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Renacidos

Renacidos

09-03-2014

Suspense/thriller novela

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     En el año 132 a.C. Sicilia se halla en los últimos estertores de una cruenta guerra servil que asola sus tierras desde hace varios años. Dentro de este marco sombrío, extraños rumores hablan de haciendas aisladas, enteramente devastadas por algo desconocido y cuyas víctimas padecen un voraz afán destructivo. Un hecho fortuito llevará al investigador Aristarco de Alejandría y su amigo Graco a los pies de tan insólita trama, cuyo riesgo incalculable los sumergirá en una espiral de inimaginables proporciones. En medio de las crecientes dificultades y los peligros adosados por la guerra, deberán recorrer de un extremo a otro la convulsionada isla, buscando la fehaciente verdad que se esconde tras el misterio de los renacidos.

 

ENTREVISTAS:

"Es toda una proeza que te reediten"

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

                                                                                                 I

                                                                      EL SABOR DE LO INTANGIBLE

 

     Tenía la sensación de que alguien lo vigilaba, por lo que apretó el paso, azuzando al pequeño rebaño con la ayuda de los perros. A éstos se les veía igualmente inquietos, en especial al más viejo; un perro ovejero siciliano con el que había pasado alguna que otra pequeña aventura, no exenta de dificultad. El animal arreaba a las ovejas más rezagadas, deteniéndose de vez en cuando a husmear el aire, escrutando ágilmente a los lados con las orejas alzadas. El perro más joven, por el contrario, iba de aquí para allá guardando los flancos del pusilánime grupo, desviándose alguna que otra vez de su fervoroso cometido, para revolotear nerviosamente en círculos, olfateando la crecida hierba salpicada de rocas. El comportamiento de sus fieles ayudantes era para él claro como la mañana. Conociendo su lenguaje como el de los propios seres humanos, era evidente que algo peculiar flotaba en el ambiente, alertando a los dos perros. No obstante, la cima del acantilado era una vasta superficie, libre de obstáculos y cubierta de fino pasto. Su verde tapiz alcanzaba el borde mismo de aquel formidable despeñadero de altas y verticales paredes, por las que ningún hombre se hubiese aventurado, a riesgo de perder la vida entre sus resbaladizas grietas.

En aquel punto de la costa los cantiles se levantaban frente al mar, conformando una escarpada e inexpugnable empalizada natural de varios kilómetros de extensión, salvada en algunos pocos lugares por diminutas y profundas ensenadas, resguardas de mar abierto. Siendo el lugar un entorno despejado, libre de promontorios rocosos y  altos matorrales que pudieran esconder al furtivo, le parecía sumamente extraña la sensación contrastada con sus animales. A su izquierda y derecha, la planicie se perdía a sus ojos; a su espalda, lo suficientemente alejada como para no constituir un peligro inminente, se extendía la barrera del apretado bosque, tras el que se hallaba la aldea. A su frente, el infinito mar mudaba ahora sus colores con las últimas horas de la tarde, mientras el sol enrojecido descendía hasta su horizonte, bruñendo la acerada superficie.

Miró hacia lo alto, buscando quizás un indicio en los tenues cielos, sintiéndose desconcertado por la serenidad que flotaba en el ambiente, roto ahora por los ahogados gemidos de los animales. Bien es cierto, que éstos con capaces de presentir amenazas u acontecimientos anómalos, llevados a cabo a kilómetros de distancia, por lo que hubo de consentir que se trataba de algo que obraba lejos de allí. Decidió pues, que lo mejor sería acortar el camino hacia el poblado, atajando por la pequeña senda que se abría del otro lado del bosque, en lugar de discurrir por el linde boscoso hasta alcanzar la vaguada del noreste. El mayor problema sería evitar la pérdida de alguna cría, que debería abandonar a su suerte llegado el caso, porque la pujanza y la desazón se habrían camino en él con lenta e inexorable fuerza.

El limbo solar pareció hundirse en los confines del mundo con más rapidez de lo habitual, aumentando sus pesares. Mientras se dirigían hacia el bosque, su sombra palideció frente a él y poco después se desvaneció. La frondosa barrera de troncos y apretadas copas perdió la escasa luz, volviéndose más compacta e inescrutable. Diciéndose que sus miedos eran irracionales, volvió la mirada atrás para comprobar que la noche ganaba terreno al crepúsculo, tras la desaparición del orbe solar. Una luna triunfante se perfiló a lo lejos, por encima de las arboledas, pincelando su fría luz sobre la techumbre boscosa. Encontrar y caminar por la senda no constituía problema alguno, ya que la había transitado cientos de veces desde niño; primero con su padre, después con su amada madre y más tarde solo. Ahora, el tiempo parecía estrujarse con la misma celeridad con la que los márgenes boscosos alargaban sus ásperas y oscuras siluetas, yendo a su encuentro.

