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Primer capítulo

 

Capítulo 1. Un principio equivocado, un mal comienzo

-      ¡Joder, joder, joder! – se desesperaba Xuño.

-      Bueno, seguro que tampoco es para tanto – trató de calmarnos Priscila.

-      Quien sabe, igual tienes razón – dijo Úrsula.

-      O igual no – dijo Clara.

-      Os juro que no sé que me pasó – lamenté.

Ellas me miraron con comprensión, aguantando las ganas de echarme una buena bronca, pero con comprensión.

No sé que me pasó, tenía bien claros los mandamientos. Personalmente nunca los había violado. Personalmente nunca había oído de nadie que lo hubiese hecho. La verdad es que nadie nos explicó que pasaba si lo hacíamos... igual debieron hacerlo.

Partí de la idea de que era lo mejor, una excepción, pero lo mejor.

El hombre había contactado conmigo por los canales correctos, lo que me llevó a suponer que, cuando menos, sabía todas las contraseñas que abrían todas las puertas. En la guía no vengo. La última vez que hicimos la comprobación de seguridad, no hacía ni dos semanas, nuestro cebo había tenido que hacer quince contactos antes de llegar a nosotras, quince, ni dieciséis ni catorce ¡quince! Era casi imposible, por no decir imposible, que una persona no correcta llegase a mí.

Yo respiraba tratando de tranquilizarme, de justificarme, no sabíamos que iba a pasar. Tampoco podía ser demasiado malo si el hombre había venido por el camino correcto. Además venía con una niña, con una niña de cara triste que agarraba un oso peludo, que me miraba con aquellos ojos suplicantes, no pude hacer mucho más.

No debí, lo sé, no debí; pero tampoco pensé que fuese para tanto.

La niña dijo que quería mucho a su madre, el hombre que echaba de menos a su mujer.

Está bien, me pilló con las defensas bajas, error mío.

-      ¿Qué pasará ahora? – preguntó Clara.

¿Quién podía prever lo que iba a pasar? Nosotras no. Ni Xuño en sus más pesimistas suposiciones sería quien de acercarse a lo que iba a pasar.

Debí decir que no. Pero el hombre había venido por los canales correctos y la niña tenía aquellos ojos tristes.

Sólo había que esperar. Todas habíamos visto “Regreso al futuro”, conocíamos las consecuencias, si todo era como en las películas, que igual no.

La norma, lo establecido, era mandar al futuro a quien llegase a nosotras, siempre al futuro, bien lejos para que no las encontrasen, para darles margen, una huída hacia adelante. Era lo establecido, lo que siempre hacíamos, lo que siempre habíamos hecho.

La niña decía que echaba de menos a su madre y el hombre decía que quería mucho a su mujer.

Me pilló en un mal día.

Los senté en el sofá, el hombre primero, la niña en sus rodillas; y empujé el sofá como hacía siempre. Desapareció en la oscuridad unos segundos y después, como acostumbraba, volvió a aparecer vacío. Si no se pudiese hacer seguirían en el sofá, deduje.

-      Sí, puede ser o, a lo mejor, aunque pensabas en mandarlos al pasado el sofá los mandó al futuro – dijo Xuño, más aliviada.

-      Sí, o igual se desintegraron – dejó caer Clara.

Con eso no habíamos contado.

-      Es una opción – dijo Úrsula.

Una opción interesante. En lugar de reunir al padre enamorado y a la hija amorosa con la madre difunta, los había fulminado. Interesante.

-      De ser así no tendríamos de que preocuparnos – solté.

¡Era cierto! Cruel igual, pero cierto.

Me miraron mal, en nuestra ética la responsabilidad sobre las vidas era lo primero; no habíamos hecho el juramento de servir y proteger, a todos los que lo habían hecho les creció una barriga superantiestética. Nosotras teníamos la convicción, pero no habíamos hecho el juramento... por prevenir.

-      Yo me voy – dije levantándome.

Ellas siguieron sentadas a la mesa terminando el café. Tenía que descansar, psicológicamente estaba agotada.

-      ¿No anda muy despistada Rita estos días? – preguntó Clara con suspicacia.

-      Pues ahora que lo dices – dijo Úrsula.

-      ¿Qué queréis decir? ¿Qué estáis insinuando? ¿Por qué iba a andar? – preguntó Xuño.

-      No están diciendo nada, sólo que anda despistada, relájate – sugirió Priscila.

