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Primer capítulo

Capítulo 1

 

A poco de cumplir los treinta decidí que era hora de empezar a vivir mi vida y abandonar el hogar materno; no fue una decisión provocada por mis ansias de libertad, ni la idílica relación materno filial la que la aplazó.  En realidad fue una cuestión financiera, llevaba más de dos años trabajando de asesora telefónica, teleoperadora, en Hazmecaso Telecomunicaciones y, aunque que el sueldo no era muy grande, mi gestión milimétrica me permitió llegar, en ese período, a unos cuantos miles de euros; pese a que, todo hay que decirlo, aportaba algo a la unidad familiar, no mucho, también hay que decirlo; y pese a que me permitía ciertos caprichos de cuando en vez. No me interesaba en absoluto vestir de temporada y, a parte de ir todos los sábados al cine y salir alguno que otro con las amigas, tampoco tenía mayores gastos. Llevaba una vida bastante cómoda, tanto que llegó a ahogarme; el trabajo no me disgustaba, de hecho hasta me gustaba, reunías un montón de anécdotas y entre unas y otras les dábamos la vuelta y nos partíamos a cuenta de los clientes; ellos hacían otro tanto con nosotras seguramente. Pero de cuando en vez asomaba el fantasma del fracaso y me amargaba. Supuse que era un aviso para que cambiase de vida, una señal; así que un día antes de ir a trabajar fui al banco a preguntar por las hipotecas para saber a qué palacio podía aspirar. Salí fría, con la mitad de mi sueldo hipotecado hasta la jubilación y de palacio nada. A punto estuve de llamar a mi amigo Xan y pedirle asilo político en Londres, donde vivía, pensando en que a lo mejor allí mi futuro profesional podía ser un poco más alentador. Pero no lo hice y no sólo porque me daba vergüenza que siempre me anduviese sacando las castañas del fuego cuando mi vulnerable personalidad se atrancaba; no, también lo hice porque... porque en el fondo me fastidiaba ser vencida por la adversidad, no veía porque tenía que abandonar “mi tierra” por la inconsciencia de la política del “va bien” del pasado. Y yo que sabré, era muy pequeña.

 

En los ochenta del siglo pasado mis abuelos vinieron de la aldea buscando un futuro mejor para sus hijas y para ellos, claro está. Mi abuela pensaba que el futuro de una mujer pasaba por una buena educación y eso siempre fue prioritario para ella; mi madre y mi tía fueron las primeras licenciadas universitarias de la familia; mi tía es directora de una clínica de lujo en Madrid y mi madre trabajaba en un banco desde que terminó la carrera, si quisiera podría ser directiva pero tendría que renunciar a su puesto en el sindicato, y como creo que le gusta más lo de guerrear que lo de denegar préstamos, así le va. Así conoció a mi padre, guerreando. Supongo que se conocerían en una historia de esas que se organizan entre unos y otros; mucho no pregunto, aún recuerdo cuando me dio por preguntarles cómo después de tener a mis hermanos, trillizos, y dada la apurada situación económica que yo suponía que estarían pasando, habían hecho el cálculo para uno y le habían salido tres, me habían tenido a mi a los dos años; se les puso tal cara de lascivia que daba asco y no me quedé a escuchar la respuesta, así que me supongo la celebración de algún éxito político o alguna carallada parecida. La verdad es que si lo que pretendían era evitar que me inmiscuyese en su vida lo consiguieron y mucho más eficazmente que los padres de mis amigas con decirles eso de las cosas de mayores.

 

Vivíamos en casa de mis abuelos, en Monte Alto, hacía tiempo que mi abuelo había fallecido y mi abuela vivía en el bajo donde hacía años tuvo el ultramarinos, aún olía a fruta al entrar; ahora se dedica a vivir la vida y a cuidar las plantas del patio, que da genio verlas. Nosotros vivimos en el primero y María, mi hermana y su novia en el segundo. Mi hermano, Pedro, con la novia en Pontevedra y Oscar en las Canarias, esta temporada, porque está estudiando no sé qué en el Teide, supongo que como vivir como Dios, él dice que es una investigación científica, yo no le creo nada.

 

Cuando hablé de comprar piso, mi abuela empezó a darle vueltas a la idea de irse a la aldea con la bisabuela y dejarme a mi el bajo; pero yo vi demasiado encantados a mis padres y aquel sacrificio empezó a olerme más a control que a amor fraternal. Y muy sutilmente, eso sí, empecé a hacer comparaciones tipo paseo marítimo-caminos de tierra, playa a dos minutos-tener que coger siempre el coche, amigas-bisabuela. Pronto se le desvaneció la imagen bucólica del campo en fin de semana y surgió la de la recogida de patatas a las cuatro de la tarde de su juventud; porque lo de las plantas del patio era por diversión, pero lo de las patatas... Después de todo la aldea estaba a dos horas en coche y podía ir cuando quisiese, y mi bisabuela estaba muy acostumbrada a gobernar.

