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Tiovivos para mayores

Tiovivos para mayores

16-09-2015

Romántica novela

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Paula es la hija única del difunto don Sabino Aguirresarobe, filántropo bilbaíno que amasó una gran fortuna en la industria naviera y metalúrgica del país. Tras la muerte de su padre, es su padrino Ignacio de Ayala quien toma el testigo para gestionar el patrimonio familiar. Nada hace presagiar a Paula y a su entorno que el relevo gerencial supondrá el inicio de una actividad paralela turbia y oscura. Hasta que aparece Gaspar, un joven y atípico policía aficionado a la música electrónica.

Desde el momento en que se cruzan sus vidas, se suceden multitud de aventuras que intensifican la mágica relación entre ambos, al tiempo que les enfrenta a innumerables riesgos en una trama llena de mentiras y chantajes.

La pasión con la que los dos jóvenes sobreviven en un entorno aderezado por el glamour, las drogas y la mafia, hace que la historia de Paula y Gaspar discurra a un ritmo trepidante.

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Primer capítulo

Capítulo I

¿Quién será él, quién será?

La cabeza le daba vueltas como un tiovivo. Pero un tiovivo extremo, de los de parque de atracciones, de los de dar miedo. No como el tiovivo con caballitos del parque de los patos.
Sin duda había sido una gran noche. Todavía conservaba la postura del pilates; boca arriba, en el borde de la cama y con la pierna y brazo derechos extendidos asegurando tocar tierra firme. Sólo así pudo evitar una catástrofe la noche anterior, como vomitar la moqueta aterciopelada de su habitación. Moqueta que su madre había elegido con mucho cariño. Una moqueta que con el precio de un solo metro cuadrado habría bastado para un mes entero de salidas nocturnas de total desenfreno. De las que últimamente acostumbraba a practicar. Y tirando de tarjeta visa ilimitada, cómo no.
Detrás de esa apariencia angelical, con un halo de inocencia genuina, se escondía una jovencita capaz de revolucionar una sala entera de machos cabríos, fuera cual fuera su pelaje y hábitat natural. Durante los últimos cinco días de las fiestas de Aste Nagusia, la Semana Grande bilbaína, había conseguido hechizar a razas tan dispares como los nostálgicos punkis contemporáneos, en aquel concierto de la sala Bilborock; la cuadrilla de cuarentones que libraron una noche de cuidado familiar, gracias al partido de su Athletic; o los agitados fiesteros que la noche anterior la llevaron a aquella rave inmunda, donde las paredes sudaban como las fisuras de un barco a punto de naufragar.
Poco a poco, y sin realizar movimientos bruscos que sacudieran su debilitada agudeza mental, adivinó a alcanzar la botella de agua reposada en la mesilla de noche. Al parecer, entre tanto desequilibrio, la noche anterior tuvo el acierto de llenar un botellín de agua y acercarlo a la cama antes de enfrentarse al vaivén de las olas. Lástima que no hubiera optado también por cambiarse la ropa antes de desmayarse sobre el firme colchón. Los litros de kalimotxo derramados en sus leggins se habían convertido ya en cemento armado. Da igual – pensó – seguro que Adeline sabrá cómo arreglarlo.
Adeline era el ama de llaves, que acompañaba a su madre desde hacía ya veinte años. En un principio no era más que la niñera, contratada con el cometido de criar a la niña en el idioma del futuro, por aquél entonces, el inglés. Un inglés británico que Adeline se esforzó en transmitir con suma perfección a la pequeña Paula. Lo había aprendido en Inglaterra, en un barrio a las afueras de Londres, donde nació y vivió hasta los veinticinco años. Fue vocalista de un grupo britpop, que llegó a ser telonero de bandas como Blur o Primal Scream. Con el tiempo, y tras una época dorada, llegó el desencanto y las ganas de llevar una vida más ordenada y alejada del barullo. Conoció al bajista de un grupo de música del País Vasco, del entonces conocido como Rock Radical Vasco, y sin pensárselo dos veces escapó de los suburbios londinenses donde vivía para asentarse en un pueblecito de la costa vizcaína llamado Arminza. Allí pasó dos años de su vida, en un caserío con vistas privilegiadas al mar, con su pequeña huerta y sus gallinas camperas. Sin embargo, las largas giras musicales de su novio Iván, y la vida desenfrenada del grupo, hicieron desvanecer en ella la ilusión de vivir junto a un rockero. Un rockero idealista, y fiel, pero con una filosofía de vida ciertamente inestable. No quería ser la novia servil de un trotamundos.
