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Ocaso Rojo

Ocaso Rojo

22-12-2019

Suspense/thriller novela

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Sin previo aviso la vida de María de la Luz dará un giro inesperado. Sin saberlo se convertirá en el epicentro de una batalla entre la redención y el perdón. La batalla en la cual estará envuelta será feroz, donde la piedad será diluida entre lágrimas y sangre.
El dolor que miro por años en la ciudad donde creció, lo sentirá en carne propia. Sin poder retroceder el tiempo o negar su destino, María de la Luz impaciente tendrá que esperar el desenlace de los acontecimientos a su alrededor.
Todo lo que vivirá María de la Luz será con el único objetivo de atraerla al destino que implícitamente ha tenido desde el momento que llegó al mundo. Al final de su penitencia, encontrará la paz que tanto anhelo.
Adéntrate en el caos donde vive María de la Luz y descubre todos los secretos que acompañan su nacimiento y su posible futuro. 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Parte 1: Tenue luz
Son las cuatro de la tarde y la temperatura en Ciudad Juárez alcanza 40 grados centígrados, algo normal para un mes de mayo. Las pocas personas que deambulan por las calles lo hacen con ropas ligeras y una botella de agua en mano, para mitigar la sed causada por el calor.
   El viento sopla sin fuerza y levanta apenas una cortina de polvo visible en la calle. Ciudad Juárez es un lugar donde la vida aparenta no existir. Aunque las modernidades se ven a simple vista, semáforos nuevos, alumbrado público, calles sin baches y banquetas limpias, no hay casi gente. Casas que están prácticamente nuevas, se encuentran desiertas y ni los animales silvestres quieren estar dentro.
   En la calle, una joven con vestido azul, de pelo negro azabache y una coleta sencilla de peinado, camina pensativa, no pone atención a su alrededor, al existir tan poca gente, puede caminar con despreocupación, difícilmente chocara con alguien.
   Como si fueran un espejismo, a lo lejos se ven autos que vienen de sur a norte. El calor hace ondas y los objetos se ven más lejos de lo que están en verdad. Al acercarse los vehículos, se puede ver que son patrullas con centenares de policías y militares que recorren la ciudad. Los agentes del orden miran con detenimiento a la joven de vestido azul, que cumplirá quince años en unos meses. Los guardianes del orden pasan de largo, al considerar que la chica con piel canela y vestido azul no es un peligro para su integridad física.
   La joven de vestido azul llega a las puertas de una iglesia. Con desgano, sube las escalinatas para ingresar al templo. Curiosa, se queda quieta en los escalones para ver con detenimiento la fachada blanca, la cual tiene pequeños agujeros producidos por balas. Al sentir el fuerte calor quemando su piel, da unos pasos a la derecha para que la sombra de los cedros blancos que hay enfrente de la iglesia la cubran y dejar de sentir el ardor que recorre su cuerpo.
   Con un gran suspiro se arma de valor para entrar al templo. Es sábado y la iglesia está vacía, no hay bautizos, ni ninguna otra celebración. Sin problema encuentra un reclinatorio vacío. Se acomoda y de inmediato se persigna. De la mano derecha, deja caer un rosario, con el cual inicia las plegarias.
   La joven de vestido azul, pasa algunos minutos repitiendo las oraciones que se aprendió para estar en paz con dios, pero el movimiento constante del pie derecho es indicativo que algo la inquieta. Lentamente se desconcentra y olvida lo aprendido hace tiempo. La molestia en el rostro de la joven se empieza a reflejar, cierra los puños y algunas lágrimas caen de sus ojos. En instantes olvida rezar y sólo un sollozar se escucha. El Párroco la ve a lo lejos pero no interviene, conoce los dolores que aquejan a la joven. El hombre de dios da media vuelta y se retira al saber que cura para el dolor que siente no hay.
   Sin previo aviso la joven con lágrimas en el rostro levanta la voz y mirando la imagen de cristo, empieza a vociferar: “¿Por qué lo haces de esta manera? ¿En qué momento te he fallado o hecho algo para que me des este tipo de castigo? ¿Acaso fui tan mala en mi otra vida que me has dado de probar mi propia medicina que en otro tiempo y época di de beber? Quieres que aprenda una lección, no es mejor que vengas y me lo digas de frente y no de esta forma, la cual me hace el odiarte cada día más”.
