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Primer capítulo

Retazos

 

 

 

 

 

Estaba al frente, pero las miradas se desviaban en un esfuerzo por contemplar el interior. ¿El interior de qué? De sus almas, claro. Se hacían las cerradas, las tristes. Sus almas sí estaban tristes de nostalgias y sus miradas inexistentes sólo buscaban una cosa. Simplemente vacíos resquebrajados, partidos y repartidos desordenadamente, sin secuencia alguna, flotando en mundos tristes de dolor. Y de nostalgias, ya sabe.

“Su primer trago… Sí, lo recuerdo muy bien. Él miró la botella con aquellos ojos vivaces y brillosos. Comenzó a bebé su contenido como si fuese agua ¡Mira, ese muchacho descontrolao! Aguáitese, muchá, aguáitese, yo le decía. Ya era todo un hombre, sabía contá el dinero de las ventas sin siquiera pelase un centavo. ¡Ese carajito! No sé qué fue lo que le pasó, ¡tienes que trabajá duro, carajo, la vida es muy coñoemadre!, siempre le decía. ¡Sí, pá!, siempre me respondía. Pero pienso que él creía que era más coñoemadre ¿verdá?”

“¿Cómo olvidarlo? Correteaba sobre la tierra como si de un gallo se tratase y luego se iba derechito a metele la mano a la torta con que su abuela le consentía. ¡Vaya a lavarse las manos, carajo!, siempre le gritaba. Pero ná, él igualito se metía media torta en la boca y salía con sus cachetes infladotes con trozos ensalivados colgando de su barbilla y corría más rápido, jugando con las luciérnagas que comenzaban a parpadear y yo me sentaba a verlo. A verlo cómo se embadurnaba de tierra que a veces era barro, que a veces era mierda. ¡Mi orgullo, mi diversión! Hacía morisquetas imitando a su padre, ese borracho que me dio ese retoño maravilloso… ¡Vamos, carajo, a dormí se ha dicho! y él se escurría de mis manos, siempre tan travieso…”

“Lo pillé masturbándose bajo la sombra de un árbol, a orillas del río. Me daba mucha risa cómo se movía, pero la verdad verdaíta es que sentía curiosidad por lo que hacía. Siempre allí, siempre al atardecer, queriéndose salvajemente. Hasta que me descubrió, algún destello se escapó que me delató. Me atemoricé al principio pero luego me dio risa y al rato como que lástima. La vergüenza prendió su rostro. Me senté junto a él y le dije oye, está bien, no te pongas así; pero él se quedaba sumergido en el revoltijo de sus manos y rodillas. Y para que no se sintiera mal, me subí la falda y le mostré mi cosita; luego lo hicimos al pie del árbol testigo de todo. Esa fue la primera vez…”

“La primera vez que lo vi entrar venía con su rostro altivo, amén de su primera afeitada. Ya era todo un hombrecito, vino directo hacia mí y me dijo que quería una tirada ¡Qué sinvergüenza! Yo no lo hago con niñitos, le dije y él me dijo que no era un niñito, que ya tengo pelos en las bolas y, además, tengo real. ¡Qué risa! Accedí, claro, motivada más por la segunda razón de su hombría que la primera. ¡Cómo me divertí con ese carrizo! Me montó como todo un vaquero aunque sólo fuera por unos pocos minutos. Recuerdo que se fue luego sin siquiera decirme adiós… como todos.”

“Mi alto pana, siempre era él que hacía la movida; yo, simplemente lo seguía. Porque así conseguíamos siempre real y polvo, polvo del bueno, de calidá. Pero te pasaste mi pana, cuadraste mal la movida. ¡Te cogieron como el mismísimo güevón! Sabias que la puta poli no te iba a llevá pa’ la cárcel ¡No que va! Tú lo sabías… te llevarían pa’l matadero, coño, y tú lo sabías… Nunca te perdonaré por eso, mi pana, mi alto pana…”

Me encontraba al frente. Tapiado de roble y flores. Ya terminaba el velorio. Las miradas se levantaron para verme por última vez y desaparecieron tras un corto adiós…


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