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Un error mortal

Un error mortal

22-09-2016

Novela negra/Policiaca novela

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El protagonista de la novela el teniente Wasel, no es el clásico guaperas, pero es atractivo y su trabajo se desarrolla en la brigada de homicidios de una comisaria en Londres. Este inspector inglés junto a su compañera, la guapa sargento Sofía Rodríguez se enfrentará a casos criminales.

En esta historiaa nos introducimos en el conflictivo mundo de las grandes empresas farmacéuticas. Se sospecha que los medios que utilizan para conseguir sus propósitos no tienen límite. Si investigamos las violaciones de la ley, descubriríamos que el atropello de los derechos, pasa por: las amenazas, la extorsión, el robo, el fraude, el soborno, el asesinato, etc. No es de extrañar que cada vez sean más las empresas acusadas de cometer delitos o mandar cometerlos, para conseguir sus fines. Este proceder hace buena la frase atribuida a Maquiavelo: “El fin justifica los medios”

Con ese telón de fondo el teniente Wasel y su compañera se encuentran con el aparente suicidio de Emily Thompson. Su investigación les introduce en el obscuro mundo de la farmacéutica perteneciente a la familia Kirchner (Pharmaceutical Research and Manufactures Kirchner & CO). Una empresa con problemas financieros que su presidente, Christopher Kirchner, espera solucionar lanzando un nuevo producto al mercado que le saque de  su dramática situación. Tiene su esperanza puesta en este lanzamiento y no es capaz de ver lo que ocurre a su alrededor, los acontecimientos escaparán de su control y su excesiva confianza, en algunos colaboradores, le pondrán en una situación sin posible marcha atrás y que podría acabar definitivamente con su empresa. Una cualificada investigadora de la empresa, descubre un problema en una de las muestras analizadas y comunica, al director del laboratorio, unos posibles riesgos cancerígenos a medio plazo, esto desencadena una serie de acontecimientos con resultados mortales.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

I
Año 2012, 12 de abril, 10 a. m., Comisaría Holborn Police Station

 

A pesar de que el índice de criminalidad ha disminuido en Londres, ocurren asesinatos como en el resto del mundo. La comisaría de Holborn dispone de un departamento de investigación criminal, al mando está el capitán O’Connors y su segundo al mando es el teniente Wasel. El teniente Wasel es un policía a quién le gusta trabajar en solitario. Cuando le asignan un  nuevo caso lo que no se espera es que venga acompañado con la imposición de un compañero y menos que sea una mujer.

 El teniente Lewis Wasel, tiene 39 años, y aunque modesto, es un excelente investigador. No es el clásico detective guaperas de las películas. Pero, tampoco se puede decir que sea un desecho humano. Con su metro setenta y ocho centímetros y sus 83 kg de peso, va un poco sobrado, podemos encajarle dentro de ese grupo de población que podemos denominar de apariencia normal, ni guapo ni feo; ni alto ni bajo; ni gordo ni flaco. Bajo su punto de vista se encuentra en la parte alta de la curva. Por su aspecto general las mujeres le consideran atractivo, su abundante mata de pelo castaño, sus ojos azules y su fino bigote le ayudan en esa clasificación.

 Se hizo policía no por necesidad, sino por vocación, o eso dice él. Afortunadamente no tiene problemas económicos, su situación financiera es holgada, le gusta comer bien, y como puede, dispone de un magnífico deportivo Bentley Continental GT. Le gustaría ser como James Bond y ligar con todas las mujeres, pero desgraciadamente su vida sentimental no es tan emocionante como la profesional.

La comisaría, donde trabaja es antigua y necesitaría una buena rehabilitación, pero los responsables no parecen muy dispuestos a invertir dinero en ella. Es muy apreciado por todos sus compañeros, pero le gusta ser independiente y por tanto trabajar solo. Sus discusiones con el capitán O´Connors son diarias, le recrimina constantemente su independencia y siempre le amenaza con ponerle un compañero. Tienen puntos de vista, casi siempre, diferentes a la hora de enfocar las investigaciones. Sus actuaciones, en alguna ocasión, se producen rozando la ley; pero no para hasta que resuelve los casos que le asignan e incluso algunos que no son su responsabilidad.

Como todos los días, a las 9,30 de la mañana, se encontraba sentado en una mesa de la zona común. Dispone de despacho propio, pero lo utiliza lo menos posible, le gusta estar rodeado de gente, mientras respeten su independencia. Son las 10 de la mañana, el día es tranquilo y está haciendo un crucigrama para mantener la mente activa. La aparente tranquilidad queda rota por el clásico… ladrido; emitido desde el despacho del capitán.