   Después de ese arranque de ira se silencia y cabizbaja llora. El dolor es grande y de nuevo arremete la joven contra la imagen, que dicen representar la salvación: “Todo está de cabeza en mi mundo, el cual veo bizarro y poco claro, en donde trato de conducirme de la mejor forma, pero no puedo, a cada paso que doy me tropiezo, para tardar días en levantarme y cuando ya lo he hecho, de nuevo tu furia cae sobre mí”. El coraje que consigo lleva la joven es grande y de nuevo arremete en contra de cristo: “En verdad no merezco algo mejor para mí como para mis hermanos, ¿qué tanto te tengo que rezar para que cumplas mi deseo de ser feliz? No te quedes callado, di algo, que se escuche tu voz… Pero qué va, sé que le hablo a la nada, un espacio vacío que debo de llenar con mi imaginación, al final hasta tú, me das la espalda”.
   El enojo que tiene la joven es grande con aquella entidad intangible. El Párroco al escuchar las palabras retumbar por todo el templo de la joven de piel canela, deja de hacer las tareas que realiza para ir a consolarla. El hombre de dios se acerca lo más rápido para platicar, pero antes que pueda llegar a lado de la joven mujer, de nuevo la furia de la jovencita de vestido azul retumba por todo el lugar: “Maldito destino que me has forjado lo odio, en ocasiones me gustaría escupirte en la cara para que sientas la humillación que ahora está en mí. Nunca pedí nacer, fue una elección que jamás me dieron, sólo fui el acto sucio y pecaminoso de dos personas que se dicen maduras”.
   Al escuchar las últimas palabras pronunciadas por la joven de vestido azul, el Párroco levanta la voz para regañar a la chica, a quien llama por su nombre. – María de la Luz, calla y no blasfemes más, no puedo creer lo que escucho de tus labios, eres una joven, que no comprende que Él te ve-. Pero María de la Luz no se inmuta a lo dicho por aquel hombre y como si fuera una mujer con conocimientos, le contestó con tranquilidad. – Si Él viera lo que pasa en este mundo, le aseguro que hace mucho hubiera extinguido a la raza humana. No se engañe Padre, ese ser misterioso y omnipresente no se encuentra entre nosotros, sólo es una bonita creencia para aquellos que le tienen miedo a la muerte.
   El Párroco se queda sin palabras al escuchar a María de la Luz. Por un momento medita que decirle, y con resiliencia encuentra las palabras para contestarle a una mente joven pero a la vez tan madura, pero antes de dar inicio a la respuesta, María de la Luz de nuevo habla. – Es una persona buena, la cual quiere algo mejor para este mundo, pero, aun así lo que dice sólo son palabras que no vienen al caso, usted puede recitar todo su santo libro que supuestamente Él mismo dio, pero sabe que es una mentira. Si Él quisiera algo mejor para mí, desde hace mucho que mi madre estuviera mejor y mi padre no me hubiera abandonado. No ofendo a nadie padre, el día de mañana que este frente a ese ser supremo aclararé las cosas entre él y yo. Ahora sólo déjeme sacar el enojo que dentro de mí hay y no consigo el quitarme así de fácil.
   Sin poder decir palabra alguna el Párroco se aleja de ella, el dolor que en María de la Luz hay es algo que no se puede quitar con simples palabras.
   El mundo donde fue condenada a vivir es cruel, pocas veces se puede disfrutar la felicidad, palabra que fue borrada de su diccionario hace mucho tiempo atrás.
   María de la Luz tarda algunos minutos más en tranquilizarse y al ver que no ha encontrado respuestas a sus plegarias, se levanta para retirarse.
   Al salir de la iglesia el ocaso rojo de la tarde se puede ver en el horizonte. Indecisa en partir del templo, se sienta en las escalinatas de la iglesia, lamentándose de la vida que tiene. Sin tener en que entretenerse mira sus zapatos, tratando de encontrarle algún defecto y se pregunta en voz alta: “¿en verdad podre ser alguien más?”
   Sin tener la respuesta exhala un fuerte suspiro para levantarse he irse a casa, pero antes de tomar rumbo, aquel hombre religiosos la alcanza para decirle apenado. – Discúlpame María de la Luz, no fue mi intensión el molestarte hace un momento y mucho menos el interponerme entre esa pelea entre tú y Él.
