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Alma de plástico

Alma de plástico

12-03-2019

Ciencia ficción/fantástica novela

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La humanidad está en el preámbulo del crecimiento absoluto de la tecnología, propiciando a la vez la evolución de la robótica, y es en este mismo escenario donde surge un personaje que es consciente de esa realidad, pero que también dará inicio a la primera relación sentimental entre un humano y una máquina, lo cual traerá efectos negativos para todos. Lo anterior hará que el protagonista pase situaciones de diferente índole, vistas desde su perspectiva personal y experimental, y que le harán reflexionar sobre las consecuencias de sus acciones, y que además pondrá a prueba su destino de evitar que el mundo pase a una nueva era en la que el ser humano esté en segundo lugar.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Capítulo 1 El principio del fin

La puerta de una casa se abría por el viento, dejando escapar un olor a luto. A lo lejos, se escuchaban los lamentos tanto reales como hipócritas de una familia doliente; pero más allá (quizás en la casa vecina de al lado), donde apenas llegaba el sentir del oído, se distinguía el sonido alegre de muchos niños jugando tranquilamente y ajenos a lo que acontecía a aquellas personas dolientes que olvidaron que un día fueron también infantes.

En aquella “cueva” urbana, unas personas velaban a su abuelo fallecido quien, a sus más de setenta décadas de vida, había partido de este mundo el día anterior debido a un accidente y no por causas naturales como algunos creerían. Entre la gente se encontraban sus familiares y amigos; unos a la verdad lamentando sinceramente la irreparable pérdida del anciano, pero otros en cambio, sólo aprovechaban el simple hecho de que hubiera pan y café (típicos en un velorio); y más aún, había otros sujetos que ni siquiera yo puedo explicar qué estaban haciendo ahí.

Soy Ebrahn, y a continuación les contaré una parte importante de la historia de mi vida. Yo siempre creí en el destino, pero jamás pensé que un día sería su protagonista.

Corría el sexto mes de un celebre año en el que todo lo que se había pensado en épocas anteriores que existiría en cuanto a tecnología (especialmente en el ámbito de la robótica), se estaba cumpliendo de manera satisfactoria, aunque a un ritmo lento. Pero lamentablemente, algunos de esos avances tecnológicos no estaban presentes en mi círculo familiar y personal, y no por voluntad propia, sino por las limitaciones de la vida que ocurren en quienes menos lo merecen. Sin embargo, no puedo afirmar que ese progreso fuera del todo bueno (en el sentido moral), porque la verdad es que había convertido a la mayoría de la humanidad en seres muy superficiales, haciendo que estuvieran más atentos a la última moda de un teléfono celular que en ir a decir “Te quiero” a un ser querido. Yo tenía veinte años de edad, y la gente comúnmente me decía que había alcanzado madurez mental a muy temprana edad debido a mi manera “tranquila” de comportarme; pero yo siempre he dicho que el reflejo del interior de una persona no se ve en sus acciones, sino en sus intenciones. Vivía con mis padres en una zona urbana cercana a la ciudad capital, en un país pequeño de Centroamérica (un país querido, odiado, olvidado y recordado por muchos), donde las personas tenían culturas, religiones, costumbres y tradiciones distintas, pero que lastimosamente las tenían sólo para poner una barrera social entre ellas, haciéndoles olvidar la hermandad y el respeto mutuo. Mis estudios académicos estaban relacionados a la robótica (estudio menospreciado por algunos y que apenas pude pagar en una universidad privada), y cuando los terminé, me esmeré en trabajar pronto en lo que tanto había deseado, y anhelaba ganar muchísimo dinero y cosechar grandes éxitos laborales; pero debo decir que las cosas no siempre son como uno espera, y poco a poco la vida me fue enseñando que a veces nuestros sueños, objetivos o metas no se cumplen de la noche a la mañana. Tenía todo lo básico a mi favor como un buen estudio, las bendiciones de mis padres, la iniciativa y la honradez características en mí; pero ignoré que allá afuera existían factores que impedían tener rápido un empleo, y me refiero a la falta de creación de puestos laborales y a reclutadores que pedían experiencia de trabajo a alguien que apenas empezaba su vida adulta.