— ¡Wasel!

Como siempre se levantó con desgana, seguro que hay algo que ha molestado a su capitán y espera la primera reprimenda del día. Se dirigió, sin mucha prisa, hacia su despacho. Ante la mirada de sus compañeros, hizo un gesto de resignación encogiéndose de hombros. Todos estaban seguros de que le iban a montar una gresca por algo relacionado con los métodos empleados en la resolución de alguno de sus casos pasados, ya que en este momento no estaba trabajando en ninguno. Como es un optimista, comentó en voz baja: a lo mejor me deja coger algún día de las vacaciones que tengo pendientes, pero luego meneo la cabeza con resignación y en el mismo tono añadió: estoy seguro de que no será para eso.

Sus compañeros le miraron y sonrieron.

¿Capitán? —preguntó al llegar a su puerta sin entrar.
¡Pase! —Gritó, haciendo gala de su magnífico humor de siempre.

Entró en su despacho, las paredes están llenas de diplomas, escudos y todo tipo de chorradas, el capitán estaba sentado detrás de su mesa, destaca su cabeza cuadrada coronada por un pelo negro, un poco canoso y cortado a cepillo, sus ojos son grises y fríos. Los brazos musculosos, capaces de destrozar un oso, los muestra por debajo de la manga corta de su camisa. Su altura está alrededor de 1,72 m. Wasel  le saludó como siempre con un movimiento de cabeza, intentaba no estrechar sus manazas, podría destrozarle la mano. Se acercó a su mesa y permaneció de pie, no hizo intención de sentarme, le gustaba provocar a su jefe.

— ¡Siéntese, coño!

—Sí, señor— mientras tomaba asiento, Wasel pensaba: está de mal humor y seguro que me espera una regañina.

El capitán mantuvo su mirada fija en Wasel mientras encendía nuevamente un repugnante puro, totalmente chupado y que se le apaga con frecuencia. Wasel guardó silencio, sabía que no debía preguntar. Cuando terminó su acción, mantuvo su mirada fija durante unos interminables segundos.

— ¿Qué está haciendo ahora?––Preguntó finalmente.

—Trabajando—respondió rápidamente sin pensar.

— ¿En qué?

—Estaba…—empezó a contestar con titubeo y siendo interrumpido.

—Tocándose los cojones o haciendo crucigramas, como siempre.

—Como siempre no es…—nuevamente le interrumpió, levantando su manaza, sin dejar que terminara.

—Ha llegado a mis manos este caso, tiene indicios de suicido. Pero, los padres, no creen que su hija se haya suicidado. Aquí tiene para que haga algo y deje de tocarse los…, las narices, espero que lo resuelva rápido—dijo lanzándole una carpeta.

La abrió y empezó a mirar su contenido, pero cuando iba a leerlo, el capitán O’Connors puso su manaza encima y se lo impidió. Se quedó un momento en silencio mientras chupa el puro y mirándole fijamente dijo: Ya tendrá tiempo de estudiarlo. Como ya le he dicho, se trata de un “aparente” suicidio, pero su familia no cree que tuviera ningún motivo para ello

— ¿Por qué no se lo da a Mulligan?

—Por dos razones: una porque no me sale de los coj… y dos porque está con otro caso. ¿Suficiente?

—Sí señor.

— ¡Pues venga, fuera de mi despacho!­­—añadió señalando la puerta con su dedazo.

Wasel se levantó como impulsado por un resorte con la carpeta en la mano y salió del despacho del capitán. Notando la mirada de su capitán clavada en la espalda como un puñal.

Se encaminó hacia la mesa donde estaba sentado, observando como sus compañeros le miraban a hurtadillas.

— ¿Cómo está el capitán? —Preguntó el sargento Mackenna al pasar a su lado.

El sargento Mackenna era el más antiguo de la comisaria. Con sus 64 años, ya solo realiza trabajo de despacho, de joven fue uno de los policías más efectivos de la comisaría, pero ahora estaba  a punto de jubilarse y sus 100 kg de peso le hacían poco operativo. Comentaba con frecuencia que echaba de menos la calle y que le apenaba irse después de tantos años de servicio.

—Como siempre gruñendo.

—Sabes que en el fondo te aprecia.

—No sé, no lo tengo muy claro. Yo creo que me odia.

