creí que había quedado más arroz — murmuró.
— ¿Qué has dicho? – le preguntó su marido, que la había escuchado mormurar
— Nada, nada, son cosas mías ¿no te preocupes cariño?
Habían terminado de preparar la cena y la madre llamó a sus hijos, que bajaron enseguida. Después de lavarse las manos, se sentaron a la mesa de la cocina, para disfrutar de la comida que habían preparado. Mientras tanto, el pequeño hombrecillo había bajado del armario y miraba de cerca una consola que Eric había estado manejando desde que llegó. Sentía curiosidad por aquel artefacto que había estado viendo desde lo alto del armario y quería verlo de cerca. Lo estuvo manoseando y sin querer, la puso en marcha. El movimiento de los marcianitos comenzó al momento y el pequeño hombrecillo se asustó y dio un tremendo salto, alejándose de la consola. Después de estar unos segundos inmóvil, se fue acercando muy lentamente a la consola y con temor, la estuvo tocando de nuevo, pero ahora lo hacía con las puntas de los dedos.
Habían terminado de cenar y Eric volvía a su habitación. Era un Niño muy alegre y subía las escaleras silbando.
Cuando entró en la habitación y vio la consola en marcha, se extraño de que estuviera encendida, pero dudo si la había dejado apagada ó no y no le dio más importancia al asunto.
El pequeño hombrecillo, al sentir que llegaba Eric, se  metió debajo de la cama. No le había gustado mucho "lo del polvo que había en la parte alta del armario" y se había buscado otro sitio más limpio.
Eric se puso a jugar con la consola y cuando el cansancio hizo acto de presencia en su cuerpo y sus ojos comenzaron a ver los muñecos borrosos, se fue a la cama; quedando dormido de inmediato. Era domingo y los lunes suelen ser de los peores días de la semana, para los que se tienen que levantar temprano, y Eric tenía que hacerlo para ir al colegio.
El pequeño hombrecillo, al sentir que Eric se había quedado dormido, salió del escondiste, y subiéndose de un salto al escritorio, contemplaba con mucha ternura al chico; que dormía placidamente. Cuando más tranquilo estaba, observó que la puerta lentamente se estaba abriendo "y sin pensarlo mucho" se bajó y se metió debajo del escritorio. La madre (que era la que llegaba) con mucha suavidad, para no despertar a su hijo, entró en la habitación y se acercó a la cama para arroparlo. Con mucho cariño lo estuvo arropando y luego le dio un beso, deseándole buenas noches.
Groco se emocionó viendo a la madre arroparlo con tanto cariño y su semblante mostraba melancolía.
El pequeño hombrecillo era tremendamente rápido y gracias a la rapidez que poseía, hasta el momento no había sido sorprendido por nadie.  La madre siempre solía dejar entreabierta la puerta de la habitación y el pequeño hombrecillo lo aprovechó, para merodear por la casa. Entró en la habitación de Lea —que dormía placidamente abrazada a un osito de peluche— y al verlo, el pequeño hombrecillo movió la cabeza y la nariz. Luego se subió encima de la cama, para comprobar que era aquello.
Murmuraba algunas palabras intangibles, y  muy simpáticamente volvía a mover la cabeza y la nariz. Luego se bajó de la cama y se fue al pasillo. Cuando pasaba por delante de la habitación de los padres, sintió ruido y se fue acercando muy poco a poco a la puerta que estaba entreabierta. La  curiosidad por averiguar el origen del ruido, le hizo entrar en la habitación. Los padres estaban haciendo el amor y al pequeño hombrecillo le vinieron recuerdos de pareja. Estuvo durante unos segundos contemplándolos y sus lágrimas lentamente fueron afloraron por sus ojos.
Cuando terminaron, el pequeño hombrecillo salió de la habitación y la madre (de golpe) encendió la luz.
— ¿Te pasa algo cariño? –le preguntó Ricardo, al sentir el ligero movimiento que hizo su mujer, para encender la luz.
— Me ha parecido oír algo – le contestó incorporándose y sentándose en la cama.
 — Voy a ver a los niños –Dijo Ricardo, y poniéndose los pantalones del pijama, salió a ver a sus hijos.
     —Están bien ¿Duérmete cariño que es muy tarde?  – Le dijo Ricardo a su esposa, cuando regresó de ver a sus hijos, y tras ello, le dio un beso.
     —Buenas noches cariño – dijo esta al sentir el beso y enseguida se quedó dormida.
  El pequeño hombrecillo, después de dar una vuelta por la casa,  se fue a la habitación de Eric y cogió un cojín que había en la silla. Luego  se echó a dormir debajo de la cama.
