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Ojo de gato

Ojo de gato

08-12-2013

Suspense/thriller novela

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Laura Ugalde, una joven catedrática de antropología, decide abandonar su vida pasada y mudarse al pueblo de Erkiaga para realizar el proceso de reconstrucción facial de una joven desconocida, cuyo cadáver ha aparecido en ese mismo pueblo y que fue asesinada unos quince años atrás.

 Sin embargo, una serie de sucesos extraños empiezan a sucederle nada más llegar: episodios de sonambulismo en los que ella misma destroza su trabajo del día, fenómenos paranormales, amenazas para que abandone el caso...

Laura decide continuar con su trabajo a pesar de todas las presiones pero varios hombres del pueblo empiezan a aparecer asesinados según ella avanza en el proceso de reconstrucción. ¿Estará ella cometiendo los crímenes durante sus episodios de sonambulismo? ¿O el espíritu de la chica está consiguiendo el poder suficiente para vengarse gracias a su trabajo? ¿O hay alguien tan interesado en que el crimen no se resuelva que va eliminando sistemáticamente a todos los testigos?

 

ENTREVISTAS:

Tres editoriales diferentes se interesaron en mi obra pero al final el proyecto no se llevó a cabo.

 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

NOTA DE LA AUTORA

En un momento de la novela, uno de los personajes asegura que el cuack de un pato no produce eco. Esto puede sorprender al lector, tal y como me sorprendió a mí la primera vez que alguien me lo comentó. Después de mucho buscar en Internet las bases científicas para este hecho, encontré comentarios a favor y en contra de dicho fenómeno y acaloradas discusiones acerca de si los experimentos realizados para demostrar o rechazar esa hipótesis tenían validez o habían sido manipulados. Así que, tras un par de días buscando una confirmación, decidí tomar esta afirmación como cierta e incluirla en el libro.

Sin duda como lector te estarás planteando a quién puede importarle si los sonidos de un pato producen eco y que tendrá que ver eso con una novela de investigación y fenómenos paranormales. Incluso es posible que te estés preguntando qué clase de sustancias ilegales había consumido la autora a la hora de escribir esta nota. Paso a explicarlo.

No hay ninguna razón científica para que el cuack de un pato no produzca eco, tal y como lo produce cualquier otro sonido en la Tierra. Pero parece ser que así sucede o, al menos, yo soy del grupo de gente al que le gusta creer que algo tan ilógico puede suceder. Vivimos en un mundo ordenado, explicado por leyes físicas, e invadido por adelantos tecnológicos. Todo rastro de magia y misterio parece haber sido expulsado de nuestras vidas. Debido a eso, cualquier cosa que parezca haberse escapado a esas leyes me hace entusiasmarme y hacerme creer que lo ilógico también tiene cabida en nuestro mundo.

Por eso he querido crear un lugar en el que se pueda creer en hechos inexplicables, en espíritus que buscan el contacto con los vivos, en piedras mágicas, bosques sombríos y casas encantadas... Esta novela trata un poco de todo eso, de dejar a un lado los hechos científicos y adentrarse en un mundo que, sin dejar de ser real, pueda tener su dosis de magia. Si el viaje te interesa, si estás dispuesto a creer que el cuack de un pato no producirá eco aunque no haya explicación lógica para ello, dame la mano e internémonos en Erkiaga.

PRÓLOGO.

Los altos y oscuros bosques de robles y hayas se extendían a ambos lados de la carretera. Los primeros troncos aparecían al borde del camino y sus frondosas ramas se extendían por encima, creando un túnel de sombras que producía una leve sensación de claustrofobia. Zubeldia abrió las ventanillas y dejó que el aire fresco y limpio llenase el coche. Parecía increíble que aquel paraíso se encontrase a sólo un cuarto de hora del humo y las aglomeraciones de Bilbao. Ese podría ser un buen slogan para su próxima urbanización: “Erkiaga, un paraíso cercano”.

Divisó la señal que marcaba el desvío hacia el pueblo. Ya llegaba. Se moría de ganas de ver como comenzaban las obras. Para esas horas era posible que hubiesen terminado de arrancar los árboles y que estuvieran acabando con la limpieza del terreno. Todavía quedarían meses de trabajo antes de que pudiese ver la urbanización terminada pero quería contemplar el terreno despejado e imaginar como iban a quedar las hileras de chalets adosados, las parcelas de jardín, el pequeño parque comunal que había planeado...

Su coche pasó por encima de un antiguo puente de piedra. Paró un momento y bajó para observarlo. Parecía que nadie se había ocupado de restaurarlo en años. El suelo era muy irregular y algunas de las piedras que formaban las paredes laterales habían desaparecido. Se acercó a uno de los bordes y miró hacia abajo. Los pilares parecían en buen estado pero, aún así, mandaría reforzarlos. Durante los próximos meses por ese puente iba a pasar mucha maquinaría pesada y era posible que la estructura interna no lo resistiese. Por debajo corría un río poco profundo y transparente. Se sorprendió de la limpieza del agua. No era algo habitual en Vizcaya. Eso les iba a encantar a los futuros compradores: un río en el que sus pequeños podrían bañarse en verano. Se felicitó de nuevo por su compra y volvió al coche, pensando en los arreglos que iba a hacer en el puente una vez acabasen las obras. Por ejemplo, unas barandillas de madera para darle un aspecto más rústico. Lo convertiría en una especie de frontera simbólica. Cuando la gente lo cruzase dejaría atrás el estrés de la vida en la ciudad para volver a un pasado más tranquilo y feliz.

