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Quédate Donde Pueda Verte

Quédate Donde Pueda Verte

02-04-2013

Suspense/thriller novela

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Ana Montenegro, una estudiante española de antopología viajará a Nueva Orleán con el propósito de recabar información para su tesis doctoral. Una serie de acontecimientos inexplicables echarán por tierra su inicial agnosticismo revelándole el verdadero motivo que la ha llevado a emprender ese viaje.

Realidad y ficción se entretejen en una trama de realismo mágico que arrastra al lector involucrándolo capítulo tras capítulo en la azarosa aventura de Ana.
Si te atreves a emprender este viaje con ella, no lo olvides: quédate donde pueda verte
 

ENTREVISTAS:

“La labor de documentación fue exhaustiva pero entretejer en ella la ficción resultó sencillo”

APARICIONES EN PRENSA:

 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

 1- LA PARTIDA

“Avanzamos siempre en alguna dirección incluso

 aunque ignoremos a dónde nos dirigimos”

 

 

Ninguno de mis compañeros había expresado su opinión sobre el proyecto, pero era evidente que tenían una y el hecho de que se hubiesen confabulado para evitar compartirla conmigo, lo ponía de manifiesto.

Únicamente Sara se había aventurado a comentar que tal vez la idea de escoger un tema como aquél para mi tesis no era del todo descabellada ya que, a fin de cuentas, ¿quién iba a molestarse en plantear problemas o apuntar inexactitudes durante la exposición?

 

-       Probablemente el tribunal se limitará a asentir con la cabeza y fingir que toma notas mientras calcula mentalmente cuánto falta para disfrutar del escaso refrigerio tras la lectura de la tesis – murmuró como una reflexión en voz alta.

 

Naturalmente, el comentario de Sara no era muy alentador, pero tampoco pretendía serlo y la honestidad con la que se había permitido exponerlo, lo hacía a mis oídos mucho más sincero que el condescendiente silencio de los demás.

 

La reacción del profesor Miller al exponerle mis intenciones me tomó más por sorpresa.

Él sabía cuál era el objeto de mi visita y se había levantado de modo ceremonioso para recibirme su despacho aquella tarde.

 

El despacho del profesor Miller era un pequeño reducto de caos en el ordenado universo del departamento. Parecía gobernar su pequeño cosmos pudiendo ubicar cada objeto en aquel mare magnum de papeles y libros que recordaba al escenario que deja tras de sí un ciclón.

Los tomos se apilaban sobre la mesa dejando sobresalir entre sus páginas los marcadores como lenguas burlonas que se mofaban del visitante.

Sobre la repisa de la ventana, descansaba un tiesto del que pendía una hebra enjuta que debía haber sido una planta al principio del semestre y que, probablemente, se había marchitado contemplando una lluvia inaccesible tras el cristal y esperando ansiosamente un riego que nunca llegó.

 

-       Siéntate, Ana – dijo el profesor ofreciéndome una silla frente a la que él ocupaba al otro lado de la mesa.

 

Me miraba expectante tras los gruesos cristales de sus gafas.

La expectación de su rostro no tardó en transformarse en sorpresa primero y en confusión inmediatamente después, tan pronto como le puse en antecedentes acerca del tema que había escogido para mi tesis.

 

-       Bueno – acertó a decir tras unos minutos – supongo que eres consciente de las … peculiaridades de un tema como ése. Lo cierto es que ni siquiera estoy seguro de que puedas encontrar aquí los materiales necesarios para poder hacer un buen trabajo. Ya sabes lo que opino sobre la investigación.

 

-       Sí – el trabajo de campo – le interrumpí.

 

-       En efecto – apuntó – a eso me refiero precisamente. No querrás que tu tesis sea como una de esas creaciones de patchwork; una mera compilación de los retazos de una obra ajena.

La falta de capacidad para asumir  riesgos que denota un trabajo así es en mi opinión una elección arriesgada, si me permites la paradoja – concluyó agachando levemente la cabeza para mirarme por encima de sus gafas.

 

-       Eso es precisamente lo que quiero evitar. Por supuesto nunca sobran las fuentes bibliográficas pero … quiero obtener mis propios datos y esa es la razón de que haya venido a verle.

