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Peón bloqueado (y otros incomprendidos)

Peón bloqueado (y otros incomprendidos)

21-05-2014

Poesía poesía

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La multiplicidad de sus formas es uno de los alicientes de la poesía. Si se lleva el verso libre e intimista, al que los sucesos exteriores resultan tan indiferentes como el metro, el ritmo y la rima, las tendencias distintas no tienen por qué verse abocadas a una exclusión total. Glosar personajes y acontecimientos públicos –de la historia, la mitología o la novela, pero también, por qué no, del cómic y del cine- puede no resultar cargante del todo, en especial si se desdramatiza e incluso se toma un poco a broma su tratamiento.

Además los aficionados a la poesía suelen ser tener miras amplias y tal vez apreciaron algunas obras de los tiempos en los que regía otro canon. No creo que les ofenda el recurso a las herramientas citadas, si su fin, como se intenta, no es restringir la expresividad sino  favorecerla.

Esta obra se engarza con otras cuatro, con pretensión de unidad. Sus protagonistas respectivos son los perdedores, los incomprendidos, los villanos y ciertos iconos de todos los tiempos. Incluso se ha osado reservar un apartado para las fábulas. Los lectores dirán si con acierto.

                                                                                                                    Joaquín Borrell

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

PEÓN BLANCO 
 
A la hora de buscar secundarios resulta evidente que los peones del ajedrez asumen tal condición por imperativo de su reglamento. La palabra, con el mismo origen etimológico que peatón, recuerda que durante una etapa larga de la historia militar un destino habitual para los infantes consistía en ser arrollados por la caballería, fuese la enemiga o –resultaría un tanto forzado llamarla amiga- la de su mismo bando. 
La regla ajedrecística que impide a un peón matar de frente resulta especialmente cruel: tras topar con el peón opuesto sólo le queda aguardar a que pase algo, ajeno a su voluntad y a sus recursos, que bien puede ser la destrucción propia. No podemos saber si en su fuero interno aceptan francamente las normas del 
ajedrez o reniegan de ellas. Tampoco si al comenzar una nueva partida las piezas comidas en la anterior renacen o se trata de piezas nuevas, con aspecto idéntico a las que murieron. Me inclino por la segunda opción. 
 
Peón blanco, bloqueado 
en un ala del tablero, 
al peón negro enfrentado 
con seriedad de guerrero. 
La prieta formación de los trebejos 
aliento te prestaba horas atrás; 
dispersos golpe a golpe yacen lejos, 
murientes o copados como estás. 
Miras al que cierra el paso 
fijamente, sin rencor. 
También es soldado raso, 
pieza de ínfimo valor. 
Silentes tras tu nuca los alfiles 
amagan insidiosas diagonales 
y trenzan los caballos con sutiles 
urdimbres de ballet cargas mortales; 
Sabes que pende tu suerte 
del albur de la partida, 
si ésta dispone tu muerte 
como si te guarda en vida. 
Tal vez lejos de ti cruda ofensiva 
la lucha en torno a un rey sangrienta inflama; 
tal vez a tus espaldas, destructiva, 
se cierne ya la sombra de la dama. 
Tú mantienes la firmeza 
inserta en la tosca talla 
que no deja tu cabeza 
volverse hacia la batalla. 
Quizás de otros peones has oído, 
idénticos a ti, piezas sencillas,

que un día coronaron el prohibido

lindero de las últimas casillas 
y fueron reina o torre, a su albedrío, 
mortífera y veloz en el embate, 
cruzando las casillas con el brío 
ansioso que preludia el jaque mate. 
Ahuyentas toda ilusión 
y encaras a tu enemigo, 
tenaz en su posición, 
dispuesto a caer contigo. 
Al cabo igual que tú, sólo el oscuro 
barniz lo diferencia de tu bando. 
También él ha entregado su futuro, 
por ley del ajedrez, al propio mando. 
Peón blanco, bloqueado, 
librado a tu estrella ciega, 
ya no esperas, resignado, 
el auxilio que no llega. 
La mano que fue tu guía 
se desentiende de ti. 
Has cumplido en la porfía 
y vas a morir allí. 
Ignoras que aunque tú no existas ya 
el juego volverá siempre al inicio 
y un nuevo peón blanco ocupará 
tu puesto para un nuevo sacrificio. 

 

 


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