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El perro de Almadena

El perro de Almadena

10-04-2018

Ciencia ficción/fantástica novela

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El perro de Almadena narra la lucha épica de un viejo y su can por mantener a flote su rancho en medio de numerosas desgracias, aventuras y momentos de infinita ternura, enmarcados por el paisaje majestuoso de la Tierra Caliente Michoacana, palpitante de amor a la naturaleza y al campo y salpicada aquí y allí de humor y magia.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

                                                                         El perro lugareño.

 

El can mestizo caminaba arrastrando la cola, con las orejas gachas y entristecido. Había estado solo durante muchos años y por un momento no reconoció el sonido del grito de Almadena.

– ¡Auxilio!

El corazón del perro se aceleró, su mente apenas recordaba el sonido de la voz humana, pero sus sentimientos despertaron antes que su memoria y corrió al borde de la barranca por la que vagaba.

 Unos metros más abajo se encontraba aferrado a las raíces de una ziranda y balanceándose al borde del abismo, el viejo y asustado dueño de Rancho Escondido. El can lo reconoció al instante. ¡Almadena! ¡Su viejo amo! Sin titubear se lanzó hacia abajo, decidido a rescatarlo, resbalando entre la roja y fina tierra y las peñas, hasta que logró agarrar con su hocico la gastada camisa del ranchero. Almadena se aferró con ambas manos al pellejo del can lugareño y éste lo jaló poco a poco hacia arriba, con todos sus músculos en tensión y al borde del colapso. El can temblaba y se empeñaba más allá de sus fuerzas determinado a salvar la vida de su amigo, aunque lo hubiera abandonado en este rancho durante tantos años.

Cuando al fin ambos estuvieron a salvo sobre el filo de la barranca se derrumbaron agotados y la mano de Almadena acarició temblorosamente la cabeza del can.

– ¡Gracias! ¡Muchas gracias perrito!

El can lamió su mano con el corazón traspasado de dolor. Lo perdonaba, lo perdonaba por todo el tiempo de abandono y meneaba su cola pensando: –Querido amigo, de todo corazón te perdono.

Después de descansar un rato, al caer la tarde, el ranchero y el perro se encaminaron hacia la humilde casa de varas.

–Y tú perrito ¿De dónde saliste? ¿Qué haces solo en este rancho?

– ¡No me recuerda! –Pensó el can. – ¡Me abandonó y no me recuerda!

El perro lo miró tristemente, rememorando las interminables noches que había pasado sin cerrar los ojos, sintiéndose traicionado, enloqueciendo de dolor y nostalgia por su amo en este rancho perdido en medio de la nada. Todos los días y todas las horas extrañándolo hasta la desesperación, preguntándose por qué lo había abandonado; recordando cuando jugaban, cuando por la tarde salía a cazar chachalacas con Almadena dispuesto a defenderlo hasta la muerte de las fieras. Recordó las noches acurrucado en el petate de su amo pegado a sus pies para darle calor; cuando arreaban juntos al ganado y lo acompañaba en cada momento de su fatigosa jornada… Y a pesar de todo eso, a pesar de todos los años que había estado esperándolo, Almadena no lo recordaba.

El viejo se agachó con dificultad ante el fogón de barro para encender el fuego y vio que ya no tenía leña, en ese instante sintió un lengüetazo en la mano y contempló al perro sentado solícitamente frente a un haz de varas, meneando la cola.

–Perrito… ¿Tú trajiste la leña?

El can guiñó un ojo y Almadena soltó la carcajada – ¡Debe ser la soledad! –Exclamó– ¡Ya me está afectando!

No había visto a nadie desde la partida de su hijo, y sólo vería gente cuando llevara la cosecha anual y el ganado hasta La Nopalera. Estaba aislado del mundo; para llegar al pueblo, tenía que caminar de sol a sol por una estrecha vereda bordeada de cañadas y voladeros que serpenteaba entre los cerros hasta topar con el río Taracatío, que ni siquiera tenía un mal puente y era imposible de vadear cuando estaba crecido. Y después de cruzarlo, aún había que seguir caminando otra jornada hasta más allá de la ziranda del descanso.