Arrancó de nuevo y siguió hacia el pueblo. La carretera seguía bordeada de enormes robles, dándole la impresión de estar conduciendo por el interior de un túnel verdoso. Por fin llegó a la plaza, disminuyendo la velocidad de su coche para observarla con atención. Tenía que cambiar todo aquello. A pesar de que el sol brillaba con fuerza y que el día era azul y luminoso, el pueblo tenía un aspecto apagado y enfermizo. Paró el motor y volvió a bajarse para echar un vistazo. Una docena de casas antiguas y amarillentas rodeaban la plaza. La pintura de las paredes aparecía desconchada y la mayoría de las puertas y ventanas estaban cerradas. Muchas de esas casas debían de estar abandonadas desde hacía muchos años. El pueblo sólo contaba con unos cuarenta habitantes, repartidos entre los edificios de aquella plaza y algunos caseríos en las afueras. Compraría las casas vacías y las rehabilitaría. Seguramente habría gente dispuesta a pujar por ellas para convertirlas en prósperos negocios cuando la zona se diese a conocer: restaurantes, hoteles rurales, tiendas...

Mandaría arreglar también la plaza, resultaba deprimente. En aquel momento era sólo un cuadrado de tierra apelmazada y amarillenta en el centro del cual se elevaba una fuente grisácea y agrietada de la que no manaba agua. El fondo estaba cubierto de musgo y toda la piedra aparecía manchada por un moho verdoso. En una esquina divisó una cabina de teléfonos. Los cristales habían desaparecido y la pintura azul estaba descolorida y cuarteada. Seguramente no funcionaría. Giró observando el pueblo. El aspecto de desolación era general pero no se deprimió por ello. Lo cambiaría todo y lo convertiría en su sueño. Todo ello dominado por la gran mansión en lo alto del pueblo que había mandado rehabilitar para su uso personal y a la que ya debían estar dándole los últimos retoques. Pasaría por allí después de echar un vistazo a las obras.

Volvió a entrar en el coche y se dirigió hacia el fondo de la plaza. A la izquierda habían abierto un ancho camino de tierra entre los árboles para acceder a los trabajos de la futura urbanización. Las huellas de grandes camiones surcaban el suelo. Lo siguió mientras se planteaba si debería arrancar alguno de los árboles del camino para conseguir más iluminación. A él le gustaba pero podría haber gente que considerara el bosque demasiado oscuro y espeso, demasiado inquietante. El bosque terminó repentinamente, para dar paso a una enorme explanada pelada. Aparcó al borde del camino y salió del coche para observar el desarrollo de las obras. En un primer momento el ruido y la actividad le sorprendieron por su contraste con la quietud anterior. El sonido de las maquinas era ensordecedor. El rugir de los motores se mezclaba con los gritos de los hombres dando órdenes. El olor a humo y aceite de motor le golpeó y el polvo que impregnaba el ambiente le dio ganas de estornudar. Avanzó lentamente evaluando el avance del trabajo. Parecía que todo iba según el plazo previsto. Todos los árboles habían desaparecido y la gran explanada aparecía limpia. En la esquina más alejada algunos trabajadores eliminaban las últimas piedras y matorrales y nivelaban el terreno. Un hombre con traje y casco blanco se le acercó a la carrera y, cuando estuvo a su lado, le tendió la mano:

- Buenos días, señor Zubeldia- le saludó, nervioso-. No esperábamos verle hoy por aquí.

- Me gusta pasarme de vez en cuando para observar cómo van las cosas- contestó él, con voz firme-. ¿Están encontrando algún problema?

- Ninguno por el momento. Como puede ver estamos terminando de limpiar el terreno y esta misma mañana esperamos empezar a cavar para colocar los primeros pilares. La excavadora debe de estar al llegar.

Los dos quedaron en silencio, observando a los hombres. Un camión cargado de piedras y ramas pasó por su lado, levantando una espesa nube de polvo a su paso. El ingeniero le hizo señas de que se apartase y le siguiese hasta uno de los cobertizos que se alineaban unos metros más adelante. Zubeldia le siguió mientras se sacudía las ropas. Entraron en el cobertizo y cerraron la puerta tras de sí, consiguiendo amortiguar el estruendo del exterior. El ingeniero recogió los planos que abarrotaban la mesa, intentando dar al lugar un aspecto más ordenado y después le invitó a sentarse. Él lo hizo y cogió uno de los planos del montón, dedicándose a observarlo mientras el otro hombre preparaba café para los dos.

Se sentaron uno enfrente del otro y pasaron los siguientes minutos discutiendo sobre la viabilidad de los nuevos cambios que Zubeldia quería hacer en el pueblo para convertirlo en parte del proyecto. El ingeniero tomaba notas mientras él iba explicándole sus ideas. Después empezó a dibujar diferentes bocetos de la plaza.