La calma fue rota de improviso por una suave brisa del este, que pronto arreció, arrancando del bosque prolongados murmullos, agitando las frondosas copas, cuyo ramaje se ondulaba hacia él lleno de vida. Llamó a los perros con agudos y prolongados silbidos, dando órdenes precisas para que mantuvieran cerrada la formación, dirigiéndola hacia la protección de los árboles. Los avezados animales corrieron exaltados arriba y abajo, circundando la manada, conduciéndola rápidamente al punto indicado por su amo. Las ovejas se inquietaban conforme se acercaban al linde boscoso, apretujándose unas a las otras, como queriendo escapar a los encrespados tentáculos que el viento batía sobre ellas, hostigándolas con furibundo crepitar. Amparados por la barrera del bosque, discurrieron por su costado en apretada formación, sorteando los envites del vendaval, cuya furia desatada no parecía conocer límites. Les llevó muy poco tiempo alcanzar la desembocadura de la senda, por donde se adentraron a toda velocidad como almas que llevan los diablos de la noche. En la mejor seguridad de la espesura, avanzaron a paso más relajado por el intrincado paraje, resguardados por la prieta arboleda, entre la que se filtraban múltiples motas de luz fría y mortecina. Los ojos del hombre se acostumbraron prontamente a la carencia, escudriñando el salvaje entorno, temeroso de las alimañas que lo habitaban. En su mayoría, seres de costumbres nocturnas.

A ambos lados del camino la maleza vertía su contenido, principalmente en forma de helechos y líquenes rodeados de hongos, de los que debía proteger a su rebaño, que ahora viajaba en perfecta alineación con el joven Aquila a la cabeza, mientras el veterano Albus trotaba entre los verdosos trocos de los flancos, ahuyentando a las ovejas más distraídas de los peligros colindantes. Serpentearon por el sendero con una luminaria suave y constante sobre sus cabezas, hasta que, súbitamente, el clamor de la revuelta hojarasca se detuvo y el ulular del viento desapareció. Los perros detectaron la anomalía, deteniéndose en seco, quedando como petrificados. Ningún ruido, ya fuere aleteo, rozamiento o simple respiro, llegaba hasta sus oídos. Haber pasado del clamor al silencio en un mismo instante, producía escalofríos. El corazón de Bibaculus se encogió cuando, de repente, todo el bosque pareció estremecerse bajo una misma y poderosa contractura. Los miedos del experimentado jornalero tomaron cuerpo entre el poderoso conglomerado arbóreo que lo rodeaba, al cual observaba angustiado, como si esperara que, de un momento a otro, los sólidos troncos cobraran vida, extendiendo su punzantes brazos hacia él.

Un trecho más adelante, las primeras luces de la villa asomaron tímidamente entre la cortina de árboles. Cuando por fin salieron al claro del bosque, corrieron apresuradamente hacia la muralla, dejando atrás el cinturón de arbustos. Los perros aullaron con ladridos potentes y enconados, dejando de vigilar al atemorizado rebaño, lanzándose hacia la puerta de acceso en el lado este. Más espantadas que obedientes, las ovejas siguieron el corretear de sus guardianes, agolpándose en el acceso, que permanecía cerrado; tal y como era habitual. Lo que se revelaba como anómalo, era la ausencia de vigilancia y la del propio bullicio de la villa, con el que cualquiera se hubiera tropezado al entrar en el claro.

Bibaculus voceó varias veces sin resultado. El pulso se aceleró en sus sienes temiendo lo peor; aunque intentó aquietar el ánimo siendo más cáustico en el análisis de la situación. A fin de cuentas, las quietas soledades al frente del rebaño le habían proporcionado tiempo suficiente para trabajar la mente, y sus ojos habían analizado muy exhaustivamente cada rincón de los parajes conocidos; a menudo, posándose en detalles imperceptibles para cualquier otro. Sus sentidos le hablaban ahora con madurez, haciéndole ver que, el clamor de una revuelta, originada por el bandidaje, hubiera llegado hasta sus oídos, percibiendo así mismo el humo de los fuegos. Por otra parte, no había signos de vandalismo, ni el portón se veía forzado. Luego entonces, ¿qué estaba ocurriendo? El silencio era abrumador, arropando con un manto sepulcral todo lo contenido en la arboleda misma. Su fatigada respiración era lo único que llegaba a percibir.

