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La Rada

La Rada

24-10-2014

Romántica novela

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Las circunstancias adversas le llevaron hasta aquel lugar apartado de su mundo habitual; una sociedad mundana y estrepitosa que le había defraudado.

Se sumergió en otro tipo de vida, una vida más sencilla, más acorde con la naturaleza y de vuelta a una época que él jamás había vivido y en la que conoció a la mujer que le inspiraría un sentimiento fuera de cualquier lógica y de cualquier norma impuesta por la sociedad.

Su juventud era su mayor enemigo y romper las ideas tan arraigadas en el pensamiento social, su batalla más compleja, pero el sentimiento que enardecía a su corazón le convertía en el caballero con armadura de amor dispuesto a la lucha.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

                                                                         LA RADA

                                                                                 I

 

   Juan Montes, observaba absorto el atardecer de finales de mayo; entretanto, el sol se refugiaba detrás las montañas satisfecho por una jornada sin obstáculos de brumas que le impidiera llegar a cualquier rincón del territorio. Las sombras del atardecer iban ganando terreno sobre la ciudad, haciéndola palidecer en la mayor parte de su superficie, a excepción del gran estanque de la Albufera, donde los rayos rezagados de sol teñían las aguas de un rojo dorado; Un espectáculo siempre sorprendente y maravilloso.

 Al escuchar el sonido insistente del teléfono se sobresaltó. Dejó la pluma encima de los folios y descolgó el auricular.

-. ¿Juan? ¿Eres tú? –  Preguntó una voz femenina.

-. ¿Qué pasa, Elsa?

-. Juan, perdona si te molesto, pero necesitaba hablar contigo, cielo.

-. ¿Cómo me vas a molestar, cariño? – Dijo dándole a su voz un tono más íntimo – En este momento estaba pensando en ti.

-. Tengo ganas de verte y hacer el amor contigo, Juan – Dijo con voz mimosa.

-. Me lo estás poniendo muy difícil, Elsa. Me cuesta mucho trabajo concentrarme en los estudios para que además, me insinúes esas cosas. Eres perversa. - Bromeó.

-. Pues no te resistas y déjate vencer por tus deseos.

-. No me hagas esto, Elsa. - El tono de Juan, hasta ahora intimo y zalamero, varió ha otro más serio y suplicante.

-. Bien, pues si no puede ser ahora no me puedes negar el viernes.  - Añadió contundente - Me han invitado a una fiesta... Mejor dicho, Amanda “nos ha” invitado.

-. Elsa, cariño, sabes que estoy a tope de trabajo toda la semana.  El lunes empiezan los exámenes finales y no puedo dejar los estudios ni un solo minuto.

Ella volvió a insistir.

-. Pero Juan, será una fiesta magnifica. No voy a tener muchas oportunidades en el futuro de que me inviten y realmente me hace mucha ilusión ir.

-. Sabes que no puedo y me duele que me insistas de esa manera. Que más quisiera yo que poder dejar los libros y marcharme de fiesta contigo pero no lo puedo hacer.  Luego tendría que pasarme el verano estudiando y aún sería peor.

-. Y ¿qué hago yo entonces? ¿No pretenderás que me quede todos los días en casa esperando que tú termines con los exámenes?

Juan percibió un tono irritado en su voz y comprendió que Elsa tenía razones para enfadarse.

-. ¿Por qué no le pides a Ángel que te acompañe?  Creo que terminó ayer con los suyos y le gustará la idea de ir a la fiesta; a él le gusta Amanda.

-. ¿Entonces no te importa que vaya con él?

-. Claro que no, sé que cuidará de ti bien.

-. Entonces, que te vaya bien con los exámenes y no te aburras demasiado, cariño.

-. Diviértete mucho y no olvides  que te quiero.  Después de esta semana no pienso separarme de ti ni un minuto.

-. Eso espero porque te echo mucho de menos…  Adiós Juan… "Te quiero".

Elsa colgó el teléfono y a Juan el simple "clic" le sonó como un estallido en el corazón.

           

  Estaba harto de los estudios, de estar siempre solo y no poder salir con su novia a tomar algo o simplemente mirar un rato de televisión.  En esas ocasiones se cuestionaba si valía la pena tanto esfuerzo. Al fin y al cabo, en el terreno laboral, el futuro era tan incierto para el que estudiaba una carrera, como para cualquier otra persona independientemente de que tuviera estudios o no.