- Mire, podríamos remodelar la plaza pero manteniendo todo el ambiente rústico, colocando unos bancos de piedra y sustituyendo la fuente por una pequeña glorieta de madera rodeada de jardines- sugirió tímidamente.

- ¿Pero no quedaría la plaza demasiado saturada?

- No, podemos pedir al ayuntamiento que la declare peatonal y habilitar una zona de aparcamiento detrás de las líneas de casas- le explicó mientras seguía dibujando-. De esa manera quedaría también espacio para instalar un par de bares con terraza. ¿Qué le parece?

El ingeniero levantó la cabeza de los papeles, extrañado por el silencio de Zubeldia. Éste estaba quieto, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la puerta, como si escuchase.

- ¿Pasa algo?- le preguntó, extrañado.

- ¿No lo oye?- contestó enfadado. El ingeniero negó con la cabeza-. Las maquinas han parado.

Se levantaron y se dirigieron a la puerta. El silencio era absoluto, no se oían los motores ni los gritos de los trabajadores. El contraste con el estruendo anterior hacía que aquel silencio resultase opresivo. Abrieron la puerta y salieron. Los hombres se habían reunido en círculo al fondo de la explanada. Parecía que observasen con atención algo que había en el suelo. Zubeldia empezó a andar hacía allí, seguido del ingeniero, preguntándose qué podía ser aquello que les llamaba tanto la atención. Uno de los hombres se había separado del grupo y corría hacia ellos. Cuando llegó se dobló durante unos segundos, tratando de recuperar la respiración. Después se irguió de nuevo y señaló hacia el círculo.

- Tienen que venir. Hemos encontrado algo- dijo con la respiración entrecortada.

- ¿Qué es?- preguntó Zubeldia.

No recibió contestación. El hombre había vuelto a correr hacia allí, girando la cabeza cada pocos pasos para ver si lo seguían. Cuando llegó al final de la explanada, ocupó su lugar en el círculo. Zubeldia y el ingeniero le siguieron a paso rápido, intentando vislumbrar lo que observaban. Los hombres rodeaban un agujero en el suelo y murmuraban entre sí. Cuando ellos llegaron, se separaron y les dejaron asomarse.

- ¿Se puede saber qué es lo que miran?- preguntó Zubeldia, molesto.

- No lo sabemos con seguridad- contestó el hombre que había ido a buscarles señalando el fondo del hoyo-, pero creen que puede ser un cuerpo humano.

Zubeldia se asomó más al borde del agujero y examinó el fondo. La tierra removida dejaba ver un viejo trozo de tela estampada con pequeñas flores azules del que sobresalía algo que parecía un largo hueso amarillento.

CAPÍTULO UNO.

Laura se giró, extendiendo su brazo para abrazar el cuerpo dormido de David pero su mano chocó contra una fría pared. La extrañeza la sacó del sueño. ¿Dónde estaba él? ¿Por qué la cama era tan pequeña? Entreabrió los ojos y, a la cegadora luz de la mañana, recorrió con la mirada las estanterías repletas de libros, su escritorio, el sofá en el que estaba tumbada... Se giró para fijar su mirada en el techo, intentando frenar su memoria, no pensar. Había dormido en el estudio, como todas las noches desde hacía dos semanas, pero aún así cada mañana pasaba por el mismo proceso: el desconcierto inicial, la llegada de los recuerdos, el intento de negarlos y, por fin, la sensación de vacío que ya no la abandonaría en todo el día.

Sus movimientos hicieron que Rahu, que había dormido toda la noche entre sus piernas, se despertara y se sentase para observarla con sus enormes pupilas amarillas. Se estiró lánguidamente, clavando las uñas en la manta y después caminó sobre el cuerpo de Laura hasta quedar sentado sobre su pecho. Ella levantó su brazo derecho y le acarició el lomo.

- Al menos tú sigues aquí. Todavía puedo contar con alguien.

El gato se tumbó encima de ella, ronroneando y entrecerrando los ojos. Laura siguió acariciándolo de forma mecánica y el movimiento y el calor hicieron que volviese a quedar adormilada. Se encontraba tan cansada últimamente... Por las noches le era imposible conciliar el sueño, pasaba horas con la vista fija en el techo y la mente perdida en recuerdos que sólo provocaban dolor. Y por la mañana el cansancio y la falta de fuerzas para afrontar otro día parecían encadenarla a la cama.

Abrió de nuevo los ojos y apartó a Rahu para incorporarse. El gato la miró resentido y caminó hasta los pies del sofá para empezar a lamerse. Laura se sentó y se frotó la cara, intentando despejarse. Se levantó torpemente y caminó hasta la ventana para contemplar la calle. El cielo aparecía azul y despejado, con el intenso brillo de los primeros días de Junio. Abrió la ventana y una brisa cálida le acarició la cara. El paseo que quedaba bajo su ventana aparecía lleno de gente que caminaba, hacía footing o descansaba sentada en un banco para contemplar la ría y las gaviotas. Deseó poder cambiarse por cualquiera de ellos, poder sentarse en uno de aquellos bancos a contemplar el paisaje dejando que la mente divagase sin el peligro de que sus pensamientos le hiciesen daño. Volvió a cerrar la ventana y le dio la espalda. El hermoso día contrastaba con las tormentas que se producían en su interior, parecía querer decirle que aún había vida fuera, que debería luchar para empezar de nuevo. Pero ella no quería verlo, no quería empezar nada.