Por eso, cuando por pura casualidad se enteró de que una de las familias más poderosas de Vizcaya, la familia Aguirresarobe, buscaba los servicios de una au pair con excelente nivel de inglés y capacitación para inculcar una educación británica, no dudó en maquillar su CV e inventarse varias cartas de recomendación que a la postre sirvieron para obtener el trabajo. Básicamente, lo que buscaba la familia consistía no tanto en cultivar la mente de la niña y enriquecerla con vastos conocimientos - para eso ya estaban sus profes particulares - sino que debía esforzarse en desarrollar su carácter. Ese carácter propio de una clase aristocrática cuya superioridad moral debía ser instintivamente reconocida y aceptada por las clases más humildes. Evidentemente, y gracias a dios, Adeline consiguió interiorizar en Paula una apertura mental que difícilmente habría sido capaz de imaginar su madre años atrás. Esa influencia de Adeline se hizo notar en el carácter desenfadado de Paula, inusual en el entorno de la familia y sus círculos linajudos.
Una vez que Paula se hizo mayor, cuando siendo una señorita su madre pensó que sería apropiado enviarla dos años al colegio internado Annie Wright de Washington para que hiciera el bachillerato, Adeline pensó que su tiempo en la casa de los Aguirresarobe había llegado a su fin. Pero en lugar de eso, la madre de Paula le dio las riendas de la casa aprovechando la jubilación, anticipada y acelerada, del anterior mayordomo. Un mayordomo que diligentemente había organizado y ordenado durante años las tareas del hogar. Tareas acometidas principalmente por un jardinero, una cocinera y una asistenta. Tras haber hecho de niñera durante tantos años, y llegar a un nivel de confianza mayor que cualquiera del resto de los empleados con la señora de la casa, Adeline sintió que no había mejor regalo en el mundo que permanecer al mando del casoplón y aguardar, con mucha paciencia, la vuelta a casa de su niña mimada. Todavía podría disfrutar de su compañía en los últimos años de adolescencia, antes de que conociera a algún apuesto joven con el que viviría y crearía su propia familia.
- ¡Paula! - Toc, toc, toc. - ¡Paula! Son más de las doce. Tu madre está al caer. Quítate la ropa y date un chapuzón para despejarte. Mejor aún, tírate vestida y después pégate una buena ducha. A la una salís hacia el banquete.
- Ya voy, ya voy… - Mierda. Aquella no era una resaca más. Era la resaca. Y encima era el día de la dichosa comida anual. El banquete que año tras año aglutinaba a las familias más adineradas de la provincia. El banquete para rememorar la pérdida del filántropo más querido de los últimos tiempos. Su padre. Don Sabino Aguirresarobe.
Abrió la puerta, y tras un intento fallido por besar la mejilla de Adeline, que se apartó por el pestazo que desprendía y casi le hace caer de morros, se dirigió directa escaleras abajo. Dirección a la piscina.
Se mojó los pies, en un intento por medir la temperatura del agua, y se quedó en ropa interior. Sin pensárselo dos veces, y como había sido habitual durante las cálidas mañanas de verano – en las que acusaba las consecuencias de la noche anterior – se tiró de cabeza para quitarse la galbana. Tras un buceo tranquilo, holgazán, llegó a mitad de la piscina y se quedó un minuto haciendo el muerto. Reflexionando. Recordando los últimos compases de la noche anterior. Mejor dicho, del amanecer anterior.
¿De dónde habría salido ese tío tan embelesador? Era como una especie de seductor nato, pero ingenuo, sin ser consciente de la atracción que genera en las chicas. O al menos en ella.
