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Puro fuego

Puro fuego

13-03-2013

Romántica novela

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En un mundo habitado por los humanos, existen seres, que ni ellos mismos conocen. Un mundo al margen de su realidad, pero que les incumbe, que rige sus vidas sin que ellos lo sepan. Una lucha que empezó en el inicio de los tiempos y se mantiene a lo largo de los siglos frente a la ignorancia del ser humano.
 
Noah Cooper siempre ha sido un hombre reservado, callado y para terminar de mejorarlo trabaja como médico forense. Un trabajo que muy pocos querrían, pero que él adora por la sencilla razón de que le permite estar en paz. Desde niño, Noah ha escuchado voces extrañas en su cabeza, pensamientos de la gente que le rodea, poderes que no ha podido controlar y que esconde con recelo bajo un mutismo absoluto.
 
Pero cuando en su vida aparece Lesley, la vida de Noah dará un giro de ciento ochenta grados. Sin quererlo se verá inmerso en una guerra que desconocía, entenderá que su “maldición”, en realidad puede llegar a ser su salvación y la de toda la Humanidad. ¿Será un hombre como él capaz de aceptar todo lo que recae sobre sus hombros? ¿Tendrá el valor suficiente de anteponer sus recelos y aceptar que existen seres completamente diferentes a él y que necesitan su ayuda? ¿Aceptará sus poderes a sabiendas de que conllevan una gran responsabilidad?
 
Como dicen los escritos más antiguos, las voces milenarias que traspasan la bruma de los tiempos. ¿Dejarán los humanos esa ignorancia para unirse a las filas de ambos bandos? Y si es así... ¿Qué predominará más entre ellos? ¿La maldad o quizá la bondad?

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

El mundo no siempre ha sido así. Los humanos no han sido los únicos que han vagado por aquí. Muchos seres antes que ellos habitaron estas bastas tierras y aún las habitan. Seres que muchos de nosotros no entenderíamos, no comprenderíamos su naturaleza...

            El bien y el mal... ¿Mito o realidad? ¿Dioses o fantasías? Antes de que los humanos dejaran sus primeros pasos sobre la Tierra, existía una lucha por el poder terrenal. Una lucha cruel, feroz, implacable entre dos formas de existir. Todos las hemos conocido, todos sabemos quiénes son... Se llaman de muchos nombres. Bien y mal, luz y oscuridad, bondad y maldad, pero cada uno persigue un único objetivo.

            ¿Quién ha creado a esas criaturas? ¿Quién ha creado a los propios humanos? Desde el inicio de los tiempos ha habido una lucha de poder entre los dioses. Unos acostumbrados a campar a sus anchas y apropiarse de lo ajeno. Otros intentando que la justicia y la equidad prevaleciese en la Tierra como en su propio mundo. Dos mentalidades, dos formas de ver el mundo, bandos divididos y abocados a no volver a entenderse.

            Fue una pequeña discusión entre dos de los Dioses lo que propició el enfrentamiento que dura hasta nuestros tiempos. Muchos dicen que Rhyfel no debió provocar a Cyfiawnder destruyendo su auténtico paraíso. Otros comentan que la diosa Cyfiawnder provocó sobremanera al dios Rhyfel llevándole a un estado de ira que ningún Dios podía controlar. Seis dioses enfrentados entre sí y sobre ellos una autoridad máxima que prefiere no interceder en asuntos que aunque le conciernen... no son los más importantes que tiene.

            Tras aquella última discusión los dioses se separaron formando dos bandos de tres dioses. Tanto Dinistro como Anobaith se pusieron de parte de Rhyfel, alegando que su posición era privilegiada, y como dioses tenían el poder de hacer y deshacer en la Tierra tanto como quisieran.

            Sin embargo tanto Dirwest como Rheswm compartían la visión justa y razonada que Cyfiawnder explicaba sobre la pequeña discusión y sobre todo la manera en que debía llevarse la Tierra. Todos debían ser iguales a ojos del contrario... idea que los simpatizantes de Rhyfel despreciaban.

            Y así se desató la batalla. Cada uno de ellos creó expresamente a sus propios soldados y como único campo de batalla estaría la Tierra. Quizá en aquellos tiempos era un lugar perfecto para librar sus guerras, pero el poder supremo, esperando que la lucha cesara con su acción, creó a los humanos para dotar de más sentido aquel basto terreno. Sus expectativas fueron destruidas al descubrir que para Rhyfel y los suyos aquello era simplemente un aliciente y encargó la tarea de protegerlos a Cyfiawnder a pesar de que sus fuerzas iban mermando y sus luchadores perdiendo.

