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Primer capítulo

Sin mirar atrás. ¿Y qué queda atrás que merezca la pena? Unos vinilos de Michael Jackson que mi padre rayaba cada vez que se emborrachaba, que rompía cada vez que la borrachera iba más allá de lo habitual. ¿Qué más queda que merezca la pena? Unos posters en la habitación que sólo servían para que mi hermana y yo peleáramos sobre si poner aquí éste o aquél. ¿Qué más queda? La ropa que mi madre me obligaba a vestir sin escuchar mis gustos, los libros y cuadernos que utilicé en una jodida escuela cuyo único atractivo era que me servía de escapatoria de mi casa.

(Soy una persona con derechos. También ése que va dentro de mí es una persona, no debo olvidarlo. Y no, no lo olvido: precisamente para garantizar los derechos de dos personas, los míos y los suyos, me voy. Pero hablando de personas...).

Sin mirar atrás. Quienes quedan atrás son un padre que todos los sábados por la noche llegaba a casa borracho, y cuanto más tardaba en llegar más temblabais Olga y tú; una madre que no te permite vestir minifaldas y escotes y que cuando hay dificultades se va a la iglesia a rezar un poco más; una hermana con la que sólo compartes discusiones por el arreglo de la habitación y el miedo sabatino a vuestro padre borracho; unos hermanos a los que ves a la hora de la comida y con los que a veces te cruzas por el pasillo, sólo a veces.

¿Y qué más queda atrás? Una escuela a la que, sí, estás agradecida porque era una escapatoria del tedio y el miedo doméstico, pero que podía ser más tediosa a veces que la casa: Sonia, señala los morfemas que hay en liberalización, los espermatocoides entran en el cuerpo de la mujer para juntarse con lo que sale de los huevarios, un fulano que se llamaba Bueno aportó el puñal para que mataran a su hijo...

Y qué me van a enseñar ya, mi liberación no es liberalización, sino liberación: me las apaño yo y listo, y me importan tres carajos los espermatocoides de mi padre y mis huevarios, que sea como sea me dejó ese recuerdo en el vientre y no aportó el puñal, pero sí el mamporro con el que me hizo tanto daño como con un puñal.

(El médico le había dicho:-Lo siento, pero estás embarazada, y deduzco que es por violación; tendré que dar cuenta al juez. Supongo que querrás abortar. -No, doctor, que bien claro que nos dejó el párroco en la catequesis que el aborto es pecado, y quiero tener un hijo, me hace ilusión siendo tan joven. -Tómate un tiempo de reflexión antes de decidir. Y usted aconséjela, no querrá tener un nieto en esas condiciones.).

Y atrás no queda ya nada, y casi nadie. Mi padre en la cárcel esperando juicio, mis hermanos Dios sabe por dónde andarán, podían tener el detalle de estar aquí para despedirme, sólo están mi madre y mi hermana. Y mi madre podía estarse calladita y dejar de dar el coñazo, sí mamá, rezaré al acostarme e iré a Misa todos los domingos, no, mamá, ese jersey no me lo llevo bajo ningún concepto, no mamá, no necesito estampas ni rosarios, sí, mamá, tendré cuidado con los chicos y aquí era peor, en cualquier caso.

Y mientras tanto la directora del Centro, que pusiera la cara que pusiera, debía de estar hasta la cona de esperar por mí y Olga y yo con ganas de despedirnos, de tratarnos por una vez como hermanas, ven alguna vez a verme, te prometo que lo haré, avísame cuando nazca mi sobrino, qué tu sobrino, es mi hijo, por supuesto, pero encuéntrale un padre decente, no como el tuyo y el mío y tú ven también a vernos alguna vez.

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