   María de la Luz más calmada contesta con voz entrecortada y los ojos llorosos, a las palabras dichas por el hombre con sotana. – Padre sé que usted trata de ser ese hombre inteligente que tanto necesitan otras personas, que ahora están más pérdidas que yo. Pero no quiero ni pretendo, el cuestionar su creencia. Aquello que dije hace unos minutos, no piense que es una ofensa, sólo es mi coraje contenido al no poder hacer algo para poder ayudar a mi familia, quien ahora es destruida, por aquella persona que una vez me dio la vida.
   Al terminar de hablar, María de la Luz se despide del Párroco, para regresar a esa vida insípida a la cual no le encuentra mucho atractivo seguir en ella. Con paso mezquino se dirige a casa, el viento juega con su cabello negro. El sol lentamente se oculta para dejar de bañar con sus rayos, la piel canela de María de la Luz, quien suspira y en momentos se detiene para ver alrededor de ella, pero casi gente en las calles no hay.
   Las pocas personas que se visualizan, pasan junto a María de la Luz sin hacerle caso. Los rostros de hombres y mujeres, es de miedo.
   Aquel viento apacible hace unos momentos, cambia y ruge con fuerza, tratando que María de la Luz se apresure a llegar a casa. La oscuridad se acerca, y con ella los monstruos nocturnos que quieren destruir cualquier esperanza humana.
   María de la Luz levanta la cara al horizonte y ve como lentamente los rayos del sol pierden fuerza hasta casi desaparecer. El reloj que lleva en la mano, marca las 8 de la noche en punto. Sin prisa, el caminar de la joven se hace más lento, en sus ojos hay poca esperanza, la cual se diluye en la desesperación que la invade.
   Sin saber exactamente el cómo, llegó a casa. Por un momento se detiene en la entrada, respira para tranquilizar la mente, para lidiar con lo que adentro se encuentra. Con la mirada recorre la fachada de la casa, la cual está deteriorada, nadie le ha hecho un mantenimiento desde hace años. Y como si fuera entrar a un lugar del cual jamás saldrá, gira la cabeza para ver por última vez el ocaso rojo que le regala la naturaleza.
   Con suavidad María de la Luz pone la llave en la cerradura de la puerta principal, la gira con lentitud. Al notar que la llave no da más vuelta, la quita y termina de abrir la cerradura jalando un cordón, el cual hace que la puerta se abra sin problema alguno. Con lentitud y mucho cuidado de hacer el menor ruido, abre la puerta y con la misma delicadeza la cierra.
   Al escuchar el ruido de la puerta, dos niños de 5 y 8 años de edad se asoman para saber de quién se trata, al ver que es María de la Luz la reciben con cariño. De inmediato le preguntan: “¿A dónde fuiste hermana?” Pero María de la Luz no les hace caso se dirige a la otra habitación la cual tiene una cortina como puerta. En una cama desarreglada está dormida su madre quien aún no despierta. El alcohol que ingirió, hasta altas horas de la madrugada, hace que su sueño se prolongue más allá de las 8 horas normales. De puntillas María de la Luz se retira para hacerle de comer a sus hermanos.
   El reloj que está en una pared marca las 8:30 de la noche, y de esa forma da inicio a los ruidos de detonaciones de armas y sirenas de los cuerpos de emergencia. El ruido de los disparos es estridente y tan nítido que pareciera que en aquella ciudad hay una guerra. El cielo azul oscuro es iluminado por pequeños destellos de balas que son disparadas de un lugar a otro. Helicópteros sobrevuelan a baja altura y los tripulantes, al ver algo sospechoso disparan a matar. Las personas que no encontraron refugio huyen, corren, se tropiezan y son heridas por balas perdidas.
   Los incesantes ruidos de balas que se escuchan en la calle, no cesan todo lo contrario aumentan en intensidad al pasar las horas. Cualquier persona normal al escuchar aquella batalla, haría que se agachara y tuviera miedo. Pero María de la Luz y sus hermanos se han acostumbrado a escuchar y mirar el resultado de la guerra que se suscita en las calles de Ciudad Juárez.
   Al terminar de cenar María de Luz y sus dos hermanos, se dirigen al cuarto donde duermen, para que ella, les lea cuentos y así distraer las mentes de los pequeños, de una guerra, en la cual ninguno de ellos quiere participar. Las manecillas del reloj corren con lentitud, el ambiente dentro de la casa es caluroso, pero María de la Luz no se atreve a abrir las ventanas para hacer que el viento entre a la casa y refresque un poco, así que enciende el aire acondicionado.