—Es su forma de ser. El otro día le oí hablar con el comisario jefe, estaba siendo felicitado por el número de casos que se resuelven en esta comisaria. Comentó que disponía de muy buenos elementos y salió tu nombre.

—Seguro que oíste mal.

—No creo, tengo muy buen oído. Pero si le dices algo yo lo negaré.

—No te preocupes el primero que negaría, haber hablado bien de mí, sería él.

—En eso sí que estoy de acuerdo contigo. ¿Qué caso te ha endosado ahora?

—El suicidio de una joven llamada Emily Thompson, según su familia no es posible que se halla suicidado.

— ¿Thompson? He oído hablar de ese caso y te comento que tiene un especial interés en el mismo, la víctima es hija de unos amigos suyos.

—, ¡Joder!, lo que me faltaba una implicación personal.

—Esto confirma lo que te he dicho antes: confía en ti.

—Le voy a tener tocándome los coj… hasta que lo resuelva. ¡Qué alegría!

Se apartó de la mesa de Mackenna, y se sentó en la que utilizaba dentro de la zona común. Una vez sentado abrió la carpeta para empezar a estudiar el expediente.

Estaba concentrado en la lectura y análisis del expediente que le había entregado el capitán O´Connors cuando, de repente, algo rompió su concentración. Sobre el suelo de madera de la comisaria, resonaron  unos pasos firmes y rápidos. Levantó la cabeza y comprobó, al igual que todos sus compañeros, como una espectacular mujer, delgada, de pelo moreno, con rasgos hispanos, vestida con camisa blanca y falda ajustada, que marcaban sus espléndidas curvas, se dirigía hacia el despacho del capitán.

— ¿Quién es? —preguntó por lo bajo a Mackenna.

—Ni idea—respondió en el mismo tono y encogiéndose de hombros.

Ella se volvió, aunque seguro que no les ha oído, les dirigió una mira con sus espectaculares ojos negros y sonriendo  llamó a la puerta abierta del despacho del capitán.

— ¡Pase! —exclamó con su tono de voz particular.

––Buenos días, soy el sargento Rodríguez. He sido asignada a su comisaria capitán O´Connors, estos son mis documentos––dijo alargando una carpeta con la información.

Sin levantarse de la mesa le indicó que tomase asiento. Cogió la carpeta que le entregó y la abrió  ojeando su contenido. Durante unos minutos intercambiaron algunas palabras. Y después, para desgracia de Wasel, parece que se acordó de su existencia.

— ¡Wasel! —gritó su nombre como siempre.

Wasel miró a Mackenna, quien volvió a realizar un encogimiento de hombros, se levantó y se encaminó hacia el despacho del capitán.

— ¿Capitán? —preguntó desde la puerta.

—Pase, cierre y siéntese.

Los ojos de la mujer se clavaron en él, pero haciendo un esfuerzo procuró no mirarla. Pero, no pudo evitar dirigir una mirada hacia sus magnifica piernas, que destacaban al tener la falda muy por encima de las rodillas.

— ¡Deje de mirarle las piernas y siéntese!

—Señor, yo no…—empezó a decir; pero le cortó.

— ¡Yo tampoco!, Wasel,  ¡yo tampoco!—gritó mientras en su boca se configuró una forzada sonrisa—. Le presento a Rodríguez, sargento Rodríguez, acaba de ser ascendida y ha sido asignada a esta comisaria, empieza a trabajar desde hoy en nuestro departamento de homicidios.

Desde su asiento estiró la mano para saludarla, ella tendió la suya y la estrechó con fuerza. Wasel  notó que su piel era suave y cálida.

—Hola, bienvenida—dijo contemplando su perfecto rostro.

—Hola, gracias—respondió ella con una sonrisa, que mostraba sus perfectos dientes.

—Deje de mirar embobado, a partir de hoy es su compañera.

—Pero, señor yo…—empezó a protestar.

—Ni pero, ni para, ni tonterías—cortó con brusquedad—. Es una orden, se acabó la discusión.

—Pero capitán, yo siempre trabajo solo—intentó negociar—. Cuando necesito ayuda se la pido al sargento Mackenna.

—Al sargento Mackenna ya le queda poco para jubilarse y el sargento Rodríguez ocupará su puesto, además no tengo por qué darle explicaciones. Los dos fuera de mi despacho y a trabajar—dijo señalando la puerta.