La muralla, de tres metros de altura, rodeaba por completo la villa. La examinó con detenimiento, observando después a los atentos perros, que aguardaban expectantes las maniobras de su amo. Las miradas entrecruzaron temores a diferentes niveles. Con la decisión que a menudo otorga el mismo miedo, Bibaculus trepó a lo alto, asomando su rostro lentamente por encima del muro.

A primera vista no distinguió nada fuera de lo común. Todo parecía quieto y en su sitio. Las fogatas iluminaban las fachadas de las casas, que parecían descansar plácidamente al amparo de sus luces. Sin embargo, no había signos de vida. Nadie caminaba entre las edificaciones, ni existía vigilancia a lo largo del perímetro amurallado. Ningún vestigio de actividad. Cuidadosamente, se encaramó en el mismo perfil. Ahora podía examinar mejor el terreno bajo sus pies. Al hacerlo, fue cuando distinguió un cuerpo tendido sobre la tierra. Su descubrimiento pareció multiplicar las porciones de su significancia, puesto que, de inmediato, otros comenzaron a serle desvelados, tendidos a lo largo de esquinas y rincones, hasta donde podía alcanzar la vista. El macabro espectáculo caló en él, abriéndose paso rápidamente hasta su centro neurálgico. Sus pies temblorosos apenas tuvieron la firmeza necesaria para deslizarse del otro lado hasta el nivel del suelo. Con las fuerzas mermadas por el miedo, desplazó el contrafuerte, desbloqueando la puerta. Acto seguido, perros y ovejas se adentraron tímidamente en el recinto, hermanados por el temor y la  tragedia intuida. Bibaculus, cuyo nombre significaba «gran bebedor», creyó, por unos instantes, que su gran afición al vino le estaba jugando una mala pasada. Avanzó despacio e inseguro por la vía principal, pensando en su familia, ahogado por el dolor, el pánico y el horror creciente. Muchos de los cuerpos yacían diseminados en los lugares más alejados y extremos, como si hubieran intentado huir de alguna amenaza visible. Las carnes aún estaban tibias, pero sus pechos habían dejado de latir. Esgrimiendo la daga de uno de los caídos, se aventuró en algunos de los cobertizos cercanos, para descubrir el mismo horripilante panorama de cuerpos desplomados en las más variadas posturas. Hombres, mujeres y niños formaban un enmudecido y pavoroso tapiz en la casa grande de los esclavos. En los corrales y caballerizas los animales habían corrido idéntica suerte.

Más allá del lagar y de la bodega, junto al muro divisorio de la residencia principal, se encontraba la vivienda del vilicus, cuyo cuerpo, en posición fetal, demostraba el miedo que inundó al capataz, momentos antes de su muerte. Le pareció una eternidad llegar hasta la entrada de su propia casa, donde quedó inmóvil en el umbral, con el corazón encogido y el pulso presionando en su cerebro. Sabía lo que iba a encontrar del otro lado, así que su mano golpeó débilmente la puerta.

El silencio fue la respuesta.

Sin pensarlo, derribó una de las ventanas que sus manos construyeran antaño, deslizándose hacia el interior de la vivienda. Allí encontró a su mujer y a su hija, tendidas en mitad del hogar, como durmiendo la una sobre la otra. Se apretó contra ellas, sollozando largamente en medio de lamentos y ahogados gritos de dolor. Su mundo se hundió en aquel preciso instante, y su vida quedó entre aquellos cuerpos enlazados.

El tiempo pareció detenerse.

Lentamente, el instinto de supervivencia afloró en forma de venganza irracional hacia lo desconocido, hacia lo que fuere que hubiera originado aquella masacre. En la puerta, Albus y Aquila gemían con el mirar caído. Su cabeza luchaba contra la angustia personal, intentando racionalizar lo sucedido, buscando una explicación. ¿Quién o qué puede acabar con las vidas de tantos seres a un mismo tiempo? Ésa era la cuestión. Según lo veía, todo debió suceder con gran velocidad, no teniendo las gentes apenas tiempo de reaccionar. Aquéllos que se hallaban en el interior de sus casas habían caído en el mismo lugar que ocupaban en el crucial instante del ataque, viéndose súbitamente interrumpidos en sus particulares quehaceres. Sin embargo, los que deambulaban por las afueras sí tuvieron ocasión de presenciar algo que los llevó a intentar escapar, tomando los refugios más cercanos. ¿Qué fue lo que vieron? —se preguntó.

