Descarga gratis 10 libros

y consigue premios y promociones exclusivas

Regístrate

Comienza a leer

Iniciar sesión con Entreescritores

¿Has olvidado tu clave?

Crear una cuenta nueva

Libros publicados

El mundo que conocíamos

El mundo que conocíamos

09-08-2017

Ciencia ficción/fantástica novela

  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella vacía
  • Estrella vacía
3
  • Estrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  0
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  0
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vacia  2
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vacia  1
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llena  0

Han pasado décadas desde que la visita de una altruista especie alienígena desencadenara un cambio radical en la forma de vivir de los humanos. La esplendida tecnología facilitada por estos generosos seres, propició un conflicto entre los egoístas seres humanos en el que los poderosos reforzaron su poder y el resto se enfrentó a un mundo salvaje.

 

Aquellos que accedieron a la tecnología superior, viven ahora recluidos en unos modernos refugios disfrutando de la eterna juventud y todas las comodidades existentes. Los que no fueron tan afortunados, tuvieron que sobreponerse al caos que el regalo envenenado de la vida eterna desató y se organizan a duras penas para salir adelante en un planeta incivilizado y dramáticamente despoblado.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

CAPITULO 1

 

La estancia era amplia y una tenue luz intentaba llegar a cada rincón infructuosamente. La antigua estación de metro seguía repleta de gente, pero las zonas no cumplían su función de diseño. Las paredes del túnel habían sido peligrosamente socavadas para ganar espacio con nuevas estancias a diferentes alturas y de paso utilizar aquellos valiosos materiales en el cerco exterior. Las vías tampoco estaban en su lugar de diseño, y las chabolas convertían aquel espacio en una transitada avenida compuesta por viviendas y talleres, con artesanos trabajando la madera, el metal, arreglando bicis y cargando materias de un sitio a otro. Lo que antes fue un excelente servicio público, era ahora un excelente y bien engrasado servicio comunitario.

 

Las escaleras mecánicas otrora hervidero de viajeros, seguían dando servicio a los habitantes a pesar de estar paralizadas por el tiempo, sin embargo, los usuarios ahora cargaban otro tipo de bultos y vestían de forma mucho más funcional. Personas vestidas con petos, cargando troncos, chatarra, comida, cualquier cosa que permitiese a los residentes de la estación sobrevivir en esta nueva realidad. Todos ellos diferentes pero todos ellos etiquetados con una tarjeta blanca con un dibujo rectangular de color negro colgado de su cuello.

 

Entre aquella gente destacaba un hombre alargado y calvo salvo por las canas de sus sienes. Aunque su rasgo más destacable era el parche que cubría su ojo izquierdo. Su única carga era una carpeta y vestía con unos pantalones y una chaqueta sucios, en lugar de la ropa de trabajo que llevaba el resto. La QR de este hombre no colgaba de su cuello, sino que permanecía enganchada en su carpeta azul.

 

El hombre de espigada figura revisó algunas anotaciones y se dispuso a dar la bienvenida a su amigo Goar. Subió por las escaleras y se refrescó con el gris viento del invierno. Aún era temprano y Goar no había llegado. Se abrochó el botón superior de su chaqueta y esperó que las puertas del cercado exterior se abrieran para dejar paso a su amigo. El tuerto comenzaba a plantearse volver al interior a por algo de ropa más adecuada a aquella temperatura, pero la agitación entre los vigías le detuvo. Unos instantes después la puerta dejó paso y todo un convoy de vehículos atravesó el endeble puente artesanal que salvaba el foso y daba acceso a la colonia.

 

Los vehículos fueron entrando y apartándose uno tras otro en un costado. Los ocupantes salieron y todos se pusieron a trabajar en la descarga de alimentos y objetos varios. Crearon una fila improvisada que nacía en los coches y moría en el interior de la estación como si de un gran hormiguero se tratase. El hombre calvo curioseó entre los componentes de aquella coreografía hasta encontrar a su amigo supervisándola desde un costado.

 

-Goar, creía que vendrías solo- Saludó el tuerto aun desde la distancia.