   Aunque no hay toque de queda oficial, sabe muy bien María de Luz, que el salir a esas horas, sólo sería para jamás regresar con su familia. Sabiendo el destino que le espera, María de la Luz prefiere mantenerse encerrada bajo ese techo junto a sus hermanos, quienes necesitan de su ayuda.
   Gritos de desesperación se pueden escuchar en las calles. Los rechinidos de los neumáticos de los autos por frenar de súbito, es la constante en aquel lugar donde toda imaginación y sueños buenos, se han diluido entre sangre, desesperación y muerte.
   Al terminar de leer el libro, María de la Luz ve la hora en el reloj, son las 10:21 de la noche. Sin mucho que hacer y siendo temprano para dormir, María de la Luz pone una poco de música vernácula mexicana en la radio, para practicar lo pasos del baile folclórico mexicano que se ha convertido en su pasión. Sus hermanos se quedan admirando los pasos hipnóticos, llenos de tanta alegría y paz. Lentamente los párpados de los pequeños se van cerrando. Con una gran sonrisa en sus rostros se quedan profundamente dormidos.
   María de la Luz al notar que han perdido la lucha con Morfeo sus hermanos, baja el volumen de la música, para mitigar un poco el ruido que proviene de las calles. Se pone su pijama que tiene un estampado que dice: “princesa” escrito en inglés. Antes de meterse debajo de las cobijas va a verificar que todas las puertas y ventanas estén cerradas. Con cuidado se asoma a ver a su madre quien duerme profundamente y en voz baja le dice: «Buenas noches mamá».
   El amanecer llega rápido y los rayos del sol que se cuelan por la cortina de la habitación, hace que despierte María de la Luz, sin ánimos se estira y restriega sus ojos con las manos, antes de levantarse. Es tarde y el estómago gruñe, pide comida. Sus hermanos duermen y sin despertarlos se cambia, enjuaga su cara y se lava las manos, al terminar, se dirigí a la cocina para ver qué hay de comer. Al abrir la alacena no encuentra nada.
   María de la Luz ve en su monedero cuánto dinero tiene, saca cada centavo, al terminarlo de contar nota que es suficiente para comprar huevo y pan. Con los frijoles que aún hay en el refrigerador, sabe que puede hacer un buen desayuno. Ve el reloj el cual marca las 8:30 de la mañana.
    Con temor María de la Luz sale de la casa para ir a la tienda. El poco viento que sopla trae consigo el inconfundible olor a sangre. Se persigna en la entrada de la casa y, con mucho temor se dirige a la tienda, que queda a unas cuantas calles.
   La mirada de María de la Luz es inquieta, ve hacia todos lados para notar algún peligro que haya quedado, después de cruentos enfrentamientos. A unos metros de su casa puede ver aquellas escenas barbáricas que le regala un país en guerra. Cuerpos de hombres y mujeres son amontonados por personas uniformadas. Una tira amarilla impide al paso a la escena del crimen. Los soldados y policías que se encuentran vigilando ríen y fuman cigarros como si no les afectara la escena que a sus espaldas tienen, para ellos parece un juego. Al ver esa imagen María de la Luz desvía la mirada y aprieta el paso para llegar a la tienda que está a unos cuantos metros de aquella escena.
   María de la Luz al entrar a la tienda, pide rápidamente lo que quiere comprar al tendero, al entregarle la mercancía, María de la Luz paga con el dinero exacto. Sin despedirse sale corriendo de la tienda. A paso veloz regresa a casa, entre las miradas lascivas de policías y soldados.
   Al llegar a casa abre la puerta sin delicadeza, y la cierra detrás de ella de manera brusca. Aunque ya ha visto ese tipo de escenarios, no puede acostumbrarse. Respira profundamente para calmar la mente, al tranquilizarse se dirigí a la cocina para hacer el desayuno.
   Su madre con las visibles señales de alcoholismo se levanta y le advierte a su hija: “Espero que el desayuno esté listo al salir de bañarme”. María de la Luz temerosa contesta asintiendo con la cabeza en repitas ocasiones.
   Los pequeños hermanos se levantan somnolientos, pero con el apetito muy despierto. María de la Luz con alegría los recibe y les pide que se laven las manos para que coman. En los platos de los pequeños hay dos huevos, frijoles refritos con queso blanco espolvoreado y un vaso de leche con chocolate, que toman presurosos antes de sentarse. María de la Luz come el desayuno que se preparó en pausas para así tener el plato listo de su madre.
