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Errantes

Errantes

27-03-2013

Romántica novela

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Una cantante de taberna que no hace más que atraer desdichas, una prostituta que vende su cuerpo a los muertos, un vagabundo ciego que alberga un secreto ancestral, un fantasma que vaga sin rumbo sin saber siquiera quién es. Todos ellos, errantes, poseen historias oscuras que más valdría olvidar, sin embargo, sus vidas se verán entrelazadas por la fuerza del destino.
 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

 

I. Pisadas sin eco

 

La verdad es que no lograba recordar nada. Y me esforzaba, creedme, pero todos mis intentos fueron en vano. El único dato de mi existencia que sabía con certeza es que estaba muerto. ¿Y cómo?, os preguntaréis. Pues bien, esas cosas se saben. Tardé en darme cuenta, pero cuando tratas de llamar la atención de los viandantes y nadie, absolutamente nadie, se digna a ni siquiera mirarte de reojo, debes llegar a la conclusión de que tu vida ha llegado a su fin, al menos, tal y cómo era hasta entonces.

Sé lo que estáis pensando y la respuesta es un rotundo no. Ni ángeles, ni lucecitas de colores, ni túneles con un halo luminoso al final, ni sonido de trompetas. Nada. Definitivamente nada. Y tened en cuenta que os lo dice un hombre desde el más allá, ¿o debería decir desde el más acá? Bueno, da lo mismo. El hecho es que no soy un filósofo de la vida ni nada parecido. Es más, detesto a los predicadores de la verdad absoluta, me parecen patéticos. La mayoría no tienen idea de lo que hablan. Y he tenido tiempo de sobras para conocer a unos cuantos, pero ninguno de ellos, ni tan siquiera el más convincente, se aproxima lo más mínimo.

Es una lástima el pensar que después de aquello no queda siquiera el recuerdo, tan solo el presente. Si hubiera tenido que describir donde me hallaba, sin duda hubiese dicho que era el lugar más aburrido y privado de magia de cuantos he conocido. Infinitamente cargante, monótono y rutinario.

He escuchado muchas conversaciones sobre el tema entre vosotros, entre los vivos me refiero, y todos habláis de un paraíso, un edén, el dichoso túnel, incluso de paseos por las nubes. Permítanme que me ría. Solo lo repetiré una vez más y espero que les quede claro para poder proseguir con mi historia: después de la muerte no hay nada. Y me gustaría adelantaros que hoy día continúo aquí. Quizás, estaré aquí eternamente. Lo cierto es que no me preocupa, ya me voy haciendo a la idea.

Bien. Dicho esto, os pondré en situación.

Llevaba horas vagando por aquellas angostas y sombrías callejuelas. Me resultaban extraña y angustiosamente familiares. Tal vez, debí vivir por la zona, o simplemente pasaba por allí cuando emití mi último aliento, ¿quién sabe? No lograba recordar nada. Estaba aturdido, en una especie de laguna mental, no sabría bien como expresarlo. Miraba confuso mis pies con aquel exquisito calzado del mismo riguroso negro que el resto de mi atuendo, el cual veía reflejado en los vistosos escaparates. A mi parecer, lucía muy bien con aquel traje que parecía estar hecho a medida. Mi cuerpo estaba además cubierto por una larga levita perfectamente entallada que me otorgaba un aspecto moderno y con clase. El bigote pulcramente recortado y mi cabello debidamente peinado, tan solo las puntas asomaban por mi cuello con gracilidad. No deseo pecar de ególatra pero era un joven bien parecido, a la par que interesante. Toda una lástima, pues nadie parecía hacerme el más mínimo caso.

-¡Señora! –grité a una mujer gruesa, bien vestida aunque excesivamente maquillada, que pareció mirarme-. ¡Señora! –le volví a gritar inútilmente. La mujer que pareció dedicarme una mirada de desagrado, se dirigió a un niño que había justo detrás de mí, al cual zarandeó con una aguda y molesta riña.

“Qué extraño”, pensé.

Entonces vi a dos religiosas hablando distendidamente. Venían de cara.