Se acercó a la silla en la que descansaban la mayoría de sus ropas y eligió un pantalón, una camisa y un juego de ropa interior. Al comenzar a vestirse, se planteó cuantos días llevaba sin ducharse y no pudo recordarlo con claridad. Se vistió de todas formas. Las paredes de la casa empezaban a echársele encima, agobiándola. No se veía con fuerzas para pasar allí dentro el tiempo que tardaría en arreglarse. Quizá a la noche, cuando volviese.

Abrió la puerta del estudio, dejándola entornada por si Rahu quería salir a pasear por el resto de la casa. Del resto de habitaciones no salía luz ni sonido alguno. Caminó por el oscuro pasillo, acechada por los recuerdos de las risas compartidas y los momentos felices, que la perseguían como fantasmas. El pasillo se le hizo inmenso. Lo cruzó con la cabeza baja, sin mirar a los lados en los que se abrían las habitaciones llenas de las cosas de los dos, de actividades interrumpidas. Abrió la puerta de la calle y, respirando profundamente para darse fuerzas, salió al descansillo.

Tras cerrar con llave, miró su reloj y, a pesar de que tenía tiempo para ir andando hasta la universidad, decidió coger el coche. No le apetecía caminar en la soleada mañana, cruzarse con gente de aspecto alegre y despreocupado. Entró en el ascensor y utilizó la llave que la llevaba al garaje. Éste estaba lúgubre y vacío, más acorde con su estado de ánimo. Entró en su coche, evitando mirar la plaza de aparcamiento vacía de su lado, y arrancó.

No había demasiado tráfico a esa hora. La mayoría de la gente ya debía estar en su puesto de trabajo desde hacía rato. Se planteó la mañana que le esperaba. Realmente no tenía nada que hacer en la universidad. Las clases ya habían terminado y sus alumnos estaban estudiando para los exámenes finales, así que sería muy difícil que alguno de ellos se acercase hasta su despacho. La antropología no era una asignatura que plantease muchas dudas de última hora, simplemente se trataba de memorizar la teoría. Así que se pasaría toda la mañana sola en el despacho, cambiando una y otra vez los exámenes que había diseñado o conectándose un rato a Internet para curiosear acerca de los últimos avances en su campo. Las perspectivas no eran las más adecuadas para animarla pero al menos aún tenía algo que hacer, algo por lo que levantarse. Temía lo que pasaría a la semana siguiente, cuando los exámenes hubiesen pasado y se le plantease la perspectiva de que hacer con más de tres meses libres por delante.

Llegó a la universidad y aparcó dentro. Salió del coche y caminó hacia el edificio en el que estaba su despacho. El camino asfaltado estaba bordeado de rosales cuyas flores ya abiertas llenaban el ambiente de un suave y dulce aroma. Rosas amarillas, sus favoritas desde siempre. Se permitió una irónica sonrisa. El símbolo de los celos, que apropiado.

Los jardines aparecían llenos de estudiantes tumbados al sol que repasaban a solas o reían en grupos, disfrutando de los primeros rayos de aquel verano adelantado. Laura se paró un segundo para disfrutar del lugar. Las flores, los altos árboles, el verde brillante del césped, el azul radiante del cielo, el sol arrancando destellos en la ría y reflejos dorados en la fachada de titanio del museo Guggenheim. Todo era perfecto pero no logró encontrar eco en su interior.

Siguió caminando y llegó a la entrada. Nada más cruzar la puerta, se sintió reconfortada por la sombra y el frescor de las antiguas piedras. Caminó por los largos pasillos, iluminados por patios interiores abiertos, llenos de flores y palmeras. Al pasar frente a la entrada de la biblioteca, el incesante murmullo le hizo girar la cabeza. Las altas e imponentes escaleras de piedra estaban repletas de estudiantes que habían salido un momento a despejarse. Ése era el lugar de la universidad en el que podía encontrarse más actividad en aquella época del curso. Por un momento pensó en subir, buscar un sitio y sentarse a leer algo para evitar la soledad de su despacho, pero siguió caminando. Sería imposible encontrar un hueco y además tampoco se veía capaz de soportar durante mucho tiempo la compañía de otros seres humanos.

Terminó de recorrer los pasillos de piedra y llegó a la unión con el edificio nuevo. La decoración cambiaba de forma drástica. Materiales modernos, luces indirectas, amplios espacios. Cruzó frente a la cabina de cristal de los bedeles, respondiendo a su saludo con un mecánico movimiento de cabeza y se dirigió a los ascensores. Subió hasta el segundo piso y llegó a la zona de despachos. Al aproximarse a su puerta divisó a un grupo de alumnos que parecían esperarla. Cuando estuvo más cerca reconoció a algunos de ellos. Eran estudiantes de segundo de psicología. Había olvidado que el día anterior había colgado en el panel de notas las calificaciones correspondientes a sus trabajos prácticos. Les saludó y ellos se apartaron para permitirle abrir. Ella entró y se sentó en su mesa, indicándole al más cercano que entrase y cerrase la puerta tras de sí. Tendría que pasar varias horas contestando a las quejas y lloros de aquellos chicos pero, al menos, eso mantendría su cabeza ocupada hasta el final de la mañana.