   Pasan unos minutos hasta que la madre de María de la Luz sale de la habitación con ropas que le quedan un poco grandes, y ocultan el cuerpo estilizado que tiene. Sus ojos cafés son resaltados por unas pestañas grandes y naturales. Besa a sus hijos en la frente y sin saludar a María de la Luz le dice: “¿Esta lista la comida?” María de la Luz con temor le pasa el plato para que coma.
   María de la Luz sin despegarse de la estufa sigue preparando una sopa para la comida de la tarde. Su madre la ve detenidamente y le dice de manera poca sutil. – Vas a ir a cantar María de la Luz con el Mariachi el próximo sábado-. María de la Luz no responde al momento, la expresión en el rostro de la joven es clara, no quiere ir y le contesta a su madre con delicadeza para que no se moleste. – No podré, tengo tarea que hacer, pronto llegaran los exámenes finales y necesito aprobar con buenas calificaciones para así tener la oportunidad de entrar a una buena preparatoria el próximo año-. Al escuchar las palabras su madre deja de comer y le contesta. – No entiendes mis palabras María de la Luz, tendrás que ir, no te lo estoy pidiendo, te lo estoy exigiendo. Acaso crees que los pajaritos nos darán de comer.
   María de la Luz se queda callada para buscar las mejores palabras en su mente, para explicar a una madre intolerante lo que quiere para su vida, al encontrarlas después de un silencio largo dice. – Mamá necesito buenas calificaciones para poder cumplir mi sueño de ser una bailarina de baile folclórico-. Su madre se la queda mirándola directamente a los ojos, y con desprecio le dice. – Mira niña tu eres mía y yo digo lo que harás, irás el sábado próximo a la feria y cantarás para que traigas dinero a esta casa.
    María de la Luz sin saber qué hacer para que su madre entienda que quiere un futuro, le contesta con el mismo coraje que en la iglesia tuvo. – Y por qué no vas tu a trabajar, no tengo la necesidad de ir, tu eres mi madre quien debe de procurar a sus hijos. Todos los días te envicias con alcohol, tratando de ahogar tus penas. Escuchando la misma arenga: “que mi padre tiene la culpa y por eso te alcoholizas”. Ya me canse de ser quien demuestre madurez en este lugar. Quiero salir, ser una joven que pueda bailar y cantar en los escenarios, pero antes de hacer eso necesito el prepararme, pero tú no me ayudas en nada. Sólo te la pasas en la cama esperando que mi padre regrese de su eterno viaje; entiende ya no te ama y nos ha dejado en el pasado.
   Fúrica la madre de María de la Luz, cierra los puños sobre la mesa y la golpea en repetidas ocasiones. Sin encontrar la calma contesta las palabras de una joven con mucha madurez. – Tu padre regresara tengo a sus hijos-. Pero sin poder detener el pensar que tiene, María de la Luz arremete en contra de su madre. – En verdad mamá crees que a él le importemos. Hace cuanto que tu marido nos dejó de llamar, o ha mandado una carta. Mi padre sabe a donde vivimos no es tonto, acepta la realidad, él nos dejó, que se te meta en la cabeza. Tu marido ya no nos quiere.
   Encolerizada la madre de María de la Luz se levanta de súbito de la silla. Los pequeños que se encuentran sentados a la mesa, se quedan estupefactos por la conducta de su madre. Y sin un pensamiento claro después de las palabras duras de María de la Luz, la madre se acerca a su hija para darle una bofetada con fuerza. María de la Luz cae al suelo desorientada, y en un momento de poco razonamiento su madre va por un cinturón con el cual empieza a golpearla con frenesí. María de la Luz con las manos trata de protegerse, pero es inútil su madre está dispuesta a descargar sus frustraciones en el cuerpo, de quien ha dicho una verdad incómoda.
   Al notar que la ven sus hijos horrorizados, la madre de María de la Luz se detiene y agitada le dice.  – Te presentaras a cantar niña. Y regresaran con el dinero, si no, tus hermanos sufrirán las consecuencias, ¿lo has entendido niña estúpida?- María de la Luz con lágrimas en el rostro asienta con la cabeza. La madre de María de la Luz se va molesta y se dirige al cuarto para dejar de ver a su hija.