-Hermanas, les ruego que... –nada. Mis palabras eran inaudibles para ellas o al menos lo hacían ver. Pasaron por mi lado, y observé confuso como una de ellas, que por cierto me había rozado, tembló levemente frotándose los brazos.

Entré en una especie de estado colérico, inquieto. No podía entender qué ocurría. No sentía la humedad de aquellas callejuelas calando mis huesos, ni la brisa sobre mi piel. No sentía el suelo bajo mis pies, ni las impetuosas ráfagas del viento invernal mecer mi cabello. ¿Por qué? ¿Cuál era el motivo de mi incoherente e involuntario estado de aislamiento? No pretendía demasiado, tan solo que alguien me mostrara un mínimo de atención. Respiré hondo e intenté serenarme.

Finas y diminutas gotas comenzaron a caer y los viandantes corrieron a resguardarse bajo los toldos de las tiendas que aún estaban abiertas, mientras los más suertudos entraban en sus casas. Un hombre ataviado con un delantal blanco y unas cuchillas en la mano, corrió hacia mí, y sin darme apenas cuenta, me traspasó. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, seguido de un gran malestar en el centro de mi estómago, parecido a la sensación que provoca asomarse desde las alturas. Al girarme, vi que se trataba del barbero ya que entró corriendo en su barbería. Aquel hombre rechoncho, que hacía dos veces mi envergadura, había pasado a través de mí, sin mirarme, sin percatarse de mi presencia. Fue la primera sensación física que logro recordar, aunque no sería la última.

Sin embargo, las gotas de lluvia no me estaban calando la ropa, ni humedeciendo mi cara. Bajé la mirada y pude comprobar cómo en mi pies se estaba creando un pequeño charco. Me agaché, y temeroso, pasé mi dedo índice por el pobre riachuelo que se estaba formando y que con parsimoniosa calma se adentraba por una primaria alcantarilla. Debo reconocer que no me sorprendió en absoluto comprobar que mi dedo quedó totalmente seco, pues mientras lo sumergía, mi piel se negaba a percibir aquella húmeda y fría sensación.

Resignado y aún confuso, decidí vagar por las calles de aquel hermoso y encantador barrio. Me detuve para leer el nombre de la calle donde me encontraba. Era la calle Montcada, tal y como pude comprobar. Era una calle con encanto debido a los numerosos palacios que anidaban en ella, muchos de los cuales databan de la época medieval. Mucha gente corriendo arriba y abajo portando sus enseres diarios, tanta que me era difícil esquivar. 

Desistí. Ya que no sentía sus cuerpos topar con el mío, dejé que pasaran a través de mí a su antojo. Pensé que pronto despertaría de aquella ilógica pesadilla, porque eso debía ser, una maldita pesadilla. Era la única respuesta sensata.

La lluvia no tardó en cesar. Si pudiese haber sentido algo, sería sin duda agotamiento y un intenso dolor de pies, pues me había recorrido aquellas calles sin parar desde el alba. Ahora, las grisáceas y espesas nubes dieron paso a un espectacular manto de estrellas, donde la magnánima luna regía plácidamente con una grata sonrisa. Las farolas alumbraban las calles tiñéndolas de tonos cálidos y un gran y luminoso cartel indicaba una angosta taberna. A través de la entornada portezuela se colaban las risas de los clientes y una suave y sensual música procedía del interior. Llegué a la conclusión de que no me vendría mal algo de diversión, de modo que decidí entrar.

Dos señoritas, exquisitamente vestidas para la ocasión y con una sonrisa grabada a fuego en sus rostros, salieron agarradas del brazo mientras yo entraba. No me disgustó tanto que cuando me traspasó el obeso barbero, cierto, pero seguía siendo una sensación horrible. Aquellas jóvenes damas dejaron un intenso olor a vino y tabaco. Me relamí los labios. Hubiera matado por un pitillo. ¿Acaso fumaba cuando estaba vivo?