 

A mi no me gustaba la aldea, no era por la bisabuela, ni por la hierba, ni por las vacas, aunque una me había tirado al suelo una vez; tampoco era por las gallinas, ni por el misterioso zorro que siempre venía cuando yo no estaba vigilando. Era, era, era por lo mismo que no me gustaban las clases de lengua gallega del colegio, era porque... porque me llamo Leire[1]. No, si el nombre es muy bonito, eso me contaba mi madre cuando me enfadaba; pero en cuanto ponía un pie fuera de la puerta y venían los otros niños con lo de “Leira ¿vienes a jugar o tienes vacas pastando?” a mi me crecían los morros cosa fina; mi prima Elena venía a por mi y me decía que no les hiciese caso, entonces yo dejaba de llorar y pasaba de todo, hasta que discutíamos por a quién le tocaba apandar al escondite y volvía a salir el tema agrario; por si fuese poco mi abuela a la mínima me llamaba Leiriña y mis hermanos se lo contaban a los otros y fiesta de nuevo. Afortunadamente mi bisabuela nunca se creyó que ese fuese mi nombre, el día del bautizo pensó que mi padrino le tomaba el pelo y no le preguntó más para que no se riese a su costa; así que para ella soy Nena, alguna vez la pillé estudiando mi nombre escrito en algún libro de clase que les dejaba a los pequeños.

 

Sí, el responsable de mi nombre es mi padrino, el hermano de mi abuela, él y mi bisabuela son mis padrinos. Él no vivía aquí, había emigrado de muy joven a trabajar en los Altos Hornos de Bizkaia y allí vivió siempre, venía en Navidad y un par de semanas en verano, y claro por mi bautizo, claro. Para mi aquel era el hombre más malo del planeta, el causante de todos mis males, dicen que la memoria no puede retroceder mucho más allá de los cuatro años, no lo sé, pero creo que recuerdo perfectamente el día que la voz me dijo “dile hola a tu padrino”. No le dije hola ¡y una mierda le iba a decir hola! ¿hola? ¿que le dijese hola? ¿al gilipollas que se le había ocurrido llamarme Leira? Porque el nombre terminaba en “e” pero la fonética no era el fuerte de aquella gente. Me recuerdo con la cabeza baja, con el hocico hasta el suelo y mirando hacia arriba. Era muy grande, muy alto, levanté algo la cabeza, pero no le daba visto la cara; recuerdo que tenía un parecido peligroso con aquel gigante de color verde que venía en los botes de maíz que me hacía comer mi madre con la ensalada. Además trabajaba en los Altos Hornos, que me habían dicho los niños que era donde el demonio quemaba a las niñas que lloraban. Volví a bajar la cabeza, todos insistían en que le dijese hola, vaya antojo que tenían; anduve todo el día con la cabeza baja cuando él andaba cerca, le conocía los zapatos, los controlaba, parecían apisonadoras. Era Navidad y a los niños nos sentaban juntos en un lado de la mesa para que los mayores pudiesen hablar sin que nos enterásemos de mucho, como nadie se metió conmigo me relajé, me despisté y lo miré a la cara. Pues no parecía tan malo. Él me vio y sonrió, entonces con la vergüenza bajé la vista y di con un lazo negro que llevaba donde mi abuelo ponía un clavel blanco, aquello no podía ser cosa buena. De regalo de Navidad me había traído una caja de madera, como la de los dibujos de piratas; no, si todo cuadraba... traía un cerrojo pequeñito y me dijo algo que en aquel momento me dio igual “cuando seas grande te daré la llave” a mí tanto me daba, si hombre que iba a abrir yo aquello para que me saliese un dragón o, aún peor, un hombre gordo y calvo que me convirtiese en sabe Dios qué. Él se fue al día siguiente con mis padres. Nosotros quedábamos con la bisabuela hasta Reyes, cuando nos vinieron a buscar mis padres hice como que me olvidaba de la caja.

 

¡Nena! – la bisabuela – que se te olvida la caja que te trajo tu padrino.

 

¡Qué se le iba a hacer! La llevaba como si fuese un cargamento de uranio; a Pedro los Reyes le habían traído unos libros de dibujar, a Oscar una bici y a María unos patines en línea... y yo con aquella caja. Sin embargo todos me miraban como si fuese la más afortunada, era porque ellos no sabían como sabía yo que era una caja encantada. Mi madre me la puso en la mesita de noche y cada vez que hacía limpieza se paraba a darle brillo a los apliques de latón haciéndolos brillar como el oro. Acabé acostumbrándome a ella y como en aquel tiempo no había notado desmejoría alguna, ni el acoso a mi nombre había empeorado, tampoco me molestaba tenerla allí. A veces, cuando mi hermana se metía conmigo, la amenazaba con abrirla para que se la comiese el bicho grande que estaba allí escondido.

 

Cuando fuimos a pasar el verano me quedé sola en el piso de arriba, al bajar escuché a la abuela que le decía a mis hermanos que se acordasen de no meterse con mi nombre y menos cuando estuviese mi padrino delante, que ni se les ocurriese. Ella estaba muy seria, los niños callados y muy formales dijeron todos que si. Pero tan pronto como mis padres, la abuela y demás autoridad marchó y quedó sólo la bisabuela, las cosas volvieron a lo de siempre. Un día que estábamos jugando a songoku y lancé una onda vital para dejar KO a Pedro, todos se volvieron en mi contra porque decían que yo era muy pequeña para lanzar ondas vitales, alegué que songoku también era muy pequeño, y la que se armó, cuando empezaron con lo de la “leira”, campo de purín y comida de vacas me eché a llorar y corrí hacia casa, sentado en el porche estaba mi padrino.

 

Hola, Leire – él, sonriendo - ¿qué te pasa? ¿por qué lloras?

 

Yo callada, enfurruñada.

 

[1] En gallego, leira significa terreno de labranza. En gallego,  el diminutivo de leira es leiriña. En gallego el diminutivo de Leire es Leiriña.


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