¿Cómo se llamaba? Mmmm… Era un nombre raro, eso seguro. No pudo evitar reírse cuando se lo mencionó. Mierda. Otra vez, mierda. ¡Cómo pudo olvidarlo! El único tío que en el último año y medio había suscitado en ella cierto interés. Desde su vuelta de Washington y durante todo el primer año de universidad, había tonteado con un chico de su clase. Uno que sin duda contaría con el beneplácito de su madre, ya que era el hijo único de una familia de alta alcurnia, con la que su madre compartía tardes de sosiego en el club de golf. Sin embargo, la cosa no iba todo lo bien que debería. Borja, el susodicho, era un chico atento, que la trataba como se merecía, al menos según el patrón de pareja establecido en su biosfera. Que si te paso a recoger con el coche, te llevo a dar una vuelta en mi barco, te enseño a montar a caballo, te ayudo en tus clases de golf… Te, te, te.
No, no era lo que Paula quería. No le apetecía que su novio le guiara allá donde fuera. No estaba dispuesta a que sus planes de ocio estuvieran sujetos a la aquiescencia de su novio, o lo que es peor, la planificación escrupulosa que seguía con total dedicación y detalle, eso sí, con las mejores intenciones. Si es que salvo para ir de compras, ¡su tiempo libre estaba marcado por los planes que buenamente su novio le organizaba!
Total, que la cosa se había enfriado un poco. Sobre todo en verano, cuando las fiestas de los pueblos abrían un abanico tan grande de oportunidades. Y sobre todo, si salía con su amiga Amate. Buah, qué noches. Interminables, inolvidables. Bueno, sí. Al menos por las mañanas, cuando la resaca les impedía recordar cómo habían llegado a casa. Sólo tras la clásica llamada del día siguiente, y darle vueltas a lo ocurrido durante la noche, se conformaban con adivinar la mitad de las cosas que habían vivido. La mitad de los chicos con los que habían estado.
Pero aquella vez era distinto. Ese tío le gustó. Le gustó de verdad. Tenía que llamar a Amate. Tenía que averiguar su nombre. Ya lo encontraría por Facebook. Seguro.
Con una pirueta de buceo hacia atrás, torpemente ejecutada y sin poder evitar que le entrara agua por la nariz, tomó el camino hacia la escalerilla y salió de la piscina para volver volando a su habitación. Como siempre, dejando a su paso un reguero incesante de agua que Adeline se encargaría de secar.
- ¿Quién es? No me parecen horas de llamar así que más vale que…
- Amate, soy yo, Paula. Deja de refunfuñar y despierta que ya son horas. Pero despierta del todo. Igual tienes que hacer memoria.
- A ver, qué pasa. ¿Perdiste algo ayer? ¿Móvil, cartera? Seguro que alguien se habrá aprovechado de tu inestimable benevolencia.
- Calla. No, no es eso. ¿Te acuerdas ayer? ¿Cuando me llevaste a la fiesta del pabellón aquél? - Silencio. No hay respuesta por parte de Amate. – Te acuerdas o qué.
- ¡Que sí que sí! Me acuerdo. Claro que me acuerdo. Qué pasó. ¿No te gustó? Fue increíble, ¿verdad? Después de tanto tiempo pensé que nunca volvería a ver a Íñigo. Estaba tan guapo, tan majo…
- ¿Te acuerdas que estuve un rato hablando con un chico alto? Un tío moreno, fuerte, ojos verdes-grisáceos.
- ¿Pero tú qué te crees? ¿Que cuando estoy dándome el lote con un antiguo amor de verano estoy mirando de reojo tus avances de conquista? Pues no, por supuesto que no me acuerdo. Ni idea.
- Joder. Mal, ¡muy mal! Tengo que averiguar su nombre como sea. ¡Como sea! Ese tío tenía algo que… no sé, algo que…
- Que te puso bruta.
- ¡Amate! Qué bestia eres. No sé cómo encajamos tan bien tú y yo.
- ¿Ah, no? ¿Y eso qué significa? ¿Será que a ti te falta chicha y a mí sutileza?
- Algo así, sí… En fin, que no me has ayudado nada. ¿De verdad que no te fijaste? ¿No hay forma de saber quién era?
- Vamos a ver. Alto, moreno, ojos verdes… No me viene a la cabeza. Desde luego no es ninguno de la cuadrilla. Ni de sus pegados. ¡Espera! Ayer el primero de los Djs era el primo de Íñigo, el de Londres. El que se fue hace ya cinco años y no venía desde entonces. Parece ser que las cosas no le han ido bien por allí. Por lo que me dices, podría ser él. Pero olvídate, no le interesan las mujeres.
- ¡Por qué! ¿Por qué no le gustan las mujeres? ¿Es gay? ¡No me digas eso!
- Espera, espera. Yo no he dicho que no le gusten las mujeres. Es que no le interesan, al menos ahora. Creo que perdió a una novia en algún accidente o algún rollo así… Le dejó tocado. Algo chungo.
- ¿Nombre?
- Te vas a morir de la risa. Gaspar. Se llama Gaspar.
- Gracias Amate. Gracias, gracias. Te dejo. Hablamos.
- ¡Espera! ¿Por qué te ha dado tan fuerte por este chico? - Al otro lado la línea se había cortado hacía rato. Paula estaba tecleando su contraseña del Facebook.

