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Ragnarök: La Rebelión de los Malditos

Ragnarök: La Rebelión de los Malditos

14-05-2013

Terror novela

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Algo aterrador, pérfido y sobrenatural prometía asolar las montañas de Sverdet. Algo inexplicable se avecinaba, y tan sólo un hombre era capaz de sobreponerse a tan despiadada realidad. Alguien de alma oscura y corazón noble. Alguien, que incluso con las manos manchadas de sangre, tuviese el coraje suficiente para luchar contra lo que nadie estaba preparado. Trym Forsberg, el guerrero más audaz y sanguinario de Escandinavia, debía enfrentarse a aquellos que portarán el Ragnarök.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

PRÓLOGO

Existió una época, un lugar y un pueblo con fervientes convicciones, inmersos en un pasado de tradición, mito y honor. Era una época cruda, desgarradora, bárbara. Un lugar donde el viento siempre fue gélido y el tenue aliento de la muerte te perseguía desde el primer minuto de vida. Pero algo más aterrador que las epidemias y el inclemente clima prometía asolar aquellas montañas. Algo inexplicable se avecinaba, y tan sólo un hombre era capaz de sobreponerse a tan despiadada realidad. Alguien de alma oscura y corazón noble. Alguien, que incluso con las manos manchadas de sangre, tuvo el coraje suficiente para afrontar algo para lo que nadie estaba preparado, algo que nadie estaba siquiera dispuesto a entender. 

El poblado de Sverdet era conocido en toda Escandinavia por tener los guerreros más rudos y despiadados de Noruega. A los habitantes varones se les proclamaba Hijos del Norte, y desde que nacían eran instruidos en el arte de la espada y la guerra. Asaltaban poblados, apropiándose de los bienes de los habitantes de otros clanes, sin importarles nada ni nadie. Violaban, atormentaban sin clemencia. Golpeaban y asesinaban sin exclusión de ningún tipo a hombres, mujeres y niños.

Como era tradición en la mayoría de poblados vikingos, si un hombre fallecía en batalla, la mujer de éste debía acompañarlo en el oscuro trance, y así, perecer con él. Muchas mujeres, a veces en contra de su voluntad, se veían abocadas al suicidio, dadas las creencias tan arraigadas que poseían los creyentes de esta religión pagana.   

Debido a que Sverdet era un pueblo costero, y como su mayor divertimento eran los saqueos, además de ser uno de los mayores recursos materiales y terrenales para el poblado, poseían drakkars, los barcos vikingos con los que asaltaban otras tierras, ganaban cruzadas, y en los que eran incinerados los guerreros más audaces y reputados. 

Los guerreros con más renombre de todas las tierras del norte eran los berserker. Temerarios, decididos, amargamente sádicos, sanguinarios y despiadados. Locos, al fin y al cabo. Pues en batalla, llegaban a desgarrar sus vestiduras, morder sus armas y escudos, e incluso, atacar a sus compañeros. 

Un verdadero berserker no dejaba que nada ni nadie se interpusiera en su camino, a no ser que estuviera dispuesto a enfrentarse a él, y perecer en el intento. Un verdadero Hijo del Norte no dejaba caer su espada hasta que sus dedos inertes no pudieran sostenerla, y rogaba con su último aliento ser el elegido por las valkirias como el mejor guerrero, para así merecer un sitio de prestigio en Valhalla.   

Un guerrero de Sverdet seguía e idolatraba a Odín, dios de la guerra, amo y señor de Asgard, y como vikingos que eran, luchaban por perecer en batalla, espada en mano. Su cometido era morir y poder trascender a Valhalla, paraíso vikingo, donde encontraban el descanso por las noches en compañía de las hermosas y sabias valkirias, mientras se preparaban para luchar con su dios Odín, por el día, en la cruda batalla del Ragnarök. 

 

I. MATA, MATA, MATA

Año 839 d.C.  Noruega.

Una cruda noche invernal, Siv, la joven esposa de Harald Forsberg, el guerrero más veterano del pueblo de Sverdet, da a luz a su tercer hijo varón, el benjamín de cinco hermanos. 

Los Forsberg tenían la casa mejor situada, de mayor amplitud, los muros alzados con la piedra y madera más resistente, edificada sobre el terreno más sólido y con el almacén más grande. Poseían recuerdos de tierras lejanas, tierras donde Harald había viajado trayéndose consigo lujosas vajillas, suaves telas y elaborados muebles. Todo ello manchado de sangre inocente. 

Harald se había casado con la mujer más hermosa de la aldea, veinte años más joven que él, pues le correspondía ese derecho por jerarquía. Siv era una joven de tan sólo veinticinco años cuando dio a luz a su cuarto hijo, Sven, y aunque su cuerpo había soportado múltiples abortos y cuatro complicados partos, era aún la más bella y delicada de cuantas habitaban en tierras nórdicas. 

Su dorado cabello caía por debajo de la cintura formando sinuosas ondas, y el azul de sus ojos enmarcaba su perfectamente redondeado y aniñado rostro. 