Con decisión, me adentré en aquel lugar de perdición. Un pequeño y discreto escenario mostraba a la culpable de aquel embriagador sonido, una hermosa y cándida voz provenía de su garganta, entonando The Yankee Doodle Boy con una grácil música de fondo. La voz de aquella mujer era novedosa, como si estuviese fracturada, aunque melódica. Su aspecto rozaba el descaro, pero inevitablemente no podía despegar mis ojos de ella. Lucía un maravilloso y ceñido vestido blanco, creí percibir que era de gasa, enmarcando perfectamente su torneada silueta. Era increíble. Sus brazos acariciaban el aire con sutiles gestos, como si de una invitación a la lascivia se tratara. Debí quedarme embelesado durante varios minutos con aquellos armoniosos movimientos, ya que cuando quise darme cuenta, estaba cantando Sammy, una preciosa y pegadiza canción del musical Mago de Oz.

Aquella muchacha, que no debía llegar siquiera a la veintena, deslumbraba con cada uno de sus sensuales gestos y pícaras muecas. Era la criatura más hermosa de cuantas había visto. Dorado cabello recogido a la altura de la nuca y unos vivarachos ojos verdes eran tan solo el tentempié antes de poder posar la mirada sobre sus labios escarlata, que al sonreír, mostraban unas perfectas perlas blancas dignas de ser exhibidas como piezas de arte.

Cuando acabó su actuación, el público boquiabierto aplaudió con esmero. Yo, el primero. Había estado magnífica.

Saludó tímidamente con la mano e hizo una disimulada reverencia. Cuando se incorporó, un mechón de su ondulado cabello se soltó, cubriéndole parcialmente la cara. Sin duda, era un ángel.

Un grito procedente de la barra desvió mi atención. Se trataba de una pelea de borrachos. Un hombre de prominente estómago había golpeado a otro, aún más grueso si cabía, con un botellín de cerveza en la cara, abriéndole de inmediato la ceja derecha. De la herida comenzó a brotar sangre como si de una cascada se tratase, pero la pelea no cesó. Contemplé como ambos se golpeaban una y otra vez. Uno de ellos, el de la ceja abierta, agarró uno de los pesados y altos taburetes de la barra y se lo estampó en el pecho al otro, que soltó un profundo gruñido que se asemejaba más al de una bestia que al de un hombre.

Se propinaron mutuamente tal paliza que cuando llegué a veinte, desistí de contar más reveses. Estaban totalmente encolerizados.

El enjuto camarero pedía ayuda a sus fieles clientes, los cuales intentaban separar a los ebrios luchadores. Tras unos amargos minutos, fueron echados del local por dos hombres jóvenes, demasiado altos y robustos como para que los escandalosos borrachines pusieran impedimento alguno. Rápidamente, cuatro damas se levantaron de sus sillas para ir a recibir, con elogios y halagos de todo tipo, a los vigorosos muchachos que habían traído de vuelta la paz al lugar.

De pronto volví a pensar en ella. Miré hacia el escenario, pero fue demasiado tarde. Ya no estaba. Me dirigí a la barra. El camarero recogía con ininteligibles murmullos y rostro desganado los pedazos de cristal que habían caído al suelo al estallar la botella. Lanzó un pequeño gemido cuando se cortó el dedo índice con uno de esos trocitos traicioneros antes de introducírselo en la boca para mitigar el dolor.

-Una cerveza de barril, por favor –le dije al camarero.

El hombre estaba demasiado atareado arreglando los desperfectos que había ocasionado la pelea.

-Caballero, una cerveza, por favor –insistí. De pronto recordé que, como tantos otros durante aquel día, él tampoco podría escucharme-. ¡Maldición! –proferí enfadado.

Salí de inmediato del local y estuve dando tumbos bajo el cielo estrellado del barrio del Borne. Hermoso barrio, sin duda. La magnífica arquitectura del lugar palió mi ya habitual estado de nerviosismo e irritación. Admiraba las torres medievales que se alzaban soberbias sobre los suelos de piedra. Imaginé que, al no recordar nada, cabía la remota posibilidad de que yo viviera en una de esas preciosas y antiguas edificaciones. Deseché de inmediato la idea mientras continuaba el grato paseo.