            Así cada uno creó a sus propios guerreros. Los Tywyll son demonios sin ningún rastro de escrúpulo, ni de sentimientos. Vagan por la tierra alimentándose de las miserias de los demás y matando a todos aquellos que no piensan de la misma manera. Quieren destruir el planeta, la naturaleza y sobre todo las emociones buenas que pueden albergar los seres que allí habitan. La muerte, la destrucción y la desolación es su medio de vida y así ha sido desde que Rhyfel los creó. Asesinos que con el tiempo han ido adaptándose a la forma humana y pueden incluso caminar entre ellos.

            Los “Anfarwold” son una tremenda unión de fuerzas positivas. Integrados por distintos seres mágicos que habitan la Tierra, se encargan de mantener el orden e intentar destruir a los demonios. Al inicio de las luchas se vieron en inferioridad y muchos de ellos cayeron bajo las garras del mal. Les faltaba un buen impulso, algo que equilibrara la balanza y permitiera un pequeño aunque débil equilibrio en la batalla y sólo fue conseguido cuando algunos vampiros... Hartos del poder autoritario y del dolor causado decidieron cambiar de bando y unirse para redimirse. Ninguno ha sido redimido aún, a pesar de que caen siglo tras siglo en los campos de batalla, pero todos sueñan con acabar la guerra y ser recompensados con aquello que les fue arrebatado. Caminar bajo la luz del sol, sentir que son seres íntegramente buenos, y estar protegidos bajo el ala de Rheswm.

            Y en medio quedaron ellos. Los humanos son los únicos seres que tienen en su interior un poco de cada uno. Luz y oscuridad. En su interior conviven la maldad y la bondad a partes iguales y sólo está dentro de ellos la manera de explotar una u otra faceta. Es una especie que los dioses no han podido terminar de controlar y son prácticamente impredecibles. Eso es lo que realmente les hace valiosos y especiales a sus ojos.

            Sin embargo, es duro mantenerse con vida cuando la guerra se libra cada día, cuando intentan matarte a toda costa y la extinción está cada día más cerca de ser una auténtica realidad. Y más cruel es ser aniquilado sin tener conocimiento de ello. Sí, los humanos siempre han sido los grandes ignorantes de todo lo que ocurre a su alrededor. No conocen la verdadera batalla que se libra cada día y de la que ellos son testigos con cada acto que toman, con cada decisión.

            Pero... ¿Cómo ganar una guerra que se prologa día tras día, año tras año, siglo tras siglo? ¿Existe una manera de vencer?  Si las dos fuerzas están equilibradas no hay nada que pueda hacerse para romper esa igualdad de fuerzas. Nada que provenga de ellos ni de los mismos Dioses.

            Nadie sabe cómo fue descubierto ese nuevo don otorgado a los humanos, pero todos admiten que no se trata de un poder concedido por los Dioses ni tampoco por la madre naturaleza. Es un poder que ha nacido y crecido en el interior de determinados humanos y se ha ido desarrollando permitiéndoles tener una fuerza hasta ahora desconocida. Ése era el filón que estaban buscando y ahora lo importante es... ¿Quién conseguirá dominarlo para romper con la monotonía?

            ***

            Habían acordado reunirse en un lugar neutral aunque estaba segura que para Rhyfel aquel espacio sería demasiado blanco y luminoso. No la conocía si pensaba que ella pasearía por alguno de esos tenebrosos pasadizos que el mismo Dios había construido bajo el suelo.

            Observó las paredes adornadas exclusivamente con rosas rojas y negras y fijó la vista en las mesas que se extendían por la gran sala. No tuvo que girar el rostro para saber que sus hombres estaban detrás de ella, escoltándola. Ningún arma mortal podría matarla, pero para ser franca consigo misma, tampoco se fiaba de su inestable contrincante como para ir sin cierta protección.

            Por ello, le había  pedido a Adair que la acompañara junto con dos guerreros más. No se dio la vuelta para mirarle, pero sabía que los tres estaban en posición de ataque. Enfocó la vista al frente para verle aparecer. Ciertamente no había cambiado ni un ápice y se movía con la misma elegancia de antaño. Su silueta fue haciéndose cada vez más visible hasta que quedó a unos cuantos metros de ella.

            Sonrió cordialmente al ver su expresión y se fijó en él detenidamente. Su pelo rojo como el fuego caía sobre sus hombros y no había sido recogido por ningún tipo de lazo, sus ojos negros como el carbón podían oscurecer a la persona que los miraba y su rostro seguía exactamente igual. Bello, pero a la vez peligroso. Se fijó en la pequeña cicatriz que le cortaba la mejilla, regalo en una batalla anterior, la última antes de que sus destinos se separaran.