Se levantaron y Wasel salió primero hecho una furia. Se dirigió a su despacho y cerro de un portazo.

Se encontraba sentado en su sillón detrás de la mesa, rumiando esta nueva imposición del capitán, cuando llamaron a la puerta suavemente.

— ¡Pase! —gritó sin contener su cabreo.

—Perdone teniente, puedo pasar—preguntó el sargento Rodríguez, asomando la cabeza por el hueco de la puerta

Desde su mesa y por la mampara de cristal Wasel comprobó cómo miraban hacia su despacho todos sus compañeros y la sonrisa maliciosa en la cara de Mackenna. Los demás intentaban disimular, inclinando su cabeza sobre los papeles que, supuestamente, tenían encima de sus escritorios.

—Perdone Rodríguez, esto no va contra usted—intentó justificarse, se levantó para cerrar las persianas que ocultaban su despacho a las miradas curiosas de toda la brigada.

—Eso espero, no me gustaría, en mi primer día de trabajo, tener un mal tropiezo… con el jefe—contestó con una sonrisa.

—Siéntese, por favor, —le señaló un asiento,  y no pudo evitar fijar sus ojos en su espléndida figura.

—Gracias, teniente.

—Vamos a aclarar una cosa, puesto que vamos a tener que trabajar juntos, se acabaron las formalidades. No me llames ni señor, ni teniente, me llamo Lewis o Wasel, como me llama todo el mundo.

—Muy bien Lewis, yo me llamo Sofía.

—Perfecto, empecemos de nuevo. ¿Cómo estas Sofía? —dijo tendiendo la mano con una sonrisa.

—Muy bien, gracias Lewis.

—Perdona lo de antes; pero estoy acostumbrado a trabajar solo. Desde que me incorpore a esta comisaria no he tenido ningún compañero. Muchas veces corro riesgos innecesarios, según el capitán, pero que podrían poner en peligro la vida de mi compañero y no me gustaría tener que asumir esa responsabilidad.

—No te preocupes, sé cuidarme sola. Ya me habían hablado de ti y sabía que no ibas a aceptar de buen grado esta imposición.

— ¿Por qué has venido a esta comisaria? Veo por tu expediente que has sido la número uno de tu promoción y que tienes una excelente puntuación en tiro. No lo entiendo, en Londres hay mejores comisarias que esta.

—Me gusta mi trabajo y quiero aprender de los mejores.

—No seas pelota, no me gusta.

—Perdona, pero no es peloteo. Tu singularidad y mal genio es conocido en todo el cuerpo, pero también tu eficacia.

—Ya será menos.

—También tu modestia y que no eres tan fiero como quieres aparentar.

—Bueno, ya veremos qué piensas dentro de unos días, después de aguantarme.

— ¿Me aceptas?

—Qué remedio—afirmó encogiendo los hombros—Sino el ogro me hará la vida más difícil todavía.

—No será para tanto.

—Lo iras viendo. Te voy a presentar a los chicos.

—Muy bien.

Se levantó y ella hizo lo mismo, abrió la puerta y la invitó a salir del despacho.

—Gracias—dijo con una sonrisa.

—Atención…, cerrar la boca y vosotros limpiaros la baba—indicó a sus compañeros masculinos—. Os presento al sargento Sofía Rodríguez, desde hoy forma parte de esta brigada. No quiero ni bromas pesadas ni comentarios fuero de tono. Sabéis que conozco a todas vuestras mujeres.

Se acercaron a saludarla y estrechó las manos de todos ellos, incluidas las dos mujeres que formaban parte de la brigada.

—Bienvenida Sofía—dijo Mackenna—. Creo que estos bobalicones van a ganar bastante con el cambio, ya que pierden a un sargento gruñón.

—Gracias sargento, creo que me costará bastante llenar el hueco que va a dejar, pero le aseguro que lo intentaré por todos los medios. Gracias a todos por aceptarme entre vosotros. Espero que nos llevemos bien y contar conmigo para todo. Esta comisaria tiene fama de ser la mejor de todo Londres.

—Y ahora la que tiene el mejor cuerpo—comentó el agente Haggerty.

—Gracias por la parte que nos corresponde—añadió la agente Esther Adams, arrojando una bola de papel a Haggerty. Es de pequeña estatura, pelo corto ensortijado y una cara graciosa.

Esto produjo una carcajada general y con el ruido apareció el capitán O´Connors en la puerta de su despacho.