Sucedió que un día me encontraba comprando algunas cosas en una tienda que estaba cerca de una calle muy transitada, cuando de repente presencié un accidente automovilístico entre dos autos y en el que se vio afectada una persona que pretendía cruzarse la calle. Cuando llegué al lugar de los hechos, ya había personas alrededor del peatón lesionado (pero nadie quería ayudarlo), quien resultó ser un hombre de la tercera edad, el cual yacía en el suelo con un daño en su cadera izquierda mientras pedía auxilio a todos:

—¡Me han lastimado… ayúdenme! —Esto evidentemente me hizo sentir empatía por él, pero no así a otras personas que estaban cerca de mí, que sólo veían al pobre hombre tirado como si fuera parte de un espectáculo callejero. “¡Ellos me atropellaron a propósito!”, gritaba con dolor el señor mientras señalaba con su frágil dedo a los tipos que él creía que lo habían golpeado intencionalmente con sus autos. En realidad, nadie era culpable, sino que simplemente se estaba en el lugar y hora incorrectos. Los que habían chocado sus carros sólo resultaron con lesiones leves; era verdaderamente lamentable que el anciano se llevara la peor parte. Pero a pesar del dramático momento, lo más relevante para mí no sería el accidente en sí, sino lo que iba a venir después.

Inmediatamente llamé a una ambulancia; y en mi afán por querer ayudar al anciano, me acerqué a él para al menos darle palabras de ánimo:

—Todo estará bien, la ayuda ya viene en camino, pues ya llamé a la ambulancia.

Pero él reaccionó muy sorprendido, y comenzó a hacer gestos que lo hacían parecer asustado, y luego con una voz muy esforzada me dijo:

—No es eso lo que te debe de preocupar jovencito… no es eso.

Las palabras del anciano me resultaron inmediatamente curiosas —aunque pensé que quizás no se encontraba en sus “cabales”—, por lo que quise averiguar de qué hablaba:

—Señor, ¿de qué está hablando? Espero se sienta bien.

—Te parecerá extraño lo que te diré, pero no vayas a pensar que estoy loco.

—Claro que no, puede decir lo que usted guste —le aseguré.

Pero nadie en este mundo esperaría escuchar palabras como las siguientes:

—El sueño que tuve anoche se ha cumplido… y era que yo vería al ser que traerá el mal a nuestro mundo, y que también traerá el bien… y ese eres tú.

Lo que dijo ese anciano fue realmente espeluznante y salido de juicio.

—Escuche, usted está delirando y debe ser por el dolor —le decía mientras las personas veían atentamente cómo conversaba con él.

—Pero no temas —me dijo—, porque es necesario que así sea, Ebrahn…

Sinceramente me asusté un poco cuando le escuché decir mi nombre (el cual ni siquiera le había mencionado), y decidí irme enseguida del lugar. Al alejarme tan de prisa, las personas comenzaron a interrogarme escandalosamente diciendo: “¿Qué te sucede? ¿Acaso viste un fantasma?”, pero yo sólo les contestaba diciendo que se me había hecho tarde y que debía regresar rápido a mi casa. Tenían razón con mi exageración, porque no debí haberme ido así, pero simplemente lo hice.

Caminaba muy deprisa hacia mi casa, pensativo y confundido por lo que había pasado hace un rato, y sólo esperaba no encontrarme a alguien por ahí diciendo que yo traería un mal y un bien al mundo. Debo admitir que me veía contaminado de pensamientos absurdos al intentar justificar lo ocurrido, pero ¿quién era yo para que alguien me hubiera dicho algo así? La verdad es que me consideraba un tipo normal que no se complicaba la vida ni se metía en asuntos de otros. No está demás el mencionar que había algo en el ambiente que me hacía tener incertidumbre y un presentimiento como si un futuro distópico se acercara. ¿Era necesario exagerar tanto en pensar así? Ni yo podía creer lo que estaba pasando.