 

-Ya que me habéis llamado para venir por los cortes eléctricos he pensado en aprovechar el viaje y traer algunas cosas. Pero si te digo la verdad, no se para que queríais que viniera, el ingeniero eres tú- Goar se sorbió los mocos y exhaló dejando ver sus rugosos dientes color caqui.

 

-Bueno, eres parte del consejo de Altos, y este tipo de decisiones importantes sabes que se deciden entre todos. – el tuerto puso un cigarro en su oreja - Me alegro de verte. Últimamente casi no apareces por aquí. – concluyó a la vez que buscaba en sus bolsillos con ambas manos algo con que encender el cigarro.

 

-Si, he estado un poco liado con los grupos de nuevos exploradores y cazadores. Además, la Ermita me quita mucho tiempo, estamos cultivando y toda ayuda se agradece. Hay Altos que no podemos quedarnos mirando-

 

-Ya bueno, si tuvieras que estar quieto te morirías de aburrimiento. – al fin encontró el mechero en el bolsillo de su chaqueta.

 

-Pareces cansado Iker, ¿te encuentras bien? - Se preocupó Goar por la cara hinchada y apagada de su amigo.

 

-No mucho. Estoy cansado. No estoy durmiendo bien últimamente. - el tuerto dio una calada.

 

-Tranquilo, solucionaremos el tema de los cortes eléctricos. Ya estoy aquí para sacarte las castañas del fuego-

 

-No es por eso, se las razones de los cortes, y creo que se cómo solucionarlo. Es por Ane. El otro día creí verla por la estación, luego soñé con ella. Llevo toda la semana con ella dando vueltas en mi cabeza y no consigo dormir. -

 

-Lo siento. - Cortó Goar cansado de dar consejos de todo tipo a su amigo desde la muerte de su mujer casi un cuarto de siglo atrás.

 

-Sueño con aquel asedio, aquellos meses aquí metidos. Sueño con su agonía antes de morir. Por suerte murió por enfermedad y... - el ingeniero no pudo continuar por la emoción.

 

-Vamos abajo, aquí hace frio- atajó Goar con frialdad. No tenía intención de alimentar aquel recuerdo que su amigo no dejaba cicatrizar y que él hacía tiempo pudo enterrar en su interior.

 

Se unieron a la procesión que entraba por la boca de metro de plexiglás ennegrecido. Cuando llegaron al final de la escalera los portadores se dispersaban siguiendo las ordenes de una mujer de ojos color miel y el pelo de unos centímetros de longitud. Era la única persona de toda la colonia que no tenía el cabello rapado. Era considerablemente más bajita que los dos hombres, pero no más que ninguno de los nacidos en la estación, los cuales tuvieron la infortuna de nacer en una época en la que la alimentación no era tan completa. Su rostro sonriente y arado por los años inspiraba calma y confianza. Goar juguetón se acercó a ella como si él también necesitara recibir órdenes de adónde ir.

 

-Goar, no molestes - interrumpió la mujer de pelo gris y cara angelical. -Id poniéndoos en la mesa, la comida estará preparada en un rato, pediré que lleven algo de picar y una jarra de sidra, tenemos temas que hablar. –

 

La mujer continuó organizando a los portadores un rato hasta que su ayudante la relevó. Entonces se acercó a la gran mesa donde el ingeniero charlaba con Goar sobre las hazañas amorosas de este.

 

-Buenas, ¿no han venido aun el resto? -

 

-Hola señora alcaldesa, por aquí solo ha aparecido el señor suboficial a saludar y se ha marchado no me acuerdo con que pretexto- Goar se puso en pie teatreramente adornando el falso trato de respeto.

 

-Gracias por la información – tomó asiento frente a los dos hombres.

 

-A sus pies alcaldesa Mariaje- acompaño Goar con una reverencia.

 

Ella sonrió tibiamente, el ingeniero sonrió abiertamente y Goar esperó unos segundos antes de reírse en solitario de su propia broma.

