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El pájaro imposible (y otros perdedores)

El pájaro imposible (y otros perdedores)

21-05-2014

Poesía poesía

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La multiplicidad de sus formas es uno de los alicientes de la poesía. Si se lleva el verso libre e intimista, al que los sucesos exteriores resultan tan indiferentes como el metro, el ritmo y la rima, las tendencias distintas no tienen por qué verse abocadas a una exclusión total. Glosar personajes y acontecimientos públicos –de la historia, la mitología o la novela, pero también, por qué no, del cómic y del cine- puede no resultar cargante del todo, en especial si se desdramatiza e incluso se toma un poco a broma su tratamiento.

Además los aficionados a la poesía suelen ser tener miras amplias y tal vez apreciaron algunas obras de los tiempos en los que regía otro canon. No creo que les ofenda el recurso a las herramientas citadas, si su fin, como se intenta, no es restringir la expresividad sino  favorecerla.

Esta obra se engarza con otras cuatro, con pretensión de unidad. Sus protagonistas respectivos son los perdedores, los incomprendidos, los villanos y ciertos iconos de todos los tiempos. Incluso se ha osado reservar un apartado para las fábulas. Los lectores dirán si con acierto.

                                                                                                                      Joaquín Borrell

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

BIP BIP 
 
En lo hondo del desierto de Arizona, 
que plancha el sol a golpes de martillo, 
surcado por burbujas en que explota 
la hirviente soledad del escorpión, 
allí donde los cactus avarientos 
se alarman al mirar su propia sombra 
y aguzan las espinas, por si intenta 
catar en su despensa de verdor, 
libró madre coyote su camada 
y supo preservarla del ojeo 
siniestro del cernícalo y las mañas 
silentes de la aviesa cascabel. 
Crecieron los cachorros, masticaron 
las fibras de la seca musaraña, 
hundieron el hocico en las umbrías 
en pos de un terrón fresco que lamer. 
Cubrieron a sus hembras, amasijos 
de huesos y piel tensa, obedeciendo 
los códigos del celo y perforaron 
la luna con las flechas de su voz; 
y alguna vez el astro, complaciente, 
colmó sus ambiciones de coyote 
nimbando su angulosa silueta 
aullante en la cimera de un peñón. 
Pero uno, el más delgado y rabilargo, 
un día de verano en que la brisa 
rodaba matas secas sin destino, 
cegada por los dardos de la luz, 
halló al correcaminos que cruzaba 
el límpido horizonte, recortando 
como una azul centella su carrera 
sobre un fondo de cielo aún más azul. 
Juró ser el primero en atraparlo. 
Los otros, entre risas, le invitaron 
a helar el mediodía del desierto 
o atar el viento indómito a un nopal. 
No quiso oír las voces; en sus ojos 
bailaba la llamita de quien sabe 
que no descansará mientras la meta 
no apague la agonía del afán. 
Cavó zanjas profundas, alfombradas 
de estacas puntiagudas, juntó rocas 
en pilas destinadas a afondarse 
al paso de la azul exhalación. 
Fracaso tras fracaso, chamuscado, 
mudado en chicle pardo, a cada intento 
oía aquel bip bip que no expresaba 
chacota, sino despreocupación. 

Fue escarnio de los otros animales, 
vergüenza de los suyos, fieras serias 
temidas por sus presas, cuya especie 
cargaba con la cruz de la irrisión. 
Ajeno a los reproches y a las mofas 
siguió con sus celadas, sin más norte 
que aquel tropel de plumas fugitivas 
y el surco de su tránsito a reacción. 
Un día la vejez, que en esos yermos, 
como el atardecer, se abate a plomo, 
truncó sus fuerzas ralas; pudo apenas 
trepar a su atalaya y aguardó 
las astas del creciente para aullarles, 
mudado en un plañido tan doliente 
su canto cavernoso que la luna 
la faz de plata inerte conmovió. 
Queriendo confortarlo en la bisagra 
que engrana vida y muerte, el astro dijo: 
“Has sido singular entre tu especie, 
rebelde a la presión del medio hostil. 
Tu vida ha sido intensa, sazonada 
de ingenio y de peligro, y la derrota, 
cosida a tu pellejo de canela, 
jamás logró templar tu ansia febril; 
igual que una saeta que en el blanco 
que yerra encuentra siempre un arco nuevo 
que vuelve a propulsarla, sin que mellen 
los golpes el rigor del aguijón. 
Y al cabo, ¿qué era el éxito? Unas plumas 
dispersas y sangrientas y un bocado 
insípido y fugaz, que no pagaba 
el precio de tu anhelo cazador.” 
Subió desde la roca la respuesta 
en tono tan profundo y tan sereno 
que el astro, enternecido por la fiera, 
un rayo le pasó por la testuz: 
“A punto de partir, yo no lamento 
mi empeño, que fundió la vida entera 
en pos de un imposible, ni me hieren 
las burlas que cobró mi ineptitud. 
Tampoco siento ya los traumatismos 
de tantas costaladas por las trampas 
que al paso de la rauda polvareda 
mil veces mi inventiva proyectó. 
Tan sólo que, después de tantos años, 
de tantas añagazas y reveses, 
ajena a mi obsesión y a mi amenaza 
el ave ni siquiera me miró.” 
Así dijo el coyote. Un fogonazo 
de lástima albeó por un momento 
el halo de la luna. Luego el astro, 

repuesto, prosiguió su traslación. 
 
Para los aficionados a los conocimientos absolutamente inútiles, el verdadero nombre del Correcaminos es Geococcyx Californianus. Pertenece a la especie de las aves cuculiformes, que no parece algo de lo que uno deba sentirse orgulloso, suele tener el plumaje gris y alcanza los treinta y tantos kilómetros por hora. 
Como alternativa a hacer conversar al pobre coyote con la luna habría cabido plantearse una charla entre el pájaro y su cazador, privado ya de fuerzas para mantener el empeño. Además de indagar hacia dónde corría sin descanso, si es que él mismo lo sabía, habría sido interesante conocer la opinión del Correcaminos -¿alguna vez llegó a tener miedo? ¿Fingía indiferencia para mortificar al acosador? ¿No admiró nunca el ingenio que éste acreditaba con sus trampas, admirables para proceder de un carnívoro cuadrúpedo, aunque nunca cumpliesen su finalidad?- Pero se trata de un ave realmente tonta, que en la vida real ni siquiera sabe decir bip bip. En cambio la luna es sabia y aprecia la veneración que le profesan los coyotes. Lástima que, ante una situación tan penosa como la de nuestro protagonista, resulte algo fría. 

 

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