       

   Elsa Martí había terminado su carrera de psicología y afortunadamente, encontró un trabajo en un gabinete de asesores de empresas.  Ganaba un sueldo que le permitía tener una independencia total de sus padres, tenía su propio coche, su piso y suficiente dinero para sus gastos. Él en cambio, a sus veintitrés años seguía viviendo a costa de su padre y sin un duro en el bolsillo para poder invitar a su novia a una copa. Casi siempre era ella la que le invitaba y eso le hacía sentir cierto malestar pues la paga que le daba su padre desaparecía a media noche cuando salían a tomar copas. Lo cierto es que Juan Montes no era un muchacho como todos los demás. La mayoría de sus amigos se ponían hasta las cejas de droga cuando salían el fin de semana, a él no le interesaban las drogas de diseño. Lo más que había intentado probar era la hierba y todo por la insistencia de los compañeros pero, quien sabe si por su falta de interés o por su escepticismo, la prueba fue un fracaso. Cogió una merluza y fue de las húmedas pues se pasó la noche vomitando y sujetándose al retrete para que dejara de moverse.

Se prometió a sí mismo no volver a intentarlo. Le gustaba disfrutar de la noche y la droga y el alcohol no eran compatibles con ello, al menos bajo su criterio. Elsa también era de la misma opinión que él, así que por ese motivo se habían alejado un poco de su grupo de amigos.

      

    Juan estaba de mal humor y de buena gana se hubiera marchado a buscar a Elsa, pero se sentó en el escritorio, cogió la pluma que aún descansaba sobre los folios emborronados y allí mismo en una esquina de la pagina escribió: "Elsa, te quiero".

Dejó la pluma con mal humor. Cogió  el teléfono, marcó el número de Elsa y esperó.  El  pitido de llamada sonó una vez, cinco, ocho, doce, hasta que se cortó.  Ella ya no estaba en casa.

    Había decidido ir con ella a la fiesta olvidándose de los estudios durante una noche.  Necesitaba tenerla cerca, abrazarla, acariciarla; hacía una semana que no la veía y ahora no estaba. Quizá era mejor así, pues en las vacaciones tendrían tiempo de divertirse con los amigos, estar juntos y hacer el amor, pero quedaba tanto para eso que no sabía si podría soportar estar tanto tiempo sin ella.  Volvió a coger la pluma con resignación y dibujó un corazón alrededor de la frase que había escrito momentos antes.

Su pensamiento voló hacia el momento en que conoció a Elsa. Ya no podía poner su atención en los apuntes que tenía delante, solo le apetecía recordar aquel encuentro.    Todo había ocurrido por simple casualidad.

     

   A mediados del curso de derecho, en una de las fiestas en la que se celebraba el fin de exámenes de ese trimestre. (Los alumnos de derecho son muy dados a las celebraciones, cualquier ocasión les parece válida para hacerlo) Todos los alumnos se dividen formando grupos amplios y  cada grupo decide por separado lo que más le apetece hacer. El grupo de Juan decidió pasar el día en la nieve.

      

    En la ciudad de Teruel había nevado casi toda la semana y uno de los muchachos del grupo ofreció su casa de campo después de pedirles permiso a sus padres para pasar el fin de semana e ir a esquiar. Todos estuvieron de acuerdo en que lo pasarían fenomenal y el día antes compraron las provisiones; comida y bebida suficiente para diez o doce muchachos con buen apetito y muchas ganas de pasarlo bien.

La casa no era muy grande y no había habitación para todos así que se distribuyeron unos en habitaciones y otros en el comedor con sus sacos de dormir de plumas. Encendieron la chimenea para que al volver de la nieve la casa estuviera caliente; era temprano y el intenso frío mordía con dientes de lobo las zonas del cuerpo que se quedaban desprotegidas.

   Llegaron a la estación de esquí de Javalambre y durante toda la mañana se deslizaron por sus pistas de nieve en polvo hasta que decidieron volver. Alguno, sino la mayoría, magullados pero entusiasmados y eufóricos.

La sorpresa fue al regresar a la casa, ateridos por el frío de diez grados bajo cero y con ganas de un chocolate caliente o una cerveza fría, al abrir la puerta se encontraron con varias chicas sentadas en la alfombra alrededor del hogar. Tan grande fue su sorpresa, que no pudieron menos que echarse a reír. No le ocurrió lo mismo al dueño de la casa que comenzó a discutir con una de las muchachas:

-. ¡Tú! ¿Qué haces aquí?