 

Los tres esperaron al resto de los miembros del consejo de Altos para discutir los problemas eléctricos que estaban sufriendo las últimas semanas. Hablaron de cosas irrelevantes al tiempo que las restantes sillas iban siendo ocupadas. Un hombre con aire marcial se sentó junto al ingeniero sin saludar, después otro hombre entrado en carnes ocupó la silla libre junto a la alcaldesa y alargó la mano a la bandeja de patatas cocidas sin ningún pudor, pero ninguno de los demás le acompañó. Cinco de los seis estaban dispuestos a afrontar aquella crisis por la que se habían reunido, pero no podían comenzar sin la sexta componente del consejo de Altos.

 

La alcaldesa no soportaba tener que esperar, le parecía la mayor de las faltas de respeto, esto unido el incesante masticar del hombre a su derecha y a la tediosa conversación de besugos entre el tuerto y Goar estaban a punto de colmar su paciencia.

 

- ¿Quieres que la busque Mariaje? - preguntó el hombre serio junto al ingeniero consciente de la corta mecha de la alcaldesa.

 

-Sí por favor- respondió ella con voz melódica y con las uñas clavadas en la mesa.

 

Él se levantó y se perdió en el andén. No tuvieron que esperar mucho antes de que volviera con una mujer extremadamente flaca y visiblemente irritada y un joven con un lunar del tamaño de un huevo bajo su oreja derecha. Se acercaron a la mesa bajo la atenta mirada de los comensales.

 

-Mira lo que ha hecho tu lacayo Goar- gritó la flaquísima mujer llena de ira aplastando una foto recortada de un libro sobre la mesa.

 

-Tranquila Uxue, ¿que ha pasado? - calmó a la fiera Goar agarrando la foto de la discordia.

 

-Tu subordinado a recortado una foto de un libro- La mujer estaba roja de rabia.

 

- ¿Es verdad Livingstone? - Goar miró al joven que no levantaba la mirada del suelo totalmente avergonzado por lo sucedido.

 

-Le hemos pillado con la foto en el bolsillo y escondiendo el libro. Ha sido él. - ladró Uxue

 

- ¿Fuiste tú? -Insistió Goar ignorando la explicación de Uxue.

 

-Es una foto del doctor Livingstone, y él es un explorador que se puso el nombre de su ídolo. ¡Pues claro que ha sido él! - Volvió a responder en lugar del joven Uxue.

 

- ¿Te he preguntado a ti? Le estoy preguntando a él, es parte de mi equipo, quiero que me responda. Es mejor que me digas la verdad Livingstone-

 

-Sí señor, he sido yo- asumió finalmente su responsabilidad levantando la barbilla.

 

-Las normas son claras, tiene que ser desterrado- Uxue sonrió ligeramente disfrutando de la futura venganza ante aquel agravio que había sufrido la biblioteca de la que ella era responsable.

 

El tuerto esperó expectante la respuesta de Goar y la previsible disputa entre el responsable del agravio y la responsable de lo agraviado.

 

-Estoy de acuerdo- Sentenció Goar rompiéndole todos los esquemas y observando la fotografía en blanco y negro del doctor Livingstone junto a un niño negro con un escudo y una lanza.

 

-Espera, ¿estarás de coña no Goar? -entró en la conversación el ingeniero sin creerse lo que estaba escuchando. Después trató de buscar aliados entre sus compañeros, primero apeló con la mirada a la alcaldesa y ella le devolvió una mirada vacía. El doctor seguía comiendo ajeno al drama y dudaba mucho que el suboficial fuera a tener clemencia. Terminó la ronda nuevamente en su amigo que miraba la foto obsesivamente.

 

-Esto no es asunto tuyo licenciado. Cada cual decide este tipo de cuestiones internamente, y las reglas son claras, las reglas que todos aprobamos. - la seca maestra defendía los libros como si fueran los hijos que nunca tuvo.

 

-Uxue tiene razón Iker. Las reglas están para cumplirlas. Lo siento Livingstone, sé que te pusiste el nombre por este hombre, pero no puedes destrozar un bien común por tu propio beneficio. Mañana serás desterrado- sentenció Goar.


5% de descuento para los lectores de entreescritores.com en casadelibro

5% de descuento para los lectores de entreescritores.com en casadelibro

Comentarios