   Con el cuerpo adolorido María de la Luz se pone de pie, se sienta en la primera silla que encuentra, para tratar de encontrar paz. Sus hermanos se acercan con precaución para saber su estado de salud, pero ella con una sonrisa y cariño les dice. – No se preocupen estoy bien-. Desconcertado, el hermano mayor por la reacción violenta de su madre, le pregunta a María de la Luz. – ¿Por qué mamá te trata de esa forma?- María de la Luz al recuperarse le contesta. – Nuestra madre está enferma y lo que me hizo fue por la culpa de esa enfermedad que le ha costado los temblores de sus manos-. Sin querer abundar más en el tema, María de la Luz, les pide a sus hermanos que se vayan a jugar. Al verlos entrar al cuarto la joven se soba con las manos los golpes recibidos.
   El día pasa lentamente y con problemas para hacer los quehaceres María de la Luz sigue la rutina a la cual se ha acostumbrado hacer desde los 11 años de edad.
   Al atardecer cuando ha terminado los deberes, se dirige a la televisión para reproducir un DVD, donde excelsos bailarines interpretan con sus movimientos precisos el Jarabe Tapatío. La mirada de María de la Luz se queda fija en el televisor, ha sido hipnotizada. Cierra los ojos al escuchar el vals, con el cual bailan las parejas del video, y como si estuviera presente en ese lugar, se levanta del asiento y empieza a bailar el vals «De la Emperatriz». Sus hermanos desde la habitación la ven fijamente sin decir nada. La madre al escuchar la pieza, sale del cuarto y mira a su hija moverse con elegancia en un pequeño cuadro imaginario, el cual no traspasa. Al terminar la pieza todos los espectadores se retiran para que María de la Luz no los vea.
   Al llegar la noche los ruidos que consigo trae son audibles. Sin poder hacer algo para mitigar los ruidos María de la Luz, pone de nueva cuenta la radio con música mexicana. Con lentitud los ojos de toda la familia se van cerrando.
   Cuando el alba inicia, se levanta María de la Luz con dolores por todo el cuerpo. Los movimientos rutinarios de todos los días, al principio son lentos y su rostro muestra cómo se siente en realidad. Como puede, pone a calentar un poco de agua para bañarse. Al estar en la ducha con el cuerpo desnudo, se puede ver en la espalda de María de la Luz, moretones que recorren todo su cuerpo. Con dificultad termina de bañarse y de inmediato se pone el uniforme de la escuela. El reloj marcaba las 5:30 de la mañana. Sin poder detenerse a curar las heridas empieza a preparar los alimentos para sus hermanos, quienes no pueden ir a la escuela con el estómago vacío.
   La madre de María de la Luz, desde la puerta de la habitación la mira como prepara todo. En el rostro de la señora se ve rastros de arrepentimiento. Sin permitir que su hija la vea, de nuevo entra al cuarto.
   Al terminar de preparar los alimentos María de la Luz, va directamente a la habitación donde duermen sus hermanos para moverlos con fuerza y que se despierten. Con cariño les habla al odio: “El desayuno está listo pequeños ya levántense”. Pero ellos no hacen caso tienen sueño, apenas son a las 6:30 de la mañana y su entrada es hasta las 8:00. Con somnolencia y después de unos minutos se levantan para bañarse, el agua que ha puesto María de la Luz ya está lista. Al salir de la ducha los niños corren a comer los alimentos que ya están listos en la mesa.
   Al cerciorarse María de la Luz que sus hermanos están comiendo, se dirige con su mamá para despedirse. María de la Luz al ver que ya está despierta la mujer que la golpeó, le pide permiso para entrar a la habitación. Al pasar encuentra a su mamá sentada a la orilla de la cama quien le dice al verla. – Cómo te pareces a ella, si te quitaras los lentes de contacto en verdad podría pasar por su clon-. María de la Luz avergonzada baja la mirada y le informa. – Ya me voy a la escuela-. Sin tener otra cosa que decir, gira sobre su propio eje para salir de la habitación, pero antes de hacerlo le dice a su madre. – No sé a quién te refieres mamá, pero al final sigo siendo tu hija a quien hace casi 15 años le diste la vida en el Distrito Federal.
    María de la Luz desea buen día a sus hermanos y se retira. Con miedo sale a recorrer un camino que es corto para ir a la escuela, pero tan peligroso como cualquier otro de una ciudad convulsionada por la deshumanización. Al llegar a la puerta de entrada de la escuela no hay mucho movimiento, muchos de sus compañeros junto con sus padre decidieron abandonar Ciudad Juárez hace algunos meses, para salvarse del destino que algunos cuantos dicen que es el único que pueden tener dentro de aquel territorio donde el paisaje desértico es dominante.
