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Primer capítulo

«Nunca había sentido que me faltase algo, me encontraba a salvo. Todo lo relacionado con el exterior lo desconocía. Mi mundo se resumía en la regularidad y la rutina que me proporcionaban los extenuantes estudios. Entre estos sólidos y espesos muros del seminario, pensaba como un religioso. Era un novicio que acudía a su rito de ordenación sacerdotal. A mi mente acudió todo un repertorio de rezos, éxtasis y privaciones. Las féminas para mi simplemente no existían. Sabía muy bien que mi madre y hermana eran del sexo femenino, pero de eso a considerarlas, hembras… Un mundo mediaba entre yo y el sexo opuesto. Vivía en esa bendita ignorancia que tienen los inocentes de espíritu.

 

El día de mi ordenación como sacerdote. Estaba contento de recibir la unción en las palmas de las manos, con el aceite de los catecúmenos, y, por último, la misa celebrada con todo el boato de la Iglesia Católica. Estábamos todos en plena ceremonia cuando se me ocurrió levantar la vista. Una mujer de fascinante belleza estaba lejos de mí, pero su penetrante mirada hacía que estuviera casi tan cerca de mí que, si levantaba el brazo, seguro que la tocaría. Una turbación recorrió mi interior, ¿cómo era posible que una mujer y de semejante belleza se fijara en mí, un futuro ministro de Dios? Todo a mi alrededor perdió interés para mí. La veía solo a ella, con un foco de intensa luz que solamente la iluminaba a ella. Luchaba desesperadamente ante la idea de cerrar los ojos, pero era tal el hechizo que esa mujer ejercía sobre mí que ya no era dueño de mí mismo.

Iba a consagrarme a Cristo, y me estaba entregando al hechizo de aquella diosa. No obstante, la ceremonia continuó. En el momento justo, contesté que sí a Cristo, pero todo mi ser quería decir no. Para no armar un escándalo, igual que muchas jóvenes obligadas por la sociedad hipócrita de su tiempo, contesté afirmativamente. En mi interior, un terrible debate, una guerra interior entre Cristo y la mujer, que bien podía ser un demonio. Ella debió de advertir el suplicio en el que yo me encontraba, ya que su mirada se volvió más insinuante. Un mensaje o una lucubración se metieron en mi mente.

—Si deseas entregarte a mí, solo tienes que quitarte ese horrible hábito y conocerás los placeres de la carne. Los ángeles te envidiarán. Yo, represento la hermosura femenina, avanza hacia mí.

¿Es qué estaba tonto o hechizado, de verdad pensaba qué me estaba diciendo algo semejante?

Al terminar la ceremonia, salimos todos juntos. La catedral abarrotada de fieles y familiares de los nuevos sacerdotes formaban una algarada de personas. En un momento que no supe definir con exactitud, sentí como una mano muy fría, como de piedra, me tocó. Al girarme, la mujer de belleza aterradora me dirigió con disimulo unas pocas palabras.


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