El viejo se sentía feliz por la compañía del can. Después de encender el fuego echó unas tortillas al comal, calentó los frijoles, preparó huevos estrellados sobre las brasas y comenzó a hacer tacos para ambos.

–Nada de tortillas duras y agua para ti amiguito, tú compartirás mi comida y mi petate porque me has salvado la vida.

Después de cenar se echaron a descansar como en los viejos tiempos, acurrucados juntos para darse calor. Almadena se quedó dormido sonriendo, feliz como no se había sentido desde que llegara al rancho, tan dulcemente dormido que la mañana lo encontró aun así y el perro, viendo su rostro tan tranquilo y sereno, no quiso despertarlo y se marchó al establo para adelantar el trabajo de su amo.

– ¡Diablos! –Estalló Almadena al despertarse– ¡Ya es tardísimo y tengo una larga faena por delante!

El viejo echó a correr y al llegar a los establos encontró a la vaca ordeñada y la tinaja llena de leche.

– ¡Ah caray! ¿Qué pasó aquí? –se dijo. Se encaminó a dar de comer a las gallinas, pero éstas se encontraban ya terminando su maíz, gordas y satisfechas. Continuó su ruta y vio que también las chivas y los cerdos habían sido alimentados y atendidos. Así, llegó hasta los potreros, encontrándolos vacíos.

– ¡El ganado! –gritó preocupado y se lanzó corriendo hacia la hondonada. Allí se encontraba el can mestizo arreando a los cebúes, corriendo tras ellos, mordiendo sus corvas cuando se retardaban o brincándoles al hocico para contenerlos, guiándolos vigilante hacia los pastos.

– ¡Recontradiablos perrito! ¡¿Tú hiciste la faena del rancho?!

El perro no contestó y el tembloroso ranchero comenzó a tranquilizarse.

–Debe ser mi imaginación –se dijo.

Juntos siguieron arreando al ganado hasta llegar al pasto. Ya allí, mientras los cebúes pastaban, Almadena cayó en cuenta de que con las prisas y el asombro no había preparado el almuerzo, y dando una patada en el suelo exclamó:

–Tengo que volver a casa para traernos comida.

Ya comenzaba a alejarse con dirección al jacal, cuando el perro corrió ladrando tras él. El viejo se dio vuelta para ver por qué armaba tal alboroto y contempló cómo el can descolgaba con sus fauces el guangoche que traía cruzado sobre el lomo y se lo ofrecía. En su interior, Almadena, asombrado, encontró frijoles, huevos revueltos, una balsa llena de tortillas y un gran guaje repleto de atole.

– ¡Mira que has salido bueno! –dijo feliz el ranchero.

Y acariciando al perro, notó que su hocico se plegaba hacia las orejas formando una gran sonrisa y que una gruesa lágrima resbalaba por su mejilla.

– ¡Ah condenado perrito! ¡Deja de hacer eso que no sé si echarme a llorar contigo o morirme de susto!

El sol iba descendiendo hacia el Cuirindal cuando el ranchero y su perro comenzaron a buscar el ganado. El hombre gritaba y agitaba su arreador mientras el perro ladraba y corría de acá para allá. Poco a poco juntaban el ganado llevándolo de regreso a los potreros. Cuando el último animal entró en ellos, el perro se alzó sobre sus patas traseras para empujar la puerta de golpe con las delanteras y Almadena amarró ésta a la cerca de piedra diciendo satisfecho:

–Hacemos un gran equipo amiguito.

Más tarde, el viejo contemplaba al can dormido y sonriente, agotado por el duro trabajo del día. Rompiéndose la cabeza, trataba de explicarse la maravillosa inteligencia de aquel animal.

–Si no fuera por lo bueno y cariñoso que es este perrito, pensaría que es cosa del Diablo… ¿Y si me estoy volviendo loco? ¿Será que tanta soledad me ha trastornado la cabeza y estoy imaginando cosas? Pero no, eso no puede ser, las faenas del rancho hechas están, y sé que yo no las hice.

