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Sin ningún motivo

Sin ningún motivo

13-12-2015

Suspense/thriller novela

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¿Puede alguien no creyente realizar un milagro? Carlos Lema, «Charly», el nuevo conserje de la residencia de ancianos, no es el único en formularse esa pregunta.  La incógnita surge cuando el tumor cerebral maligno que había restringido la vida de la octogenaria Amalia a unos escasos meses, desaparece por completo y sin tratamiento alguno. 

 

La anciana no duda en señalar a Katy, una muchacha de veintitrés años, que acude a la residencia como voluntaria, como una intermediaria entre Dios y ella para producir un milagro. El extraordinario carisma que posee con la gente mayor hace que muchos piensen de la misma forma. Katy es bondadosa, huye de las discusiones, no tiene enemigos, nunca se enfada, y su dedicación a los demás es tan sorprendente como su paciencia. Además, existen más testimonios que la relacionan con otros sucesos, sino tan increíbles, desde luego muy alejados de la normalidad. Sin embargo, ella afirma que no es ninguna elegida de Dios. Tampoco se siente diferente a los demás, ya que siempre actúa de la misma forma, sin ningún motivo en especial que la inspire.

 

Poco a poco, a medida que adquiere más amistad con la joven, Charly va adquiriendo la percepción de que Katy puede ser alguien totalmente diferente al resto de las personas. Eso le obliga a plantearse muchas preguntas sobre el sentido de la vida, en general, y sobre la suya propia. Curiosamente es Iván, el cordial sacerdote de la residencia, quien formulará los interrogantes más severos para rebatir la idea de que Dios ha enviado a una especie de ángel para cuidar de los ancianos de la residencia. Pero, aunque la mayoría de las preguntas pudiesen tener alguna respuesta lógica, sigue existiendo una que nadie sabe contestar: ¿fue un milagro lo que curó a Amalia, y estuvo Katy implicada en él, aun sin saberlo? ¿O hay algún motivo escondido para la manera de ser de Katy, una chica que no parece saber lo que es la maldad?

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Prólogo


 

La tarde se había convertido en un suspiro. La paz inundaba su corazón. Por primera vez en… ¿cuántos años? ¿Más de cuarenta, desde que Mónica había fallecido? Amalia ya no recordaba un momento de tanta quietud interior. Había llegado a olvidar el placer que puede suponer la vida, en ocasiones. En sus ochenta y dos años, la suya había estado plagada de experiencias: algunas preciosas, como su boda, o el nacimiento de su única hija. Otras, en cambio, tan amargas, como la ocasión en que había tenido que enterrarla después de un desgraciado accidente de tráfico.

Aquellos años habían marcado una existencia estéril, sobria y sin sobresaltos, pero amarga, que le había apartado de la escasa fe que alguna vez había abrazado. Había renegado incluso de Dios. Pero hoy tenía ganas de agradecerle algo, y, en realidad, no era que le hubiese salvado la vida.

Los médicos acababan de afirmar que los últimos análisis no ofrecían duda. Y no lo había soñado. Su hermano estaba con ella. Los dos habrían salido de la consulta dando saltos si su edad se lo hubiera permitido. No había cáncer. Ni rastro. Uno de los médicos, considerado de los mejores oncólogos de Barcelona, les había dicho que existían casos similares en la literatura científica. Eran pocos, pero los había: curaciones totalmente espontáneas. Muy escasas, claro, y encajaban casi en lo milagroso, en lo cual él personalmente se negaba a entrar. Pero el cáncer que le habían detectado solo unos meses antes, en A Coruña, y que pronosticaba una muerte casi sin remedio, con unas probabilidades de curación que no llegaban a un mísero uno por ciento, ya no existía.

Amalia y su hermano Jaime se habían abrazado al llegar a casa. Sólo llevaban viviendo juntos el tiempo en que ella había sentido la espada de la muerte pendular amenazante sobre su cabeza. Desde el momento en que le habían detectado un tumor cerebral inoperable, y había abandonado su vida en una residencia de ancianos en A Coruña para pasar con su hermano todo el tiempo que decidiese el destino. El mismo hermano a quien no había hablado en muchos años, por decisión propia, tras culparlo de haberse olvidado de sus padres cuando se hicieron mayores. Y el mismo a quién había decidido perdonar en una sola noche. Una noche larga y extraordinaria que nunca olvidaría, en la que unos días de intenso dolor físico y mental se habían transformado, por arte de magia, en un descanso placentero del alma y del cuerpo. Únicamente porque ella había estado a su lado, dándole calor con su compañía, aconsejándole con su sereno discurso y transmitiéndole el valor que necesitaba.