            - Veo que has decidido venir acompañado – dijo la diosa esbozando una pequeña sonrisa y observando a los demonios que le acompañaban.

            - Parece que no soy el único – le espetó el dios lanzando una mirada cargada de odio a Adair – pero creo que no hemos venido aquí por esto ¿cierto?

            - Por una vez debo concederte la razón, querido – la voz de Cyfiawnder era melódica. Algunos la consideraban agradable, otros insoportable – centrémonos en el giro de los acontecimientos.

            - Humanos con poderes mágicos... - soltó el dios como si fuera un insulto para él y para todos sus semejantes – jamás había escuchado algo tan estúpido.

            - Mágicos no – le corrigió la diosa cruzándose de brazos – son poderes psíquicos, nacidos de su propio intelecto, de su propio cuerpo...

            - Ciertamente me importa muy poco como quieras pintarlo, querida – dijo Rhyfel cruzando las manos detrás de la espalda – pero esto es un gran cambio para el transcurso de nuestra guerra.

            - Que dura ya demasiados años – observó cómo él esbozaba una sonrisa en el rostro y después se llevaba la mano al pecho justo a la altura del corazón. Los ojos de la diosa refulgieron al ver el acto tan indebido del dios – no juegues conmigo y acordemos nuestras propias normas. Disfruto de tu presencia tanto como tú de la mía.

            - Ninguno de los dos puede controlar sus dones, pero te aseguro que mis hombres se encargarán de encontrar la maldad en ellos – respondió el dios dando un paso hacia ella. Se dio cuenta de cómo sus guardianes se llevaban la mano a las espadas y sonrió – todos ellos son iguales querida. Por mucho que trates de salvarlos... Están regidos por la naturaleza humana y en ellos pervive el odio y la miseria... - fijó su vista en ella y alzó una ceja provocándola.

            - Te olvidas de una cosa Rhyfel – dijo la diosa inclinándose y quedando a escasos centímetros de él – en su interior crece y nace la bondad. Tus hombres... - miró a los demonios que se encontraban detrás de su jefe. Sus caras deformadas, sus ojos inexpresivos, les conferían un aura de muerte – irán a por ellos igual que los míos, pero con condiciones.

            - Nunca me han gustado las condiciones en una guerra – dijo el dios apartando su rostro de ella y dándose la vuelta – considero que tanto en el amor como en la guerra... todo vale.

            - En esta ocasión no todo – le espetó la diosa sin alzar la voz – nosotros podemos intentar llevarlos a nuestro terreno, pero deben ser ellos los que decidan de qué lado están.

            - ¿Que sugieres? - preguntó él dándose la vuelta y fijando su vista en sus ojos - ¿libre albedrío?

            - Exactamente – le contestó Cyfiawnder seriamente – ellos deben decidir de qué lado están. No podrás coaccionarles ni tampoco intimidarles... Puedes usar mentiras, engaños, pero la decisión debe ser tomada libremente y sabiendo ellos... quién eres.

            - ¿O si no qué? ¿Responderé ante ti? - preguntó él con tono irónico – hace mucho tiempo que dejé de obedecerte en todos tus caprichosos deseos...

            - ¿Ante mí? - soltó una carcajada mientras se daba la vuelta – no me hagas reír. Será él quien te ponga en tu lugar si no cumples sus propias normas – se dio la vuelta para mirarle una última vez – a partir de mañana dejaremos esta pequeña tregua – miró primero al dios y después a sus soldados – aunque si quieres terminar esta absurda pelea y olvidar las rencillas que hay entre nosotros...            -  Sabes dónde encontrarme – se dio la vuelta para irse.

            - ¡Cyf! - gritó el dios con cierto tono de rabia – ¡Esto no es un juego! Ninguno de los dos cederá en este aspecto. Y seré yo el que venza, y cuando lo haga te postrarás ante mí y verás cómo el mundo que tanto has protegido... - al ver que ella no se volvía hacia él sonrió – ¡desaparece y queda reducido a cenizas!

            - Te deseo suerte en esa locura personal que tienes – le espetó la diosa haciendo un gesto a Adair para que todos se marcharan.

            Caminó con pasos rápidos para alejarse de allí cuanto antes. Sintió un nudo en el pecho al pensar en las últimas palabras de Rhyfel. Si él ganaba... todo acabaría y ya no le importaba sólo su propia vida, sino la de todos los seres que la habían protegido, todos merecían vivir y crecer en un mundo mucho mejor. Un mundo que ella podría otorgarles si la dejaran.


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