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Mi nombre eres tú

Mi nombre eres tú

07-03-2013

Romántica novela

  • Estrella llena
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- ¿Alguna vez has creído poder morir de felicidad?

- Querido amigo, esta es tu historia.

Sigue los pasos de nuestro protagonista y descubre el motivo por el cual fue capaz de morir sin pensar en todo lo que dejaría atrás, pues lo que ganaba, era todo lo que necesitaba para respirar.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

·Dame fuego, preciosa·

Nunca he sabido explotar. Lo siento, siempre se me ha dado realmente mal. Cuando era joven pensaba que sería pasajero, que simplemente necesitaba que mi vaso se colmase. El problema es que a día de hoy, a mis 37 años de edad, sigo paseando sobre este maldito filo de cristal, incapaz de lanzarme al abismo.

Que extraña y angustiosa sensación la de ver pasar el tiempo, comprender que te haces viejo y que volver atrás es totalmente una utopía.

Nunca sabré si hice todo lo que pude.

Solo sé que estoy cansado, que estos cables que rodean mi endeble cuerpo me asfixian y las paredes son demasiado blancas. Últimamente odio este color, supongo que la pureza que representa ha resultado ser tan hipócrita como inalcanzable.

Pero dejadme explicaros el motivo por el cual estoy aquí, en esta fría noche de agosto, tumbado en una frágil camilla del Sagrado Corazón.

Ha llegado mi hora.

Los médicos me han dicho que me quedan escasas semanas de vida. Cuando me lo comunicaron, hace apenas 6 horas, lo primero que pensé fue si en el quiosco del hospital venderían libretas, y si la enfermera querría comprarme una sin tener dinero para pagarle.

Hace años no me lo hubiese cuestionado, al fin y al cabo soy publicista, puedo tener todo cuanto se me antoje. El problema es que he dejado de creer y todo me supone una dualidad entre mi capacidad mental y la gris realidad que inunda mis pupilas.

Lo tuve todo y ahora estoy pagando el precio. Pero creedme, si volviese a nacer, volvería a dar mi vida entera por llegar otra vez a la noche, la cual necesita esta historia al completo para hacerle un homenaje.

       Empecemos esta historia con un vaso de whisky, como empiezan otras muchas historias:

Tenía 21 años cuando me dio por crecer. Estaba a punto de entrar en el maravilloso mundo universitario. No para ser más inteligente, nunca creí que me hiciese falta. No para tener mayor titulación, tampoco creía en ella. Era tan simple como que necesitaba introducir en mi día a día otra puerta de salida, una lo suficientemente grande como para poder escapar del mundo en el que estaba metido.

Yo por aquel entonces era un chaval cualquiera, más perdido que encontrado, que se limitaba a sobrevivir como podía. No existían aspiraciones más allá del mundo y todo su perímetro. Estaba tan vacío que lo único que quería era todo cuando pudiese abarcar mi vista.

De complexión física extremadamente delgada, en ocasiones hacía sospechar la desnutrición. No era más que una genética poco considerada. Mi altura lo compensaba, haciendo que mi 1,89 denotase planta e importancia estacional. Mi representación física representaba una fachada social, un bloque de hormigón bien armado capaz de repeler cualquier ataque personal.

Se puede decir, que por aquel entonces aparentaba ser invencible.

“-Esta noche, Paco, hazme el favor de no destrozar el local” Le dije mientras exteriorizaba una total indiferencia.

Cualquier signo de preocupación podría hacerme parecer débil, y yo por aquel entonces vacilaba hasta de mi sombra.

Dije tantas veces en voz alta que éramos hombres que llegué a creérmelo.

Volvamos al recuerdo. Era la 01:46h de lo que ya iba siendo un sábado, había dormido 3 horas y no me importaba, cuando caía el sol, una fuerza motivacional invadía mi mente, robándome el sueño y aportándome una fuerza sobrenatural. La noche del viernes siempre era mía, mía y de nadie más.

Éramos cuatro cabezas sedientas en busca de acción. Imagino que alguna que otra vicisitud del destino nos puso en el mismo lugar. Nunca lo llegaré entender, pero estos tres paradigmas de la sociedad me arrancaron la felicidad a golpe de vaso en tabla.

“-Yo no destrozo locales, les doy una esencia mejor”.

Este es Paco. Disculpad el nombre poco creativo y carente de personalidad, es el suyo y he considerado un insulto más que notable cambiarlo. Paco es un error atemporal, misterioso y altamente cualificado para ejercer el mal. No hizo acto de presencia el día en que repartieron los modales. Su virtud; era extremadamente inteligente y nos quería de tal forma que era imposible no caminar a su lado aquella noche en la que todo dejaría de ser como era antes.

“-¿Por qué no nos dejamos de mierdas y nos vamos al club de una puta vez?”