 

El profesor parecía sorprendido.

 

   - Bueno – concedió ahora algo halagado – ni que decir tiene que sería un  placer dirigir su tesis, siempre que el proyecto me resultase viable. No obstante, no creo que yo pueda ayudarle mucho en esto y dudo que encuentre a alguien que pueda hacerlo en esta facultad.

 

-       Sin embargo – añadió rebuscando en una de sus carpetas como iluminado con una repentina idea genial – en este dossier hay unos cuentos temas que pueden resultarle atractivos y que cuentan con la aprobación …

 

-       Me temo, profesor, que no me he explicado bien- le interrumpí.

 

Me miró en silencio contrariado por mi obstinación.

 

-       Lo que pretendo es hacer mi propia investigación, obtener mis propios datos y conclusiones y, como bien ha dicho, no veo forma de hacerlo aquí.

 

El profesor se reclinó en su asiento y, dejando la carpeta sobre la mesa, dijo  -    me temo que tendrá que ser más específica en su petición.

 

-       Quiero ir a Louisiana – respondí casi sin dejarle acabar.

 

Él se quitó las gafas y recorrió con los dedos las pobladas cejas que enmarcaban sus pequeños ojos cansados.

 

-       Ana, como sabes, los fondos de ayuda son muy limitados y este proyecto no me parece el candidato adecuado para invertirlos. Mi crédito profesional y académico quedaría en entredicho si te firmo mi aprobación.

 

-       Está bien – respondí ahogando la ira en mi garganta- parece que me había formado una idea equivocada de usted, tal vez influida por sus alegatos sobre tolerancia hacia los diferentes puntos de vista el y valor para ir contra la corriente. El error ha sido mío, siento haberle hecho perder su tiempo – concluí recogiendo mi bolso.

 

 

Tras aquella breve conversación, había abandonado el despacho reprimiendo un portazo y recorrido el camino hasta mi casa demasiado concentrada en mi enfado para prestar atención a los límites de velocidad.

 

La salida teatral, que yo creía infructuosa, debía haber hecho mella en el orgullo del profesor Miller porque, dos semanas más tarde recibí una llamada del departamento financiero de la facultad requiriendo el borrador de mi proyecto que el Doctor Miller “había olvidado” incluir en su solicitud.

 

Al entrar de nuevo en su despacho tras recibir la confirmación de la concesión, el profesor no abandonó su asiento para recibirme. Debió leer en mi rostro la disculpa que se forjaba en mis labios y habló sin darme tiempo de pronunciarla.

 

-       Espero que sepas lo que haces – me advirtió – porque puedo asegurarte que si tengo la más mínima sombra de duda acerca de las posibilidades de tu trabajo, no llegará al tribunal.

 

Tragué saliva tratando de mostrar confianza.

 

-       No esperaría lo contrario – acerté a decir.

 

-   Toma – dijo alargándome una carpeta – aquí tienes algo con lo que empezar. Son sólo algunos datos de contacto de personas que pueden ofrecerte asesoramiento sobre el tema al inicio.

-   Como habrás visto – continuó – la asignación que te ha sido concedida es sólo – sopesó sus palabras antes de pronunciarlas – un apoyo para el viaje y los gastos iniciales, espero que seas capaz de administrarte en una cuidad como Nueva Orleans.

 

Después de aquella mañana, los acontecimientos se habían sucedido con tal rapidez, había tanto por hacer y tan poco tiempo para hacerlo, que al echar la vista atrás, no logro recordar más que breves detalles inconexos e insignificantes. Burocracia, equipaje, preparativos varios y de pronto esperaba sola y destemplada por la falta de sueño  en la puerta de embarque rogando que mi equipaje y yo tomásemos el mismo avión y no tuviese que invertir parte de mi ajustado presupuesto en los enseres perdidos por la compañía aérea a mi llegada a Nueva Orleans.

 

Cuando aterrizamos en el aeropuerto Louis Armstrong, recorrí como un autómata el corredor hacia el control de pasajeros con un pitido pertinaz taladrando mis oídos y la confusión propia del cansancio y la falta de descanso.