Decidí sentarme en la escalinata de la basílica de Santa María del Mar, que se elevaba sublime detrás de mí, con sus dos torres octogonales a cada lado del enorme y lujoso rosetón. ¿Qué me estaba sucediendo? ¿Qué era de mi vida? ¿Y quién era yo cuando tenía una vida? Demasiadas preguntas. Ninguna respuesta. Es más, ¿a quién iba a preguntárselo si nadie parecía verme ni oírme? ¿Tendría que estar vagando por las calles mucho más tiempo?

Era horrible aquella sensación de incertidumbre. Lo cierto es que no sentía nada más que eso: incertidumbre. No sentía hambre ni sed, de hecho ya no me resultaba familiar esa necesidad. Así que era eso. No estaba soñando. No era una de esas pesadillas que parecen reales y que la impresión se prolonga incluso minutos después de levantarse de la cama. Era real. Yo estaba muerto. Y no había marcha atrás. Podía patalear, gritar, mascullar, de hecho lo hice, pero el resultado fue el mismo que si me lo hubiese ahorrado. Nulo.

Divisé una colilla frente a mí. Por alguna extraña razón, deseé encenderla y sumirme en una deliciosa paz mientras daba una larga e intensa calada. Me acerqué a ella, e intenté cogerla. No pude, obviamente. Pero no desistí en el intento hasta que oí unos firmes pasos acercándose. Sonido de tacones.

Levanté decidido la cabeza. Ilógicamente, olía a jazmín. Una fragancia dulce y atrayente le acompañaba. Era ella. Con su abrigo largo con un gran botón en el pecho, lucía su espléndida melena rubia bajo el gorro de lana rojo que cubría su cabeza. Caminaba con paso apresurado y frotando sus manos enguantadas. Estaba aún más hermosa, si eso fuera posible, que encima de aquel sucio y mugriento escenario. El sutil y acompasado movimiento que hacía su cadera al andar era sumamente hipnótico y podía entrever sus delgados tobillos bajo aquella falda gris y sobria. Espectacular.

Hubiera hecho cualquier cosa por poder saludarle. Cualquier cosa. Pero sabía que ni siquiera semejante ángel podría percatarse de mi presencia. Pasó por delante de mí y ni se inmutó, como era de esperar.

Me dirigí al paseo del Borne, una calle larga llena de tiendas y bares, la mayoría cerrados debido las altas horas en las que nos encontrábamos. Justo allí, un sonoro alarido seguido de un llanto desconsolado. Se escuchaba también una voz femenina, de una anciana, tal vez. Provenía de un piso antiguo de alguno de los edificios de la zona. Estaba cerca, muy cerca. Y de pronto, aquel olor traicionero. Dulce, intenso, y desagradable en igual medida. Deseé huir de esa fragancia, pero parecía propagarse por toda la calle, de modo que me dejé guiar por mi instintivo olfato, ya que era una de las pocas cosas que, por lo visto, no había perdido.

Y mi olfato me llevó al mismo lugar que mi oído: enfrente del edificio de donde provenía el llanto. Pero que amarga sorpresa me llevé al comprobar que en tal escándalo estaba también mi ángel, la cantante de la taberna. Mi ángel. Qué hermoso pseudónimo decidí ponerle, pero ni ese apodo le hacía justicia.

Una anciana lloraba desconsolada mientras la joven corría en su ayuda.

-¿Qué ocurre, señora Capelles? –le preguntó la joven, que iba únicamente ataviada con un camisón blanco que apenas cubría sus encantos.

-¡Mi esposo! –Explotó de nuevo en llanto-. Él está… ¡Está muerto!

Me alejé de allí albergando la esperanza de volverla a ver, ya que pensaba quedarme por aquel barrio durante un largo periodo de tiempo. Me dolía en lo más profundo de mi alma que estuviera pasando por eso. Parecía conocer bien al matrimonio de ancianos.

-¡Eh, tú! ¡Muchacho! –una voz masculina ruda y desgarrada en las profundidades de aquel lugar lóbrego y angustiante.

Con las manos en los bolsillos, giré mi torso con desdén y pude contemplar una silueta. No sabría decir por qué el miedo me embargó, y gustoso, se dispuso a danzar dentro de mi incorpóreo vientre. ¿No debería asustar yo a la gente ahora que era un fantasma? Proseguí con mi vaga caminata, haciendo caso omiso a la llamada de aquel lunático.