  Serían las ocho de la mañana —cuando la madre de Eric abría la puerta de la habitación y le decía con mucho cariño que ya era la hora de levantarse— luego subía la persiana de la habitación y lo volvía a llamar.
  –Ahora me levanto mamá. –le contestó, aún, medio dormido.
  El pequeño hombrecillo se había despertado también y miraba los pies de Eric en el suelo. Pero éste seguía más dormido que despierto y aunque se había sentado en la cama, se refregaba los ojos y daba grandes bostezazos.
    —Eric, que llegarás tarde — insistió la madre al verlo bostezando.
  Eric se levantó (y con cara de sueño) se metió en el baño.
  El pequeño hombrecillo cogió el cojín, y mientras Eric estaba en el lavabo, lo devolvió a la silla. Sintió pasos y se volvió a meter debajo de la cama. Era la madre de Eric, que le llevaba ropa limpia.
  — ¿Dúchate y te pones la ropa que te he dejado encima de la silla? –Le dijo la madre, mientras le hacía la cama —. No tardes mucho que es tarde.
El pequeño hombrecillo permanecía inmóvil, mientras la madre hacía la cama.
Eric se puso la ropa limpia que le había dejado la madre y después de peinarse, salió de la habitación y se fue a la cocina.
 —Buenos días –Dijo al llegar, dándole  un beso a su padre, que estaba con el uniforme de mosso de escuadra.
 Un minuto más tarde bajaba su hermana y su madre, y después de desayunar, el padre los llevó al colegio y la madre recogió un poco la cocina y se fue para el hospital.
Media hora más tarde abría la puerta de la casa Luisa, que era la sirvienta. Venía de lunes a viernes y hacía cuatro horas limpiando, y también les preparaba algo de cena. Era una mujer de Ecuador, de unos cuarenta años de edad, un poco metida en carnes y no muy alta.
 El pequeño hombrecillo estaba en la cocina comiéndose un plátano, cuando sintió como abrían la puerta de la calle. Se asomó y vio a Luisa  como se quitaba el abrigo y lo colgaba en una percha que había en el recibidor. Ésta se metió en un cuarto de limpieza que había cerca de la cocina y un minuto más tarde salía con una bata puesta y dos cubos en la mano. En uno de los cubos llevaba metidos varios utensilios de limpieza y en el otro la fregona.
  Luisa subió las escaleras, dejo los dos cubos en el pasillo y comenzó su tarea.
 El pequeño hombrecillo estuvo viendo como Luisa subía las escaleras y una vez había llegado arriba, se terminó de comer el plátano. Luego abandonó la cocina y se fue a la parte de arriba. Luisa llevaba unos auriculares puestos y debía ser música movida la que estaba escuchando, por qué mientras limpiaba, iba haciendo algunos pasos de baile en un tono muy alegre y simpático.
 El pequeño hombrecillo la estaba viendo, e imitaba los pasos de baile que estaba dando, en un estado más jubiloso.
 Luisa se giró de golpe, había sentido como si alguien la estuviera mirando y eso, le hizo hacer el rápido movimiento. Faltó un pelo para descubrirlo, pero como siempre, su gran rapidez evitó que lo viera.
  Cuando Luisa terminó con  la parte de arriba, cogió todo el material de limpieza que había subido y descendió a la planta baja.
El pequeño hombrecillo entró en la habitación de Eric y  se subió encima del escritorio. Con los expresivos ojos muy abiertos y moviendo la nariz, anduvo ojeando varios libros que había. Quería entender los signos de los libros y para eso, le fue muy bien uno que tenía dibujos de cosas, con los nombres de las mismas escritos debajo.
 El pequeño hombrecillo (ayudado por los dibujos que había en el libro) estuvo descifrando los signos y relacionándolos. Cuando comprendió el significado y acordándose de los personajes de la tele, comenzó a pronunciar palabras enteras.
—Caballo… oveja… perro… niño… casa… loro…
Las iba pronunciando con dificultar, pero completamente entendibles y además iba comprendiendo lo que estaba hablando y eso se le notaba en la expresiva y vivaracha cara.
 La criada terminaba su jornada a las dos de la tarde y el sonido que hizo al cerrar la puerta de la calle alertó al pequeño hombrecillo, que salió como un rayo de la habitación, para averiguar el origen del citado ruido. Desde encima de la mesa de la cocina vio por la ventana a la  criada, que se montaba en su viejo coche y se marchaba.