— ¿Qué pasa no tienen nada mejor que hacer? ¿No tienen que detener a nadie? — dicho eso, volvió a entrar en su despacho moviendo la cabeza de lado a lado y cerrando con un sonoro portazo.

—Vamos, chicos a trabajar—Wasel tomó suavemente a Sofía del brazo y le señaló su despacho. Una vez dentro abrió las persianas, mientras le decía que tomase asiento—. Bueno como no vienes de becaria—añadió sonriendo—, no te pondré a archivar.

—Gracias jefe—contestó con su encantadora sonrisa.

—Este es un nuevo caso que nos acaban de endosar—dijo señalando la carpeta que acababa de recibir del capitán.

— ¿De qué se trata?

—En apariencia es un suicidio, pero su familia dice que no tenía ningún motivo para ello. Como puedes ver, se trata de una mujer joven, tenía treinta y dos años. Vivía en una casa familiar de tres plantas y ella ocupaba el apartamento de la tercera planta.

— ¿Cómo ha muerto?

—Por sobredosis, tenía una jeringuilla clavada en el brazo izquierdo. Sitúan la hora de su muerte entre las diez  y las doce de la noche. La entrada de la vivienda no presenta ningún tipo de violencia y en el apartamento tampoco hay síntomas de lucha. La encontraron sentada en una butaca, con un vaso de whisky en la mesa delante de ella y con muestras de haber bebido.

—Por lo que veo en el informe forense, no tenía pinchazos en los brazos, por lo que no era adicta.

—Ese es uno de los motivos que hacen pensar en el suicidio, pero además según su padre, no bebía.  Su familia tiene una buena posición económica, ella es abogada, no tenía problemas financieros y se iba a casar el año que viene.

— ¿Alguna sospecha sobre el novio? ¿Se sabe si han tenido alguna discusión en los últimos días?

—No, la relación era buena. El novio también es abogado y trabaja en una firma de prestigio. Tiene treinta y siete años, lleva una vida normal y nada hace sospechar que pueda haber influido en el suicidio.

— ¿Cuál era la especialidad de la víctima?

—Derecho civil y llevaba tres años ejerciendo. En principio no descartaremos, que alguien quisiera vengarse de ella. Es posible que alguien se sintiese perjudicado  por haber perdido alguna demanda importante.

— ¿Por dónde empezamos?

—Visitando a la familia. De momento no descarto ningún sospechoso, ni ningún móvil.

— ¿Dónde viven?

 —En el 39 de Great Pulteney Street.

— ¿Cuándo vamos?

—Como son cerca de las dos, iremos esta tarde después de comer—comentó Wasel  mirando el reloj.

—Es mi primer caso y parece prometedor. Cuanto antes empecemos la investigación mejor—dijo y acompañó sus palabras levantándose.

— ¡Vale! ¡Vale!, relájate —dijo Wasel sonriendo y levantándose a su vez.

Salieron del despacho y se dirigieron a la mesa de Mackenna.

—Nos vamos a comer algo al Pub y luego iremos a casa de los Thompson. Si el capitán pregunta por mí, dile donde estoy.

—De acuerdo. ¿Iréis los dos? —preguntó señalando con los ojos a Sofía que estaba hablando con Esther.

—Qué remedio, me lo han impuesto y yo soy muy obediente, como tú sabes—añadió sonriendo y encogiéndose de hombros.

—Ya claro. Tú quéjate, pero podía haber sido peor. ¡Es un bombón! —comentó guiñando un ojo.

—Solo es trabajo… solo trabajo—añadió Wasel señalándole con un dedo y sonriendo.

— ¡De momento! –contestó Mackenna con una sonrisa irónica.

— ¡Tú mismo! —respondió encogiendo los hombros.

Se separó de la mesa de Mackenna y se dirigió hacia Sofía.

—Vámonos.

—Hasta luego, chicos—se despidió alegremente.

— ¡Adiós pareja! —dijo Mackenna con sorna.

Wasel se volvió y apuntándole con un dedo le fulminó con la mirada. Pero, no borró su sonrisa socarrona.

Bajaron las escaleras que les separaban de la calle y se encaminaron al pub donde comía casi todos los días.

Andaban en silencio, pero Wasel comprobaba de reojo como Sofía era observada por las personas con las que se cruzaban. Empezó a pensar en que iba a tener problemas para poder concentrarse en su trabajo, como siempre había hecho. No le quedaba más remedio  que reconocer que era muy atractiva y contemplaba las caras de envidia de los hombres con los que se cruzaban.