Ya eran como las cinco y media de la tarde, y yo ya había llegado a mi casa, o más bien, al lugar donde la vida se limita a pasar únicamente rodeado de unas paredes, y donde la gente se “encierra” en su existencia como más les parece conveniente. Éramos una familia de clase media, donde cada vez sentíamos que bajábamos al nivel de clase baja por culpa de las condiciones económicas que se nos presentaban en el momento, causadas por mi falta de empleo y de los trabajos que mis padres tenían (donde apenas les pagaban el salario mínimo). No era hijo único, pues tenía una hermana mayor, pero ésta se había casado recientemente y por lo tanto ya no vivía más con nosotros.

Mi madre era empleada de un almacén de ropa, y su paga ahí era muy poca y apenas alcanzaba para que subsistiéramos en la casa. Actualmente ella estaba de vacaciones, pero ya le faltaba poco para regresar a trabajar.

Mi mamá estaba en la sala:

—Hola hijo —me saludó con una voz dulce—. ¿Trajiste lo que te pedí de la tienda para hacer la cena?

—¡Claro! —Pero esa afirmación fue rápida, y sólo dejé sobre una mesa las cosas que había comprado para luego irme directamente a mi cuarto, cerrando la puerta de una forma muy notoria, y esta inusual acción fue algo que a mi madre le pareció muy extraño. Había algo inexplicable que me estaba quitando la tranquilidad, causado por lo que me había sucedido esa tarde y que me hacía actuar de una manera distinta a lo normal.

—Hijo, ¿estás bien? —me preguntó mi mamá quien se había quedado parada frente a la puerta de mi habitación, y yo le contesté con un engañoso “sí” y con explicaciones falsas. Pero ella no estaba del todo convencida por mis palabras, y se quedó un rato esperando a que yo le confirmara que todo estaba realmente bien, que no había nada de qué preocuparse y que solamente me sentía cansado. Pero de mi boca no salió ni una palabra más, por lo que mi progenitora optó por alejarse.

En mi cuarto tenía una pequeña televisión con la que disfrutaba mis ratos de ocio (prefería los medios de entretenimiento tradicionales en lugar de los “modernos”). Quise entonces encender la televisión, y cuando lo hice, resulta que estaba sintonizado un canal de noticias y, como si fuera mera casualidad, la información que estaban presentando justo en ese momento era relacionada al accidente que yo había presenciado minutos antes —¿cómo rayos hicieron una noticia tan rápido?—, en donde el periodista hablaba a detalle acerca de todo lo que había ocurrido en dicho accidente como las causas que lo produjeron y demás cosas. Pero todo se volvió extremadamente intrigante cuando mencionaron que el anciano al que habían atropellado, y a quien identificaron solamente como Edgar, había muerto minutos después de haber sido dejado en el hospital por la ambulancia debido a complicaciones de salud. No podía creer lo que había sucedido, y sólo me quedé petrificado ante lo que escuchaba y, como si algo me intentara “desconectar” rápidamente de esa televisión, sentí que en automático pulsé el botón de apagado del control remoto, quedándose mi habitación en total silencio.

Mi madre siguió insistiendo que algo inusual pasaba conmigo, y escuché que me preguntó desde lejos:

—Ebrahn, ¿sucede algo?

Yo le respondí de forma corta e inmediata que todo estaba bien, porque simplemente no quería dar explicaciones.

Pero no es fácil convencer o engañar a una figura materna:

—Has estado muy extraño ahora, pero no me vayas a volver a decir que todo está bien, porque sé que algo te pasa.

—En serio no es nada… sólo estoy un poco agotado. —Otra vez comencé a decir mentiras.

—Bien, como quieras… Sé que no quieres decir la verdad, pero dejémoslo así por ahora. Ahora te pediré que te sientes a la mesa para cenar, pero no vayas a comer todavía porque tenemos que esperar a tu papá.