Tengo el placer de presentaros a Francisco, Francis para todo el mundo. En ocasiones pierde la sensibilidad, y la ausencia de bienes materiales le ha provocado un desprecio hacia todo cuanto le rodea. No quiere a nadie ni a nada, solemos pensar que está a nuestro lado por un extraño interés. Nosotros, por nuestra parte, pensamos que es un tío genial, y que es un par de hostias bien dadas en caso de que a Paco le dé por “organizar locales”. En definitiva, un buen hombre.

“-Nuestra parada ha llegado”

Este es Cerilio. No hablaba en balde, y yo no lo haré de él a no ser que sea necesario.

Mientras subíamos las escaleras de aquella sucia estación conversábamos banalmente sobre las estupideces que nos habían ocurrido durante el día. Los aspectos importantes los dejábamos para la mesa y el whisky, sin ellos, resultaba extraño intimar tanto.

Aquella era la última noche. Cuando amaneciese, cada uno se desprendería de forma individualizada de aquel círculo amistoso al que últimamente pertenecían. Todos lo sabíamos pero nadie lo decía.

Éramos hombres, y los hombres no hablan de más.

Entramos al Gran Limón, un bar situado a las afueras de Barcelona que poca gente conoce. Pretendo hacer tan poca publicidad de este local que incluso le he cambiado el nombre. Nuestra mesa de siempre estaba vacía. Creo que después de la pasada noche, la gente prefería dejarnos esa zona a nosotros. Nos sentamos en silencio y le enseñé cuatro dedos de mi mano al barman. Era extraño, pero eché de menos el hecho de apoyar mis codos en la mesa y no pegármelos con la mugre. En ocasiones, la extrema limpieza enfría el ambiente e insensibiliza nuestro alrededor.

Todo estaba resultando demasiado gris hasta que Jesús nos trajo los dos whiskeys, el ron y el vodka con Redbull. No lo pareció, pero al ver el whisky, mis pupilas se iluminaron y dejé entrever una humilde sonrisa, tan efímera que nadie se percató.

“- Ahora sí, que empiece el espectáculo” Dije mientras alzaba la copa.

Brindamos sin emitir sonido, nos bebimos la ansiedad antes de apoyarla sobre la mesa y nos levantamos. Sin mirar a mi alrededor, dirigí mis pasos hacia el escenario del local.

Era pequeño y triste, no se podía pedir nada mejor.

He de añadir que llamar escenario a una simple elevación del bar donde apenas caben 4 individuos era sobrepasarse. En fin, sí, era el vocalista de un grupo de tres al cuarto que se aburría tanto que decidió formar un cuarteto musical con el cual pasar sus noches veraniegas.

Mis zapatos de tacón cubano estaban relucientes aquella noche, o quizás fuese el contraste con la mierda del suelo, no me importaba.

Aquella noche nada me importaba.

Me encendí un cigarrillo, coloqué como es debido mi sombrero de copa y me desabroché un botón de la negra camisa. Era la noche de los hombres que visten de negro.

El taburete de madera en el cual debía sentarme seguía intacto desde la última vez. Mis tres acompañantes empezaron a coger sus instrumentos, Bituroute Negro, nombre de nuestro grupo, estaba a punto de empezar.

Mientras ellos se adecuaban al entorno, empecé a analizar el gentío que se empezaba a generar, conté unas 25 personas, nunca antes habíamos tenido tanto público. Después del concierto, las copas tendrían la generosa oferta del 2x1, así que imagino que pasar el mal trago de escucharnos provocaría después una dulce sensación en la cartera y en nuestros cerebros ansiosos de evasión.

Golpeé el micro con los dedos, el único foco que había me quemaba el rostro y sin quitarme el cigarro de la boca, dejé que mi voz cazallera introdujese la función.

-         “Buenas noches, bienvenidos”.

La guitarra de Cerilio entró y empezó a crear el ambiente necesario. Sin pretenderlo, la magia de aquel punteo empezó a provocar el silencio. Los acordes de Francis y la percusión de Paco entraron más tarde. Mi voz fue la última en aparecer:

- “Era alto, más o menos, todo huesos, nada más, forjada su piel de acero, marinero adiós el mar. Amarró sus ideales, no sembró, cavó en el suelo, entre artistas y humoristas, compró tierra, se hizo un hueco. Condenado a deambular, entre cuadros de camisas, entre modas movedizas, y ornamentos de cristal. Que a falta de graduación, queda en pasta el corazón, con un toque cian primario, que ha perdido mi perdón. Marinero -adiós el mar- marinero -a cabalgar- entre tierra que destierra, a quien quiere respirar. Marinero -ya no hay remo-, sobrevive en la ciudad, la camisa rota adentro, y prepárate a cantar. Que aquí -corren, corren, corren- pero nadie va a saltar, y tu -piensas, piensas, piensas- ¿Para qué corren sin más? Fija un punto, ponte nombre, y sácalo en televisión, miente cien veces al día, y ensordece la razón. Crearás tres mil modernos, tu ambición irá creciendo, inconsciente y maniatado, morirás ¿Qué haces parado? Ven aquí, siéntate un rato, que hay placer en descansar, deja a un lado lo enseñado, que es mentira tu verdad. Te controlan, te acorralan, te apuntan y sin disparar te educan, ya no eres nadie, ya solo sabes bailar. Marinero -adiós el mar- marinero -a cabalgar- entre tierra que destierra, a quien quiere respirar. Marinero -ya no hay remo-, sobrevive en la ciudad, la camisa rota adentro, y prepárate a cantar. Que aquí -corren, corren, corren- pero nadie va a saltar, y tu -piensas, piensas, piensas- ¿Para qué corren sin más?