—Aquí es—comentó abriendo la puerta del VATS WINE, un bar restaurante que estaba cerca de la comisaria.

—Gracias—dijo pasando.

—Hola Wasel—saludó Maurice. Es el encargado, con sus 120 kilos, sonrisa bonachona, manos con dedos como morcillas, pero impecablemente vestido con traje y escandalosa corbata. — ¿Vais a comer? —preguntó sin apartar la mirada de Sofía

—No, si te parece hemos venido a verte a ti—le dijo Wasel cortante—. ¡Pues claro que vamos a comer!, danos una mesa para dos.

— ¿La del rincón?––preguntó con maliciosa sonrisa.

— ¡No, estúpido! La de siempre—contestó de mal humor.

—Hoy no vienes muy contento. ¿Te ha regañado tu capitán?

—No, perdona, es que no tengo un buen día.

—Pues con la compañía que traes, no es para tener un mal día. Señorita, soy Maurice—se presentó tendiendo su regordeta mano.

Ella estiró la suya y Maurice la tomó acercándosela a los labios con delicadeza.

—Maurice, ¡relájate!—exclamó Wasel—. Es el sargento Rodríguez, mi compañera.

— ¿Tu compañera? —Preguntó con voz sorprendida—. Pero si tú nunca has teni…

—Órdenes del capitán—cortó bruscamente.

—Ya me gustaría a mí tener un capitán que me obligara a estas compañías.

—Gracias Maurice—dijo Sofía sonriendo y soltando la mano de Maurice.

—Venga déjate de cumplidos y acompáñanos a nuestra mesa.

Se movieron por la sala hasta llegar a la mesa que siempre ocupaba cuando iba al restaurante de Maurice.

La comida transcurrió con tranquilidad y degustando los platos que les  preparó Maurice. Después del postre les trajo un café y una copa de un licor muy suave que preparaba el mismo.

—Querida—dijo dirigiéndose a Sofía—. Espero que hayas disfrutado de la comida y que te vea por aquí con frecuencia. A ser posible con mejores compañías.

—Si no viniera me echarías de menos—comentó Wasel mirándole—. En el fondo, sé que me aprecias.

—Creo que después de tantos años ya me he acostumbrado a ti y a tu forma grosera de ser—mientras hizo ese comentario le guiñó un ojo a Sofía.

—Maurice, estaba todo buenísimo. Si vengo aquí con frecuencia acabaré engordando.

—En cuanto vea que tienes un gramo de más en algún sitio, te pongo a régimen— dijo Maurice señalando su cintura.

—Bueno vale dejaros de tonterías, que algunos tenemos que trabajar, no como otros.

—Grosero—dijo Maurice, poniendo voz aflautada.

—Venga, vámonos—mientras Wasel decía esto sacaba la cartera para pagar.

—Deja, estáis invitados.

—Es la primera vez que me invitas desde que vengo aquí—comentó sorprendido.

—Y a ti, la última—añadió Maurice sonriendo.

—Gracias Maurice—dijo Sofía que ya estaba de pie y le dio un beso en la mejilla.

—Gracias a ti querida—dijo sonriendo satisfecho—. Vuelve cuando quieras––y llevándose una mano a la boca, añadió por lo bajo: pero mejor sola.

—Adiós Maurice.

—Adiós Wasel y compañía.

—Adiós y gracias.

Salieron del restaurante y se encaminaron hacia la comisaria, tenían que coger el coche para acercarse a casa de los Thompson.

— ¿Llevas mucho tiempo comiendo en el restaurante de Maurice?—preguntó Sofía.

—Desde que me destinaron a esta comisaria, hace cinco años —respondió sin mirarla.

—Es muy simpático.

— ¿Tú crees?

—Si, además se ve que te aprecia.

Wasel prefirió guardar silencio. Ya habían llegado a la comisaria y se dirigieron al garaje para coger el coche.

Bajaron por la rampa de vehículos y luego hasta la plaza donde se encontraba su espectacular Bentley.

—Bonito coche—dijo con admiración, al abrir las puertas del Bentley.

—Como todos, con ruedas y volante—respondió, ya que no le gustaba hablar de sus pertenencias.

Ella entendió la indirecta y se introdujo en el coche sin decir nada más. Se puso el cinturón, el en silencio hizo lo mismo. Al arrancar el motor se escuchó un suave zumbido, puso la directa del cambio automático y salieron del garaje hacia la casa de los Thompson.

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