“Espera un momento”, pensé aminorando la marcha. “¿Me lo dice a mí? Entonces, puede verme.”

-Sí, te lo digo a ti –dijo la voz-. ¿A quién, si no?

Decidí girarme nuevamente, y la sorpresa fue tal que proferí un ahogado grito de terror. Es algo que, al recordarlo, sigue avergonzándome. ¿Sería tan asustadizo cuando aún poseía cuerpo?

-Tranquilo, muchacho. No voy a hacerte nada –dijo.

Estaba situado justo enfrente de mí. Era un hombre alto, con barba de dos días y cabello cano, con algunas pinceladas pelirrojas. Sus facciones eran rudas, y tenía un palillo entre los labios, el cual no dejaba de marear con la lengua. Llevaba ropa de fábrica, y una moderna boina grisácea, bastante sucia por cierto, en la mano. No es que frunciera el ceño al verme, es que su ceño ya estaba fruncido de por sí; profundas arrugas de expresión surcaban su frente y sus ojos para demostrarlo. 

-¿Quieres un pitillo? –me preguntó.

-¿Puedes verme? –tartamudeé.

-¡Pues claro que puedo verte! –Aseguró frunciendo, aún más si cabía, el entrecejo-. ¿Qué te ocurre, chico? ¡Ni que hubieras visto un fantasma!

Resultó gracioso. Pudiera ser que yo mismo fuera un fantasma, pero claro, me pareció estúpido comentárselo. Y cuando quise abrir la boca para decir algo con un mínimo de sentido, el hombre explotó en una sonora carcajada. Seguidamente, sacó un pitillo de su bolsillo, lo enderezó y lo prendió. Olía fantásticamente bien. Me esperé a que tosiera y carraspeara como una mala bestia. “Qué tipo tan singular”, pensé.

-Verá, llevo un día horrible. Me asombra que usted me vea, pero al mismo tiempo me reconforta –suspiré y proseguí-. He creído todo este día que estaba muerto, pues era demasiado extraño todo y…

-Oh, que no te confundan mis palabras –me interrumpió-. Está muerto, igual que yo.

Aquellas palabras tan esperadas pero a la vez tan temidas me dejaron sin habla. ¿Y me sorprendía a estas alturas? Me tomé unos minutos para digerir la tan amarga noticia, pues alguien por fin había confirmado mis sospechas. Pero aquel buen hombre fue demasiado tajante con su afirmación, demasiado concluyente. No dejaba lugar a la duda, por nimia que esta fuera, y eso era realmente desalentador.

-Muerto… -repetí con un susurro-. ¡Muerto!

-Sí, chico. Pero no te preocupes, te acostumbrarás. Al final no es tan malo como creen los vivos… -dijo con desdén dando otra intensa calada al pitillo.

-¿Y cómo puede fumar? –pregunté muy interesado en ello-. Lo he intentado esta noche numerosas veces pero no ha dado resultado…

-Cógelo –me ordenó pasándome la colilla-. Vamos. Cógelo –repitió.

¡Y lo cogí! Así de sencillo. No sabría explicar el porqué, pero lo hice. ¡Y a la primera! Si me iba a pasar toda la eternidad vagando por este mundo, sin rumbo alguno, debería tener algún aliciente, y aquello parecía gustarme.

Cerré los ojos para dejarme llevar por aquella sensación de calma que tanto anhelaba. Ahora que sabía cuál era mi sino, me sentía pletórico. Podría ir al proyector de cinematografía sin pagar, inmiscuirme en los asuntos de los vecinos, disfrutar de la lluvia sin temor a agarrar un fuerte constipado, disfrutar de las noches bohemias en los peores antros de Barcelona porque ya no conocía qué era el sueño… Un amplio abanico de oportunidades se abría ante mí ahora que ya no tenía carcasa alguna que limitase mi voluntad. Al abrir los ojos, el caballero de aspecto un tanto descuidado ya no estaba. Desapareció como por arte de magia, dejándome de nuevo allí, solo y desamparado. De modo que decidí iniciar mi vida como ser incorpóreo.


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