Durante largo rato fue de allá para acá, en medio de aquella pesadilla, seguido por los temerosos perros. En la residencia principal todos habían corrido la misma suerte. Desesperado, intentó no perder el juicio ante la pesadilla que vivía. Volvió a su casa, impelido por la necesidad de dar sepultura a su familia, lo cual le obligó a pensar en el resto. Lo más sensato era abandonarlos a su suerte. En su mente ordenó las acciones a seguir: enterraría a su mujer e hija, cogería algunas pertenencias y alimentos y partiría hacia la ciudad. Después, vería la forma de resolver el enigma y dar con el culpable. Algo era claro: debía mantenerse con vida para dar cumplida venganza de los suyos. Afianzado en aquellos pensamientos, se sumó al silencio de la casa, tomando asiento en el umbral de la entrada, dando la espalda a lo que su mente se negaba a contemplar, enturbiado por la punzante quemazón, por la terrible soledad de su alma, por el miedo a lo desconocido.

Una extraña y repentina sensación lo rescató del dolor. Miró a los perros. Ambos estaban a pocos pasos de él, yaciendo en los suelos, como si las fuerzas hubieran huido de sus indómitos cuerpos. Los ojos de los dos animales se confundieron con los suyos, movidos por la misma inquietud. Resultaba extraño que no quisieran entrar en la casa.

Fue entonces cuando volteó la cabeza, sintiéndose amenazado.

El silencio y la penumbra dominaban el interior de la casa, mientras Albus y Aquila tensaban sus picudas orejas, alertados ante algo imperceptible para él. Intentó dominarse. Sus ojos recorrieron despacio la estancia, iluminada tan sólo por la luz de las trémulas fogatas del exterior. Una porción de sombra pareció moverse de forma imperceptible, por lo que aguzó la vista hacia el rincón ensombrecido. La oscuridad se agitó y una diminuta silueta salió a su encuentro. El corazón se agolpó en su pecho cuando, Cana, su joven hija, dejó ver las pálidas facciones azuladas, enmarcadas en sus enmarañados cabellos.

Los perros saltaron de un brinco, retrayéndose y gimiendo, pero él caminó hacia la aparición, deteniéndose cuando nuevos ruidos se sucedieron afuera, envueltos en rápidas carreras. Quiso ver de qué se trataba, pero, al volverse, algo atrapó su pierna, sintiendo el dolor de una profunda mordedura. La sangre manó rápidamente de la herida, a la que se afianzaba su pequeña hija, como un reptil sediento de sangre. Desesperadamente, intentó zafarse de ella; primero con ademanes voluntariosos, después con cierta violencia, motivada por la pujante necesidad. Cuando al fin pudo librarse del terrible abrazo, lanzó un grito al perder parte de la carne. Cojeando, se tambaleó hacia atrás, viendo como la pequeña arremetía nuevamente contra él, entre horripilantes chillidos. De la boca desencajada brotaban repugnantes espumajos y el rostro mostraba tal aura de locura, que no pudo frenar el nuevo ataque de la pequeña, al quedar totalmente paralizado por la grotesca visión.

Cana se abalanzó sobre su progenitor, con las manos crispadas y los ojos desorbitados. Las pequeñas manos se abrían paso entre las ropas con voraz desespero, entre tanto la boca buscaba un lugar donde hincar los dientes. Como pudo, logró quitársela una vez más de encima, lanzándola contra los camastros de la pared. La niña pareció golpearse contra el muro, quedando aturdida por el impacto. Bibaculus, aprovechó para lanzar una mirada al exterior. Los pequeños gritaban y correteaban como una exhalación, enzarzándose los unos contra los otros, totalmente enloquecidos. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo podían los muertos volver a la vida?

Como respuesta a la pregunta, un rugido se oyó a sus espaldas. Rutila, su esposa, se había puesto en pie y lo contemplaba con una mirada salvaje. La pequeña Cana también se reponía, lista para el ataque, revolviéndose sobre el jergón, como una fiera a punto de saltar. Sabía que no tendría posibilidades a menos que defendiera su vida a muerte. Pero la sola idea de matarlas le horrorizaba, aún a sabiendas de que lo alzado a su frente nada tenía que ver con sus seres queridos.

La mujer se lanzó hacia él, buscando su cuello, y la pequeña se afianzó en la pantorrilla. Luchó por mantenerse en pie, pero pronto cedió al mayor ímpetu de ellas, rodando por los suelos. A la desesperada, asió el puñal, cercenando de un tajo certero el cuello de su amada compañera, que se convulsionó con las manos en la garganta. Después, golpeó a la pequeña hasta dejarla inconsciente.