Confundido aún, mas profundamente agradecido, se acostó al lado del perro y se durmió.

Al despuntar el día, comenzaron de nuevo con el trabajo. Al ordeñar, el perro acercaba un banco al ranchero, le llevaba los cubos y luego los vaciaba en la tinaja, arrimaba los costales de olotes y grano para alimentar a las gallinas y anticipándose a sus deseos, trajinaba de acá para allá como si se tratara de un peón.

Pronto llegó el día en que comenzaba la tumba. El can lugareño fue hacia Almadena con hacha y machete entre sus fauces y juntos se pusieron a limpiar el terreno. El perro con el machete en el hocico escardaba la hierba, mientras Almadena con el hacha iba tumbando árboles, arbustos y breñales.

Trabajaban tan bien y tan a gusto juntos, que pronto habían limpiado un buen trecho. Y dándose cuenta de que habían terminado con sus labores antes del mediodía, el viejo fue por su carabina de chispa para ir juntos a cazar huilotas, paitas y chachalacas para acompañar la cena. Se dirigieron al Cascabel, un arroyo al que dichas aves iban a beber.

–Amiguito, antes de que tú llegaras, me sentía muy triste. El trabajo era muy pesado para mí solo y sentía que me volvía loco por no ver a nadie. ¿De dónde saliste?

El perro aulló dolorosamente. Hiciera lo que hiciera, parecía que Almadena estaba empecinado en no recordarlo.

–Ya, ya amiguito –dijo el hombre rascándole las orejas– tú me haces muy feliz y no quiero que aúlles así, no pienses de nuevo en dónde andabas antes o por qué estabas allí si eso te pone triste.

Comenzaba a escucharse el agua cantarina del Cascabel y aquí y allá los graznidos y chillidos de paitas y chachalacas. Ahora caminaban agachados y en silencio, parando la oreja y oteando en derredor. De pronto, el can mestizo se quedó quieto y apuntó firmemente con su cabeza hacia un acebuche. Almadena, siguiendo la mirada del perro, dio con una chachalaca parada en sus ramas, y apuntando cuidadosamente su carabina abrió fuego. El ave se desplomó del árbol, el can se lanzó como una flecha sobre ella y tomándola con el hocico regresó corriendo y la depositó en la mano extendida del viejo.

Continuaron hacia el arroyo y acecharon en silencio. Un rato después una bandada de paitas descendió a beber y Almadena abatió a una de ellas. El perro salió disparado a cobrarla y el hombre, feliz, la guardó en su guangoche.

Iban de regreso a casa, cuando de nuevo el can apuntó muy tieso con la cabeza hacia una huilota que volaba bajo y Almadena, frotando su cabeza, le dijo:

–No hay que ser avaricioso perrito, con dos aves basta y sobra para nosotros. No hay que andar matando criaturas sin necesidad.

El perro, escarmentado por su glotonería, se dijo que Almadena era un hombre justo y bondadoso. Y emprendió el regreso sin hacer caso ya de las aves que pasaban volando junto a ellos.

Esa noche el can tenía pesadillas. Chillaba quedamente soñando con aquélla otra en que, regresando del monte, llegó a la casa de varas y no encontró a su amo. Esperó preocupado durante horas a que llegara hasta que, desesperado, salió en su busca. Recorrió los corrales, el establo, el potrero, fue al arroyo por si andaba buscando agua y enfiló hacia el monte, esperanzado en que andaría cortando leña, mas no lo halló  por ningún lado. Entonces se lanzó corriendo desesperado por todo el rancho aullando desgarradoramente, regresaba a la casa, ladraba y gemía.

Pasó días sin dormir, buscándolo por todas partes sin encontrar su rastro, sin atreverse a alejarse del rancho por si volvía.

Angustiosos aullidos hacían eco entre los cerros, estaba como loco, consumido por su búsqueda inútil, con los ojos desorbitados y ronco de ladrarle al vacío sin recibir respuesta. Y allí se quedó, buscando y esperando todos estos años.