* * *

Las 6.30h de la mañana. Un tugurio atestado de jóvenes desencajados, la mayoría varones, se agolpaban alrededor de una mesa de mezclas que hacía sonar melodías, ritmos, golpes contra el buen gusto, a más de 110 decibelios. Más de lo permitido. Sobre todo en aquel extraño lugar. Un hangar que en sus días, durante el primer cuarto de siglo XX, sirvió para almacenar toda la mercancía procedente de Inglaterra y resto de Europa, transportada por la flota de buques mercantes de Aznar y Sota. Con los años, se había convertido en un hervidero de ratas, algún que otro sintecho ocasional, y múltiples fiestas clandestinas donde los chavales se desfogaban campando a sus anchas y sin ninguna preocupación por mantener la compostura y el decoro que los pubs de la ciudad de Bilbao obligaban a profesar.
Ahí estaba él. Como pez en el agua. Con sus tapones de farmacia para evitar que se le rompieran los tímpanos. Conocía varios casos de amigos, o más bien conocidos, que habían perdido su tímpano de golpe y porrazo, por la gracia de asistir a una rave en la que el “promotor”, por llamarlo de alguna manera, se había pasado de la raya con los decibelios. Recuerda con especial repulsión aquella vez en la que trató de gritarle algo al oído a Steven, el chico irlandés con el que compartió durante semanas su habitación en la calle londinense de Bricklane, también conocida como BanglaTown, ya que es el corazón de la comunidad blangladesí de la ciudad. Un cuchitril en el que las cucarachas hacían acto de presencia cada vez que la temperatura subía más de lo normal.
El caso es que en aquella fiesta, se giró hacia Steven para gritarle alguna chorrada al oído. Seguro que nada tenía que ver con alguna chica, porque en aquellos eventos la presencia femenina brillaba por su ausencia. Seguramente le querría comentar que aquél era el mejor fiestón en el que había estado, el Dj más cañero que había conocido, o cualquier otra fantochada similar. Pues resulta que cuando en pleno apogeo pegó su nariz a la oreja del buen irlandés, ese pelirrojo con pinta de buen chaval y el rostro lleno de pecas, se llevó un desagradable susto. Notó cómo si algo gelatinoso le hiciera resbalar sobre su escuálido papo. Como si estuviera untándole crema solar con la nariz. En ese instante, torció el gesto, y al mirar la carucha de Steven, comprendió que algo no iba bien. De su oreja caía un hilito de fluido claro, amarillento y apenas teñido de sangre. Al muy pancho se le había roto el tímpano y el tío ni inmutarse. En fin, cosas que pasan.
Por eso en esta ocasión, y aunque alguno que otro le mirara como si fuera un auténtico guay de Missouri, Gaspar había decidido plantarse esos tapones que le protegían de lesiones auditivas y le permitían mantener la guardia alta. Ninguno de los presentes se imaginaba que bajo su chupa de cuero marrón, de cuero y no de poliuretano como había visto proliferar desde su llegada a Bilbao, se escondía un revolver USP Compact 9mm.