   Al estar en clase de danza practicando la Morisma de Colima, los pasos de María de la Luz son lentos y algo descoordinados. La profesora le habla al grupo de jóvenes. – Recuerden es importante que sus movimientos sean enfáticos en este baile, con alegría y elegancia-. Pero al ver los movimientos torpes de María de la Luz da un descansó y se acerca a la chica que cojea sin motivo aparente y le pregunta. – ¿Cómo estás María de la Luz?, te veo muy tensa te falta más movilidad, recuerda que en la Morisma de Colima es necesario que tus movimientos sean precisos-. María de la Luz con gestos de dolor asiente con la cabeza y le repite: “Lo hare mejor se lo prometo”. Pero la profesora sabiendo la vida dura de María de la Luz le pregunta de nuevo. – ¿Tu madre de nuevo te golpeó y por eso te cuesta hacer movimientos bruscos?
   María de la Luz no sabe que decir pero sin poder ocultar lo evidente responde afirmando con la cabeza, así que la profesora habla con franqueza. – Y por qué no la denuncias, sé que es malo lo que ahora te digo pero un día ella te matara-. Con desanimo María de la Luz hace del conocimiento de la profesora, que ya ha intentado acudir con las autoridades y repite las palabras que servidores públicos le dijeron, cuando les enseño los golpes que su madre le había propinado: «Con un poco de pomada se te quita no chilles». La maestra sin saber que hacer se queda pensativa para resolver el problema de una de sus mejores alumnas pero antes que ella diga algo María de la Luz habla. – Tal vez ahora que puedo reflexionar y ha pasado el tiempo, lo que le dije a mi mamá, no lo tendría que haber hecho. Es mi madre y la quise juzgar como si tuviera el derecho.
   La profesora sin saber cuáles son las palabras correctas, contesta a lo dicho por la alumna. – Pero lo tienes María de la Luz, ella te tiene que protegerte y no al contrario. Te manda a cantar para que le lleves dinero. A quien le dices madre te expone a que algo malo te pueda pasar-. María de la Luz se queda en silencio no sabe qué decir. Al final de un fuerte suspiro responde, con un sentir que hace mucho está presente en su interior. – Temo a lo que me puedan hacer mi madre, pero aun así trato de darme el valor para continuar con mi pasión, mi destino que me he propuesto desde hace muchos años y volar en los escenarios de todo el mundo, llevando lo que es de mi tierra.
   A la profesora se le forman lágrimas en los ojos, aquellas simples palabras y la actitud de María de la Luz, hace que las emociones salgan a flor de piel. La profesora se acerca a María de la Luz, la abraza con ternura y al oído le susurra: “Es un bonito sueño el que tienes y te aseguro que lo conseguirás sin importar que el mundo esté en tu contra”.
   La profesora se seca con las manos las lágrimas y de nuevo reinicia la clase. María de la Luz con problemas se levanta para ponerse en posición para continuar con las enseñanzas que la volverán la mejor.
   Al terminar las horas de escuela María de la Luz regresa por un camino que la hace temblar. Apresurada, camina sin voltear, la mirada siempre la lleva al frente, agudiza los sentidos. El viento sopla con fuerza, lo cual provoca que una capa fina de arena se levante. María de la Luz cierra un poco los ojos y pone la mano enfrente de ella para poder ver y detener la arena. Entre esa polvareda, ve a un hombre alto de tez blanca, con gorra y lente oscuros, quien se acerca por la misma banqueta por dónde camina. Sé pone nerviosa, cualquier extraño es un potencial peligro para su integridad. María de la Luz reduce la velocidad del paso con el cual se desplaza, para ver cuál es, el siguiente movimiento de aquel hombre. Simula que buscaba algo en la mochila para hacer tiempo y saber con exactitud las intenciones de aquel hombre desconocido. Tensa todos los músculos del cuerpo por si necesita huir lo más rápido posible.
   María de la Luz de reojo ve aquella figura masculina, y en la mente planea porque calles correr, si aquel ser le quiere hacer daño. Mira al alrededor para ver si hay más hombres además de aquel extraño, pero las calles están vacías, pocas personas se ven deambular. Perros en los huesos son los únicos que buscan algo de comida, en una ciudad donde no hay muchos humanos.
   Al acercarse más la persona desconocida, María de la Luz se prepara para correr, pero inesperadamente el hombre se detiene ve a ambos lados de la calle y la cruza para así tomar un camino diferente al de la joven bailarina, quien respira con alivio. Sin perder el tiempo de nuevo aprieta el paso para llegar a casa, en donde se siente relativamente segura.