El perro se despertó de pronto, Almadena lo sacudía diciendo:

– ¡Despierta amiguito! ¡Sólo es un sueño! –Y dándole un abrazo, le acarició la cabeza– no estés triste, se me rompe el corazón de oírte aullar así, aquí estoy yo que te querré siempre.

–Pero si ni siquiera me recuerdas –pensó el perro ladeando tristemente la cabeza.

Almadena se quedó abrazando al perro hasta que éste estuvo dormido y ya no tuvo más pesadillas.

–Tú eres mi mejor amigo –le dijo al oído. El perro sonrió entre sueños y su semblante se volvió tranquilo.

Cuando el can abrió los ojos era ya bien entrado el día y contempló a Almadena cosiendo una extraña camisa que tenía las mangas apuntando al frente, el viejo había cortado la mejor de las suyas para hacerle ésta al perro para que no pasara frío en el invierno.

Las aves, asadas y doradas, yacían sobre el fogón listas para que ambos las desayunaran. El viejo también había estado tallándole juguetes con madera balsa y éstos estaban a su lado sobre el petate.

–Ora sí date gusto –dijo acercándole un plato con la paita asada– de ahora en adelante celebraremos tu cumpleaños este día.

El perro, inmensamente conmovido, agitaba alegremente la cola mientras se daba un atracón.

Aquel can le recordaba mucho a Sultán, pero a Sultán le faltaban una oreja y media cola, y estaba lleno de cicatrices; pensó con alegría que éste podía ser un descendiente suyo, e inspirado en esto soltó:

–Quiero decirte que también te he escogido un nombre.

El can dejó de comer abruptamente y comenzó a gruñir furioso. ¡Él ya tenía un nombre, un nombre que Almadena había olvidado!

El ranchero retrocedía pálido ante el perro amenazante, diciéndole:

– ¡Basta amiguito! Me estás asustando, si no quieres no te pongo nombre.

El perro se tranquilizó y se echó malhumorado sobre el petate. Ese día no salió del jacal y Almadena, apenado, fue a encargarse de las labores del día en solitario.

– ¿Qué le pasará? –Se preguntaba– ¿Por qué no querría que le pusiera nombre?

Cuando terminó de atender el rancho y regresó a casa, encontró al perro aún echado y taciturno. Se acercó a él con sus juguetes en las manos y le dijo:

–Hagamos las paces amiguito. Mira que rete chulos juguetes hice para ti.

Y echó al aire un hueso de madera, arrojando una pelota de trapos al mismo tiempo. Y tanto insistió, que finalmente el can olvidó su enfado y se puso a jugar con él.

Al final del día, salieron juntos a observar la puesta del sol desde los potreros y el ranchero le abrió el alma a su perro, diciéndole con voz suave y triste.

–Fue aquí donde hace muchos años mi padre me dijo que debía irme a estudiar a Zitácuaro, a mi madre nunca la conocí, aunque mi padre me hablaba con tanto cariño de ella y de cómo me esperaba con tanto amor, que siempre he sentido su presencia muy cerca de mí. Papá era muy pobre y nunca pudo ir a la escuela, sin embargo era muy trabajador y con sus ahorros consiguió arrendar este rancho en donde se partió el alma para que yo pudiera estudiar y no tuviera que trabajar un día tan duro como él. Nos queríamos mucho, pero casi no volvimos a vernos. Como él no sabía escribir, tampoco podíamos enviarnos cartas.

Almadena estaba llorando y su amigo, conmovido, lamía su cara enjugando sus lágrimas. Pensaba que su viejo amo estaba senil y confundido, pues él recordaba que las cosas no habían pasado así.

–Compré este rancho para venir aquí a recordarlo, a mirar el lugar en el que mi padre había trabajado tan duro para labrarme un futuro.