-. ¿Lo mismo te podría preguntar yo, no? – Respondió tranquilamente – Fidel, que así se llamaba el muchacho, montó en cólera.

-. ¡Los papás me han dejado la casa a mí!

-. Ellos  me  dijeron que podía venir siempre que quisiera, y hoy he querido. ¿Te basta con eso? Si me hubieras avisado de lo que pensabas hacer, esto no hubiera pasado. Ahora ya podéis recoger todas vuestras cosas y largaos “hermanito”.

-. ¡Una mierda! “Hermanita”. ¡Si alguien se va, esa eres tú!

-. Pues mira lo que hacéis tú y tus amigotes porque ni yo, ni mis amigas, nos  movemos de ésta casa hasta mañana. Y pensadlo pronto que la casa se esta enfriando.

La chica se acercó hasta la chimenea y se dejó caer en la alfombra junto a las sorprendidas amigas.

Una ráfaga de viento gélido les envolvió obligándoles a cerrar la puerta. Fidel se acercó a ellos para decirles algo en voz baja. Sentía la derrota con sabor amargo.

-. ¿Qué hacemos? Mi hermana es muy cabezota y si dice que no se va, es que no se va ni arrastrándola con un tanque.

-. Pues nos quedamos con ellas, además, están muy buenas todas.  – Benito se frotó las manos enguantadas mientras sonreía lascivamente.

-. A mi no me parece buena idea. – Apuntó Sergio contrariado. Fidel le miró y esbozó una sonrisa.

-. ¿Vosotros que decís, Ángel,… Luis…?

-. A mí, maldita la gracia que me hace quedarme... – Apuntó Ángel - Si lo llego ha saber, aquí viene su tía, pero... tampoco nos vamos ha pasar todo el día yendo y viniendo por culpa de esas pedorras.

La gran mayoría estuvo de acuerdo en lo que sentenció Ángel. Juan no se inclinó ni a favor ni en contra.  Estaba allí, no por un empeño en pasarlo bien. Para él las salidas eran eso, salidas. Nunca esperaba gran cosa de ellas, cosa extraña en un muchacho de su edad.  Aquel  contratiempo para él no significaba un gran trastorno.

Decidieron quedarse a ver que pasaba. Cerraron la puerta y se sentaron junto a las chicas, cerca del fuego.

-. Veo que  habéis decidido quedaros. 

-. Sí, pero lo que quiero saber es ¿Dónde vais ha dormir las seis?

-. Eso no es ningún problema, dormiremos tres en cada habitación. Vosotros tenéis sacos de dormir suficientes, así que lo haréis aquí en el salón.

Juan agachó la cabeza para disimular su sonrisa y aprovechó la ocasión para fijarse en una de ellas que no cesaba de mirarle. Era bonita. Con facciones suaves y claras como su pelo que, recortado al mínimo, remarcaba el contorno de su bien formada y seductora cabeza. Sus ojos azules, fijos en Juan desprendían chispas al reflejarse la llama de la chimenea en ellos.

   La mirada de Juan, quedó colgada de aquellos ojos que le hablaban sin pronunciar palabra, mientras los demás, alzaron la voz en protesta por las condiciones en las que iban a dormir.  Ella le sonrió y poniendo la mano cerca de su boca a modo de altavoz pronunció remarcando con la boca unas palabras silenciosas. Juan sintió vergüenza de no entender lo que ella decía moviendo solo los labios. Sonrió como disculpa levantando los hombros y negando con la cabeza.

   Sergio les miraba con enojo y sin decir palabra. Estaba solo pendiente de ellos dos olvidándose de la discusión de los demás. Juan desvió la mirada hacia la  muchacha y vio como se levantaba y se acercaba hasta él. Sus piernas quedaron a la altura de su vista y las apretadas mayas, no mostraban solo un cuerpo escultural, además, marcaba el espacio entre sus muslos: “Ni demasiado separados ni demasiado juntos”. - Pensó Juan.

