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Horror en la casa Alberti

Horror en la casa Alberti

31-12-2014

Terror novela

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Una familia caída en la peor de las tragedias, una antigua sociedad secreta en la lucha contra el mal, un grupo de personas en una casa donde nunca debieron entrar…


Cuando Mario vio de lejos a Felipe, su hermano menor, corrió por la avenida Erich Zann para evitar que entrara en ese lugar abandonado. Se decía que quien irrumpía en el antiguo hogar de Lucio Alberti, no salía vivo de allí, pero él quería demostrar a la pandilla que no era un líder cobarde, que tenía las agallas suficientes para entrar en la casa maldita y volver con una prenda de Lucio Alberti como prueba de su valor.


Horror en la casa Alberti es una historia juvenil de misterio y suspenso, rayando en el género de horror, que goza de una ambientación que atrapa al lector mientras el relato se va desarrollando paso a paso, desvelando la trama.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

UNO

CUANDO Mario vio de lejos a Felipe, su hermano menor, corrió por la avenida Erich Zann para evitar que el niño entrara en ese lugar abandonado. La junta de vecinos de aquel barrio en Xeter había clausurado esos terrenos y los padres de la localidad prohibieron a sus hijos entrar en el sitio. Se decía que quien irrumpía en el antiguo hogar de Lucio Alberti, no salía vivo de allí.

Esa tarde, Felipe había aceptado el desafío de Julián, Michael y Samuel. Él no había hecho caso a las advertencias suplicantes de María que, asustada trató de detener a su amigo, pero él le quería demostrar a los demás miembros de la pandilla que no era un líder cobarde, que tenía las agallas suficientes para entrar en la casa maldita y volver con una prenda de Lucio como prueba de su valor.

Michael le ayudó a trepar por la pared metálica que se había construido para cercar la propiedad. Michael era un niño corpulento. Sin su ayuda, Felipe no hubiera podido subir por aquella muralla. Felipe de trece años de edad y flacucho no era un gran peso para él.

El valiente muchacho descendió bruscamente al otro lado, quedando agazapado mientras se recuperaba de la excitación. Estaba emocionado y asustado a la vez por irrumpir en la propiedad. Nunca había estado en el terreno de los Alberti. Allí estaba todo dañado y abandonado, pero no era tan tenebroso como él lo había imaginado por años. Caminó con cautela por la destruida callejuela que en una época fue un camino asfaltado, donde se permitía la llegada en vehículo a la casa Alberti, que unos metros más adelante, el muchacho lo había encontrado bloqueado por dos carros viejos y una camioneta hechos chatarra con las piezas y asientos esparcidos por todos lados. Felipe miró a su derecha, hacia lo que quedaba del jardín y vio a la distancia, entre los matorrales y desechos, un árbol añejo y oscuro alzándose desahuciado bajo el sol de aquel verano. Algo le llamó la atención de ese árbol, vio a alguien balanceándose en un columpio montado en una de las ramas.

—¿Sería una broma de la pandilla? —se preguntó así mismo en medio de aquel caos.

Aquella persona que vio a lo lejos se parecía a Antonio, quien no pudo salir de su casa porque extrañamente había enfermado ese día. Felipe se imaginó a sus secuaces planeando aquella jugarreta para darle un susto de muerte en el jardín de los Alberti.

—Y pensar que el alboroto que dirigió Julián contra mí liderazgo me había parecido una vil traición. —pensó mientras sentía como se iluminaba ese conocimiento en su cabeza.

No había entendido porqué Julián quería tomar el control de la pandilla si él era el más arretao de todo el grupo, y para que no cupieran dudas lo demostraría entrando a la casa prohibida, pero ya el temerario líder del F.D.M.273 (Fuerte de Defensa de la Manzana 273) había comprendido que todo era parte de una treta, una broma veraniega que le habían preparado sus íntimos.

Felipe fue hacia el árbol donde Antonio se columpiaba, adentrándose en el jardín abandonado y estropeado por la mala hierba que había crecido en grandes dimensiones. Una lluvia de mimes se aplastó molestamente contra su cara y Felipe los despachó a manotazos, pero varias de esas mosquitas se pegaron de sus labios y el jovenzuelo prácticamente las escupió de su boca.

El terreno de los Alberti era grande, su jardín frontal era muy amplio al igual que el patio. En medio de esas grandes porciones de terreno estaba la casa de dos pisos desvencijada y corroída. Felipe, desde la posición en la que estaba, sólo podía ver la segunda planta de la residencia mientras se abría paso entre la hierba que le causaba una molesta comezón en cualquier parte de piel desnuda donde le rozaba la vegetación.