El pequeño hombrecillo que ya tenía hambre (al percibir el olor de la comida que Luisa había dejado preparada) se le activó el apetito y se puso a buscar la comida. Se acercó a una cazuela que había sobre los fogones (que aún estaba caliente) y la destapó. No se pudo contener al ver tan apetitosa comida y la probó. No estaba acostumbrado a comer cosas calientes y expulsó la comida que se había metido en la boca, dando señales de haberse quemado. Luego y después de haberse bebido unos sorbos de agua para refrescarse la boca, se fue en busca de los plátanos, que era lo que más le gustaba.
          El pequeño hombrecillo, una vez se comió un par de plátanos, se fue otra vez a la habitación de Eric y continúo ojeando libros.
  Sobre las cinco y medía de la tarde, llegaba Ricardo  con sus hijos. Venían con gana de merendar y lo primero que hicieron al entrar en la casa, fue ir a la cocina.
— Yo también quiero un vaso de leche – Le dijo Lea a su hermano, que se estaba preparando uno para él.
Eric cogió otra taza y después de echarle la leche, las metió en el microondas.
El padre había subido a su habitación y después de guardar las armas, bajó a la cocina. Cogió una manzana y después de lavarla en el chorro del grifo, comenzó a comerla; mientras, sus dos hijos se bebían la leche con unas galletas.
   —Me voy,  que tengo muchos deberes – Dijo Eric—. ¿Tú tienes muchos Lea?
   — Sí, yo también tengo bastantes – le contestó Lea.
  Los dos hermanos se subieron a sus respectivas habitaciones, para hacer los deberes antes de cenar.
 Eric puso su pesada mochila sobre el escritorio y  fue sacando los cuadernos que iba utilizar para hacer los deberes. Luego se sentó en su silla y comenzó a escribir.
Cuando llevaba un rato estudiando, escuchó un pequeño ruido e instintivamente giró la cara hacia donde había sentido el rumor. Esta vez el pequeño hombrecillo no se había querido esconder y se hizo ver por Eric. Que al verlo, se llevó un tremendo susto, cayéndose al suelo del tremendo sobresalto que se había llevado.
  — No asustar, yo quiero ser amigo tuyo – Dijo el pequeño hombrecillo, desde encima de la cama—. No temer, yo amigo.
Eric sin dejar de mirar al pequeño hombrecillo, se fue levantó y con una tremenda cara de asustado, se fue tranquilizando, al oír las palabras que  el pequeño hombrecillo estaba diciendo.
 — ¿Quién eres y de dónde vienes? —Le preguntó.
—  Llamar  Groco.
—  ¡Groco!
—  Tú,  Eric.
— ¿Cómo sabes mi nombre?
— Llevar tres días aquí y oírlo decir a Lea
 — ¡Tres días! ¿Y donde has estado?
           —escondido—.  No saber nada de hablar de tu idioma y en tres días aprender.
—  Me quieres decir…que has aprendido en tres días.
—  ¡Si! Yo aprender pronto.
—  ¿De donde vienes?
—  No saber, tener todo confuso.
—  No entiendo lo que me quieres decir.
En ese momento se escuchó la voz del padre, llamándoles  para que bajaran a cenar.
— Ya hablaremos después, que ahora me tengo que marchar –dijo Eric y se marchó.
—  Baja, baja amigo – Le dijo Groco.
Eric mientras bajaba las escaleras: pensaba que sería bueno que sus padres supieran de la existencia de Groco, y cuando se sentó en la mesa, estuvo a punto de contárselo; pero dudo, y al no tenerlo claro, optó por no contarle nada.
 Mientras cenaban llegó su madre del hospital. Ésta dejó el abrigo y el bolso sobre una silla y fue a la cocina para ver a los suyos. Le dio un beso a cada uno y luego recogió el abrigo y el bolso y subió a su habitación para ponerse cómoda. Minutos más tarde bajó con el pijama puesto y con semblante de satisfacción, se sentó en la mesa.
— Luisa cada día se está superando – Dijo Ricardo, que ya había probado la exquisita cena que les había preparado.
— es muy buena, además de tener la casa limpia, es una exquisita cocinera ¿Cómo te ha ido en el colegio?  — le preguntó a Eric su madre.
— Muy bien, mama.
— ¿Y a mi niña guapa como le ha ido? – le preguntó a Lea, dándole un abrazo seguido de un par de besos.
— Muy bien mamá, hoy me ha salido todo bien.
Terminaron de cenar y los dos niños se fueron a la cama, mientras  tanto, los padres recogieron los platos y los metieron en el lavavajillas. Luego se fueron al comedor para relajarse un poco. Ricardo se puso una copa y le sirvió otra a su esposa y sentados en el sofá, veían la televisión placidamente.

 


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