* * *

Contraseña, tecleo de siete caracteres, A-d-e-l-i-n-e. Intro. Iniciando sesión. Dentro. Página de inicio del perfil Paula VipTrip.
Cuando tres años antes creó su cuenta de Facebook, Paula se dijo que únicamente compartiría su información personal con amigos que lo fueran de verdad. Con aquellos que supieran que detrás de ese Nick se encontraba ella. Nada de solicitudes de amistad de viejos conocidos. O cotillas trasnochados adictos a las redes sociales. No, de ninguna manera. Su cuenta sería un código oculto. Y como la cuenta se abrió a las puertas de un trepidante viaje a los EEUU, no se le ocurrió mejor manera que llamarla así, aunque pudiera sonar cursi: Paula VipTrip. Lo de la contraseña ya era algo habitual. Dado que durante su infancia y pubertad Adeline había sido lo más parecido a una hermana, o una mejor amiga con la que compartir sus secretos y amoríos, siempre utilizaba esa misma contraseña. Jamás se le olvidaría. La había utilizado en el Windows Messenger, otrora principal medio de ligoteo cuando no existían ni tuenti, ni facebook, ni otros medios interactivos similares. También la había utilizado en las claves de la biblioteca virtual del colegio y en la suscripción a la revista de moda Telva, cuyas cuotas pagaba su madre como premio por las cuatro matrículas de honor de Paula en su cuarto curso de la ESO.
Facebook. Paula sólo era de Facebook. Tuenti le parecía para chiquillos, y a ella siempre le habían gustado los chicos mayores. Por lo general, pasaba de los tíos de su edad. Salvo de Borja, que haciendo alarde de un encomiable instinto para la adulación, tardó menos de tres meses en conquistar el preciado tiempo de Paula, no así su corazón. En realidad, Borja nunca la enamoró, o por el momento no había llegado a hacerlo. Pero resulta difícil esquivar por mucho tiempo al chico con mayor atractivo de la Universidad. Así que casi por inercia, habían terminado convirtiéndose en novios. Y a los veinte, un novio ya sonaba como algo serio, no como un amor de verano. Capitán del equipo de basket y delegado del primer curso por votación popular, Borja tenía una habilidad especial para liderar al grupo de gallitos de la clase, mientras se ganaba también la amistad de distintos clanes como el de los empollones, los frikis, e incluso los porretas, que alguno había.
Con las chicas siempre había sido el objeto de deseo, el bocado de la reina. Como no era uno de esos chicos a los que les gustaba ligar, le pusieron el sambenito de soltero de oro, dispuesto a abrir su inmaculado corazón únicamente a aquella joven dama que realmente lo mereciera. Quizás por eso atraía principalmente a las chicas más conservadoras, las menos aprestadas a la lujuria, al menos en apariencia. Y desde luego, Paula no daba ese perfil. Tampoco era una de esas chicas a las que les gustaba tirarse al primero que conocieran, pero desde luego no se veía con edad para pensar en un novio que ocupara su corazón desde ahora y para toda la vida.
Por el contrario, Borja no compartía esa visión. O eso parecía. El simbolito rojo de notificaciones de Facebook volvía a la carga. Tres mensajes sin leer de Borja Murua de Vicuña. Qué pesadito se ponía a veces...