Cuando el último chico cerró la puerta, Laura se reclinó en el asiento y cerró los ojos, intentando no pensar en nada durante unos minutos. Aquello, que meses atrás habría resultado para ella un simple trámite, se había convertido en una tortura. Le resultaba tan difícil mantener la concentración en lo que le estaban diciendo... Se veía incapaz de entablar una conversación normal y mucho menos de discutir los enrevesados argumentos de aquellos chicos. Había acabado por subir las notas de algunos de ellos sólo porque era incapaz de hilvanar en su mente las argumentaciones necesarias para mantenerse en su postura. Abrió los ojos y suspiró cansada. Imaginaba lo que vendría a continuación. Empezaría a extenderse el rumor de que la profesora de antropología se había vuelto loca y que bastaba insistirla un poco para que te diese la razón. Por la tarde, la puerta de su despacho sería un hervidero.

Abrió su bolso y sacó el móvil. Lo llevaba apagado desde la noche anterior porque no quería que nadie la molestase. Lo encendió y al de pocos segundos le llegó un aviso. Diecisiete llamadas perdidas. Dejó el teléfono sobre la mesa, sabiendo perfectamente de quien eran. El teléfono volvió a sonar. El nombre de David destellaba en la pantalla. ¿Por qué no podía dejarla en paz? Rechazó la llamada, apagó el teléfono y lo metió en su bolso. Salió del despacho y cerró la puerta. Ya había trabajado suficiente por aquella mañana.

Caminó hasta los cuartos de baño y entró en uno de ellos. Al salir, se acercó al lavabo para lavarse las manos. La imagen que le devolvió el espejo confirmó sus peores temores. Totalmente chiflada. Había adelgazado mucho en los últimos días. Siempre había sido delgada pero ahora aparecía demacrada, excesivamente alargada. De la coleta que se había hecho para recoger su corta melena castaña, habían escapado varios mechones, dándole un aspecto desaseado. Intentó rehacerla mientras observaba lo marcados que aparecían sus pómulos, lo pálida que estaba su cara en la que la única nota de color eran los círculos oscuros que rodeaban sus ojos marrones. Su aspecto era vulgar, enfermizo. No aparentaba los treinta y cuatro años que tenía sino muchos más. Se preguntó si haría mucho tiempo que presentaba ese aspecto, si llevaría meses siendo vulgar y poco deseable, si parte de la culpa de lo que había pasado no habría sido suya.

Salió del baño y volvió a bajar en el ascensor. No tenía nada de hambre pero sabía que debería comer algo, así que se dirigió a la cafetería. Cuando abrió la puerta, el sonido de cientos de voces la golpeó. Estaba abarrotada por estudiantes que peleaban en la barra por conseguir un bocadillo. No se sintió con fuerzas para luchar con ellos así que volvió a salir y desanduvo el camino hasta la zona de las máquinas expendedoras. Sacó un café con leche y un paquete de galletas y volvió a su despacho.

La tarde se le hizo eterna. Con cada estudiante que entraba se sentía más cansada, menos capaz. Miró su reloj mientras una chica le repetía una y otra vez lo injusta que estaba siendo con ella. Ya eran las seis de la tarde, no tenía porque seguir aguantando aquello un minuto más. Se levantó y abrió la puerta, invitando a la chica a que abandonase su despacho con un gesto.

- Lo lamento pero la nota es correcta.

La chica la miró sin comprender pero empezó a levantarse. Al llegar a la puerta, se giró y lo intentó por última vez:

- Creo que usted no ha entendido la orientación que le he dado a mi trabajo. Si me permite explicárselo de nuevo...

- No es necesario. Creo que la he entendido a la perfección y no me parece válida. Pero no te preocupes, te queda el examen final. Si sacas buena nota, aún puedes aprobar- le dijo con una sonrisa mientras apoyaba una mano en su espalda para empujarla suavemente hacia la salida.

La chica salió furiosa y se alejó a paso rápido por el pasillo, con la cabeza muy alta y los puños apretados. Otro estudiante intentó entrar pero Laura se interpuso en su camino.

- Lo siento mucho pero las tutorías han terminado por hoy. Si alguien más tiene alguna reclamación que hacer, las atenderé mañana de once a una.

Cerró y se sentó de nuevo, esperando hasta que el murmullo enfadado del otro lado de la puerta desapareció. Suspiró agradecida, no se sentía capaz de soportar aquello un solo minuto más. Por otro lado, se sintió culpable. Aquella tarde, su mal humor había hecho que se mostrase inflexible con sus alumnos, negándose a cambiar una sola décima de su puntuación. Se preguntó cuántos de ellos tendrían razón en sus reivindicaciones, cuán injusta habría sido.

Se levantó de nuevo, se acercó a la puerta, abrió despacio y miró fuera. El pasillo aparecía desierto. Recogió su bolso, lo abrió y sacó su móvil apagado. Lo miró durante unos segundos preguntándose si quería encenderlo. No sabía si el hecho de que él siguiese siendo tan insistente la alegraba o la entristecía, si quería recibir sus llamadas o no. Lo encendió, no serviría de nada no saber. Catorce nuevas llamadas, todas suyas. Como sospechaba, aquello no le produjo ninguna emoción, sólo más cansancio.