 

Mis piernas, entumecidas tras las largas horas de vuelo, trastabillaron hasta la cinta de equipajes esperando ver aparecer mi maleta.

Pasaron unos veinte minutos cuando por fin la vi emerger al fondo de la cinta y esperé sin acercarme hasta que alcanzó mi posición. Luego, arrastré el trolley tras de mí y atravesé la puerta de llegadas. Allí un mar de gente esperaba, algunos estirando el cuello por encima de la hilera de cabezas que se alineaban ante ellos, mientras que otros sostenían carteles con los nombres de los pasajeros que debían recoger.

 

Pensaba en detenerme en la cafetería del aeropuerto a esperar mi turno cuando leí mi nombre en uno de los carteles.

Lo sujetaba un hombre alto y delgado, de pelo canoso y mirada confusa. A pesar del intenso calor, vestía una camisa blanca abotonada hasta el cuello y con las mangas recogidas a la altura del antebrazo.

Alcé la mano para llamar su atención.

 

-       ¿Señorita Montenegro? – preguntó con tono cortés.

 

-       Sí – respondí – soy Ana. Usted debe ser Miles Roxton, el contacto del doctor Miller.

 

 

-       El contacto – dijo sonriendo sorprendido por el término - ¡ese debo ser! – añadió. - ¿Ha tenido un vuelo agradable? – preguntó mientras avanzamos hacia la puerta de salida.

 

-       Sin complicaciones – respondí – aunque se me ha hecho bastante largo.

 

 

-       Lo imagino – comentó el Sr. Roxton mientras nos dirigíamos a su coche.

 

-       La dejaré en el hotel para que pueda descansar y refrescarse un poco. Sobre las 21.30 la recogeré para cenar y darle algunas ideas para que pueda ir empezando.

 

Me dirigió una mirada fugaz mientras ponía la llave en el contacto.

 

-       Sé que es un poco apresurado pero, como le comenté a Aaron, mañana por la mañana debo ausentarme de la cuidad y estaré fuera varias semanas.

 

-       Oh, no hay problema – respondí mirando mi reloj que todavía conservaba la hora española – creo que para esa hora ya estaré en condiciones de reunirme con usted.

 

El señor Roxton sonrió como si no acabase de creer mis palabras.

 

-       Estupendo – concluyó abandonando el aparcamiento.

 

Condujo en silencio hasta que las primeras casas comenzaron a emerger a los lados de la calzada.

A pesar del cansancio y del aplastante calor, me esforzaba por mantener los ojos abiertos resistiéndome a perderme cualquier escena del trayecto.

 

Estamos llegando al barrio francés – dijo finalmente antes de tomar un desvío – su hotel está a 3 manzanas de aquí.

 

Al llegar, detuvo el coche junto a la acera y se dirigió al maletero para sacar mi equipaje.

El hotel era un edificio rectangular situado en la esquina de la calle. En la planta inferior, las ventanas estaban paneladas con madera y cristal. La puerta en forma de arco era de gruesa madera tallada y estaba flanqueada por dos macetones que contenían sendos arbustos de tamaño medio podados en idéntica forma de pirámide.

 

El piso superior, rodeado por una barandilla lacada en verde, dejaba a la vista una sucesión de ventanas acristaladas que se prolongaban hasta el suelo y que se cerraban con contras de madera del mismo color de la barandilla.

 

Parecía un lugar tranquilo y acogedor. El Sr. Roxton me acompañó hasta la recepción y se despidió.

 

-       La veré aquí mismo a las 21.30 – dijo antes de irse.

 

Al otro lado del mostrador, la recepcionista me recibió con una sonrisa.

 

-       Bienvenida Señorita Montenegro, su habitación está en la segunda planta, al final del pasillo- dijo alargándome la llave.

 

-       Si puedo ayudarle en alguna otra cosa… - dejó la frase en suspenso esperando mi respuesta.

 

-       Oh, sí- recordé – necesitaría que me avisasen esta tarde a las 20.30, si es posible.

 

-       Por supuesto – respondió mientras tecleaba en su ordenador – le avisaremos, que tenga una feliz estancia.

