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El Reino de Terraluce - I - La Espada Real

El Reino de Terraluce - I - La Espada Real

29-09-2018

Ciencia ficción/fantástica novela

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Stella Mordano es una joven humilde y huérfana que no sabe nada acerca de su pasado, lo único valioso que tiene en su poder es un brazalete extraordinario. Pero un día su vida da un vuelco al encontrarse con tres personajes misteriosos que le cuentan la verdad acerca de su identidad: ella es nada más y nada menos que la princesa del Reino de Terraluce, un fantástico país que existe en un mundo paralelo, del cual tuvo que ser arrebatada por causa de Lázarus Rovigo, un malvado pariente suyo que asesinó a sus padres para usurpar el trono real.
Sus nuevos amigos la llevarán de vuelta a casa para acompañarla en el largo recorrido que tendrá que hacer por todo el reino para encontrar la espada real de su padre, el rey Romeus Mordano, y así poder enfrentar a Lázarus y reclamar la corona que por derecho le corresponde.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Capítulo 1
Se sentía la persona más insignificante del mundo, para ella, su vida era de lo más común y aburrido que pudiera existir. Era huérfana, la habían abandonado a los pocos días de nacer en las puertas del orfanato Santa Emiliana al cuidado de la hermana Beatrice Salmone, una mujer religiosa, vieja y malhumorada que de santa no tenía ni un pelo.
No tenía ni la más remota idea de quiénes habían sido sus padres, de no ser por aquel misterioso brazalete de plata que llevaba siempre consigo desde que tenía uso de razón, hubiera pensado que tan sólo había brotado de la tierra al igual que un herbajo silvestre, pero alguien debió de haberla colocado en aquella cestita de mimbre envuelta en sábanas de seda y poner en sus pequeñas manos regordetas ese fino brazalete grabado con una estrella de ocho puntas y dos palabras gracias a las cuales tenía un nombre y un apellido a los cuales responder: Stella Mordano.
Aunque no sabía gran cosa sobre joyería, nada más le bastaba con darle una fugaz mirada para darse cuenta de que había sido fabricado por las manos de los mejores orfebres, y a pesar de que lo tenía en su poder desde hacía casi veinte años, aún conservaba su brillo como si hubiera sido pulido recientemente.
Pero lo más curioso de todo es que, pasara lo que pasara e hiciera lo que hiciera con aquel brazalete, jamás podía perderlo. Recordaba que cuando tenía cuatro años, otra niña de su edad llamada Oriana la empujó al suelo, se lo arrebató de las manos y se fue corriendo con una sonrisa triunfante. "Nunca más podré recuperarlo" pensó Stella mientras se incorporaba y sobaba sus raspadas y adoloridas rodillas, Oriana era mucho más alta y robusta que ella, sabía que cualquier intento de parte suya para enfrentarla y obligarla a devolverle su brazalete sería un rotundo fracaso.
Por eso fue que se llevó un enorme susto cuando deshizo su cama para irse a dormir y lo encontró ahí debajo de su almohada, su pequeña cabeza comprendió que no podía haber sido Oriana quien lo había escondido ahí y confirmó sus sospechas cuando ella se le fue encima en ese mismo instante y la agarró a puñetazos para que se lo diera y Stella la obedeció únicamente para que dejara de golpearla.
Minutos después, la hermana Beatrice llegó corriendo al dormitorio atraída por el escándalo que habían armado las niñas con su pelea y en cuanto vio a Oriana con el brazalete puesto inmediatamente se lo quitó y se lo devolvió a su legítima propietaria. - ¡Mocosa tonta! - le gritó mientras le daba un fuerte manotazo. - ¡Ese brazalete está embrujado, lo mejor será que nunca más te atrevas a volver a tocarlo! - Esa última advertencia se la dio con la voz entrecortada por el miedo.
Por supuesto, la vieja gruñona fue la primera en darse cuenta de que aquel brazalete no era una joya común ni mucho menos corriente. En cuanto lo encontró en las manos de la bebé Stella se lo quitó y decidió ir a donde el platero, quien después de haberlo examinado cuidadosamente, le comunicó que era una pieza de joyería realmente extraordinaria; nunca en toda su vida había visto algo igual a ese brazalete que, sin ninguna duda, era de pura plata de ley. Entonces Beatrice, ni tarda ni perezosa, decidió vendérselo por una exorbitante cantidad de dinero que el platero estuvo más que dispuesto a pagar sin regatear. En cuanto la vieja volvió al orfanato, se llevó una menuda sorpresa al encontrarlo de nuevo dentro de la cesta donde dormía la niña. Y por un lado, eso era una ventaja para Stella, ya que la monja no se atrevía a irse de la mano con ella a causa del temor que le infundía todo ese asunto del brazalete encantado.