Salió de la Universidad, casi vacía a esas horas. Sus pasos resonaron en el suelo de piedra, arrancando ecos a los altos muros, creando la ilusión de una silenciosa compañía. El cielo seguía azul y la brisa era agradable e invitaba a un paseo por la orilla de la ría. Entró en su coche y condujo hacia casa, sufriendo ante la perspectiva de volver a encerrarse en el estudio, de no tener nada que hacer más que pensar, de temer recorrer cualquier otra habitación de la casa por miedo a los recuerdos. Pero tampoco se le ocurrió que otra cosa hacer, no había nada que le apeteciese, nada para lo que le quedasen fuerzas.

Al entrar en el garaje, frenó su coche en seco. La plaza de aparcamiento de David estaba ocupada. Él debía estar en casa, tal vez con la disculpa de haber ido a recoger algunas de sus cosas. Se sintió furiosa. ¿No le había dicho que no quería volver a verle? Primero las llamadas continuas a casa y al móvil y ahora, al ver que ella seguía negándose a que volviese a entrar en su vida, decidía presentarse allí. ¿Es que no se daba cuenta de lo que le dolía su presencia, de lo que lo odiaba?

Giró el coche en redondo y volvió a salir a la carretera. No volvería a casa en unas horas. Él se cansaría y tendría que marcharse, no podría esperarla eternamente. Se planteó adónde ir, dónde podría encontrar un lugar totalmente vacío de recuerdos de su vida pasada. No se le ocurrió ninguno, así que simplemente siguió conduciendo, sin rumbo fijo, intentando huir de él y sabiendo que era imposible porque le llevaba dentro.

Dos golpecitos. Silencio. Otros dos golpecitos. ¿Qué era aquello que intentaba sacarla del sueño? ¿Y por qué algo en su interior le rogaba que no le hiciera caso, que siguiera inconsciente?

Los golpes se repitieron, aún con más insistencia. Laura abrió los ojos y miró alrededor, desorientada. Estaba en su coche y se sentía incapaz de recordar por qué había dormido allí. Al otro lado de la ventanilla un ertzaina le indicaba por señas que bajase la ventanilla. Se frotó los ojos intentando ganar tiempo para aclarar sus pensamientos y pulsó el botón que abría la ventanilla de su lado. El agente se agachó para hablar con ella.

- Buenos días, señora. ¿Algún problema?

- No, ninguno. Decidí parar anoche un momento porque estaba muy cansada. Supongo que me quedé dormida. Lo siento.

- No se preocupe. Siempre es preferible parar a tener un accidente- el hombre la observó de nuevo. Su aspecto no pareció tranquilizarle-. ¿Está segura de que podrá llegar a casa?

- Sí, claro. Ahora mismo estoy un poco desorientada pero en unos minutos estaré bien. Muchas gracias.

El ertzaina se despidió con un gesto de la cabeza y caminó hasta su coche, aparcado unos metros más atrás. Paró al lado de su compañero, que le esperaba apoyado en el capó y, después de intercambiar unas frases, ambos subieron al coche y arrancaron. Al pasar a su lado, el agente que había hablado con ella sacó un brazo por la ventanilla y la saludó. Laura contempló como desaparecían tras la primera curva y después abrió su puerta y salió.

El aire frío del amanecer la despejó. Caminó unos pasos, frotándose los brazos para intentar entrar en calor. El cielo aparecía claro y despejado pero el sol aún no había salido. Se detuvo al borde del acantilado, mirando las olas grises que chocaban contra las piedras, llenando el aire con una lluvia de espuma blanca. El sonido rítmico de las olas y la inmensidad del océano hicieron que lo olvidase todo por unos minutos, que sus problemas se convirtiesen en algo pequeño y lejano que nada tenía que ver con ella. El sol apareció, una esfera incandescente que llenó el mundo de matices anaranjados. Laura cerró los ojos y extendió los brazos, dejando que el aire frío le acariciase la cara y removiese sus ropas, rogando que los rayos del sol la llenasen de su fuerza. Por primera vez en muchos días su ceño se relajó y en sus labios apareció una sonrisa. Se sintió con fuerzas para enfrentarse a su vida, a su soledad. Se giró y caminó de nuevo hacia el coche. Volvería a casa, se daría una ducha y se cambiaría de ropa. Y después, incluso se prepararía un café caliente y podría tomarlo en el salón, delante del ventanal, contemplando como Bilbao volvía a la vida. Nada de seguir prisionera en el estudio. La casa era suya, no tenía porque seguir temiendo a los recuerdos. Siempre había sido una luchadora. Diez días de autocompasión eran más que suficientes. Empezaría con buen pie ese nuevo día, esa nueva vida. Arrancó el coche y condujo de vuelta a casa.