Salí de mi cuarto para ir al comedor; y estando ahí no me sentía tranquilo. Junté mis manos sobre la mesa, refugiándome desesperadamente dentro de mis pensamientos, intrigado por lo que había visto en las noticias y por lo que el difunto anciano me había dicho antes de morir. Debido a lo anterior, noté que mi madre estaba a punto de preguntarme otra vez de lo mismo; pero para evadir todo cuestionamiento acerca de mi estado anímico, pensé en hacer yo mismo mis propias preguntas:

—¿Y cómo has estado mamá?

—Estoy bien gracias… Por cierto, ¿cómo te ha ido en tu búsqueda de trabajo?

—Créeme que he buscado hasta debajo de las piedras, pero no encuentro nada.

—Entiendo, es de reconocer que estos tiempos son difíciles.

Al momento escuché que mi padre llegaba.

—Ya está aquí… —dije mientras lo veía entrando a la casa saludándonos a todos muy alegremente.

—¡Qué bien que ya regresé para estar con ustedes! —nos dijo sonriendo mientras mi madre le expresaba su alegría con un beso.

Mi padre trabajaba de bodeguero de una tienda de repuestos automotrices, e igualmente su paga era apenas suficiente para lidiar con los gastos de la casa.

Después de pasados algunos minutos, ya estábamos todos sentados a la mesa.

—¿Ha venido nuestra hija a visitarnos hoy? —preguntó mi papá a mi madre.

—No, y ni siquiera nos ha llamado por teléfono —le contestó.

—Lo entiendo, eso era de esperarse. Recuerdo que ella venía a visitarnos casi a diario cuando recién se había casado, pero mírala ahora… Así sucede con los hijos que se casan: los primeros días visitan a sus padres muy seguido, pero después se olvidan. Pareciera que fue ayer que la vi sentada a la mesa junto a nosotros.

—Ya olvídate por un momento de ella —le pidió cariñosamente mi mamá para evitar que se pusiera triste.

Mis progenitores aún estaban acostumbrándose al hecho de que mi hermana ya no estuviera en la casa. Creo que para los padres no es fácil aceptar que una hija ya tiene formada su vida en otra parte. Ellos nunca me comentaban algo al respecto, pero sabía discernir que en su interior deseaban que el tiempo se regresara hacia atrás, al punto exacto en el que mi hermana y yo éramos infantes, donde las preocupaciones mayores eran nada más los estudios de la escuela y los berrinches entre hermanos. Recuerdo haber visto a mi madre llorar cuando mi hermana se fue de la casa para comenzar su vida de casada, y recuerdo también a mi padre sentándose casi todos los días frente al atardecer derramando al menos una lágrima con un suspiro, como si ese panorama visual le trajera algún recuerdo agradable de su hija.

La comida ya estaba servida en la mesa, pero yo no tenía apetito. Aún me sentía intranquilo por lo que había sucedido en el accidente del anciano Edgar. ¡¿Cómo las palabras de una persona pudieron alterarme?!

—¿Qué sucede, por qué no quieres comer? —me preguntó mi padre.

No podía explicar nada en ese momento, ni tampoco quería decir más mentiras, y solamente me limité a preguntar:

—Papá, ¿has conocido últimamente a alguien por ahí que le hayas hablado acerca de mí?

—Pues no exactamente como tú dices hijo. A nadie le hablado de ti que yo recuerde… ¿Por qué preguntas eso?

Pero ya no quise hablar más del tema. ¿Por qué simplemente no hacía como otras personas que ignoraban por completo todo al oír hablar de cosas inusuales como fantasías, misterios o cosas así? Como si uno no tuviera suficientes vivencias para aceptar o rechazar lo que se nos pone en frente, discerniendo lo que es conveniente escuchar, en especial si te dicen que traes un mal y un bien a un mundo donde cada día se está enfriando el afecto y el respeto hacia los demás. Si tan sólo no me hubiera sentido preocupado por tanto misterio ridículo a mí alrededor, y si tan sólo hubiera tenido la disposición de tomar mi cena y esperar a irme a dormir, tal vez le hubiera respondido correctamente a mi progenitor y asunto arreglado; pero lamentablemente no había sucedido así, y ya no podía cambiar las cosas, aunque quisiera.

Lo que vendría a continuación cambiaría totalmente la rutina de esa noche.


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