Ella se sentó a su lado y al hacerlo su perfume dulzón  le embriagó. Juan  comenzó a sudar por la proximidad de la joven. No podía remediarlo, siempre que una chica se le acercaba le sucedía lo mismo. Las manos se le helaban y se tornaban sudorosas, su rostro adquiría un tono carmesí y su frente se perlaba de gotas de sudor. Esto solo le sucedía con las chicas que le gustaban; entonces tenía un verdadero problema a la hora de ligar porque a ellas no les gustan los chicos sudorosos, así que gracias a esto y a sus veinte años todavía no había tenido su primera relación sexual.

-. Hola, soy Elsa Martí. ¿Cómo te llamas?

-. Juan Montes. – Dijo azorado.

-. Te preguntaba ¿Si a ti te importa dormir en el salón? Es que te veo un poco fuera de lugar, como si todo esto no fuera contigo.

-. No tengo ningún inconveniente en hacerlo. Será divertido.

-. ¿Estás en primero de derecho como el hermano de Mónica? ¿Cómo se llama...

-. Fidel... Sí, ¿y tú?

-. Tercero de psicología.

-. ¡Eh, vosotros, que no hemos venido ha ligar!

Juan miró a su alrededor sorprendiéndose al ver que todos miraban divertidos hacia ellos.

-. ¿Qué pasa, nosotros aquí discutiendo y vosotros ligando, no?

-. ¡Ir hacer puñetas! ¿Vale? ¡Ni a él, ni a mí nos interesa el debate que habéis formado y si alguno de vosotros quiere dormir en una de las habitaciones, por mí vale, yo voy ha dormir en el salón y ligaré cuanto quiera, pues ni mi madre me puede prohibir que lo haga!

No cabía la menor duda que aquella chica tenía carácter. -  Pensó Juan mientras la observaba encandilado. 

Afortunadamente todo salió bien, todo el mundo lo pasó en grande, tan sólo Sergio no disfrutó de la velada pendiente como estaba de su amigo y de la que más tarde sería la novia de Juan.

       

   Juan no olvidaría nunca aquel día. Elsa con su carácter sociable y una gran seguridad en sí misma, hizo que Juan perdiese parte de ese miedo a las mujeres que siempre le había acompañado. Se enamoró de ella ese mismo día y desde entonces nunca se separaron más que lo indispensable.

 

   Carmen dejó la bandeja que llevaba con unos refrescos sobre la mesa del jardín y echó un vistazo a su alrededor.

-. ¿Dónde está tu padre? - Preguntó a Juan, quién en esos momentos se zambullía en el agua cristalina de la piscina.

Carmen esperó paciente a que sacara la cabeza del agua y cuando lo hizo habló balbuciendo y resoplando.

-. Ha... ido a ver qui... en ha llamado a la puerta.

-. Ah, vale. – Se sentó y tomó un trago de fría limonada - Ven a tomar la limonada ahora que esta fresca.

En ese momento apareció Eduardo acompañado de Sergio.  Éste no parecía estar de buen humor a juzgar por su cara.

-. Tienes visita, Juan. - Dijo Eduardo acercándose a la piscina.

-. ¡Hola Sergio! Espera, ya salgo.

-. ¿Qué tal estas, Sergio? ¿Quieres un vaso de limonada?

-. Hola Carmen. No, no quiero limonada, gracias. – Juan se le acercó envuelto en la toalla de baño y cogió uno de los vasos de limonada y bebió un largo trago – Juan, necesito hablar contigo.

El tono serio de su amigo le inquietó.

-. ¿Qué te trae tan temprano por aquí? ¿Qué pasa, Sergio? ¿Es algo grave?

-. No, no te preocupes, solo es importante, pero será mejor que vayamos a tu habitación.

Juan miró a Carmen y a su padre. Ellos también parecían preocupados e intentó tranquilizarlos.

-. Voy a mi habitación con Sergio, parece que tiene un problemilla.

-. Sergio, si necesitas algo... – Dijo Carmen con amabilidad.

-. Eso, si tienes algún problema, no olvides que puedes contar con nosotros. – Añadió Eduardo.

-. Se lo agradezco pero en realidad el problema no es mío, de todas formas gracias.

Juan sonrió y entró en la casa con su amigo.  Al llegar al dormitorio cerró la puerta y los dos tomaron asiento, Juan en la cama y su amigo justo frente a él.

   Sergio retorcía sus manos nerviosamente sin saber como empezar; rehuía la mirada de Juan, quien le instó para que hablase.