Su hermano pronunció aquel día la palabra «milagro» infinitas veces. Amalia no. Al principio no lo creía. Sin embargo, una vez entrada la noche, Amalia se preguntó a quién debía dar las gracias. Tal vez fuese a Dios, pero estaba confiada de que él, directamente, no había hecho gran cosa. Había utilizado un mediador. Mediadora, en este caso: una encantadora chiquilla de poco más de veinte años. La que había sido su mejor amiga durante muchos meses en la residencia, y que, a pesar de su corta edad, había sabido extraer lo mejor de ella y ayudarla a comprender que, perdonando a su hermano, se perdonaba a sí misma. Porque había mantenido un constante enfrentamiento con la vida a causa de un desafortunado accidente. Y cuando creyó que nadie podría hacerle sentir algo, siquiera parecido al cariño de una madre por su hija, había aparecido ella y se había ganado tan fácilmente su corazón. Aquella noche, Amalia  dio por totalmente finalizado su enfrentamiento con la vida. Y decidió dar gracias a Dios por crear una joven de corazón tan noble y colocarla en su mismo camino.

 

 

Capítulo 1

 

Aunque no había llegado con retraso a ninguna de sus anteriores entrevistas de trabajo, Charly temía que ocurriese precisamente en esta. Tener el trabajo casi asegurado le imprimía, curiosamente, más nerviosismo. Traspasó, sudoroso, la verja abierta entre el muro de ladrillos en forma de celosía de la residencia de ancianos, hasta que faltaron sólo cinco minutos para la hora señalada.  Comprobó que el nudo de la corbata estaba inmaculado, se concedió un último alisado manual a la chaqueta de su traje negro, y entró directamente en el edificio, sin fijarse en los múltiples brotes primaverales de las plantas que presidían la glorieta ante la entrada principal.

Dos puertas correderas de cristal reflejaron su imagen antes de abrirse automáticamente. Charly agradeció ese último vistazo a su cuerpo ceñido a la chaqueta, presentando una pose inquieta en su más de metro ochenta de estatura. La ausencia de canas le permitía llevar su pelo negro bastante corto y pasar por algo más joven de los cuarenta y seis años que acababa de cumplir. Encogió la barriga instintivamente, aunque, en realidad, no estaba gordo. Últimamente no hacía nada de ejercicio físico; ni siquiera sesiones cortas de correr por el monte, su entrenamiento favorito y que siempre le había mantenido en forma. Sin embargo, opinaba que su mala situación personal le impedía ganar kilos mucho más que cualquier gimnasia. No sólo por la falta de empleo, sino también por la fractura de su relación con Sonia, su pareja en una relación de casi quince años, sin hijos pero con multitud de recuerdos. 

Tras las puertas, surgió un amplio vestíbulo con pavimento rústico y paredes blancas, dando paso a un mostrador con una enfermera joven detrás de él. Una pareja de ancianos caminaba por el pasillo, que se extendía hasta un salón donde el ruido de voces avisaba de continua actividad.

­–Hola. Soy Carlos Lema. Estoy citado con la directora –le dijo a la enfermera del mostrador.

Elena Díaz, madura y sosegada gobernanta de la residencia de la tercera edad «O lar de todos», salió a recibirle tan pronto como le informaron de su llegada por la línea interna.

­–¿Cómo estás, Charly? ­–saludó–. Ven conmigo, por favor. Me alegro de verte.

–Igualmente. –Charly descendió un escalón de su grado de nerviosismo por la apariencia de proximidad que transmitía Elena Díaz. Aunque había sido amiga juvenil de su madre, tener en su mano la decisión de un posible contrato distorsionaba cualquier atisbo de complicidad.