 

Recorrí el camino hacia la puerta de acceso al segundo piso y descubrí contrariada que no había ascensor. Resoplé antes de arrastrar mi maleta escaleras arriba.

La moqueta amortiguaba el golpeteo de las ruedas al girar sobre los escalones. Cuando estuve frente a la puerta, la abrí y me dejé caer exhausta sobre la butaca.

 

El cuarto tenía un marcado estilo colonial. Las paredes estaban pintadas en color arena y a ambos lados del gran cabecero de forja oscura se abrían dos grandes ventanales del suelo al techo, cubiertos por gruesas cortinas con el mismo estampado que el cubrecama.

La habitación estaba en penumbra, solamente iluminada por la luz mortecina de los dos veladores sobre las mesillas de noche.

 

Me quité trabajosamente los zapatos y me desplomé sobre la cama. Antes de que pudiese apagar las lamparillas, me embargó un sopor que dio paso a un sueño profundo del que no salí hasta oír el timbre del teléfono.

 

Sonaba a bajo volumen y lejos de sobresaltarme me trajo de vuelta a la consciencia de una forma gradual, casi placentera.

 

Eran las 20.30, descorrí las cortinas y el sol todavía caía pesadamente sobre el asfalto.

Saqué de mi equipaje un pantalón y una camiseta de algodón – espero que el Sr. Roxton no tenga planes de cenar en un sitio elegante – pensé al verme reflejada en el espejo del recibidor.

 

El Sr. Roxton llegó con puntualidad británica y mostrando una amplia sonrisa.

 

-       Veo que está ya recuperada del viaje – comentó mientras me sujetaba la puerta.

 

-       Sí, lo cierto es que después de lo que he dormido esta tarde, me temo que me espera una larga noche en vela – repuse.

 

-       Eso no está del todo mal – apuntó – así tendrá ocasión de planificar su jornada de mañana. Luego se irá ajustando poco a poco a los horarios.

 

El Sr. Roxton me condujo calle abajo. Deduje que no había traído su coche, pues no estaba aparcado frente al hotel a pesar de que había sitio disponible.

 

Atravesamos un par de manzanas hasta llegar a un edificio no muy grande con mesas en el porche y con las barandillas cuajadas de farolillos luminosos que a penas se movían en la suave brisa de la torre.

Parecía un lugar acogedor, el olor de las especias y las notas de jazz anunciaban su presencia desde la distancia.

 

Observé a los comensales con una extraña sensación de familiaridad. Todo aquello era tal y como me lo había imaginado, como si ya hubiese estado allí mil veces.

 

El Sr. Roxton sugirió un menú variado para poder degustar varios platos de la comida típica criolla y estuve de acuerdo con su elección.

 

-       Aaron ha telefoneado esta mañana para confirmar su llegada- comentó mientras servía el vino.

 

-       Oh sí, yo debería haberle llamado – me disculpé – pero la verdad es que estaba exhausta.

 

-       No hay problema – respondió – sólo quería saber si finalmente podríamos reunirnos hoy para tratar ciertos asuntos antes de mi partida.

 

-       Es muy amable por su parte sacar tiempo de su agenda. Estoy segura de que cualquier información me será de gran ayuda.

 

-       Eso espero – respondió – mañana y pasado mañana estará usted libre a partir de las 17.00 para iniciar sus investigaciones.

 

Lo miré confusa.

 

-       ¿a partir de las 17.00?

 

-       ¿No estaba enterada de la agenda para los dos próximos días? – me miró con pretendida sorpresa.

 

-       Mañana y pasado mañana tiene programado asistir a un par de eventos culturales que sin duda le ayudarán a empaparse de la cultura sureña – añadió levantando su copa mientras yo le miraba confusa.

 

-       Mañana, la conferencia comenzará a las 10.00 de la mañana, lo que le dará tiempo para trasladarse en autobús hasta el lugar donde se celebra. El tema es la herencia colonial europea en los estados del sur. Sin duda le aportará datos interesantes para contextualizar su trabajo.

 

Sonaba algo denso para mi primer día en la cuidad pero debía comenzar cuanto antes y ese punto de partida era tan bueno como cualquier otro.