-. Bueno, ¿se puede saber qué pasa? – Preguntó nervioso.

-. Se trata de Elsa. – Dijo sin levantar la vista.

-. ¿Que le pasa a Elsa?  - Preguntó extrañado, pero viendo que su amigo no respondía gritó alterado –  ¡Joder Sergio! ¡Habla ya de una puñetera  vez!

-. A Elsa no le pasa nada.

-. ¿Entonces?

    Juan se puso en pie delante de su amigo, Sergio levantó la vista y le miró fijamente.  Era muy alto,  alrededor de uno noventa  y de anchas espaldas. Tenía  aspecto de lo que era: un gran nadador.

-. ¡Sergio! ¿Quieres contestarme?

-. Juan, quiero que sepas que  me duele tener que decirte esto y sino fuera por el aprecio que te tengo no saldría de mi boca ni una palabra.

-. Lo sé, pero por favor ¡dímelo ya!

-. Bueno... pues creo... bueno es seguro, que Elsa te ha hecho una putada.

-. ¿Qué quieres decir?

-. ¿Cuánto tiempo hace que no la ves?

-. Desde antes de los exámenes, pero he hablado con ella muchas veces por teléfono. ¿Por qué?

-. ¿Y no te ha dicho nada?

-. ¿Sobre qué? ¡Maldita sea! ¿Qué me tiene que decir? - Gritó irritado.

-. ¡Pues que sale con Ángel! ¡Eso te tiene que decir la cabrona!

 Juan se sentó de nuevo en la cama y se frotó con los dedos ambos lados de la sien en un intento de aclararse las ideas, luego miró a su amigo y le habló con calma.

-. Mira, no vuelvas a insultar a Elsa, no te lo permito ¿de acuerdo? – Sergio hizo un gesto de asentimiento mostrándole las palmas de las manos – Bien, y ahora explícate si es que puedes hacerlo.

Se levantó de nuevo y comenzó a pasear a un lado y a otro de la habitación. Aunque intentaba controlar la tensión nerviosa no parecía conseguirlo. Sus manos temblorosas y húmedas por el sudor revelaban a Sergio su estado de crispación.

-. Está bien, perdona que me haya pasado pero no he podido controlar la rabia que siento desde que me enteré del asunto….El caso es que llevo varios días oyendo la misma pregunta: ¿Juan ha roto con Elsa? Pero no una ni dos, sino muchas veces, y cuando quería saber el porqué de la pregunta, me contestaban: "No, por nada".

Hasta que me harté de esa sonrisa estúpida que siempre acompañaba a la pregunta y lo pagó uno de los compañeros de la facultad. Le cogí por el cuello de la camisa y enseguida me lo dijo. Había visto a Elsa con Ángel muy acaramelados los dos.  – Juan le miró interrogante y con una sonrisa sarcástica en los labios, pensó que su amigo Sergio era un ingenuo que creía todo lo que la gente maliciosa le contaba - Decidí descubrirlo por mi cuenta. – Continuó a pesar de ver el gesto de incredulidad de Juan - Anoche les vi en la disco besándose como una pareja de novios. Así que me acerqué a ellos y le pregunté a Elsa qué estaba pasando con vosotros.  Ella me respondió que no me metiera en lo que no me importaba. Le dije que hablaría contigo y se echo a reír asegurando que no le importaba lo que tú dijeras ni ahora ni nunca.

Sergio quedó en silencio observando a su amigo. Ahora su gesto había cambiado, el dolor se reflejaba en él. Sabía que le estaba haciendo mucho daño pero no podía permitir que se burlaran de esa forma de una persona como Juan.

-. Juan lo siento, pero aún hay más.  – Los ojos de Juan le miraron suplicantes – Cuando me retiraba de donde ellos estaban, Ángel le pasó una papelina, no sé lo que llevaba pero al levantarse para ir al aseo, él le dijo que no se pasara de la dosis, que era muy caro,  ella rió divertida y me miró desafiante al pasar por mi lado.

Ahora era Sergio quien miraba suplicante a su amigo, esperaba su reacción pero esta no llegó.  Intentó hablar de nuevo, pero Juan se lo impidió.

-. Si no te importa, Sergio, me gustaría quedarme solo para pensar en todo lo que me has contado.