Carlos Lema, apodado Charly desde la infancia, tenía el estómago atrapado en un nudo de marinero. Notó el sudor cubriendo su espalda, pero no se debía a que el mes de mayo hubiese arrancado con días calurosos. Intentó recordar si se había sentido igual cuando había sido entrevistado para su primer empleo –con sólo veintitrés años–, o cualquiera de los dos siguientes, y en todos concluyó que no. La juventud lo había arropado siempre con un envoltorio de seguridad inmaculado. Ahora, en cambio, con más de dos años en el paro, con una competencia tan feroz por cada puesto de trabajo, y la preocupación constante a necesitar ayuda de su familia a su edad, no podía concederse el lujo de la tranquilidad.

–¿Qué tal están tus padres? –le preguntó Elena Díaz, detrás de su mesa de dirección, mientras invitaba a Charly a sentarse enfrente de ella.

–Bien, disfrutando de la jubilación.

–¿Los ves a menudo?

–Bueno, últimamente sí. Al estar en el paro, no tengo mucha excusa para no visitarlos.

Los padres de Charly eran naturales de Tuy. Él había estudiado ciencias económicas en la universidad de Santiago de Compostela. Allí había desempeñado sus primeros trabajos tras licenciarse, hasta un buen destino final en A Coruña, en una caja de ahorros. Desgraciadamente, la llegada de la crisis económica lo había empujado al paro con expectativas nada alentadoras. Después de dos años sin ningún empleo, tras muchas entrevistas, muchas llamadas y multitud de currículos entregados sin esperanza, tuvo que felicitarse por haber heredado los hobbies de su padre, un gran entregado a la jardinería y a los retos más desafiantes del bricolaje casero. Porque en la residencia pública de ancianos que dirigía Elena Díaz en Celas –pueblo del ayuntamiento de Culleredo, a dieciséis kilómetros de A Coruña–, notaban, y mucho, los recortes de presupuesto y de personal. Necesitaban un empleado capaz de cubrir varios puestos simultáneamente, sin quejas, y con un horario y sueldo poco gratificante. En una institución como aquella surgían sin cesar problemas de mantenimiento, y evitar facturas inesperadas de empresas de reparación podía suponer un gran alivio económico. Además, llevar la cada vez más ingente cantidad de papeleo se hacía imposible para el único encargado de la administración. En ese aspecto, Charly podía colaborar, también, con creces.

La mesa de escritorio de la directora estaba empañada de líneas paralelas de luz solar que se filtraba entre las zigzagueantes persianas situadas a su espalda. El sol bañaba generosamente el jardín del centro, la zona de expansión de los residentes que no quisieran salir del mismo, o bien algún problema de salud se lo impidiese. Eran unos tres mil metros cuadrados de césped recorrido por senderos de piedra lisa sobre cemento, salpicados con asientos de madera, parterres de flores que padecían de un notable abandono, varios magnolios, algunos frutales y un par de altos robles de ramas largas y enérgicas.

Elena Díaz, que dirigía el centro desde hacía quince años, presumía de estar al tanto del más mínimo problema que surgiera en el mismo. De figura estilizada y alta, ayudada por generosos tacones, lucía un pelo corto que antes había sido rubio y ahora lo imitaba un tinte bastante natural, Poseía una intuición muy notable, tanto como su inteligencia. Gracias a eso, no solía fallar cuando decidía la contratación de alguien, como era su intención con el hombre que ahora se sentaba frente a ella. Lo había conocido de niño, vuelto a ver de joven universitario, y en alguna ocasión ya de treintañero. Siempre había destacado de él su carácter sencillo, juicioso y familiar. Pero sobre todo, trabajador.