A veces Stella se preguntaba: "¿Qué hace una muchacha tan simple como yo en posesión de algo tan extraordinario? Si fueron mis padres quienes lo pusieron en mis manos debieron de ser magos o algo parecido ¡Pero qué tontería! La magia no existe, debe de haber alguna explicación razonable para tanto misterio." Y en una ocasión que encontró una buena oportunidad imposible de desperdiciar, se escapó un momento para revisar los registros de los habitantes de la ciudad buscando a alguien más que se apellidara Mordano a quien pudiera contactar para que le diera al menos una pista sobre sus antepasados, pero su búsqueda fue en vano.
Como nunca fue adoptada y se le daban muy bien las labores de limpieza y el cuidado de los niños, la neurótica de Beatrice la dejó quedarse ahí en el orfanato cuando cumplió la mayoría de edad, pero únicamente con la condición de que le echara una mano con el trabajo (o mejor dicho, dejarle todo el trabajo pesado a ella: lavar los retretes y controlar a los chiquillos más latosos y berrinchudos). Stella aceptó resignada, porque, siendo sincera consigo misma, no creía que allá afuera pudiera conseguir una vida mejor que esa. Uno de sus tantos sueños imposibles era estudiar en la Universidad de Siena, pero con tanto quehacer apenas tenía tiempo para respirar, además de que no contaba con los recursos económicos suficientes para poder costear sus estudios.
Lo único que la ayudaba a sobrellevar sus rutinarios e infelices días era tener en su poder aquel brazalete, cuya estrella grabada le hacía pensar en el Lucero de la Mañana, ese hermoso astro brillante que siempre le deseaba un buen día al despertar temprano en cada madrugada. Cada vez que lo observaba, la invadía la cálida y confortante sensación de que no estaba sola en el mundo, en el fondo de su corazón, Stella quería creer que algún día su destino cambiaría y eso le daba ánimos para sonreír. Aunque cuando la hermana Beatrice la enviaba al mercado a comprar pan y legumbres, la gente la miraba con desconfianza, ya que una fina pieza de joyería no encajaba para nada con los vestidos viejos y remendados que siempre llevaba puestos.
Después de tanto tiempo, acabó por acostumbrarse a esa vida simplona. A pesar de que no tenía lujos ni comodidades, al menos podía decir que todo transcurría siempre normal y sin agitaciones, o bueno, casi.
La semana pasada, mientras extendía las sábanas recién lavadas en el patio trasero, creyó ver a dos personas vigilándola desde el tejado de una de las casas circundantes. No alcanzó a observarlos bien, pero le pareció que se trataba de un anciano muy extraño que le recordó al mago Merlín y otros personajes de la literatura fantástica porque tenía una larga barba blanca y vestía con una túnica verde esmeralda que le llegaba hasta los tobillos, un sombrero puntiagudo del mismo tono e iba envuelto en una capa color azul cobalto salpicada con estrellas plateadas de ocho puntas iguales a la de su brazalete. En su mano izquierda sujetaba un enorme báculo que era tan alto como él y tenía la punta superior enroscada formando una espiral.
Al lado del viejo se encontraba una joven morena y atractiva de cabello rizado que vestía una blusa púrpura en cuello V con cordones blancos entrelazados en el escote y mangas abombachadas, traía unos pantalones bombachos del mismo color, unas medias satinadas de color lila que le llegaban hasta las rodillas y en su mano derecha sostenía una mandolina.
En cuanto los misteriosos personajes se percataron de que Stella los había descubierto fisgoneando, desaparecieron de su vista inmediatamente; ella pensó que lo más lógico era que todo aquello tan  sólo hubiera sido producto de su imaginación. Pero otro día, mientras barría la hojarasca que caía de los árboles del jardín que rodeaba el  orfanato, volvió a ver al mismo anciano barbado vestido con su túnica verde y la capa azul, sólo que esta vez no iba acompañado de la joven sino de un arlequín que llevaba la cara completamente pintada de blanco, con un antifaz negro que cubría gran parte de sus facciones, el clásico sombrero en blanco y negro con cascabeles en las puntas y un traje decorado con líneas y lunares de los mismos colores opuestos. Ambos estaban apostados en una esquina recargados en uno de los edificios de piedra sin quitarle la vista de encima. Fue tanta la incomodidad y desconfianza que le inspiraron a Stella, que botó la escoba y corrió a esconderse dentro de la casa.
Pero eso no fue nada en comparación con el susto peor que se llevaría después. La vieja Beatrice la había mandado a comprar pescado al mercado, y mientras Stella estaba en la pescadería escogiendo los filetes de salmón, notó que había tres sujetos con la pinta más aterradora que jamás había visto en su vida: eran altísimos y corpulentos, blandían espadas e iban protegidos por una pesada armadura más oscura que el azabache como los famosos caballeros medievales; sobre sus cabezas llevaban puestos unos yelmos tan herméticamente cerrados que apenas dejaban asomar sus ojos por una fina rendija, unos ojos brillantes de color ambarino, tan terribles eran que no parecían siquiera humanos.