Sergio comprendió, le dio a su amigo unas palmadas en la espalda y se marchó sin decir palabra cerrando la puerta detrás de él. Cuando se dirigía hacia la salida, Eduardo con gesto preocupado le salió al paso.

-. ¿Que ha pasado, Sergio?

-. Nada, señor Montes…. Quiero decir que yo no puedo contestarle a la pregunta, eso debe hacerlo Juan.

-. Pero..... – Protestó Eduardo.

-. Lo siento... Adiós.

Eduardo y Carmen se miraron sin comprender lo que estaba pasando y vieron como la puerta se cerraba tras el muchacho.

-. ¿Qué estará pasando Eduardo?

-. No lo sé pero me voy a informar inmediatamente.

 

   Sergio salió a la calle con la duda de si había hecho bien en informar a su amigo.  Hubiera dado cualquier cosa por evitarle aquel sufrimiento, pues si Juan era desgraciado también él lo era, porque el cordón que le unía a su amigo, no solo estaba hecho de hilos de amistad, lealtad y cariño.  Había algo más; había un amor profundo, verdadero, desinteresado e inconfesable. Un cordón de tal grosor que muy pocas cosas podrían deshacerlo.

   Sergio nunca había dado a entender a su amigo sus sentimientos, pero no hacía falta. Juan lo había sospechado desde el principio aunque jamás le había hecho comentario al respecto.  Ambos se respetaban y se querían, aunque no de la misma forma.

El respeto que Juan le había demostrado siempre, aun sabiendo su condición de homosexual, le había ayudado a sobrellevar aquella carga. Él le había aceptado como era y eso ayudó a que Sergio se aceptara a sí mismo.

 

   Esos primeros años durante los cuales se definió su tendencia sexual, fueron terribles para Sergio. En los dos últimos años del curso antes de comenzar en el instituto comenzó a sentirse atraído por sus compañeros del mismo sexo. Hasta entonces no había sentido nada extraño. Para él siempre había sido normal sentir preferencia por la literatura antes que por el fútbol, y la música por los juegos de consola. Hasta ahí todo era normal, sin embargo, su despertar sexual no se orientó hacia lo que habitualmente se llama “normal”.  Algo no iba bien Se lo negó a sí mismo y lo ocultó en  su alma. Luchó contra sus sentimientos y durante un tiempo parecía que iba a conseguirlo pero no solo no lo consiguió, sino que el “problema” le estalló en las narices.

Fue en la época que conoció a Juan. El primer curso en el instituto y una semana después de que empezaran las clases, apareció por el corredor del centro un muchacho patilargo y con cara de niño rebelde.  Nervioso, sudoroso, un poco despistado y con su mochila colgada en el hombro. Preguntó a un grupo de alumnos que fumaban como chimeneas por la clase del profesor de literatura, Jaime Fonseca. Como es natural en los alumnos de cursos superiores, le indicaron una clase que no era. Por suerte Sergio se encontraba cerca y pudo oír lo que decían. El muchacho patilargo se alejó y                     Sergio le siguió a duras penas pues su zancada era más corta que la del muchacho.

-. ¡Eh, oye! ¡El de la mochila negra!

Unos cuantos muchachos se volvieron a la vez. Al ver que no se refería a ellos siguieron a lo que estaban.

   El patilargo se señaló así mismo.

-. ¿Es a mí?

-. ¿Buscas la clase de Fonseca? - Él afirmó con la cabeza - Pues es la del principio del pasillo al otro lado.

El muchacho hizo un gesto de desagrado al darse cuenta que le habían tomado el pelo. Sergio sonrió y se acercó hasta él.

-. No es nada, nos ha pasado a todos. Vamos te acompaño, yo tengo esa clase también, soy nuevo, pero tu creo que llegas una semana tarde ¿no?

-. Sí... bueno, es que nos hemos venido de Sevilla a vivir aquí esta misma semana.

-. No se nota tu acento.

-. En realidad soy de aquí, bueno es un rollo. Me llamo Juan y tú ¿quién eres?

-. Soy Sergio Cerdá, pa lo que mandes, Juan.

  Así comenzó su amistad con Juan y, con el paso del tiempo su amor profundo e inquebrantable. En sus labios se dibujó una sonrisa al recordarlo aunque no era precisamente para reír. Había tenido que luchar todos estos años entre su deseo hacia Juan y el respeto que siempre le había merecido y siempre había sido él el gran perdedor.