Al abrir la puerta, la oscuridad y el silencio volvieron a sumir su ánimo en la negrura, esfumando en un solo segundo el aroma del mar, el sonido de las olas y el brillo del sol. ¿A quién pretendía engañar? No tenía fuerzas para seguir, no se veía capaz de enfrentarse a nada. Entró en su estudio, el único lugar de la casa que sentía como su refugio, quizá porque en los cuatro años en los que había compartido la casa con David aquel siempre había sido su lugar, su santuario. Rahu se acercó a ella, maullando y restregando la cabeza contra sus piernas. Laura se agachó y le cogió en brazos, acariciando su cabeza. Se sentó en el sofá, con el gato aún en brazos, preguntándose qué hacer, cómo seguir adelante. Todo había parecido tan fácil en el acantilado... Se reclinó en el sofá, buscando esa energía que siempre la había caracterizado, esas ganas de luchar. Pero no estaban. Habían desaparecido, como David, como todos los recuerdos hermosos que habían compartido juntos. Ya sólo quedaba el dolor.

Se levantó con esfuerzo. Se encontraba cansada, enferma. Tenía el cuerpo dolorido por haber pasado toda la noche en el coche. No podía continuar así. Aunque no tuviese fuerzas, debía hacer algo. Necesitaba esa ducha y un buen desayuno y recuperar las horas de sueño perdidas. Si pudiese recuperar esos mínimos hábitos quizá conseguiría pensar con más claridad.

Cogió algo de ropa del montón, se dirigió al cuarto de baño y entró. Se desnudó con rapidez, de espaldas al lavabo en el que aún aparecían ordenadas sus cosas: su espuma de afeitar, su colonia, su cepillo de dientes... Intentó no pensar en los hermanos gemelos de aquellos objetos que aparecían ahora en otro baño, en otra casa que quizá él compartía con otra persona.

Abrió el grifo y se introdujo debajo sin esperar a que el agua se calentara. Un chorro frío golpeó su piel como una descarga pero aguantó, deseando que algo le hiciese reaccionar, que la sacase de aquel mal sueño. Fue enjabonándose mientras el agua se calentaba, cayendo por todos sus miembros doloridos, haciéndole sentir el cansancio en cada uno de sus músculos. Terminó y cerró el agua. Tenía que dormir. No podría aguantar todo el día en la universidad en ese estado.

Se puso la camiseta que había traído y salió del baño. Volvió al estudio y sacó el móvil de su bolso, con el gato rozándose contra sus piernas desnudas. Encendió el teléfono. Más llamadas perdidas. ¿Hasta cuándo iba a durar aquella pesadilla? Marcó el número de la secretaría de la Universidad.

- Universidad de Deusto. Buenos días- contestó una voz femenina al otro lado.

Pensó unos segundos, tratando de reconocer la voz que sonaba al otro lado.

- Ana, soy Laura Ugalde. ¿Podrías hacerme un favor?

- Sí, claro. Dígame.

Laura volvió a quedar en silencio, sin estar del todo segura de que quisiera pasar todo el día alejada de la Universidad, sin nada en lo que pensar. Al fin, el agotamiento pudo más que el miedo y contestó:

- No me encuentro bien esta mañana así que no creo que pueda pasarme por mi despacho. ¿Podrías colgar un papel en la puerta para avisar a los estudiantes de que hoy no habrá tutoría?

- Sí, claro, sin ningún problema.

- Gracias, Ana. Hasta mañana.

- Hasta mañana. Espero que se recupere.

Laura colgó sin decir nada más y se tumbó en el sofá. Rahu saltó sobre ella, maullando. Ella intentó acariciarle pero el gato volvió a saltar al suelo y corrió hacia una esquina en la que siguió maullando desesperado.

- ¿Qué te pasa?- preguntó ella, volviendo a levantarse para andar hacia él.

El gato la miraba fijamente, maullando en voz cada vez más alta. Ella se agachó a su lado y examinó su cuenco de comida.

- No tienes comida ni agua. Pobrecito mío. ¿Cuánto tiempo llevarás así?

Rellenó los dos cuencos y volvió a colocarlos en la esquina. Rahu se lanzó hacia ellos desesperado. Aquello le hizo sentir más culpable que el hecho de no estar rindiendo bien en su trabajo o la posibilidad de haber sido injusta con alguno de sus alumnos. El pobre animal no tenía la culpa de lo que hubiese pasado entre David y ella. Debía cuidar de él aunque no se sintiese capaz de cuidar de sí misma. Al menos aún tenía a alguien que la necesitaba, no debía defraudarle. Le acarició el lomo con suavidad y volvió al sofá. Se tumbó de medio lado observando a Rahu mientras comía y, en unos segundos, se quedó dormida.

Despertó varias horas más tarde. Los rayos del sol entraban con fuerza a través del cristal, calentando la habitación. Laura se levantó del sofá y abrió la ventana. Hacía muchísimo calor allí dentro. El aire que entraba también era cálido, pero al menos sería aire limpio y se llevaría aquel ambiente cargado.