 

-       Estupendo, estoy segura de que será interesante.

 

El Señor  Roxton parecía halagado – así lo espero – exclamó.

 

Y al día siguiente, la conferencia será sobre los cultos religiosos traídos del continente africano – me miró esperando mi reacción.

 

-       Oh, eso es perfecto. No puedo creo que haya tenido la suerte de conseguir que aceptasen mi inscripción con tan poca antelación.

 

No podía contener la emoción, eso sí sería una buena fuente de información para mi trabajo.

 

-       Eso no es todo – continuó el Sr. Roxton mientras me servía una porción de algún plato todavía humeante.

 

-       La asistencia a estos dos eventos culturales es cortesía de la universidad de Baton Rouge, donde tanto el Doctor Miller como yo conservamos buenos amigos.

 

-       Es todo un detalle que agradezco sinceramente ya que la beca de investigación es bastante ajustada y he de administrarla con cuidado – apunté.

 

-       Oh, creo que no me he expresado bien – corrigió el Sr.Roxton- la universidad de corre con los gatos de inscripción a los 2 congresos y el alojamiento de 3 noches.

 

-       No sé qué decir – balbuceé sorprendida.

 

Imaginaba los hilos que el Doctor Miller había tenido que mover para que la universidad aprobase el proyecto y concediese los fondos y, por si no fuese suficiente, se había preocupado de asegurarme una fuente de financiación adicional para los comienzos.

 

Sacar adelante este proyecto era una responsabilidad más allá de lo académico y estaba dispuesta a conseguirlo sin importar lo que costase.

 

El Sr. Roxton debió leer en mi rostro mis meditaciones y se apresuró a sacarme de ellas.

 

- Bien – comenzó – estoy seguro de que conoces ya bastante sobre esta cuidad, Circulan muchas leyendas sobre lugares encantados , extrañas apariciones y otras patrañas para turistas pero no todos los rumores son falsos.

Esta es una cuidad peligrosa, Ana – dijo ahora en un tomo tan serio que me erizó la piel a pesar del calor del ambiente. – No es de los espíritus de quienes has de preocuparte, sino de los demás; los vivos son los que pueden hacerte daño.

 

La gente está dispuesta a todo cuando no le queda ya nada que perder, de modo que escoge bien tus compañías y evita salir sola por la  noche.

Si eres cautelosa, tu experiencia en Nueva Orleans será un estupendo recuerdo que te acompañará siempre – concluyó ahora en un tomo más distendido, quizás influido por la aprensión escrita en mi casa.

 

-       Así lo haré – me limité a responder.

 

El Sr. Roxton me informó de los lugares interesantes que podría visitar y las horas adecuadas para hacerlo mientras yo tomaba nota concienzudamente.

Nuestra conversación no se salió en ningún momento de la materia puramente académica que nos había llevado a aquella cena. Jamás me preguntó acerca de los motivos que me habían llevado a escoger aquel tema, una pregunta a la que, por otro lado, estaba ya bastante acostumbrada.

Yo tampoco pregunté sobre su relación con el Dr. Miller ni su vinculación, si es que existía alguna, con la universidad de Baton Rouge que por fortuna había tenido la gentileza de invitarme a un ciclo  de conferencias cuyo plazo de inscripción había finalizado meses antes de mi conversación con mi mentor.

 

Aquella especie de pacto tácito de discreción parecía funcionar estupendamente entre el Sr. Roxton y yo.

 

Acabada la cena, me acompañó de vuelta al hotel, se despidió en la puerta.

 

-       Ha sido un verdadero placer, Ana – dijo – estrechándome la mano – espero sinceramente que encuentre lo que ha venido buscando.

 

-       El placer es mío, Sr. Roxton – respondí – tenga un bien viaje mañana.

 

El Sr. Roxton asintió con la cabeza y caminó calle arriba hasta desaparecer tras la esquina.

No me había dejado un teléfono  ni ningún otro modo de contacto y no me sorprendió que no lo hiciera. Parecía haber hecho por mí todo cuanto estaba en su mano yo así lo aceptaba yo también.


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