Debido a los numerosos combates a los que Harald se enfrentaba, sembrando el odio por diferentes aldeas y pueblos, su hijo primogénito y una de sus dos hijas fueron asesinados con tan sólo tres y un año de vida a manos enemigas. Lloró un mes y un día por la muerte del varón, y celebró, sin embargo, la muerte de la niña, creando un sentimiento de desasosiego y profunda agonía en su dulce esposa. 

Siv, tras dar a luz al último de sus hijos, al cual bautizaron como Trym, falleció desangrada. Su esposo no perdonó jamás la muerte de su mujer, culpándola por ello, de modo que decidió darle sepultura sin sus más valiosas pertenencias y en un vulgar agujero en el suelo, cual esclavo, para así impedir que alcanzase la paz en el otro mundo.

Trym nació sano y creció junto a sus hermanos mayores, Sven, trece meses mayor que él, y Kaia, la más cándida y noble de la familia. Ignorada por su progenitor, la criatura fue relegada a una posición inferior por su condición de mujer. Fue educada en las labores del hogar y en el cultivo de la tierra, y sentenciada a estar siempre bajo la supervisión y la tutela de un hombre, primero bajo el mando de su padre, y cuando su cuerpo fue lo suficientemente voluptuoso, por el de su esposo. 

La familia Forsberg vivía en continuas luchas de poder, batallas religiosas y salvajes disputas por conquistar tierras. Como un auténtico berserker, Harald se ausentaba con asiduidad de su hogar, dejando a sus tres pequeños custodiados por el pueblo. 

A menudo, el patriarca y sus hombres de confianza esclavizaban a los habitantes de otras aldeas con el fin de que trabajasen para él y los suyos, y en muchas ocasiones eran vejados, maltratados y sacrificados en salvajes ritos paganos. Eran entregados para aplacar la ira de los dioses y sus agonizantes súplicas eran habitualmente motivo de burla y divertimento. 

Los niños varones eran obligados a contemplar tan dantescos crímenes, para así fortalecer sus jóvenes espíritus. Por eso, los guerreros se curtían desde su infancia, y al llegar a la adolescencia, no había muerte ni grito que les atemorizara. Eran espectadores de crudos espectáculos de violación, decapitaciones, desmembramientos y torturas, incluso cuando alcanzaban la tierna edad de los diez años, se les otorgaba el derecho a dar su primera muerte. Pero un verdadero vikingo no titubeaba, no le temblaban las manos al empuñar la espada, ni mucho menos le importaba las súplicas ni ruegos de los que iban a ser ejecutados.

-Ahora es cuando le hacen el corte aquí –susurró Sven a su compañero de juegos, señalándose la yugular.

-No, primero le vaciarán las cuencas… -discrepó su joven amigo.

La esclava, una pobre anciana, fue sometida a la extracción de sus ojos mientras imploraba piedad. Poco después, fue degollada a manos de dos bárbaros que reían y se mofaban del castigado y decrépito cadáver.

-¿Ves? Primero son las cuencas. 

 

Trym, al contrario que su hermano y los otros niños de la aldea, trataba de contener las lágrimas. Por muchas torturas que presenciara, no se acababa a acostumbrar a los angustiados rostros de las víctimas cuando olían las afiladas armas de sus verdugos. Mientras los niños esperaban con anhelo la siguiente muerte a manos de su pueblo, Trym deseaba huir al espeso bosque cada vez que sonaba el pavoroso cuerno que proclamaba una inminente ejecución.

Cuando contaba con trece años de edad, Kaia, de tan sólo dieciséis, fue entregada a un guerrero de Stor Kamp, el poblado colindante a Sverdet, fieles compañeros de batalla. Stian era un guerrero joven, pero contaba con honorable popularidad, y a pesar de las múltiples negativas de la joven, finalmente acató el deseo de su padre. 

Harald se vanagloriaba de tener a Sven como hijo. Era astuto, frío y no toleraba ni el más mínimo desprecio, pues castigaba con la muerte al primero que osara mirarle a los ojos. Se había convertido en un joven con prestigio dentro de su pueblo natal, y ya se hablaba del fiel y acertado sustituto de su viejo padre. A sus dieciocho años ya cargaba con decenas de muertes a sus espaldas, cada cual más salvaje. Se contaba que su reputación superaría a la de su renombrado progenitor, la cual ya era gloriosa. Harald y sus fieles hombres lo proclamaron berserker, pues su entrenamiento desde muy precaria edad dio rápido sus frutos. 

-Eres una vergüenza para el linaje Forsberg –reprendió Harald al más joven de sus hijos-. Tu hermano hace que me sienta orgulloso de ser su padre, sin embargo, tú…

-Lo siento, padre –susurró Trym, cabizbajo. 

-Hasta tu hermana tiene más agallas. ¿Vas a consentir que una mujer esté mejor vista en nuestras tierras que tú, Trym? –El anciano frunció su espeso y blanquecino entrecejo-. ¡Responde!