El árbol estaba un poco más adelante. Felipe juraba que podía escuchar el sonido de las cuerdas cuando raspaban la rama, meciéndose el columpio. En su camino se podían apreciar varios charcos de agua sucia entre la vegetación arruinada, criaderos de mosquitos y enfermedades que a Felipe le hicieron recordar la vez que a su primo Marino lo picó el mosquito del dengue y murió a los pocos días. El muchacho, casi ensimismado en el recuerdo de su primo fallecido, no se percató a tiempo del pozo de fango maloliente que había frente a él, y entró en ese lodo negro y podrido. Lo lamentó, pero no se enojó mucho al ver como se ensució su calzado favorito en aquel fango pestilente. Pronto se desquitaría con Antonio a lo grande. Imaginó la cara de espanto que iba a poner su amigo cuando se invirtieran los papeles y sea él quien lo sorprenda sentado en aquel columpio donde se podía ver meciéndose a unos cuantos metros. Sonrió malicioso.

Felipe prácticamente comenzaba a arrastrarse por el suelo entre la maleza para que Antonio no fuera a descubrirlo. Se había arañado un par de veces en los brazos y unas hormigas habían hecho un guiso con él dos metro más atrás. El clima del verano no hacía las cosas más placenteras para el niño, pero las pocas ramas del árbol oscuro le dieron sombra cuando él se acercó. Sintió escozor y picazón por todo el cuerpo, descubriendo una especie de alergia o reacción en su codo derecho. Creyó que después de todo no valía la pena sufrir aquello para asustar a su amigo en respuesta a lo que tenían planeado hacerle a él.

Felipe le daba crédito a Antonio por la valentía que había demostrado al entrar en la propiedad de los Alberti. No podía deducir cómo lo habían convencido para que tenga esa participación, pues Antonio nunca había demostrado ser tan valiente para entrar allí sin una buena motivación.

La casa Alberti era temida por los extraños sucesos que habían ocurrido en esos terrenos años atrás. Se contaba que todos morían trágica y espantosamente a manos de algún familiar que se volvía loco, poseído por el espíritu de Lucio Alberti. Al principio sólo morían los miembros de la familia, pero luego, cosas terribles le sucedían a todo aquel que llegara a esa casa, ya sea familiar o no. Con el pasar de los años, poco a poco la historia de esa familia se fue diluyendo de la memoria colectiva del pueblo, luego que clausuraron aquellos terrenos, tiempo después que la casa Alberti fuese abandonada.

Un último arbusto lo separaba del incauto muchacho que se mecía en el columpio bajo el árbol solitario. Miró la rama gruesa y baja del árbol, y vio las texturas porosas de la corteza y los huecos profundos que habían hecho los pájaros en aquella vieja y oscurecida madera. Aunque era muy vieja, Felipe supo que esa enorme rama soportaría a Antonio columpiarse hasta el fin de los días y nunca se rompería.

El arbusto que tenía enfrente no le permitía ver a su colega meciéndose, sólo la parte donde las dos tiras de cuerda estaban amarradas de la rama. Esperó un momento a que las cuerdas, que ya se habían alejado, volvieran hacia él, y cuando llegó el momento indicado, saltó a la carrera como si su vida dependiera de ello. Lleno de adrenalina y malicia, Felipe fue a darle un susto de muerte a su amigo, pero nadie estaba en el columpio que se mecía al viento.

Quería sorprender a su compañero pero quien se llevó la sorpresa terminó siendo él mismo. Se sintió frustrado y enojado, ya no le hacía gracia aquello. Su asalto había fracasado. No lo entendía y miraba a su alrededor desesperado, buscando lugares donde Antonio pudiera esconderse luego que descubriera su presencia, porque seguro había sido descubierto con todo y el cuidado que había tenido para acercarse a su amigo. Eso lo explicaba todo.

Rodeó el árbol buscando entre los setos mientras sorteaba las gruesas raíces que, nervosas, brotaban del suelo. Descubrió un sendero borroso y medio oculto entre los arbustos que descendían levemente por la pequeña colina. Más abajo se veía una puerta desvencijada, tratando de sujetarse de lo que quedaba de una pared de ladrillos. Pensó que Antonio pudo haberse escurrido hasta allá, pero no era posible que hubiera cruzado esa distancia tan rápido. Antonio tenía fama ganada de ser muy lento a la hora de correr. Siempre era quien se quedaba atrás y llegaba último que los demás cuando, por algún motivo, había que escapar a la carrera de algún lugar.

Felipe no encontró ninguna explicación a la repentina desaparición de Antonio, quien hacía unos momentos se columpiaba bajo la sombra de aquel árbol viejo y ennegrecido.


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