Se agachó para recoger algo de ropa que ponerse y tuvo que apoyarse en una pared para evitar caerse. Se sentía débil, mareada. No podía recordar la fecha de su última comida en condiciones. Moviéndose con cuidado se sentó de nuevo en el sofá para esperar a que el mareo desapareciese. Al cabo de unos segundos se sintió mejor y volvió a levantarse. Iría a la cocina y, aunque no tuviese hambre, se prepararía un buen desayuno: un gran tazón de café con leche y unas tostadas calientes rebosantes de mantequilla y mermelada de melocotón. Salió del estudio y atravesó el oscuro pasillo preguntándose cuándo se encontraría con fuerzas para volver a dejar entrar la luz del sol y la vida al resto de habitaciones de la casa, cuándo podría enfrentarse al reto de recoger todas las cosas que habían pertenecido a David. Intentó imaginarse metiendo en bolsas todas sus ropas, sus libros, sus discos y llamándole para que viniese a recogerlas, para echarle por fin de su vida. No se veía con fuerzas para cerrar la última puerta a la esperanza, todavía no estaba segura de que quisiese de verdad una vida sin David a su lado.

Entró en la cocina y caminó a oscuras hasta la ventana. Levantó la persiana. La luz del sol penetró a raudales, expulsando las sombras, reflejándose en las superficies cromadas de los armarios. Cogió el bote de café de una de las baldas y se dirigió a la cafetera. Extrañada, descubrió que no estaba allí. Se giró y la vio encima de la mesa. Al lado de la cafetera había una taza vacía y un cenicero rebosante de colillas. Aquel rastro de la presencia de David la hirió como un puñetazo en la boca del estomago. Debía haberla esperado durante horas la noche anterior. Se sentó en la misma silla que él había ocupado, intentando tranquilizarse. Le pareció percibir un leve rastro de su aroma en el ambiente y pensó que, si cerraba los ojos, aún podría imaginar que él estaba allí.

Se levantó de la silla, sintiéndose furiosa con él, consigo misma. Así nunca podría superarlo, seguiría torturándose toda la vida. Ni siquiera podía realizar una acción tan simple como desayunar sin que se convirtiese en un castigo. Se dirigió a la puerta de la cocina a grandes zancadas. Se vestiría y buscaría algún bar en el que le sirviesen un desayuno por el que no tuviese que pagar un precio tan alto. Al llegar a la puerta se detuvo y se quedó parada sin saber qué debía hacer. Estaba volviendo a rendirse, un pequeño rastro de su presencia bastaba para echarla de casa, de su casa. No podía continuar huyendo. En algún momento tendría que volver a mirar hacia delante. Si salía de la cocina, tardaría días en volver a encontrar el valor para entrar en cualquiera de las habitaciones. Sabía que cada vez que se rindiera, cada huida, alargaría varios kilómetros el viaje de retorno a la normalidad. Tenía que darse la vuelta y continuar tal y como lo había planeado. No era tan difícil: un vaso de café con leche, unas tostadas. Millones de personas podían hacerlo cada mañana. No podía permitir que una taza vacía y un montón de colillas le impidiesen hacer algo tan sencillo.

Se giró y caminó hacía la nevera para buscar una caja de leche. La abrió y el mal olor la golpeó. La mayoría de la comida que había dentro se había echado a perder. Tendría que tirarla, limpiar la nevera e ir de compras. Aquello estaba resultando mucho más difícil de lo que había pensado en un principio. Volvió a cerrar la nevera y sus ojos tropezaron con una nota, sujeta a la puerta con un imán.

He estado esperándote hasta las tres de la mañana. ¿Por qué sigues escondiéndote de mí? Esto es de locos, Laura. Necesito hablar contigo pero no contestas a mis llamadas ni apareces por casa. Empiezo a estar preocupado. Llámame, por favor, a cualquier hora. Te echo de menos.

David

Laura cogió el papel y volvió a sentarse, con la vista fija en su letra, en sus palabras. Sintió un nudo en la garganta y en el estomago. Los ojos le ardían pero no iba a llorar, no por él. No lo merecía. Y no tenía derecho a decirle que la echaba de menos, ni que estaba preocupado. ¿Por qué no se preocupó antes de hacerle daño?

Los recuerdos volvieron a invadir su memoria, sin freno ni censura. David en el salón, sentado en el sofá con la cabeza agachada, sin atreverse a mirarla mientras le confesaba que le había sido infiel, que acababa de terminar una aventura que había durado meses. Arrugó el papel entre sus manos, sintiéndose furiosa de nuevo, deseando no recordar, no saber.

Tampoco aquella noche había querido saber nada. Se había levantado sin dejarle terminar, incapaz de aguantar un segundo más sus sollozos de arrepentimiento, sus explicaciones. No quería remordimientos, ni promesas de enmienda. Lo único que deseaba era que aquello no hubiese sucedido y eso ni él ni nadie podían concedérselo. Así que le había pedido que recogiese sus cosas y que no estuviese en casa cuando ella regresara y había salido.

No recordaba dónde había estado aquella noche, ni cuánto tiempo había estado conduciendo. Sólo recordaba el brillo de las luces nocturnas de las calles de Bilbao a través de una cortina de lágrimas. Luego había vuelto a una casa en la que él ya no estaba pero que tampoco era ya la suya y había dedicado los diez últimos días a intentar olvidar, a no dejarse vencer por el llanto nunca más.

Fue rompiendo su nota en pedazos pequeños. No iba a llamarle, le había dejado muy claro que no quería volver a verle, que no tenían nada de que hablar. El sonido de su voz, la mirada de sus ojos o una simple sonrisa harían que tuviese que volver a empezar de nuevo el camino hacia el olvido. Y estaba resultando un camino muy duro.

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