-¡Padre! –Exclamó Sven desde la entrada de la casa, interrumpiendo de inmediato la acalorada represalia-. Han traído cinco esclavos del sur. Te agradará conocerlos…

El viejo berserker salió de la casa para analizar a los esclavos. Sven se encargó de ponerlos en fila, y uno a uno fue sometido a una minuciosa observación: dentadura, extremidades, ojos y hasta sus partes nobles. 

Los esclavos fueron despojados de sus ropajes para conseguir la humillación inmediata, bajo la atenta mirada de los habitantes del pueblo que salían al exterior simplemente para admirar los encantos de los esclavos fornidos, y recrearse en la silueta de las bellas cautivas. 

Tras someterlos a un meticuloso análisis, se les asignaba una función o designio. Normalmente, los hombres fuertes y sanos eran empleados para la construcción de casas o para arar la tierra, mientras que los viejos y enfermos eran automáticamente ejecutados para la recreación del populacho sediento de sangre. Las mujeres bien parecidas eran violadas y torturadas a la vista de todos por los varones de Sverdet, antes de ser sacrificadas en ostentosas fiestas paganas como proclamo a los dioses. Los pocos niños que llegaban con vida desde sus lejanos hogares, eran utilizados para los entrenamientos diarios de los futuros guerreros del poblado. Los entrenadores enseñaban a sus alumnos los golpes letales y las zonas de muerte lenta y dolorosa en los débiles cuerpos de los infantes prisioneros. 

-Son cinco esclavos sanos y fuertes… -aseguró Harald-. ¿De quién ha sido la caza? –preguntó a sus hombres, con una sonrisa en sus labios.

-Mía, jefe –gritó uno de ellos, con larga cabellera rubia y espesa barba, mientras devoraba un suculento bocado de carne asada.

-Bien, joven. Tienes derecho a elegir a una de las muchachas, la más hermosa a tus ojos.

El guerrero se paseó de un lado al otro, observando detenidamente a las cuatro mujeres esclavas e ignorando al varón, relamiéndose los labios y con una sonrisa tan amplia que mostraba su infame y descuidada dentadura.

-Ésta, quiero ésta… -dijo el joven cogiendo fuertemente del brazo a una de las cautivas, de belleza indiscutible, aunque opacada por la mugre.

-Bien, el resto de mujeres servirán el festín de esta noche. Celebramos la llegada de mi primogénito, Sven, a nuestras tropas, y necesitaremos hidromiel, comida y mujeres a raudales –se jactó el anciano.

-¿Qué pasará con el varón, padre? –preguntó Sven.

-Tu hermano se encargará de él –rió-. ¡Trym! –gritó dirigiéndose a su otro vástago, que permanecía de pie, con la mirada perdida, ajeno a todo el espectáculo organizado-. Acaba con él.

Las manos del muchacho aún conservaban pureza; llevaba al menos siete años de retraso con respecto a su hermano, que mató por vez primera a los diez. Era un muchacho de constitución atlética, fuerte, y sus habilidades con la espada eran óptimas, pero no estaba preparado para jugar a ser un dios y decidir quién vivía y quién moría. 

-Ahora –Masculló Harald, ofreciéndole un hacha de grandes dimensiones-. 

Éste cogió el arma, empuñándola con fuerza y decisión, con ambas manos, y la alzó sobre la cabeza del esclavo. Dos hombres sujetaban por los brazos al prisionero, que permanecía de rodillas sobre el rocoso terreno con la mirada clavada en un punto fijo del suelo, tratando de asimilar su inminente muerte. Mientras observaba atónito la profunda cabellera bermeja del condenado ondeándose con el viento, aceptando con resignación supina su muerte, una lágrima surcó su mejilla. 

-¡Maldito seas! ¡Acaba con él! –Gritó su padre-. ¡Rápido!  

Cerró los ojos, apretando los párpados con tanta fuerza como apretaba el mango de aquella hacha, odiándola tanto como a su padre en aquel preciso momento. 

Con un rugido gutural que desgarró su joven garganta, bajó el arma cercenando en el acto el cuello del cautivo, bajo la satisfecha sonrisa de los hombres de Sverdet. Los ojos de Trym observaron absortos como la segada cabeza rodaba hasta sus pies y el cuerpo se desplomaba inerte, lo que provocó un sordo sonido, trayéndolo de vuelta a la cruenta realidad. El hacha cayó de sus fríos dedos, y un inminente golpe en la espalda lo hizo reaccionar al fin.

-¡Felicidades, hijo! Me siento muy orgulloso de ti –le felicitó su padre, dándole un golpe de enhorabuena en la espalda. 

Muy pronto se apresuró su hermano para agasajarlo, seguido de los otros hombres que habían presenciado la ejecución. 

Sin embargo, Trym, se odiaba por ello. Ese acto, condenaría su noble alma de por vida, transformando su carácter para siempre. La muerte de aquel hombre lo convirtió en un guerrero sin conciencia, en un hombre sin escrúpulos, mutando su cándida mirada en flagrante ira. 

Ese acto lo inició en su vida como berserker. 


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