   Al llegar a casa sus hermanos junto con su madre ya la esperan. María de la Luz con temor saluda a su mamá quien aún no tiene alcohol pasando por sus venas. Sus hermanos felices la saludan al verla llegar y de inmediato le piden ayuda para hacer la tarea de la escuela. María de la Luz se cambia y se vuelve a bañar, el sudor después de clase de danza le hace sentir pegajoso el cuerpo.
   Al terminar de bañarse María de la Luz, se apura para hacer las tareas que le dejaron en la escuela y ayudar a sus hermanos. La madre de familia, no hace nada para ayudar a María de la Luz y simplemente se va a sentar a un sillón viejo, y sin decirle nada se pone a mirar la televisión. María de la Luz la voltea a ver y sin que su madre la observe, la mira detenidamente, las palabras que le dijo por la mañana aún retumban en su cabeza y viéndola trata de averiguar si en verdad ella no se parece a su madre. Con la ayuda del reflejo de una cacerola se mira, y dice en voz baja: “tengo tu pelo y tu piel, ¿qué otra prueba necesitas mamá, para amarme?”
   La semana pasa con altibajos, poco cambia la rutina de María de la Luz. En un país peligroso es necesario siempre tener una rutina establecida para poder sobrevivir.
   El fin de semana llega y con ello la presentación que tendrá que hacer María de la Luz junto al Mariachi, en un pueblo que queda a una hora de distancia. La joven cantante inquieta y temerosa ve el reloj y nota que es tarde, con paso lento va a poner agua para bañarse, alista el traje de charra blanca. María de la Luz camina impaciente por la habitación donde duerme y mira todos los escondites para saber cuánto dinero tiene y así no ir, pero al contar los ahorros, apenas tiene 200 pesos. Truena los dedos en señal de nerviosismo, con respiraciones profundas trata de calmar la mente. Algo dentro de ella le indica que no vaya.
   – ¡El agua para bañarse esta caliente!- Le grita uno de sus hermanos. María de la Luz se sienta en la cama intranquila y como si fuera un mantra para seguir se repite: “¡tienes que hacerlo!” Prepara la ropa interior que se pondrá y sin más opción se mete a bañar. Al salir, su madre se la queda viendo, María de la Luz agacha la mirada, no quiere pelear antes de partir a aquel lugar al cual no quiere ir.
   En la cama ya está lista una blusa blanca de seda que dejo su madre y junto a la prenda, el traje de charra blanca. Al terminar de vestirse inicia con el peinado. Viéndose a un espejo se hace una coleta con el cabello, para ponerse el sombrero blanco que hace juego con el traje charro. Su madre sobria, la mira detenidamente y como si nada le pregunta. – ¿A qué horas vas a tener tu presentación?- María de la Luz trata de buscar las palabras que no la hagan enojar y sin afán de discutir le contesta temerosa. – A las 7 de la noche mamá-. Su madre al escuchar aquellas palabras se retira para que María de la Luz termine de prepararse.
   El reloj marcaba las 5:30 de la tarde. Ataviada María de la Luz, con el traje de charra y sombrero en mano, su madre la ve sorprendida. Los ojos de aquella madre se llenan de orgullo aunque no lo dice abiertamente. Con una pista que pone en la grabadora María de la Luz empieza a cantar enfrente del espejo para así alistar su voz. Los talentos son visibles en la joven, pocas mujer pueden presumir el poder bailar con elegancia y cantar como un ruiseñor al mismo tiempo con eficiencia.
   A las afueras de la casa un auto se escucha llegar y poco tiempo después una compañera del Mariachi toca a la puerta, para saber si está lista. Su madre atiende a aquella señorita que también va vestida con un traje de charra negra.
   María de la Luz algo nerviosa suspira fuerte y se despide de su mamá, pero aquella señora sin señales de alcohol, la sujeta de una de las manos y la lleva en frente de ella y la mira detenidamente. Con algunas lágrimas que se forman en sus ojos, le besa la mejilla y le pide que se cuide que no se exponga a ningún peligro innecesario. Sin poder detenerla más suelta la mano de su primogénita para que se vaya.
   María de la Luz la ve extrañada, la voz que hay dentro de ella le repite una y otra vez que algo está mal. Pero sin hacerle caso al presentimiento toma rumbo junto con el Mariachi a la fiesta de pueblo.


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