Por la noche el can sin nombre no podía dormir y salió de la choza para contemplar pensativo la luna. Estaba seguro del afecto que su viejo amo le tenía, pero no podía explicarse, lo cual lo atormentaba, por qué no lo recordaba ni las cosas absurdas que contaba. En el pasado parecía haberlo querido tanto como ahora, y sin embargo lo había abandonado, lo había olvidado. Por eso temía que pasara de nuevo y no podía disfrutar con tranquilidad la alegría de tenerlo de vuelta.

–Almadena –pensaba– ¿Por qué te fuiste sin mí?

A lo largo de los días continuaron con la tumba. La parcela iba poco a poco despejándose, amo y can trabajaban codo con codo. Almadena instruía entre tanto a su amigo en las labores del rancho y le contaba cómo cuando era niño había aprendido todo esto trabajando con su padre y los ojos se le nublaban de nostalgia.

–No me hagas caso perrito –decía limpiándose las Lágrimas de un manotazo– sólo soy un viejo con demasiados recuerdos.

Pronto quedo limpio el terreno, y los amigos satisfechos y sudorosos juntaron los abrojos y los llevaron a un cobertizo detrás del jacal para usarlos como leña y pastura.

Terminada la tumba Almadena se encaminó al monte armado con su carabina y acompañado de su perro para celebrar.

–Vamos a armar una buena corrida, yo acechare aquí en la cañada y tú me echas a los animales.

El can remontó alegremente el cerro encontrando pronto el rastro de un jabalí, y siguiéndole la pista lo azuzaba y lo dirigía a la posición de su amo. Éste escuchó acercarse los ladridos del can lugareño y el alboroto de la bestia asustada y preparó su tiro apuntando el arma a los matorrales; pero antes de que pudiera disparar el jabalí se le echó encima y embistiéndolo con sus colmillos le hirió el pecho. Su perro salió disparado detrás de él y brincando por el aire lo agarró por el hocico y ambos rodaron por el suelo revolcándose y mordiéndose furiosos; después del primer choque se separaron y comenzaron a dar vueltas acechándose mutuamente con las fauces chorreando sangre hasta que, sin previo aviso, se abalanzaron uno sobre otro, la fiera mordió el lomo del can, mas éste se escurrió ágilmente por debajo de la bestia consiguiendo morderla por la garganta, y sacudiendo su cabeza fieramente le arrancó la vida.

Aunque la herida del ranchero no era muy grave, el dolor y la pérdida de sangre lo hicieron desmayarse. Al recobrar el sentido yacía en su petate, el perro desgarraba trapos con sus dientes y aplicándolos a su herida había conseguido detener la hemorragia.

Almadena llamó afectuosamente a su can y tanteo con cuidado su esbelto y pinto cuerpo, sorprendiéndose mucho de que estuviera completamente ileso.

El viejo, debilitado, se echó a dormir. Cuando despertó se encontró con el jabalí burdamente despellejado y descuartizado por los dientes del can, y despaciosamente fue cocinándolo en el fogón.

Por algunos días, el Ranchero no pudo salir del jacal. El can se ausentaba largos periodos de la choza, pero siempre volvía para asomar su hocico por la puerta y revisar si su amo se encontraba bien, le traía agua del arroyo en un guaje; y leña, maíz, frijoles y todo lo que necesitara en su guangoche.

El viejo, aunque mejoraba día con día, estaba muy preocupado por la marcha del rancho. El tiempo para sembrar se estaba pasando, y si no lograba hacerlo antes de las lluvias estaría arruinado. Al sentirse mejor salió a la parcela para intentar salvar la cosecha y encontró al can arrastrando penosamente el arado con los dientes, terminando de arar el terreno.

¡La tierra estaba lista para la siembra!

Almadena y su perro fueron a la troje por las tarecuas y las semillas y llenando sus guangoches con ellas regresaron a la parcela. El viejo sostenía la tarecua entre sus fuertes manos mientras el can apresaba con firmeza la suya entre los dientes y juntos fueron abriendo los huecos, echando las semillas y cubriéndolas, y felices y molidos de cansancio siguieron trabajando hasta la noche.


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