Ahora no. Ahora era el momento de Gaspar. Ya leería los mensajes de Borja más tarde. Ahora tenía que descubrir quién era ese tío que había despertado en ella tanta curiosidad. Además, no le quedaba tiempo. En media hora tendría a su madre engalanada con sus mejores joyas para acudir al dichoso banquete, el evento del año, y Paula tendría que mostrar la mejor de sus sonrisas para satisfacer los deseos de melancolía y nostalgia que en su madre despertaba aquel histriónico sarao. En el resto de los invitados, y salvo alguna que otra excepción, lo único que suscitaba ese acto conmemorativo a la figura de su padre era la posibilidad de establecer contacto directo con algunos de los hombres de negocios más importantes de todo el país. Pereza, mucha pereza. Paula tendría que actuar como la mismísima Carlota Grimaldi, en la que muchos veían su viva imagen.
Facebook. Click. “Busca lugares, personas y cosas”. G-a-s-p-a-r. Click. Con suerte encontraría al chico que buscaba. Con ese nombre tan raro, y siendo de Bilbao, por mucho que hubiera pasado tanto tiempo en Londres, seguro que aparecía en su filtro de búsqueda. Seguro que tenían amigos en común. Aunque tal vez fuera mayor que ella. Seguro que era mayor que ella. Su figura la noche anterior, su sola presencia y sus movimientos, no podían ser de un chico de su edad. Le sacaría como poco unos diez años. Daba igual, seguro que aparecía. Gaspar García, Gaspar Villar, Gasparcito… así hasta siete Gaspar. Todos ellos tenían algún conocido en común con Paula. Sin embargo, sólo el primero de ellos era de Bilbao y alrededores. Gaspar García. Click. Foto de perfil: un amanecer y sin imagen del susodicho… Más fotos de perfil: un chico con peinado a lo pincho y gafas de mosca, que cubrían la mitad de su cara, seguramente para ocultar los defectos de una apariencia poco agraciada. Y con granos en la cara… Agua. Aquél no era Gaspar. Al menos, no su Gaspar.
¿Cómo podía ser? ¿Acaso no tenía cuenta de facebook? ¿En serio? No podía ser. ¿Pero qué me estás contando? Si hoy en día no existía nadie que no la tuviera. El principal medio de ligoteo que existía. En facebook no pasaba nada por echar los trastos a alguno, si no recogía el guante, resultaba que había malinterpretado tu mensaje. Aquí paz y después gloria. ¿Sería un tío raro?
Bueno - se dijo - es posible que por temas de trabajo no quisiera airear su vida privada. O que fuera un tío con actividades… ¿delictivas? Qué emoción. Se moría de ganas por averiguar de quién se trataba. Y de paso, recordar lo que habían hablado la noche anterior. Porque sólo habían hablado un par de minutos en la barra, ¿verdad? Qué intriga. Tenía que averiguarlo.
-¿Paula? ¿Estás ahí? Estarás vestida ya, imagino. Te espero en el salón. Baja de tu habitación que yo aviso a Román para que nos recoja. ¡Y date prisa!
- ¡Ya voy mamá! Estoy lista, cinco minutos.
Para ese momento Román, el jardinero, estaba camino a su habitación para recoger las llaves del Jaguar XF, premio al mejor coche de lujo 2009, conocido como el ‘Fleet World Honours’ 2009. Su madre lo había elegido expresamente con la inestimable ayuda de su hermano menor, Ignacio de Ayala, gestor del patrimonio de su hermana Mª Cristina, eterna viuda de Don Sabino Aguirresarobe. Aquel coche fácilmente podría suponer el sueldo de una década de trabajo de cualquier mileurista.
Desde el año 2002, tras la trágica pérdida del señor de la casa y uno de los mejores hombres de negocios que se recuerda en el sur de Europa, se acometieron una serie de leves recortes en la gestión de la casa Aguirresarobe. Mª Cristina y Paula pasaron a ser las herederas únicas del gran patrimonio de Don Sabino, pero ni la viuda ni la pequeña podían hacerse cargo de semejante responsabilidad. Por eso, Mª Cristina pensó en su propio hermano, y mejor apoyo de la familia, para que administrara su patrimonio. Se da la circunstancia de que Ignacio de Ayala había sido el mejor amigo de Don Sabino en vida, y era además el padrino de Paula.