Todo iba como es debido, el público estaba medio entretenido, yo en otro mundo y mis músicos no habían bebido lo suficiente como para confundir las notas.

El problema fue la maldita puerta.

Se abrió, y el chirriar del óxido en las bisagras hizo que me distrajese por un instante, suficiente para ver que una mujer despistada y con prisas entraba en busca de la máquina de tabaco, no fue hasta dar cuatro pasos que se percató de que el bar estaba en pleno concierto y se detuvo. Su piel era del norte, blanca del pirineo, su pelo, ¡ay! su pelo, inimaginable cantidad sobrevolaba su rostro, despeinado pero elegante, voluminoso y acanelado, dueño de todos mis pensamientos desde ese mismo instante hasta hoy, días antes de mi muerte. Su cuerpo no era perfecto, sencillamente carecía de imperfecciones, sus rojos y carnosos labios combinaban perfectamente con el blanco de su piel, la acababa de ver y ya la estaba imaginando en mi cama, agarrando con fuerza esa espalda y devorando su boca pedazo a pedazo. Me miró. Me miró y mi tiempo se detuvo. Extraños ojos de mirada penetrante, nunca antes había sentido nada igual. No comprendía, pero mi insaciable necesidad de experimentar me hizo columpiarme en sus pupilas, dejándome llevar hacia un abismo tan alto como escasa mi voluntad. Sentía que ya era dueño de aquella mujer, posiblemente por mis whiskeys de más, llegó un punto en que perdí completamente la razón.

Nunca antes había sentido la necesidad de perpetuar un cruce de miradas.

La parte musical del concierto estaba finalizando y debía cantar los últimos versos, sin embargo tuve que hacerlo sin dejar de mirarla.

- “Mi palacio enmudeció, un felpudo -adiós, muy buenas- una joven y un balcón me dicen -mira tus venas- Que otra estrella apareció, bien vestida, de revista. ¿Dónde queda tu canción? Bajo el mar, junto al artista.”

Terminó el concierto y hubieron unos leves aplausos, no me importaban. Me olvidé incluso de saludar al público. Me olvidé de mi nombre, de mi camisa negra, de mi cigarro consumido, de mi whisky. Es como si el mundo que tanto me había empeñado en construir desapareciese con su simple presencia. Me levanté, coloqué el micrófono en el soporte y me acerqué a la barra, justo donde ella había permanecido mientras sonaba la actuación. Procuré que mis pasos hiciesen ruido, siempre me había gustado la suela de madera, aquella capaz de hacerte escuchar tu propio camino. Me estaba encendiendo otro cigarrillo mientras me acercaba, la seguridad que desprendía mi pose en contrapicado no era más que un disfraz, pero aquella mujer reducía mi presencia a la translucidez y eso no podía permitírmelo.

Cuando llegué a su lado me apoye en la barra, le dije a Jesús que me pusiese dos whiskies y que me los cobrase ya, que me iba con ella a comernos la noche trago a trago.

Me escuchó. Se dio media vuelta para mirarme fijamente y sonrió.

Su sonrisa era penetrante cual puñal en el corazón. Despertó todos y cada uno de mis sentidos con su presencia, su olor hizo que se estimulase cada músculo de mi cara. Tras comprobar que me tenía totalmente controlado me dijo:

“- Eres tan hombre, que nunca serás lo suficiente para mi.”

Se acercó, me dio un beso en la mejilla y se marchó con el paquete de tabaco en la mano mientras yo empezaba una guerra contra mi capacidad torácica. Vi como salía del bar y se lo entregaba a su amiga. Ni siquiera fumaba, pensé. Sus labios habían descansado suavemente en mi rostro durante segundos que pretendieron ser interminables. Inocente el tiempo, que pensó que podría olvidar que mi piel estuvo en el paraíso.

Si más bien, se había marchado, y con ella algo de mí. Lo peor de todo es que no sabía el qué, pero desde que ya no estaba en el bar, algo me faltaba.

“- ¿Qué te pasa? Antes no se te resistían tanto. Mira que estaba buena, joder.”

“- Estaré envejeciendo. Vámonos.” Dije con toda la frialdad que encontré.

Necesitaba estar solo, necesitaba acabar con el recuerdo de esa mujer, irme a casa y reflexionar sobre lo que me había dicho.

Lo que pensaba que sería mi última noche resultó ser la primera de esta historia, solo que yo aún no lo sabía.

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