-      No, no, no Priscila, si que estamos diciendo algo, Rita anda muy despistada estos días, eso es lo que estamos diciendo – insistió Clara.

-      Bueno... – empezó Úrsula.

Clara no le dejó terminar, sabía que iba a decir que ella sólo había dicho que le pareció notar algo después de que Clara lo sugiriese; pero que, como decía Priscila, igual no era más que una apreciación, sólo un comentario. Clara tenía la paciencia justa y con Úrsula era poca. Bueno, con Úrsula era poca la de todas, le costaba posicionarse.

Clara había notado, con su fina sensibilidad para los cambios emocionales de la gente, que hacía tiempo que yo no tenía la cabeza en el mismo sitio que los pies, de una manera figurada, por supuesto. No es que tuviésemos una relación personal demasiado estrecha, pero en nuestro trabajo nos convenía confiar unas en las otras y hasta entonces no nos había ido demasiado mal.

-      Lo de hoy no tiene explicación – dijo.

Se refería a que nunca habíamos cedido a las súplicas de nadie, y menos que nadie yo que, a su modo de ver, tenía un corazón de hierro, que no me gustaba la gente que suplicaba y que, en general, no me gustaba la gente.

-      Hay que ver que le pasa – sugirió Priscila.

-      Sí, eso – apoyó Clara dándole énfasis con las manos.

-      ¿Y como lo hacemos? – preguntó Úrsula.

Echaron otra ronda de cafés y de leche y de galletas y de bombones y empezaron a darle vueltas a la cabeza. Xuño no, ella no paraba de repetir “por si no tuviésemos suficiente con nuestro negocio ahora nos vamos a poner a fiscalizarnos unas a otras” muy estresada pero con un vocabulario impecable.

Sobre la mesa cayeron varias ideas, pero todas pasaban por tener una sutil conversación conmigo para averiguar los motivos de mi estado de ánimo y, como no teníamos costumbre, no aceptaron como sutil ninguna de sus ocurrencias.

-      Igual debíamos conocernos algo más – sugirió Priscila.

La miraron todas diciéndole que sí, que sí, pero que no era el momento. Sin embargo ella no les hizo caso y siguió diciendo en voz alta todas las cosas que hacía con sus compañeras de trabajo y que debíamos hacer nosotras, porque al final ya llevábamos un tiempo juntas y casi ni sabíamos ni cuantos años teníamos, que no era de mucha importancia para el negocio, pero eran datos que en cualquier momento podíamos necesitar, como entonces, en el mejor de los casos; en otros podíamos necesitar este tipo de información como comprobación de seguridad.

-      Si es que estamos muy verdes – dijo Xuño.

-      Bueno, sí, tenéis razón, pero aún estamos a tiempo – dijo Clara mientras sacaba un papel del bolsillo.

-      No, no escribas nada – ordenó Úrsula.

Y en voz bastante alta para que sólo ellas lo escuchasen fueron diciendo sus fechas de nacimiento. Úrsula dudó a la hora de decir el año, pero no quiso escuchar ningún suspiro comprensivo más y lo dijo.

-      Tenemos que preguntarle a Rita el suyo – dijo Clara.

Y se desató un gran debate porque aún sabiendo la fecha igual faltaba mucho y...

-      Y ¿en qué nos iba a ayudar eso de los cumpleaños con lo del despiste de Rita? – preguntó Clara al final.

-      Pues en que le podíamos hacer un regalo y a partir de ahí crear un clima propicio para establecer una relación más próxima que nos permita entrar discretamente en el tema de su despiste – explicó Priscila.

-      ¡Ya! Y eso nos lleva a lo de antes ¡igual falta mucho! – gritó Clara.

-      Era una idea – dijo Priscila levantándose de la mesa.

-      Podíamos hacer un amigo invisible y regalarle algo con un transmisor para... – empezó a decir Xuño.

-      Transmisores no tía, que los encuentra – saltó de nuevo Clara.

-      Pues entonces algo que nosotras podamos tocar para percibir sus vibraciones – dijo Xuño casi rindiéndose.

-      ¡Oh-dios-mío! – exclamaron las tres a la vez.

-      ¡Esa es la idea más grande que nunca persona alguna ha tenido desde que a alguien se le ocurrió usar la malla de las naranjas para hacer una esponja exfoliante! – dijo Clara emocionada, sin respirar.

-      ¡Sí tía! – apoyó Úrsula.

-      ¿A que sí? – sonrió Priscila.