Stella trató de ignorarlos, tomó el pescado, lo pagó y en cuanto le tendieron el vuelto salió pitando de ahí. Miró hacia atrás por un instante y vio que el más alto y robusto de los tres soldados apuntó a ella con el dedo índice y eso fue una señal más que suficiente para huir lo más rápido que le dieran las piernas.
Corrió a través de los numerosos puestos chocando contra todos aquellos que se cruzaban en su camino dejando montones de frutas y verduras desperdigadas por el suelo. Por la manera en que la gente la miraba, le dio la impresión que nadie más reparaba en sus perseguidores, probablemente estaban pensando que no era más que una vulgar ladronzuela que huía porque le habían pillado en pleno hurto, pero a Stella nada de eso le importaba, lo único que quería era alejarse lo más que pudiera de aquellos tipos que claramente no tenían buenas intenciones para con ella.
Cometió la imprudencia de disminuir la velocidad de la carrera para volverse atrás y darse cuenta que ya estaba prácticamente a la merced de uno de los hombres armados el cual levantó su espada tratando de golpearla, pero los reflejos de Stella fueron más rápidos y le lanzó una enorme sandía, de las tantas que habían terminado rodando por el suelo a causa de aquella persecución desenfrenada, y logró enterrarla en la punta de la espada y de ese modo pudo ganar tiempo para retomar la veloz huida.
Se estaba quedando sin aliento y las piernas le quemaban por el esfuerzo realizado, pero aún así no se detuvo hasta que terminó alejándose por completo de la ciudad y llegó a un prado llano y despoblado donde lo único que había era un montón de cipreses que crecían muy juntos y solitarios justo en mitad del campo.
Aparentemente había logrado burlar a los extraños hombres de la mirada diabólica y se recargó en un ciprés a descansar un rato. Pero el alivio le duró muy poco, alzó su vista hacia el horizonte y divisó tres figuras negras que se dirigían veloces como el rayo hacia ella, más no eran los individuos que la venían persiguiendo desde el mercado sino unos podencos de pelaje completamente negro que tenían los mismos crueles ojos ambarinos que ellos.
No importaba lo mucho que pudiera correr, aquellos canes la alcanzarían en cuestión de segundos. Comenzaba a prepararse para lo peor cuando resonó un trueno ensordecedor que hizo retroceder un momento a los podencos y por arte de magia, literalmente hablando, aparecieron ahí en medio de aquel prado los otros tres misteriosos personajes: el viejo de la larga barba blanca, la joven de la mandolina y el arlequín.
El anciano se acomodó el sombrero rápidamente y con la misma tomó a Stella bruscamente por el brazo. - ¡Alteza! Os ruego nos disculpéis, pero si queréis salir con vida de ésta, tenéis que hacer todo lo que yo os diga. -
A pesar del miedo que sentía, Stella miró fijamente al viejo y a sus acompañantes con los ojos totalmente abiertos por el desconcierto que le produjo aquella peligrosa y a la vez extraña situación en que se había metido.
- ¿Cómo me ha llamado? ¿Quién es usted? ¿Qué es lo que está pasando aquí? -
- ¡No hay tiempo para explicároslo ahora! - respondió la chica de la mandolina mientras se colgaba su instrumento sobre los hombros y volviéndose hacia el arlequín le gritó - ¡Ferruccio! ¡Las rocas! -
El aludido palpó su vestimenta desde los hombros hasta los pies buscando lo que le habían pedido.
- ¡Rápido, las bestias nos están dando alcance! -
- ¡No las encuentro en ninguno de mis bolsillos, Giusy! -
- ¡Mandrakus, ayúdelo por piedad! - gritó la muchacha que a esas alturas estaba terriblemente desesperada. Entonces el anciano le quitó el sombrero al arlequín y sacó de debajo un par de piedras que parecían enormes canicas: eran muy redondas, brillantes y de un diseño  multicolor que les daba un asombroso parecido con la superficie del planeta Júpiter.
La joven se las arrebató rápidamente al viejo y le dio una orden a Stella. - ¡Sujetaos a mi brazo y no os vayáis a soltar por nada del mundo! - Stella asintió moviendo la cabeza y al volver la vista atrás vio que los podencos estaban ya a escasos metros de distancia.
El arlequín tomó por la muñeca a la chica que sostenía las rocas en alto y el anciano a su vez lo tomó a él y a Stella. - ¡Bien, aquí vamos! - anunció la joven de la mandolina mientras hacia chocar una piedra contra la otra. - ¡Reino de Terraluce! - Y lo último que vio Stella antes de abandonar aquel mundo para siempre fue un montón de remolinos de humo pintados de diversos colores.

 


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