–Pues te cuento… –Elena Díaz cruzó los brazos sobre la mesa–. Después de mucho pelear y pedir dinero en un lado y otro, he conseguido que me dejen crear una plaza de conserje. Como en todos los sitios públicos, aquí falta mucho personal, y cada vez tenemos menos dinero para todo. Nuestro presupuesto se basa, por un lado, en las cuotas de socios, las donaciones, y en el dinero que nos dan las administraciones públicas, que cada año es menos. Cuando tu madre me llamó preguntándome si podía conseguirte algo, enseguida me acordé de lo bien que se te dan los trabajos manuales, además de que eres licenciado en económicas y puedes echarme una mano con el papeleo que no para de crecer. Tuve que utilizar precisamente todas esas aptitudes para poder conseguir del patronato del centro que me dejaran contratar a alguien. Por un lado, necesitamos un conserje. Realmente necesitaríamos dos personas para poder cubrir todos los turnos, pero ya me doy con un canto en los dientes. En la actualidad, la conserjería la atiende personal de enfermería, mientras dejan de lado lo que verdaderamente deberían estar atendiendo. Además, el edificio tiene ya sus años y hay que reparar cosas cada dos por tres. A eso le añadimos que la partida de dinero que podemos dedicar a la jardinería llega para que vengan a cortar el césped, hagan alguna poda grande, y poco más. La suerte es que contamos con algunos residentes mañosos a los que no les importa colaborar para que las flores y los árboles adornen un poco.  Bueno, y hay voluntarios, sobre todo chicos jóvenes, que también ayudan en lo que se les pida. Muchas veces nos sacan las castañas del fuego, todo hay que decirlo.

La residencia había sido construida cuarenta años atrás por la Diputación de A Coruña, gracias a una generosa donación de varias empresas privadas, que pasaron a formar parte del patronato del centro, o máximo órgano gestor del mismo. En él tenían sitio algunos representantes de los socios individuales, que contribuían mes a mes con sus cuotas, y también las principales administraciones que subvencionaban la residencia: la Xunta de Galicia, la Diputación y el ayuntamiento de Culleredo, que había donado los terrenos. El presidente del patronato, cargo más honorífico que ejecutivo, presidía las reuniones mensuales del mismo, donde se tomaban la mayor parte de las decisiones de interés. El actual presidente era el dueño de una empresa de instalaciones eléctricas que siempre había realizado cuantiosas aportaciones a la residencia. Era tan buena persona como ocupado, por lo que delegaba casi todas sus decisiones en Elena Díaz, en la que confiaba plenamente.

–Intenté que el puesto fuera de mayor categoría, pero no lo conseguí. En eso lo siento. El puesto y el sueldo son de conserje, aunque, si me ayudas con las otras cosas, y realizas un buen trabajo (que estoy segura de que sí), es posible que el año que viene, dependiendo del dinero, se pueda subir el puesto de categoría laboral. El horario es de mañana y tarde, teniendo que venir algún sábado y algún domingo, en cuyo caso librarías días o turnos por la semana. ¿Qué me dices?

–Sé que es lo que hay. A mí me parece bien. Mientras pueda trabajar, échame encima lo que quieras.

–En principio, el contrato será por seis meses, prorrogable por otros seis, y luego de nuevo lo estudiaría el patronato, para hacer un contrato más largo. Entonces ya sería cuando me plantaría para que subiesen la categoría. No tiene lógica hacer varias cosas y cobrar sólo por una.

Pero, en aquel momento, después de tanta búsqueda infructuosa, y conociendo que muchos antiguos compañeros de estudios, en su día con buenos trabajos, ahora eran simplemente competidores, aquella oferta llegaba a ser incluso generosa. Tanto más porque le permitiría mantener su mente alejada de su mayor preocupación: la posibilidad de que su relación de pareja con Sonia se rompiese definitivamente. Hacía tan solo unas semanas que Sonia había abandonado el piso que compartían, propiedad de él, para irse a vivir con una amiga. Mientras, decidirían si, realmente, querían continuar juntos o no. La convivencia se había ido degradando continuadamente, después de unos primeros años donde la simple rutina había descubierto que su amor no era capaz de aguantar el paso del tiempo, y menos de superar adversidades como la dificultad de ambos para encontrar trabajo. Ella, profesora de inglés, había vivido algunos periodos cómodos dando clase en un colegio privado, pero la crisis le había afectado como a tantos otros, dejándola en el paro con cuarenta años, y consiguiendo nada más que dar algunas clases particulares esporádicamente.

–Bueno, tú no te preocupes, voy a intentar hacerlo lo mejor posible y rendir al cien por cien –afirmó Charly.

–De eso estoy seguro.

–Además, no soporto estar en casa sin hacer nada. Te agradezco mucho esta oportunidad. Procuraré que estéis contentos conmigo.


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