Xuño dudaba temiendo que la estuviesen vacilando, no era normal que a ella se le ocurriese algo tan brillante. Algo que gustase a todas. Y lo peor de todo era que aún no sabía que era eso tan extraordinario que se le había ocurrido que se podía comparar con lo de convertir la malla de las naranjas en una esponja exfoliante.

-      ¿El qué? – preguntó Xuño por lo bajo.

Pero las otras no la escucharon, seguían envueltas en la euforia de la extraordinaria idea de Xuño. “Un pijama”, “una bata”, “unas zapatillas” dijeron las tres a la vez tapándose unas a otras.

-      ¿Unas zapatillas? – preguntó Priscila.

-      ¿Un pijama? – preguntó Úrsula.

-      ¿Una bata? – preguntó Clara.

A un tiempo, claro. A Xuño ya le parecía raro que estuviesen todas de acuerdo con una idea suya y más aún de acuerdo entre ellas. Y empezó a ponerse nerviosa y a pensar que habría sido mejor estar callada porque por lo menos con lo de los transmisores habían coincidido en que era mala idea.

-  ¿Por qué preguntas “¿un pijama?” con ese rintintín? – le preguntó Clara a Úrsula.

-  Pues porque está claro que lo que necesita son unas zapatillas, dijo el otro día que le estaba empezando a salir el dedo gordo – respondió Úrsula.

-  Porque tú lo digas – soltó Clara con retranca.

-  No, lo que está claro que necesita es una bata, pijama y zapatillas tiene – dijo Priscila.

-  Porque tú lo digas – repitió Clara.

-  ¡Eso! Ella no usa bata ¿o le has visto alguna? – arremetió Úrsula.

-  Ahí está, si no la tiene será porque no le gustan – insistió Clara.

Mientras, Xuño se iba arrimando cada vez más a la puerta intentando no hacer ruido para que siguiesen sin darse cuenta de que aún estaba allí. Cuando se diesen cuenta tendría que dar su opinión y en cuanto hablase iba a meter la pata seguro.

-  Pues a lo mejor sí que le gustan pero no da encontrado una a su gusto – argumentó Priscila.

-  No la encontró ella y la vas a encontrar tú – dijo Clara con cierto desprecio.

-  Pues igual sí – respondió Priscila.

-  ¡Ja! – dijeron Úrsula y Clara.

Priscila les insistió en que yo tenía pijama y zapatillas y que les debía tener mucho cariño si estaban tan gastadas y no las daba cambiado; e igual les tomaba a mal que me regalasen cualquiera de las dos cosas porque venía siendo una indirecta de que daban asco. A las otras dos les dio la risa y le dijeron que si todo el mundo hiciese caso de ese argumento nadie regalaría nada.

-  Pijamas y zapatillas desde luego ¿a que sí Xuño? – pidió ayuda Priscila viéndose acorralada.

Xuño quedó en blanco, estaba concentrada en lo de huír sin ser vista y pensaba que le estaba resultando, tanto que se sintió invisible y se sorprendió de que aún pensaran que estaba allí.

-  Sí, eso Xuño, dile cual de las tres ideas es la mejor, al final la ocurrencia fue tuya – desafió Clara.

Xuño se puso más blanca todavía, se acercó a la mesa y se sentó cayendo casi por su propio peso.

-  ¿Cómo que fue idea mía? ¿Cómo que tengo que decidir cual de las ideas es la mejor? ¿Pero cómo me hacéis esto dios mío? – farfullaba Xuño con afectación mientras se echaba las manos a la cabeza.

Todas sabían que era un poco histérica, pero en aquel momento parecía afectada de verdad, tanto que hasta Clara la tomó en serio e incluso la tranquilizó:

-  No, Xuño, tranquila, era broma mujer, le regalamos las tres cosas y ya está ¿te parece? – dijo Clara con voz muy dulce, sin sarcasmo y sin nada.

A las otras les extrañó porque no era su papel, aunque no hicieron comentarios descojonándose porque les pareció una situación extrema. Además la solución era i-d-e-a-l.

-  Le llamaremos “Operación pijama-zapatillas-bata” – dijo Clara mientras pasaba la mano a la altura de la cara simulando leer un cartel luminoso.

-  No tiene mucho gancho – salió tímido de la boca de Xuño refiriéndose al nombre de la operación.

-  No – dijo Úrsula.

-  Decididamente no – dijo Priscila.

Y se rieron las cuatro de la chorrada de nombre que se le había ocurrido a Clara en el intento de consolar a Xuño

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