El griterío en las calles arreciaba. La villa entera parecía haber vuelto a la vida. El mismo sádico instinto parecía poseerlos a todos ellos, víctimas de un paroxismo devastador, peleando entre sí como animales rabiosos. No existían las distinciones. Simplemente llevaban a cabo una cruenta batalla entre ellos, peleando con uñas y dientes. Todo indicaba que aquella pesadilla terminaría en un cruento baño de sangre.  Fue en este severo instante, cuando despertó en él un terrible y natural sentido de supervivencia. Pensó que, si atrancaba bien puertas y ventanas, y permanecía escondido y en silencio, quizás fuera ignorado por la sangrienta muchedumbre, teniendo así una oportunidad para escapar de aquel infierno desatado. Debía darse prisa. Probablemente, se precipitaran en breve hacia las viviendas en busca de alguna presa.

Mientras se hacía fuerte en la casa, pudo ver como un nutrido grupo se lanzaba hacia las porquerizas y corrales. Los chillidos de los animales dejaron ver claramente la situación: aquella especie de muertos resucitados se dedicaban, simplemente, a destruir todo signo de vida a su alcance. Al cabo de un tiempo los gritos cesaron y un nuevo y más desapacible silencio ocupó su lugar. Con la mayor celeridad posible, ató y amordazó a la pequeña Cana, mitigando seguidamente la luz de la aceitera.

Ningún sonido parecía venir del exterior. Tal vez, allá afuera no quedara nadie en pie. Cabía, dentro de lo posible, que se hubieran dado muerte entre sí —quiso pensar. Los suaves movimientos de la niña lo sobresaltaron. Recobraba el conocimiento. Apenas reconocía al ser que tenía a su lado, pero aún con todo, le costaba golpearla de nuevo. El dolor en la pierna le hizo recordar la herida, por lo que rasgó parte de los ropajes de su esposa, aplicándose un torniquete sobre un burdo vendaje. Entre tanto, Cana, se agitaba más violentamente y mugía como una ternera pidiendo de comer. Rápidamente, vendó el puño con el que golpearla, y a punto estaba de descargar el golpe, cuando otro más fuerte en una de las ventanas lo dejó estático. A ese golpe le sucedieron otros más, y pronto, un atronador repiqueteo, envuelto en feroces rugidos, asaltó la casa desde varios puntos.

Si lograban entrar era hombre muerto.

Tal y como lo veía, los ruidos de Cana había atraído a los supervivientes, o quizás tuvieran un sexto sentido para detectar a sus presas. Su posibilidad de huir era, en aquel instante, a través de la puerta trasera, hacia el cobertizo. Si tenía suerte, puede que sólo tuviera que vérselas con dos o tres de aquellos demonios. Y estaba claro que debería dejar a su suerte a la niña; pero, al menos, la desataría con el fin de concederle alguna oportunidad.

El golpeteo era ensordecedor, crispando los nervios. Se dispuso a liberar a Cana antes de lanzarse afuera, y fue en ese instante, cuando, súbitamente, todo ruido cesó. El cambio brusco le hizo detenerse. ¿Qué ocurría? ¿Habría llegado alguien en su ayuda? ¿Alguien, que como él, estuviera faenando fuera del poblado? ¿Se habrían dado por vencidos, al comprobar la solidez de los contrafuertes?

Cana parecía mirarlo en silencio, con los ojos en blanco. ¿Por qué había callado? ¿Existiría algún signo de inteligencia en sus mentes? La suya, anticipó la maniobra, dirigiendo su mirada hacia la techumbre. La mirada sin vida de la pequeña mostraba un lejano atisbo de júbilo. Un golpe ensordecedor atronó a lo alto y seguidamente parte del techo se vino abajo, precipitando en su caída a los intrusos. En medio del caos, intentó alcanzar la puerta, pero recibió un fuerte golpe en la espalda. Como pudo, se revolvió, clavando el puñal a su agresor. Desesperadamente, entreabrió la única vía de escape, encontrándose con una nueva y fuerte resistencia, que pujaba denodadamente por entrar. Contrarrestó el envite con las escasas fuerzas que le quedaban, mientras a sus espaldas se acrecentaba el clamor de los muertos venidos a la vida. El intenso forcejeo duró apenas unos instantes. Manos ensangrentadas y uñas descarnadas se hicieron hueco, empujando vigorosamente desde el otro lado.

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