   Respecto a sus padres la cosa no iba mucho mejor. Llego un momento que él mismo necesitaba que sus padres conocieran el problema pues no le apetecía seguir ocultándolo por más tiempo y a decir verdad resultó deprimente. No solo no comprendieron la verdadera angustia por la que transcurría la vida de su hijo sino que intentaron correr un tupido, en este caso estúpido, velo de hipocresía y esconder la realidad para así el problema dejaría de existir.

Le animaron a que saliera con chicas creyendo estúpidamente que todo residía en su desconocimiento del sexo contrario, y que en el momento que tuviera una relación sexual con una chica el problema desaparecería; en cierto modo Sergio también tenía la esperanza de que eso sucediera, pero al llegarle la oportunidad, aquel encuentro sexual fue un autentico desastre, corroborándole así la casi certeza hasta entonces. Sin embargo, tampoco fue demasiado exitoso el encuentro sexual que mantuvo con un muchacho que conoció en la discoteca. Mientras estuvo con él en ningún momento dejo de pensar en Juan.  Sergio en el fondo sabía que su vida amorosa y sexual, por lo menos durante el tiempo que le durase el amor por Juan, se limitaría siempre a una autosatisfacción y a un amor platónico sin posibilidad de más.            

                                                                               *

 

   Cuando Sergio salió de la habitación, Juan se echó sobre la cama mirando el techo. De sus ojos comenzaron a brotar las lágrimas, el pecho le dolía como si fuera a estallarle de un momento a otro. Sabía a ciencia cierta que Sergio no le mentía. Una cosa era que creyera lo que le contaban y otra muy distinta que él mismo lo hubiera visto con sus propios ojos. La cara de Elsa se le aparecía como un espectro frente a sus ojos empapados en lágrimas.  En ese momento decidió ir a hablar con ella. Necesitaba una explicación, necesitaba que ella, de su propia boca, le dijera que todo había acabado, o quizás no, quizá todo había sido un malentendido por parte de Sergio. Debía comprobarlo por sí mismo.

Se levantó y se metió en la ducha. El agua fría corría por su cuerpo sin llegar a calmar el dolor que le roía dentro del corazón y le quemaba en la piel. Sus lágrimas se fundían con el torrente de agua y desaparecían tragadas por el agujero del desagüe.

   El ruido del agua le impidió oír los golpes que Eduardo dio en la puerta del baño. Al cerrar el grifo le oyó preguntar:

-. Juan, ¿estás bien?

Intentó que no se le notara la voz temblorosa y tragó saliva. En un principio las palabras no le salían, carraspeó y al fin pudo decir:

-. ¡Sí papá, estaba duchándome!

-. Pero…. ¿seguro que estás bien, hijo? – Insistió.

-. Seguro, papá…. Estoy bien. – Mintió.

Eduardo se quedó unos minutos mirando la puerta, pensativo. No estaba muy convencido de que su hijo le estuviera diciendo la verdad, pero si Juan no quería decirle nada sus motivos tendría. Se dio media vuelta y salió de la habitación.

Juan oyó el ruido de los pasos de su padre y salió. Se vistió rápidamente y bajó la escalera. Pasó delante de ellos como alma que lleva el diablo e hizo caso omiso de las preguntas que le hacían. Salió dando un gran portazo y dejándolos con la misma incertidumbre con que los había dejado Sergio.

 

                                                                                *

 

    El sonido seco del timbre resonó en su cerebro haciéndole volver a la realidad. No sabía como había llegado hasta allí; de cualquier forma era tarde para rectificar.

¿Qué le diría? ¿Cómo reaccionaría al verla?  En ese momento se miró en el espejo frontal del ascensor y vio un personaje ridículo y grotesco. Pensó que todo había sido un sueño, un maldito sueño que le había llevado hasta allí dudando de la mujer que quería.

En cualquier momento se abriría la puerta y aparecería Elsa, desconcertada por verle allí sin haber quedado con anterioridad, él le daría una excusa absurda y la estrecharía entre sus brazos olvidando todo aquel tema para siempre.

La puerta se abrió y en el umbral apareció la cara demacrada de Elsa.

-. Juan ¿qué haces aquí a estas horas? – Dijo secamente.

