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Extrañas coincidencias

Extrañas coincidencias

24-05-2016

Suspense/thriller novela

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Urko es un joven universitario que decide abandonar su pueblo natal, Zumaia, para adentrarse en Barcelona. Con el conflicto vasco de fondo, una sucesión de casualidades terminarán por complicarle la existencia. Ni él ni nadie de su entorno podrían imaginar, jamás, un desenlace igual.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Se lo pensó mucho cuando le dieron la oportunidad de instalarse en un piso de estudiantes en Algorta, cerca de la universidad donde estudiaba. Urko Arruti quería dar el paso de salir de Zumaia, pero el apego que sentía por su madre le parecía un obstáculo insalvable. La quería demasiado como para abandonarla así por así. No obstante, por doloroso que fuera alejarse, sabía que era necesario para cumplir con sus sueños. Su objetivo en la vida era perderse en algún recóndito lugar de África para trabajar con los grandes mamíferos que tanto le apasionaban. Antílopes, cebras y felinos componían la colección de sus animales favoritos y ocupaban el cosmos de su universo personal. Estaba dispuesto a dejarlo todo por irse a vivir cerca de ellos. Sin embargo, tras dieciocho años unidos a ella, no podía ahorcar los hábitos de la noche a la mañana.

—A mí me ha gustado el sitio, y las chicas me han parecido muy maduras para  su edad. Creo, además, que ya es hora de que vayan saliendo de casa —dijo Osval, arrancando el coche, tras ver el piso.

Por haber crecido junto a él, Urko le consideraba como su padre. Además, era más sencillo llamarlo así. Odiaba la palabra padrastro. Suponía tener que andar dando explicaciones de la vida de su madre que detestaba, pues en el colegio de hermanos salesianos donde estudió, le habían dejado claro, desde bien pequeño, que una mujer divorciada era algo inusual en el sentido despectivo de la palabra. No se contemplaba la existencia de una unidad familiar que no fuera el matrimonio convencional formado por un hombre y una mujer. Ni si quiera se mencionaban otras posibilidades y a Urko, ser el raro, no le gustaba nada. Eso conllevaba ser menos que los demás, carecer de algo que los demás tenían y no quería ser visto de esa manera por nadie. Tenía complejo de hijo de padres divorciados. Guardaba con celo el motivo de su diferencia y si algún niño se atrevía a preguntarle algo en relación a su padre, no dudaba en soltarle un manotazo o en proferirle cualquier insulto con tal de que cejara en el empeño. Los inofensivos ejercicios de parvulario consistentes en escribir en un papel los nombres del padre, de la madre y de los hermanos, para que después el profesor los leyera en voz alta, le resultaban tortuosos. Lo pasaba francamente mal decidiendo cuál de los dos nombres debía escribir, si el de su padre biológico, al que casi no veía, o el de su padre adoptivo, con el que lo compartía todo. En su mente barajaba, tan rápido como podía, las consecuencias que pudiera tener escribir cada una de las opciones, mientras que su mano infantil trataba de ocultar con recelo el trozo de papel que le habían dado. Pensaba que si ponía Javier, su padre biológico, Osval se sentiría, quizá, traicionado, ya que Beatriz, que, paradójicamente, era profesora en el mismo colegio que su hijo, sería informada enseguida y se lo contaría. Por lo que su traición quedaría al descubierto y pasaría a ser, como una especie de disidente familiar. Y si, por el contrario, escribía Osval, le daría exactamente igual lo que pensara Javier —de todas formas, no se iba a enterar— pero le aterrorizaba el hecho de que alguien le importunara con alguna pregunta incómoda al leer distintos apellidos. “¡No! No pienso ser el hazmerreír de todos”, se decía. En aquel colegio, sin embargo, los valores teóricos que se inculcaban machaconamente y su puesta en práctica, no iban de la mano. De hecho, el que hubiese una mujer divorciada impartiendo clase, no parecía importarles demasiado. Lo que sí parecía importarles era que los niños comprendieran que no había nada malo en ello.

Para ellos un padre era el que te daba el apellido, una madre era la que te paría y un hermano era una persona que tenía los mismos padres que tú. Alguien que viviese en un hogar tradicional, quizá, no se daba cuenta de esos detalles, pero a Urko, que estaba muy sensibilizado con estos temas, los salesianos le resultaban insoportablemente metetes y cotillas.

—Ni hablar, es muy pronto todavía, Osval. A las otras dos sí, pero... ¿Tú le ves

a éste viviendo solo?, ¡si no sabe ni freírse un huevo! Hoy, con dieciocho años,

aún se es un crío. —Beatriz se resistía a que su hijo se marchara de casa.

Urko escuchaba atentamente y en silencio lo que discutían sus padres en los asientos

delanteros del coche. Le daba la razón a Osval, algún día tendría que salir de casa, e irse

a Algorta a vivir podía ser un buen comienzo. Pensaba que no sería tan duro separarse de su madre de lunes a viernes y que sería bueno para que se fuera acostumbrando a su. Ella, sin embargo, estaba nerviosa ante la inminente posibilidad de separarse de él. El tono de preocupación en su voz era perceptible detrás de cada cosa que decía.

Parecía como si le inquietara más el hecho de que fuese Urko quien desapareciera de su tutela, que el hecho de ver que uno de sus hijos se hacía mayor y se marchaba de casa. Dar ese paso suponía dejar en manos del destino, lo que a ella, tanto esfuerzo y energía, le había costado proteger. Beatriz presentía, firmemente, que Urko le iba a dar más de un quebradero de cabeza, que sería capaz, incluso, de enfrentarla consigo misma. Por eso, insinuar que aún no, que aún era pronto para irse de casa, era su manera de aplazar un desenlace que, no obstante, sabía que tenía que ocurrir.

—Lo podemos intentar. Puedo estar allí unos meses para ver si, realmente, es lo

que me conviene y piensa, amá, que volveré a casa cada fin de semana —dijo

Urko, tratando de convencer a su madre—, si, en realidad, tampoco es para tanto, estamos aquí al lado.

Marcharse a vivir a Algorta significaba dejar de pasar más de dos horas diarias de autobús entre llegar a la universidad y volver a casa. Pero el hecho de no haber pasado nunca más de un mes fuera, hacía que todo le resultase desafiante.

—Pues ya puedes espabilar si quieres vivir solo, ¡que parece que estás atontado

todo el día! —contestó Beatriz, cada vez más agitada —¡Que vives en la inopia!

¿Qué vas a hacer con la ropa? ¡Si no sabe ni ponerse una lavadora! —exclamó fuera de sí, dirigiéndose a Osval.

Urko sintió un pinchazo en el corazón cuando vio que el rubor de la cara de su madre daba paso a una sudorosa palidez que le hizo llevarse las manos al pecho, con un gesto de terrible dolor.

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