Fue entonces, cuando Don Ignacio se hizo cargo de los asuntos económicos de la familia, cuando se inició una desinversión progresiva en las empresas navieras y metalúrgicas en las que Don Sabino había forjado la mayor parte de su fortuna, y se hicieron con un parque inmobiliario capaz de asustar a la mismísima aristocracia española. Y al mismo tiempo, se fueron mitigando los gestos de ostentación que en los últimos años había ido adoptando su querido y espléndido amigo Don Sabino. Entre ellos, Don Ignacio decidió que no sería necesario tener en plantilla, entre los empleados del hogar, a un mayordomo a punto de jubilarse, a un patrón de barco que dejaría de hacerse cargo del yate de gran eslora que se había apresurado en vender, y a un chófer cuyas salidas se limitarían a la misa de los domingos y alguna que otra visita al club de golf. El trabajo de este chófer sería perfectamente asumible por el jardinero Román, que además de mostrar una actitud impecable durante el tiempo que llevaba con los Aguirresarobe, había forjado cierta complicidad con Mª Cristina, que en varias ocasiones, tras la muerte de su marido, había maldecido su avanzada edad en comparación con la del joven. Y es que Román tenía poco más de cuarenta años, mientras que ella estaba más próxima a los sesenta. De hecho, muy próxima a los sesenta. Desafortunadamente, había tenido a Paula con avanzada edad, sobre todo para aquella época.
- ¡Paula! No tenemos todo el día. Un minuto y salimos.
Para entonces, y a pesar de haber transcurrido apenas cinco minutos, a Paula le había dado tiempo a vestirse, plancharse rápidamente su rubia melena, y apenas maquillarse unos rápidos trazos de rímel y pintalabios de color rojo rubí. A su madre no le gustaba ese color, porque Paula era de tez morena, y decía que sólo daba resultado en pieles más pálidas. Pero a ella le gustaba. Y vaya si le funcionaba. Estaba radiante, espectacular. Cualquiera de los asistentes al banquete pensaría que llevaba toda la mañana delante del espejo, después de una noche tranquila acompañada de un buen libro o alguna película en compañía de su madre en versión original.
- Deberías ponerte unos tacones más altos Paula.
- ¿Tú crees? A mí me gustan los chicos bajitos mamá, como aita. Si les supero en altura se sienten incómodos, no se acercan a mí.
Su madre siempre le hacía el mismo comentario. A Paula le hacía gracia.
- Pero si apenas llegas al metro sesenta. Desde luego no has heredado mi altura, en eso saliste a tu padre. Espero que el resto sí lo hayas heredado de mí. Cuando me dicen que al verte les recuerdas a mí cuando era joven… No sabes lo feliz que me hace. Estás hecha una señorita.
- Gracias mamá. Para mí también es un cumplido. Jamás quites las fotos de la cocina. Las de aquel verano en la playa de La Concha, donde apareces con el traje de baño azul. – Lástima que hubieran pasado ya más de treinta años, pensó melancólica su madre.
- Ay pero que haría yo sin ti. Venga, que Román nos está esperando.
Se montaron en el coche, camino del festejo. Se sentaron las dos en el asiento trasero, y nada más salir de la verja del palacete, Paula sintió el suave contacto de la seda sobre su mano. Los guantes de seda de su madre acariciaban sus finos dedos.
Pensó que si por fin daba con aquel chico, Gaspar, y realmente era como ella imaginaba, le encantaría poder presentárselo a su madre. O quizá no. Mejor sería que primero se le quitara el hechizo que desde hacía casi un año había provocado en ella un joven llamado Borja.

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