Juan se dio cuenta de la realidad.  Ahora sabía que era cierto lo que había contado Sergio, su cara la delataba.  No era su pequeña y cariñosa Elsa la que le preguntaba, era casi una desconocida fría y distante que comprendió enseguida lo que estaba pasando al ver el semblante de Juan.

-. Ah, ya comprendo. Te has enterado pronto ¿no?  Tienes unos buenos informadores ¿o se llaman correveidile? - Apuntó sarcástica.

 Juan reunió fuerzas para preguntar:

 -. ¿Qué está pasando, Elsa? Quiero que me lo expliques tú misma. Quiero que me digas, que ha terminado lo nuestro... que te has enrollado con Ángel y... Que has dejado de quererme. Quiero... quiero oírlo de tus propios labios.

Su angustiado rostro conmovía más que las propias palabras y Elsa, no quedó impasible a esa emoción, no obstante la encubrió con una gran dosis de interpretación.

-. Escucha, Juan: lo nuestro no funcionaba, ya estaba harta de esperar.  Quiero divertirme, disfrutar de la vida, salir, viajar; tengo veinticuatro años y un sueldo que me permite vivir bien, pero contigo me paso la vida esperando que no tengas clase para poder salir y eso suponiendo que no tengas exámenes. Lo siento pero no aguantaba más.   

-. ¿Y crees que esa es la mejor manera de romper una  relación de tres años? Solo has pensado en ti ¿no es cierto? Pero... ¿qué hay de mí? ¿Crees que yo no tengo sentimientos?- Golpeó con el puño el quicio de la puesta y le dirigió una mirada suplicante - ¿Crees que mi corazón está hecho de piedra? ¿Que hay de nuestras promesas... de nuestro futuro en común? ¡Todo se ha ido a la mierda por la droga! - Se acercó a ella furibundo apuntándola con el dedo índice - ¡A la mierda tú, y tus ganas de divertirte! ¡Por mí puedes ponerte hasta las cejas de coca si es que la necesitas para pasártelo bien con Ángel! ¡En lo que a mí respecta, no volverás a verme, te lo prometo! - Hizo ademán de alejarse y ella le sujetó por el brazo. Él se desasió de ella con un movimiento brusco.

-. Juan, no quiero que te lo tomes así. Quiero que me comprendas. Te sigo queriendo pero de otra manera y no quiero hacerte más daño. Sé que con el tiempo nuestra relación se haría más insostenible y prefiero romper ahora que aún estamos a tiempo.  Pero me gustaría seguir siendo tu amiga.  Pasa dentro, anda y hablaremos más tranquilamente. - Su invitación era cortes y su voz se había tornado dulce.

-. No, Elsa. Olvídate de ese rollo de la amistad y esas paparruchas. Si tú has dejado de quererme no seré yo quien vaya detrás de ti como un perrillo faldero, se pone punto y final a lo nuestro y no te preocupes por mí, me recuperaré. - Volvió a apuntarla con su dedo índice en señal de advertencia - Pero quiero que tengas claro esto: no quiero saber nada más de ti. ¿Entiendes? ¡Nada más! – Gritó  encolerizado.

 Después de decir esto, Juan, dio media vuelta y bajó corriendo las escaleras. En su desesperación, no oyó como Elsa le llamaba, pero tampoco le importaba; todo había terminado entre ellos y no quería volver a pensar en ella nunca más.

 

Al salir a la calle los rayos de sol de julio le deslumbraron los ojos, los cerró y las lágrimas contenidas comenzaron a correr por su rostro. Eran lágrimas de rabia. Rabia por no haber comprendido antes lo que estaba pasando, por haber sido un tonto confiado y creer que ella le esperaría  siempre. Tal vez ella no tuviera la culpa; la culpa era de las circunstancias. ¿O quizá no? Muchas parejas vivían historias semejantes y llegaban hasta el matrimonio amándose cada vez más. ¿Por qué a ellos no les había sucedido igual?  Elsa se había cansado de esperarle, se había cansado de amarle y él no sabía vivir sin ella, la necesitaba, la seguía amando, ¿qué podía hacer? Ya no sabía que hacer ni adonde ir. Su mundo, al igual que sus ilusiones, se desmoronaba a su alrededor sin darle la menor posibilidad de reparación. No, no iba a llorar más por ella, no lo merecía después de burlarse de él como lo había hecho, cerraría página y viviría su nueva vida sin ella.

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